Todo comenzó cuando a fines de febrero del 2018 visité la armería El Álamo, como lo hago siempre cada vez que voy a Rosario. En esa oportunidad quiso el destino, o fue pura casualidad, que en el lugar se encontrara Gustavo Engels, representante en Argentina de Facocero Safaris.
Alejandro, titular de dicha armería (excelente persona a quien conozco de muchos años) conocía acerca de mis intenciones de viajar, por lo que fue una propicia ocasión para que me presentara a Gustavo, de quien tenía muy buenas referencias de amigos y conocidos que habían viajado de safari con él.
En una cordial charla comencé a sentir y notar, que esa ilusión o casi un sueño de viajar al Continente Negro, (que me daba vueltas desde hacía años) comenzaba a hacerse realidad. Invitándome a una reunión informativa donde nos daría más detalles.
En abril nos volvimos a juntar con un excelente almuerzo de por medio. En esta oportunidad estaba presente Lambert, el propietario de Facocero Safaris, un sudafricano por demás amable, que habla muy bien el español y, de quien noté inmediatamente la mejor predisposición para que pudiéramos concretar la cacería. Ofreciéndonos paquetes de caza abiertos, donde podíamos cambiar, sacar, o incluir, los animales que quisiéramos o pudiésemos pagar…
Evacuaron todas mis dudas, por lo que no lo pensé más, y en un rato, estaba en la empresa de turismo sacando mi pasaje para viajar en el mes de setiembre del mismo año.
¡Llegó ese día tan deseado! El 3 de setiembre nos encontramos en Ezeiza con mis compañeros: Alejandro, Hugo y el turco, listos y ansiosos por partir. Quiero destacar la camaradería y compañerismo del grupo, la pasamos verdaderamente muy bien desde la partida hasta nuestro regreso.
Una vez que arribamos a Johannesburgo nos esperaba Gustavo Engels y gente de Facocero, después de los trámites de rigor, cargamos las maletas en el cómodo mini bus que puso rumbo al norte, para recorrer 500 km. hasta el campo. Llegamos al atardecer, nos recibió el personal de la empresa para alojarnos en unas muy cómodas habitaciones, de un espectacular Lodge, donde estuvimos 7 de nuestros mejores días cazando.
Antes de la cena, cada uno de los cazadores acordamos con gente de la organización (una especie de confesionario de gran hermano), los trofeos a cazar. Por mi parte, estaba en mis planes un paquete de cinco animales, incluido el emblemático kudú, pero no pude resistirme a la tentación y flexibilidad que me ofertaron, así que a mi lista, se sumaron otros cinco y dije basta (mi billetera no resistía más…) casi tengo que sacar un crédito. De esa manera quedó compuesta de: dos Facoceros, dos Impalas, un Kudú, un Niala, un Orix, un Ñu, un Waterbook, y una Cebra.
Primer día de caza:
Luego de un abundante y rico desayuno, pasamos por el polígono de tiro que tienen en el complejo, a probar y familiarizarnos un poco con las armas que usaríamos.
Al momento de salir, el grupo se dividió en dos, según la especie a cazar por cada uno. Cada uno de los grupos contaba con un guía y un rastreador; por mi parte fui acompañado por Zaqui, el guía y David, el rastreador, que por supuesto, como estamos acostumbrados a ver en documentales o películas, era de raza negra y creo que insuperables en sus tareas.
Comenzamos en busca del Impala que nos llevó toda la mañana y no tuvimos suerte en dar con un ejemplar tirable como ellos mismos dicen. Volviendo al Lodge en el jeep Toyota que usábamos para trasladarnos dentro del campo, nos desviamos hasta un abrevadero donde suelen concurrir los animales a beber y tomar baños de barro para acicalarse. La suerte ahora me acompañaría, vimos nuestro primer Impala y pude cobrarlo, demás está decir que no cabía en mis ropas de la alegría.
En los sucesivos días pude cazar el Waterbook, Niala, el Ñu, en las modalidades más diversas.
Hasta que llegó mi hora de ir por el Kudú, y aquí quiero relatar lo sucedido, ya que no todas son ganadas…
Nos trasladamos hasta un campo vecino, distante a unos 60 km. Ni bien llegamos nos atendió el dueño del establecimiento, y después de una corta conversación, que por supuesto no entendí ni por señas, salimos tras el fantasma del monte africano, el gran Kudú. Al poco andar divisamos un lindo macho que comenzamos a recechar hasta ponernos a unos 120 m. Con el consentimiento del guía, apunte muy sereno detrás de la paleta y espere la orden. ¡Shot-Shot!, y solté el disparo. No tuvimos en cuenta las plantas y el ramerío que estaban por delante. Escuche el característico bolsazo, pero… Me desconcertó la reacción del animal, como que ni se enteró del impacto, no lo acusó para nada.
El que lo sentí fui yo… la mira del .375 H&H me pegó y cortó en la nariz.
Salimos a cortar rastro, comenzando por el lugar donde se encontraba el animal al momento del disparo. Notaron una rama (del tamaño de un pulgar) recién quebrada, ahí se desvió la round nose del .375 H&H.
Comenzaba la tarea de rastrear al supuesto herido, digo supuesto porque en el lugar no había indicios de que el animal estuviese tocado.
En este punto quiero destacar la habilidad innata y creo ancestral de los rastreadores africanos, capaces de identificar la pisada del animal herido entre cientos de la misma especie; capaces de ver una diminuta gota de sangre en un suelo arenoso-rojizo, donde es casi imposible detectar algo. Recién a unos 150 – 200 m, se encontró una gotita de sangre del tamaño de la cabeza de un fósforo, a esa altura sangraba más mi nariz que el kudú.
Levábamos dos horas tras él y, como si se lo hubiera tragado la tierra, no aparecía. Hacemos un alto y entablan una corta conversación (anda saber qué dijeron) la cosa que nos dividimos en dos grupos.
Zaqui y yo tomamos hacia una picada que teníamos a unos 600 m, a cortar rastros. Ahí me di cuenta de las intenciones y deduje la conversa. Rastrearíamos la picada que bordeaba, observando si se había cruzado de cuadro.
Habíamos caminado más de 1 km cuando Zaqui lo ve venir saliendo del monte, casi en nuestra dirección, con la cabeza levantada como venteando en el horizonte. Estaría a unos 200 m. Ahora, lo que empezó como un rececho, se convirtió en un corto, pero interminable acecho.
Nos quedamos inmóviles detrás de unas acacias, esperando que saliera del sucio. Armo el infaltable trípode y espero a tener un tiro limpio, no permitiría que me vuelva a suceder lo mismo…
Disparo, el animal camina unos metros y cae sobre sus pasos, la alegría que sentía era casi indescriptible, había conseguido cazar uno de los más lindos antílopes africanos. El sol caía y debíamos apurarnos, las felicitaciones y abrazos de rigor, como siempre no podían faltar.
Párrafo aparte, se merecen las armas y armero de la organización, que por cierto muy bien surtido está, aunque similares a las que usamos acá, en cuanto a marcas y calibres, quiero destacar que son consideradas y bien usadas, como verdaderas herramientas de trabajo, estando en excelente estado de funcionamiento (a las pruebas me remito).
Solo me queda reconocer y agradecer a toda la organización; desde Alejandro y Gustavo de Facocero Safari, sin dejar de mencionar a sus dueños Michael y Lambert (padre e hijo), por la atención y los servicios prestados, (a comedero abierto como decimos acá en el campo), que hicieron una muy grata estadía.
En cuanto a la caza, el campo cuenta con más de 5.000 hectáreas con muy buenas y seguras alambradas. No por eso crean que se caza en un corral ni mucho menos, no es fácil se los aseguro, más si se busca un buen trofeo o representativo de cada especie.
Así transcurrieron 7 de mis mejores días cazando. Ahora debíamos volver… De vuelta a la realidad. ¿Por qué, si estábamos tan bien? A juntar todas las cascarrias como decimos cuando estamos de campamento en el monte y a saludar que nos vamos.
Creo que recién en el vuelo que me traía de vuelta al pago, tomé real conciencia que mi sueño se había hecho realidad. Volvía de cazar ni más ni menos que del mítico y legendario Continente Negro, trayendo conmigo recuerdos de momentos vividos que de seguro nunca olvidaré.

Edgardo Antonelli
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