“…Esa mañana de invierno, salí temprano. Todavía estaba muy oscuro y me costó mucho subir los senderos de la barranca, debido a que ¡estaba todo muy nevado! Tenía que ir adivinando cuál era el sendero, porque no se veía nada.
Hasta que llegué arriba del todo y, de ahí, me fui derecho a la barranca, donde había agarrado a los cachorros.
Yo que iba llegando y mis perros que sacaban rastro para el mismo lado donde la leona se había escapado meses atrás.
Pegué toda la vuelta al campo… ¡Y no paraba de nevar!
Mis perros iban firmes, en especial Cacique. Los seguí durante más de cuatro horas.
Para colmo no se veía casi nada, ¡y estaba todo blanco! Hasta que llegué al filo de una barranca y todos los perros se quedaron parados…Yo los miraba. Pero ninguno se decidía a ir ni para un lado ni para el otro, mientras Cacique yacía echado al lado mío, porque estaba muy cansado. Comencé a renegar por la tremenda corrida en vano.
Fumé unos cigarros y empecé a bajar la barranca, y todos los perros a mi lado.
¡Yo iba de muy mal genio! Cacique venía por arriba, porque me conocía. Yo lo miraba y me preguntaba qué habría pasado…
Al rato encaré para la Estancia y ya no quise ni mirar a Cacique.
Más de una hora habrá transcurrido, cuando oí muy a los lejos un torido. Puse atención a la perrada: estaban todos, menos Cacique. No duró mucho el conteo, porque cuando quise volver a ver no había quedado ni uno.
Yo casi llegué a la par de ellos, a unas grietas de más de tres metros de hondo… ¡De ahí salían los toridos! Miré hacia dentro y vi que Cacique se metía y salía por todos lados, pero del león ¡nada! Entonces llevé a los perros a la entrada de las grietas, y los mandé a todos para adentro. Me trepé arriba, para ver mejor. Cacique andaba detrás de un león: ¡solo!
Y justo cuando el león estaba por saltar para arriba, me vio a mí y se volvió a meter. No pasó mucho rato, cuando escuché torear, debajo de unas piedras. Se notaba que lo tenían ¡pero no había forma de verlo, y menos de tirarle!
Esperé un rato.
Y después subí para ver si había forma de llegar hasta el león, pero nada.
De repente todos los perros se quedaron callados… Yo me dije: «Falta que este león se me haya escapado».
Entonces uno de mis mafiosos, que andaba por arriba de las grietas, toreó, mirando para abajo. Yo también miré hacia abajo, pero no vi nada. Pero él seguía toreando. Y ahí fue cuando Cacique se metió en la grieta, en la que yo no me había podido meter.
Los toridos se mezclaron con los rugidos del león. Comprendí que en el mismo fondo de esa grieta había una hendija, donde se había acobachado.
Cacique lo veía ¡pero yo no! Si se movía un poco, sí podía verlo y tirarle, tal vez.
Yo, mientras tanto, estaba arriba, con la pistola lista, con bala «en boca”, ¡por sí acaso!
Decidí largara dos de mis perros, ¡medio a la fuerza!, para adentro. Ese agujero era muy alto y angosto, y no podían ni darse vuelta, solo podían meterse y salir para atrás.
La perrada no paraba de torear, y cada uno estaba ¡uno arriba del otro! Habré estado así durante casi dos horas. Miré el cielo y comprendí que ya se venía la noche… ¡Y yo no me pensaba, ir y mis perros tampoсо!
Me puse a armar un cigarro y dejé la pistola a un costado. Entonces vi que el león empezaba a subir la grieta, encarando a los perros… ¡y por donde estaba yo! Todo pasó en segundos. Yo que lo vi y le sacudí dos tiros, y volvió a caerse adentro de la grieta, y le tiré dos tiros más, sobre el lomo… Todo esto lo hice sin mirar a mis perros, que estaban abajo… Después de comprobar que mis perros estaban todos, ¡con el león! les grité para salir y, de mala gana, fueron saliendo, de a uno.
Yo tenía que pensar bien y rápido, ya que no se veía nada por la noche… ¡y para colmo seguía nevando!
Decidí dejar al león muerto ahí, y volver por el bicho recién al otro día. Pero primero tenía que ver cómo llegar a la Estancia; por suerte, ya tenía experiencia con las nevadas. Sin pensarlo mucho, me subí al caballo y, más o menos, tomé rumbo a las casas, guiado sólo por mitad cálculo y mitad intuición, porque realmente no se veía nada y la nieve me pegaba de lleno sobre los ojos.
Los pobres perros sólo me seguían. De pronto choqué con un alambre, y más o menos me pude orientar…»¿Iré bien rumbeado?», pensaba. Pero después pude guiarme un poco más. Me tiré a mi derecha: yo sabía que eso me iba a llevar a un esquinero y que desde ese lugar no me quedaba muy lejos para llegar al filo de las barrancas, que me llevaría a la Estancia. Pero cuando llegué ¡no veía la bajada! Entonces tuve que largarme a pie, con el caballo a tiro, y le recorrido que normalmente me llevaba una hora y media esta vez me demandó tres.
A la una de la mañana llegué a la Estancia.
Bogado estaba con un solo susto por sí me había pasado algo. Al verme, le cambió la cara, y se quedó más tranquilo.
Cuando empecé a acomodarme, vi que tenía como quince llamadas perdidas en mi teléfono celular, y cuando atendí fue una sola cagada a puteadas… Era Ariel, uno de los dueños.
Ahí nomás le dije:
-Agarré la leona que se nos escapó en el verano.
Se quedó más calmado.
-No seas tan testarudo atrás de los bichos -me reprochó.
El pobre Bogado todavía no reaccionaba.
-Quedate tranquilo, vamos a ir a buscar a la leona que la dejé muerta por allá arriba.
Esa noche dejé todos mis perros sueltos, y mientras comía y me tomaba unos mates, el correntino llevaba mi montado al galpón y le daba de comer.
Al otro día, bien temprano, ya estábamos mateando con el correntino.
– ¡Hoy nos va a llegar a las buebas tanto subir esa barranca -le comenté-, para sacar a esa leona de la grieta, porque debe estar dura ¡como piedra!
Comenzamos a subir.
Tardamos más de cinco horas en hacerlo. ¡Terminamos con los caballos a tiro!
Cuando llegamos al lugar… ¿Quién estaba ahí? ¡Cacique!… que se había quedado toda la noche. Cuando nos vio, nos movió la cola y salió a nuestro encuentro.
Terminamos metiéndonos en calzoncillos en la grieta… Después de tironear para arriba… ¡sacar esa leona fue un parto! Pero lo logramos. Cuando empezamos a cuerearla, como estaba dura, costó el doble trabajo. Mandamos el cuero y la carne sobre el anca y salimos al tranco, cosa de poder llegar de día a la bajada, y de ahí, guiándonos con las huellas de la noche anterior – ¡no nos perdimos porque Dios así no quiso! -.
Llegamos a la Estancia muy tarde, pero alcancé a atar a mis perros, menos a Cacique, que durmió en la casa.
Pusimos los caballos bajo techo, con una capa cada uno.
Siempre me acuerdo que Bogado, en el transcurso de esa noche, me hizo el siguiente comentario:
-Con todo respeto, patrón, pero para hacer lo que usted hace ¡hay que estar cagado de la cabeza! Nunca me voy a olvidar de todo lo que hicimos hoy…
Esa noche se largó una tremenda tormenta de nieve.
Tomé mate hasta tarde mientras miraba a Cacique y le decía:
-Algún día vamos a escribir un libro contando nuestras aventuras y va a estar dedicado a vos…
Continúa
El leonero Urquhart y su perro Cacique
By Robert Urquhart
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