Primero e inolvidable

Gino Melani

Después de laburar a sol y sombra, sudando la gota gorda, y viendo como todos se iban a la playa en enero y en febrero, me pude acomodar para irme 12 días a La Pampa, a ver a mis amigos queridos y a cazar por fin! Ya me había quedado lejos en el tiempo la luna de octubre, y la sangre me hervía la noche antes de agarrar la ruta 5 camino a mi Jardín del Edén… Hasta que llegué por fin, recibido por Hernán y Javier a puro abrazo de amistad verdadera.

El 24 de marzo ya estaba instalado donde quería mi corazón…

Larga había sido la noche anterior, entre tintos y puchos, más anécdotas interminables de los experimentados, que yo con 26 años escuchaba obnubilado, imaginando lo que era cazar en tiempos en los cuales las balas escaseaban, y los viejos, pero infinitos y confiables Mauser Argentino 7.65 que eran las estrellas de la mayor parte de las cacerías que se llevaban a cabo en el país. Casi como dándole cuerda a las orejas para retener mejor las historias, escuchaba todo con más atención que estudiando una materia en la escuela.

Las historias de animales grandes y mañeros, que no por nada habían llegado a viejos, aquellos que tenían en velo y vigilia al más experimentado de la ronda. los animales impactados, rastreados incansablemente, buscándolos quizá con más ganas que a una mascota perdida, por el simple hecho que nos hace cazadores y es esa delicadeza y ese respeto de no matar sin aprovechar, de no lastimar en vano, de no depredar, y de dejarle a nuestras futuras generaciones la bendición de poder disfrutar de las mismas especies que lo hicimos nosotros mismos, donde grabamos en las retinas y en el alma, lo bello de estar en el campo.

Tarde se hizo, y tarde nos dormimos… pero a las 5:00 A.M. me levanté casi como eyectado de la cama, sabiendo que me tocaba ir por los reyes absolutos del monte, los hermosos y majestuosos ciervos colorados, con esa alegría inmensa que si lo tuviera a Don Pedro Luro enfrente, le estrecharía la mano por haberlos traído desde su Europa natal, y es que tan versátiles son, que los que no leen un poco hasta piensan que son autóctonos, haciendo contraste perfecto con los colores que nos regalan los fachinales, los llorones y todo el monte pampeano.

La pava derecho arriba de las brasas del último tronco ancho que resistió en la estufa de leña, esa pava añejada casi quemada en la base en su totalidad, la misma que al igual que yo la otra noche, habrá oído tantas o más historias, entre ruedas y ruedas de mate entre cazadores y puesteros.

Terminados los amargos, y después de ponerme el abrigo, manoteé a mi compañero de caño largo y culata recta, y salimos despacito para los cuadros en los cuales el viento nos iba a favorecer, parando cada tanto y escuchando la famosa frase de mis amigos pampeanos «Dale pendejo abrí la tranquera», frase que disfruto muchísimo, antes de oír en la maldita Ciudad de Buenos Aires: «Gino terminame los informes para la tarde»…

Javier nos dejó en la picada, pactando cierto horario, que ahora no recuerdo, para pasar a buscarnos. A todo esto, serían más o menos las 6:00 A.M; abrazados por un frío importante, pero soportable.

Las últimas revisiones técnicas antes de adentrarnos al monte con Hernán y tres balas Winchester Power Point de 180 grains que comprimieron la teja elevadora del rifle. Así arrancamos para adentro del monte, agachados, parados y hasta cuerpo a tierra, escuchando algún indicio, algún sonido que delatara la posición del guampudo.

Hasta que al cabo de un rato, con el viento casi imperceptible por el reparo del monte, pero bien pegado de frente, escuchamos el bramido, corto, ronco y sostenido (me dejo helado, ante la potencia y la magnitud, era la primera vez que escuchaba un ¿o en vivo y en directo, y doy por hecho que nunca lo voy a dejar de recordar con una sonrisa) de un macho viejo cantado!!! según mi gran amigo Hernancito, campero y bicho como pocos. A todo esto, me hizo señas de que me agachara y me hiciera bien chiquito, y así seguí las ordenes al pie de la letra; tal era mi emoción que ni siquiera sentí las rosetas incrustándose en la carne de la palma de mi mano.

Pasado el ratito quietos, a escasos 15 metros de nosotros, pasó la tropilla de hembras medias alborotadas. Detrás de ellas, el barbudo, rezongando con la cabeza agachada, sacándolas al claro, lejos del monte, así que los ciervos nos habían quedado a la derecha.

Lentamente y haciendo el menor ruido posible, metí una bala en la recamara del Ruger, colocando despacito el seguro cuarto de vuelta (prefiero que se me vaya un bicho por tardar en disparar y no que pase un accidente, la seguridad ante todo) y me fui levantando despacito como ternero recién nacido casi, enrosetado hasta las pelotas, pero con la piel de gallina, y las palpitaciones a mil por hora, girando a la derecha, al clarito donde habían salido los ciervos.

Nunca fui amigo de los bípodes metálicos ni de las horquetas, a mi juicio todo lo que pese es perjudicial y te termina pasando factura después de andar trancos largos. Así que me apoye en una rama generosa de un viejo caldén, castigado por el clima, de cortezas resecas y telaraña por donde se lo mirara… y ahí estaba estático mirándome el bonito, parado arriba de un hueco de toro a unos cuarenta o cincuenta metros de mí, mirando fijo para adentro del monte, activando su sexto sentido animal del cual estoy seguro que sabía que había algo fuera de lo normal entre los árboles, algo que lo acechaba.

Así que metí la mejilla arriba de la carillera, enfoque la mira sobre el bicho al cual veía bien, pero entre algunas ramitas inverosímiles y despacito fui sacando el cuarto de vuelta del seguro, mientras Hernán me susurró, «Cuando Quieras»… El corazón me seguía latiendo fuerte y el sudor frío lo sentía en la espalda y en la nuca. Despacito, suave y sin parar fui apretando el gatillo, hasta que me sorprendió el tiro; de más está decir que con la adrenalina que tenía, ni siquiera sentí la patada del 300 Winchester Magnum.

Lo vi caer (desplomarse dentro del hueco de toro) inmóvil. Accioné el cerrojo del fusil y metí otra bala en la recámara, pero no hizo falta un segundo disparo.

Rápidamente nos acercamos, para chequear que estuviera todo bien y por las dudas degollar al animal, para darle una muerte rápida y digna, más allá de que con el tiro pegado entre la paleta y la base del cogote, la muerte fue prácticamente instantánea.

 Ahí estaba, tendido frente a mí el Rey del monte, viejo, grueso y regresivo, de luchaderas prominentes, molares amarillentos y gastados y un pelaje que enamora.

Abrazos y festejos de por medio, para luego tomarme esos 5 o 10 minutos contemplándolo, dándole el respeto que se merece y agradeciéndole por haber entregado su vida y su carne para nosotros.

El agradecimiento a mis amigos y la dedicatoria de mi primer ciervo colorado a mi ídolo, “MI QUERIDO VIEJO MARCELO”!!!

Como bien relata el título, no es el mejor ciervo, pero si el primero, el inolvidable, el que cacé en un campo abierto, lejos de las jaulas, de los encierros y de la sangre de laboratorio, bien criollo, bien libre y bien salvaje; como vivió su vida entera, para terminar entregándomela a mí, por eso con este relato, le rindo los honores que se merece, cazado en toda ley, me toco ganar a mí, pero mañana la moneda puede caer diferente y mostrar la otra cara…

Gino Melani.

Después de laburar a sol y sombra, sudando la gota gorda, y viendo como todos se iban a la playa en enero y en febrero, me pude acomodar para irme 12 días a La Pampa, a ver a mis amigos queridos y a cazar por fin! Ya me había quedado lejos en el tiempo la luna de octubre, y la sangre me hervía la noche antes de agarrar la ruta 5 camino a mi Jardín del Edén… Hasta que llegué por fin, recibido por Hernán y Javier a puro abrazo de amistad verdadera.

El 24 de marzo ya estaba instalado donde quería mi corazón…

Larga había sido la noche anterior, entre tintos y puchos, más anécdotas interminables de los experimentados, que yo con 26 años escuchaba obnubilado, imaginando lo que era cazar en tiempos en los cuales las balas escaseaban, y los viejos, pero infinitos y confiables Mauser Argentino 7.65 que eran las estrellas de la mayor parte de las cacerías que se llevaban a cabo en el país. Casi como dándole cuerda a las orejas para retener mejor las historias, escuchaba todo con más atención que estudiando una materia en la escuela.

Las historias de animales grandes y mañeros, que no por nada habían llegado a viejos, aquellos que tenían en velo y vigilia al más experimentado de la ronda. los animales impactados, rastreados incansablemente, buscándolos quizá con más ganas que a una mascota perdida, por el simple hecho que nos hace cazadores y es esa delicadeza y ese respeto de no matar sin aprovechar, de no lastimar en vano, de no depredar, y de dejarle a nuestras futuras generaciones la bendición de poder disfrutar de las mismas especies que lo hicimos nosotros mismos, donde grabamos en las retinas y en el alma, lo bello de estar en el campo.

Tarde se hizo, y tarde nos dormimos… pero a las 5:00 A.M. me levanté casi como eyectado de la cama, sabiendo que me tocaba ir por los reyes absolutos del monte, los hermosos y majestuosos ciervos colorados, con esa alegría inmensa que si lo tuviera a Don Pedro Luro enfrente, le estrecharía la mano por haberlos traído desde su Europa natal, y es que tan versátiles son, que los que no leen un poco hasta piensan que son autóctonos, haciendo contraste perfecto con los colores que nos regalan los fachinales, los llorones y todo el monte pampeano.

La pava derecho arriba de las brasas del último tronco ancho que resistió en la estufa de leña, esa pava añejada casi quemada en la base en su totalidad, la misma que al igual que yo la otra noche, habrá oído tantas o más historias, entre ruedas y ruedas de mate entre cazadores y puesteros.

Terminados los amargos, y después de ponerme el abrigo, manoteé a mi compañero de caño largo y culata recta, y salimos despacito para los cuadros en los cuales el viento nos iba a favorecer, parando cada tanto y escuchando la famosa frase de mis amigos pampeanos «Dale pendejo abrí la tranquera», frase que disfruto muchísimo, antes de oír en la maldita Ciudad de Buenos Aires: «Gino terminame los informes para la tarde»…

Javier nos dejó en la picada, pactando cierto horario, que ahora no recuerdo, para pasar a buscarnos. A todo esto, serían más o menos las 6:00 A.M; abrazados por un frío importante, pero soportable.

Las últimas revisiones técnicas antes de adentrarnos al monte con Hernán y tres balas Winchester Power Point de 180 grains que comprimieron la teja elevadora del rifle. Así arrancamos para adentro del monte, agachados, parados y hasta cuerpo a tierra, escuchando algún indicio, algún sonido que delatara la posición del guampudo.

Hasta que al cabo de un rato, con el viento casi imperceptible por el reparo del monte, pero bien pegado de frente, escuchamos el bramido, corto, ronco y sostenido (me dejo helado, ante la potencia y la magnitud, era la primera vez que escuchaba un ¿o en vivo y en directo, y doy por hecho que nunca lo voy a dejar de recordar con una sonrisa) de un macho viejo cantado!!! según mi gran amigo Hernancito, campero y bicho como pocos. A todo esto, me hizo señas de que me agachara y me hiciera bien chiquito, y así seguí las ordenes al pie de la letra; tal era mi emoción que ni siquiera sentí las rosetas incrustándose en la carne de la palma de mi mano.

Pasado el ratito quietos, a escasos 15 metros de nosotros, pasó la tropilla de hembras medias alborotadas. Detrás de ellas, el barbudo, rezongando con la cabeza agachada, sacándolas al claro, lejos del monte, así que los ciervos nos habían quedado a la derecha.

Lentamente y haciendo el menor ruido posible, metí una bala en la recamara del Ruger, colocando despacito el seguro cuarto de vuelta (prefiero que se me vaya un bicho por tardar en disparar y no que pase un accidente, la seguridad ante todo) y me fui levantando despacito como ternero recién nacido casi, enrosetado hasta las pelotas, pero con la piel de gallina, y las palpitaciones a mil por hora, girando a la derecha, al clarito donde habían salido los ciervos.

Nunca fui amigo de los bípodes metálicos ni de las horquetas, a mi juicio todo lo que pese es perjudicial y te termina pasando factura después de andar trancos largos. Así que me apoye en una rama generosa de un viejo caldén, castigado por el clima, de cortezas resecas y telaraña por donde se lo mirara… y ahí estaba estático mirándome el bonito, parado arriba de un hueco de toro a unos cuarenta o cincuenta metros de mí, mirando fijo para adentro del monte, activando su sexto sentido animal del cual estoy seguro que sabía que había algo fuera de lo normal entre los árboles, algo que lo acechaba.

Así que metí la mejilla arriba de la carillera, enfoque la mira sobre el bicho al cual veía bien, pero entre algunas ramitas inverosímiles y despacito fui sacando el cuarto de vuelta del seguro, mientras Hernán me susurró, «Cuando Quieras»… El corazón me seguía latiendo fuerte y el sudor frío lo sentía en la espalda y en la nuca. Despacito, suave y sin parar fui apretando el gatillo, hasta que me sorprendió el tiro; de más está decir que con la adrenalina que tenía, ni siquiera sentí la patada del 300 Winchester Magnum.

Lo vi caer (desplomarse dentro del hueco de toro) inmóvil. Accioné el cerrojo del fusil y metí otra bala en la recámara, pero no hizo falta un segundo disparo.

Rápidamente nos acercamos, para chequear que estuviera todo bien y por las dudas degollar al animal, para darle una muerte rápida y digna, más allá de que con el tiro pegado entre la paleta y la base del cogote, la muerte fue prácticamente instantánea.

 Ahí estaba, tendido frente a mí el Rey del monte, viejo, grueso y regresivo, de luchaderas prominentes, molares amarillentos y gastados y un pelaje que enamora.

Abrazos y festejos de por medio, para luego tomarme esos 5 o 10 minutos contemplándolo, dándole el respeto que se merece y agradeciéndole por haber entregado su vida y su carne para nosotros.

El agradecimiento a mis amigos y la dedicatoria de mi primer ciervo colorado a mi ídolo, “MI QUERIDO VIEJO MARCELO”!!!

Como bien relata el título, no es el mejor ciervo, pero si el primero, el inolvidable, el que cacé en un campo abierto, lejos de las jaulas, de los encierros y de la sangre de laboratorio, bien criollo, bien libre y bien salvaje; como vivió su vida entera, para terminar entregándomela a mí, por eso con este relato, le rindo los honores que se merece, cazado en toda ley, me toco ganar a mí, pero mañana la moneda puede caer diferente y mostrar la otra cara…

Gino Melani.

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