Más allá de lo planeado

Durante algunos días otoñales, el pacífico silencio natural de las caldenadas pampeanas y los cordones montañosos se ven invadidos por la penetrante brama del ciervo colorado. Los árboles amanecen desgajados por las filosas astas y los verdes vástagos arrancados, denuncian a la furia atávica del celo.

Ya han pasado 120 años desde que Pedro Luro trajo desde la monarquía austrohúngara hasta su estancia en La Pampa al más hidalgo de los cuadrúpedos, el Cervus elaphus. Es a partir del año 1922 cuando fue vendida su estancia y posteriormente abierta la alambrada que estos ungulados comenzaron un largo camino, haciendo posible que hoy, podamos estar hablando del tema.

Y es así que detrás de estos maravillosos animales emprendimos lo que sería una cacería apasionante, con constantes cambios de planes.
En primer lugar, tuve que adaptarme a la idea de que no podría llevar mi rifle a la partida, ya que lo que parecía un sencillo trámite de renovación de CLU llevó más de lo esperado, a pesar de las gestiones necesarias; pero si se le podía sumar algo más a esta amarga sensación, fue que cuando estaba en el aeropuerto a punto de partir, me llega el mensaje de la armería, que mi Credencial de Legítimo Usuario ya había llegado, demasiado tarde… alea iacta est (la suerte está echada).

El avión tocaba pista y afuera del aeropuerto me esperaba mi amigo Gastón Dubravka y su compañero para dar inicio al viaje que nos conduciría al terreno donde comenzaría la aventura, cargamos el equipo y partimos. A medida que nos alejábamos de la ciudad dejando atrás las calles de cemento y las grandes edificaciones, el paisaje comenzaba mostrarse con total esplendor, los picos nevados se abrían paso esfumados por la distancia y el color ocre de los ñires al costado de la ruta, denotaban que el otoño había llegado.

Como estábamos carentes de información sobre cómo llegar al campo donde teníamos los permisos, tuvimos que apurar la marcha. Las vibraciones avisaban que arrancaba el camino sinuoso y de golpe nos metíamos a rodar viejas carreteras de tierra y piedra, enemigas de cualquier suspensión. Luego de varias paradas a fin de tomar referencias con los lugareños, sobre el final de la tarde dimos con la tranquera indicada, pero de todas maneras, llegar hasta el refugio exigía varias horas a caballo cuesta arriba, tiempo que no teníamos. Es ahí cuando la amabilidad de los paisanos se hizo presente, nos invitaron a compartir su mesa y el cordero que colgaba del gancho en el patio de la casa, más temprano que tarde ya estábamos soñando con astas.

Por la mañana, desayuno rápido de parado, preparamos las cosas que nos iban a acompañar los siguientes días y cuando menos acordamos ya estábamos arriba de los rocines con los pertrechos cargados en los pilcheros dispuestos a emprender la larga subida, luego de agotadoras horas llegamos a destino. Campamento modesto, una lona que hacía las veces de pared para frenar el viento en lo que sería la cocina/comedor, un tronco de lenga como mesa, la carpa de cada uno, y lo demás, naturaleza pura.

Saludos de rigor y a desarmar todo lo que traíamos, luego sería el momento de encontrarme y probar el arma que usaría durante toda la cacería, a simple vista se podía notar que el polvo de la montaña y el paso de los años habían hecho su trabajo en cada rincón de la misma. Al momento del primer disparo de prueba me llevo la sorpresa de que no percutaba bien, podría ser munición defectuosa, suciedad en el canal de la aguja, no lo sabremos, pero los malos pensamientos ya estaban dando vuelta, además como no tenía correa tuve que adaptarle la de un bolso, y el ultimo día me entero de que como las anillas estaban flojas las habían pegado con La Gotita. A veces idealizamos las expectativas y creemos que cualquier cambio de planes nos va a desestabilizar; sin embargo, esta experiencia me enseñó que la clave está en saber adaptarse a las circunstancias.

La tarde nos dio la posibilidad de hacer un reconocimiento por la zona, comprobando que no había buena brama en los alrededores. Ya llegada la cena con un plato de guiso de por medio y conversaciones plagadas de anécdotas personales, llegamos a la conclusión de que debíamos ir más lejos y pernoctar en otro paraje, esto demandaría una nueva acampada. La cofradía montera estaría conformada por el baquiano Luis “el Pirincho” Velázquez, Gonzalo Rolón y yo. La mañana comenzó temprano, la programación era ir hasta – la buitrera – lugar que estaba a unas cinco horas caminando. Una vez que llegamos a la cima, dejamos las mochilas en el suelo y con el rifle en la espalda, me detuve un momento y pude percatarme de que era un mirador que regalaba un panorama increíble, desde donde se podía observar la inmensidad de la cordillera con el boscaje entrelazándose con los filos de la montaña; la arena para la milenaria contienda entre habilidad e instintos estaba allí, en el corazón del bosque o en el oscuro cañadón de la montaña, estábamos cazando!!

Luego de armar nuevamente la tienda y tomar una sopa reconfortante, bajamos en busca de agua hasta un extenso mallín atravesado por un pequeño riachuelo originado por una vertiente cercana, se barrió el área con los binoculares en busca de alguna señal pero no pudimos ver nada, excepto algunos rastros de pisadas y revolcadas en el barro, lo que nos indicaba que en algún momento los animales bajaban hasta allí con la intención de abrevar. Con el ocaso en la espalda regresamos a lo que era el segundo asentamiento, antes de irme a dormir, me voltee y eche la última mirada al horizonte… cordilleras que parecen olas detenidas en el tiempo, bañadas por la luz suave de un día que se despide…

Al comenzar el día con las primeras luces, podía sentir cómo el viento helado me acariciaba el rostro, lo suficiente para despertar todos los sentidos necesarios de la jornada que se avecinaba, después de unos momentos la brisa fresca de la mañana nos acercó los primeros reclamos, no solo estábamos enfocados en otear al macho sino también posamos la mirada en divisar alguna de las centinelas protectoras que no delaten nuestra posición, hasta que la punta de las coronas del semental comenzó a asomar sobre la cresta de una loma y se hizo presente entre el harén, teníamos una vista privilegiada desde donde estábamos justo por detrás de unas rocas que hacían la suerte de escudo visual. Luego de un rato de estar olfateándose y correteando, bajan de la colina y se pierden de vista del lado opuesto de la misma, era el momento; descendemos rápido hasta el mallín que estaba debajo de nosotros para poder movernos sobre el faldeo y terminar con un ascenso firme hasta el lugar donde estaban, habíamos acordado que Gonza sería el primero en intentar el lance, fue así que se adelantó he hizo la aproximación final ascendiendo lentamente la montaña. Al estar casi sobre la cima, se encontró sorpresivamente con los ciervos; mantuvo la calma, buscó una buena posición y efectuó un disparo certero al padrillo, que quedó en el lugar, amenazante con levantarse nuevamente, un segundo estruendo definió la partida, justo al límite de una densa vegetación.

Teníamos nuestro almuerzo, fuimos hasta la carpa a buscar algunos implementos de cocina, y en un santiamén ya estábamos en la infinita pradera verde, zona comúnmente llamada – la veraneada – donde en los días de primavera y verano se lleva a los animales a pastar, luego se retiran ya que es un área que en temporada invernal alcanza hasta dos metros de nieve.

Era el día de mi cumpleaños y para festejarlo nos dimos el gusto de almorzar en el comedor más grande del mundo, en medio de la ciénaga. Luego del guiso de Colorado, nos castigamos con una apacible siesta bajo el tibio sol de la tarde, resolvimos que Gonza regresaría al campamento base con la carne y nosotros seguiríamos cazando allí. Sin antes llevarnos una sorpresa, estábamos de “sobremesa” intercambiando interpretaciones de la cacería reciente y contemplando el ciervo que se había logrado, cuando nos sorprendió la silueta de dos jinetes que asomaban a lo lejos, a tranco lento llegaron hasta donde nosotros, cara de pocos amigos, piel curtida por el sol y el viento sureño, revolver en la cintura que se dejaba ver claramente como carta de presentación; los intercambios de saludos y una breve charla evidenciaron que los forasteros éramos nosotros y ellos los dueños del campo. Un error de cálculos en las delimitaciones del lugar donde teníamos permiso hizo que cruzáramos por cientos de metros a la propiedad vecina, la buitrera era el límite geográfico y el mallín tierra ajena; pero nada que un poco de dialogo no pueda solucionar, las pertinentes disculpas hicieron que comprendieran la situación; desataron los tientos que sujetaban una bota de vino española (recipiente generalmente de piel de cabra, utilizado para contener bebidas) que nos acercó a modo de brindis, donde Luis demostró su destreza con la misma; todo concluyó con una autorización que nos permitía seguir estando allí sin problemas, nos despedimos y continuaron su camino hasta desaparecer detrás de las colinas.

Motivados por como venía la jornada y ya finalizado el descanso salimos colina arriba; tras una larga caminata tomamos posición en un otero privilegiado que parecía dominar la zona desde donde tendríamos mejor vista, cautivados por los bramidos lejanos más allá de la siguiente loma, nos seguimos alejando aún más. El tiempo se estiraba en busca de la esquiva silueta correteando su tropa y el celo semejaba ser mejor en ese sector, pero en el poniente, el sol indicaba la hora de regresar a la “comodidad” de la tienda, es en ese momento, cuando le hago a mi camarada una propuesta que cambiaría el curso de la cacería; dada la distancia era imposible volver al mismo sitio al día siguiente para amanecer con la brama, y si nos tocaba ir más lejos significaba perder tiempo y desperdiciar las horas cruciales; así que, sin saber qué respondería, solté la sugerencia de quedarnos a dormir donde estábamos, eso implicaba un par de cosas; no contaríamos con la protección de la carpa contra el rocío, ni con la bolsa de dormir que nos cobijaría del gélido viento de la noche, tampoco accederíamos a la comida del medio día que calentaría nuestro estómago, solo tendríamos más que lo puesto. Luis me clavo la mirada ante tal sugerencia y respondió sin dudarlo: No tengo ningún problema. En ese momento supe que nos llevaríamos muy bien. Rápidamente nos dedicamos a juntar ramas secas con el fin de lograr una reserva de leña suficiente y así mantener el fuego que sería la única protección para pasar la noche.

Luego de un día intenso en la montaña el hambre y la fatiga se hacen presentes cuando te relajas, pero nada podíamos hacer, solo desviar los pensamientos hacia otro sitio, la mente juega un papel crucial en estas situaciones.
Nos amoldamos uno a cada lado de la hoguera, entre piquillines y neneos y a esperar que pasaran las horas. Con el viento en calma, el crepitar del modesto fuego entrelazado con los pensamientos era lo único que se escuchaba, y así nos quedamos dormidos, con la mirada clavada en el firmamento que se alzaba en lo alto, dejando ver los astros en su plenitud; un espectáculo negado a los ciudadanos. Sin embargo, cada cara tiene su ceca, y una vez que la fogata comenzaba a apagarse, el frio y el rocío se hacían notar lentamente, recordándonos que debíamos agregar más leña al fuego, literalmente; y así es como terminé con el pantalón y las botas quemadas por acercarme demasiado al calor de las llamas.

Cuando los picos comenzaron a teñirse de rojo estábamos nuevamente husmeando, aunque sin luz suficiente, haciendo un esfuerzo por pensar en otra cosa que no sea comida. La mañana fue más dura que la noche, ya llevamos muchas horas sin probar bocado, sumado al cansancio acumulado de las caminatas de día completo, por suerte sobre el medio día revolviendo la mochila para guardar mi campera me encontré con un par de cafés en saquito y mi camarada vio que accidentalmente le había quedado un cartucho de gas vacío en la suya; pero como a falta de panes buenas son las tortas, esos cafés eran lo mejor que podíamos tener en ese día soleado, recortamos la garrafa con el cuchillo simulando un jarro donde calentar el agua que sacamos del pequeño arroyo, y a esperar que se enfriara el metal antes de probar trago.
Las últimas horas de la tarde nos encontraron admirando el paisaje con la vista flotando entre cumbres nevadas, esperando llegara algún eco lejano, hasta que el retumbar del bramido que rebotaba entre las laderas de la quebrada nos puso en alerta inmediata, provenía de un monte muy tupido justo a unos 50 metros debajo de nosotros; el sitio estaba cubierto por una vegetación espesa e impenetrable a la vista, no había otra que esperar el momento en que pasaran por un pequeño claro donde las copas de las lengas se abrían y dejaban vislumbrar el suelo pedregoso, por ahí debían pasar.

Un par de hembras encabezaban la columna y justo detrás venía el macho, no era el ejemplar buscado, pero las nubes detrás de nosotros auguraban lluvia (dormir mojados y sin comida no era buena opción), asique decidí efectuar el disparo de todas maneras, coloque mi campera sobre el filo del despeñadero y me ubiqué en un lugar donde cualquier error se paga caro, el estruendo de la detonación rompió la calma, se escuchaba solo el atropello de la manda, dejamos pasar un momento a ver si oíamos hacia donde se dirigían y bajamos por la barranca hasta internarnos en la densa arboleda, confirmando que no había corrido más que unos cuantos metros.

Se sacó la carne rápidamente y nos dedicamos a buscar un refugio donde guarecernos del frente de tormenta que ya amenazaba desde el oeste.

Ante el cansancio extremo, los debates técnicos desaparecen y surge la verdadera gratitud, transformando un recurso improvisado en el mejor de los banquetes, esa noche no sabíamos si lo que estábamos comiendo era descendencia de los ciervos occidentales u orientales, pero lo que si sabíamos era que después un par de días sin comer nada, ese lomo a la “estaca” era un manjar, además Luis había encontrado en su mochila una bolsita con sal y pimienta hechas una piedra, valla a saber de qué año estarían ahí, pero fueron más que suficiente para coronar la velada.

Dios nos protegió de la lluvia y todo pasó sin más que una tormenta de viento y truenos; una vez que el sol nos permitió ver entre la penumbra del bosque, levantamos nuestras pertenencias, nos aseguramos de apagar muy bien el fuego y comenzamos lo que sería el regreso hasta la carpa que había quedado a mitad de camino con la idea de culminar en el lugar de origen, teníamos una trekking bastante intenso.

Decidimos avanzar por un curso de agua con el propósito de acortar camino, pero como dicen “no hay atajo sin trabajo” y lo comprobamos cuando nos topamos con una pared de piedra por la que descendía una cascada, en ambos flancos las laderas eran muy altas, por lo que teníamos dos opciones, escalar la pared mojada con mochila y rifle, o regresar por donde veníamos, lo que nos llevaría demasiadas horas y nos volverían a sorprender las estrellas. Luego de un corto debate, tomamos coraje y nos hicimos los escaladores Free Solo, la fortuna estaba de nuestro lado y logramos sortear el obstáculo.

Sobre el medio día cuando avanzábamos por la cañada, Luis me detiene la marcha señalando hacia la cima de la colina, posaba un colorado con un par de hembras, inmediatamente busco posición y dado que mi trípode se había caído de los pilcheros el día uno, tuve que encontrar apoyo con otra cosa, y lo que tenía más cerca era la cabeza del colorado que habíamos cobrado el día anterior.

De fondo se podía oír el murmullo del arroyuelo vibrando como ecos eternos en el aire mientras las astas del semental, recortadas contra el cielo azul, se entrelazaban con el retículo de la mira, era una imagen digna de ser observada por unos minutos, que, a propósito, no tenía.

Cuando me dio el lateral, supe que era el momento, la distancia 400 metros aproximadamente, controle la respiración y delicadamente dejé que me sorprenda el estallido, solo se alcanzaba a ver la polvareda mientras la tropa desaparecía, a los dos nos pareció escuchar el clásico sonido delatando que el tiro estaba en su sitio, pero un silencio absoluto nos hizo creer que había caído hacia el lado opuesto de la colina, transcurrieron unos segundos eternos hasta que el crujir de las ramas y las piedras desprendiéndose muy cerca nos alertó, sorpresivamente era el colorado que cayó 20 metros delante de nosotros.

Con gran asombro comprobamos que no tenía ninguna de sus astas rotas, admiramos con respeto por unos instantes la belleza del animal, su perlado, su grosor y la uniformidad de ambos lados, conscientes del privilegio de estar ahí. Deseábamos detener el tiempo, pero la tarde avanzaba y debíamos apurar la marcha; todavía nos aguardaba un largo camino de regreso.

Antes de llegar, la luna ya cubría nuestras cabezas, por lo que dar con el camino de regreso no fue tarea sencilla; una vez en el campamento nos quedamos compartiendo anécdotas de lo vivido hasta altas horas de la noche; el fuego ya era ceniza pero el cuerpo fatigado aún conserva la memoria de la montaña, los ciervos cobrados quedan atrás como testigos de una contienda que no se libró con los pies y las manos, sino con la mente; dormir con el rugir del estómago sobre la roca viva, sin más techo que las estrellas ni más abrigo que la propia templanza, te despoja de cualquier soberbia, en ese desamparo absoluto nace la verdadera humildad del cazador: entender que no se busca un trofeo de vanidad, sino el sustento primario, te convierte en un eslabón más del ciclo, agradecido por la vida que se entrega para sostener la tuya. Volver a la civilización no es solo regresar a casa, es descender de las cumbres sabiendo que el mayor triunfo no fue la conquista de la presa, sino la certeza de que el espíritu es más fuerte que el frío, el hambre y el cansancio.

En memoria de un gran amigo, Carlos Rebella

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