BRAMA 2019

Por Carlos Rebella

Se oyen bramidos que surgen desde cañadones y caldenes, valles y tajamares. Y los discípulos de San Uberto se estremecen. Por única vez en el año, la voz ronca de sementales de ciervo colorado, repica en ecos que invitan al desafío irrepetible, una cita con los grandes astados afiebrados por el deseo sexual, amos del rodeo de hembras que, como un harem salvaje, espera el momento de la fugaz ovulación para aceptar, dócilmente, el salto breve y violento que las preña.

El corto ciclo reproductivo, coincide con el máximo esplendor de las nuevas cuernas, listas para rechazar los intentos de sus pares por despojarlo de su gineceo. Y como son muchos los que merodean, huérfanos de compañía, el otoño de nuestro hemisferio los sorprende entre peleas sangrientas, coitos, vergas erectas y semen esparcido sobre arbustos y troncos, producto – curiosamente – de la masturbación: excitado, columpia el miembro erecto golpeando la panza, hasta lograr la eyaculación. Así, entre cornadas, gritos estentóreos, cópulas y correteos tras las damiselas para retenerlas, descuida, temporalmente, su proverbial cautela y actitud vigilante. Pero a los monteros, lejos de beneficiarnos, nos suma dificultades, ya que, en la temporada de celo, no es solo el señor quien custodia los alrededores: cinco o diez pares de ojos, orejas y narices con capacidades fenomenales, se suman como una coraza de super sentidos contra intrusos o predadores. Tanta es la calentura circunstancial del macho, que a falta de rivales no vacila en arremeter – cual Quijote – contra arbustos, matorrales o troncos, para descargar su furia salvaje. Pero las puntas de los candiles, afiladas contra maderas duras, poco antes del despertar sexual, no siempre son suficientes: entre los pretendientes, suele aparecer un guerrero joven y vigoroso, que lo obliga a abandonar el ruedo, derrotado, herido y condenado al ostracismo. Muerto el Rey, que viva el Rey…, la sabia naturaleza, impone que solo los más fuertes planten su semilla.  

La brama 2019 llegó complicada. Uno de mis mejores amigos, reciente propietario de una estancia con buena población de ciervos, jabalíes y otras mentas, tuvo la deferencia de invitarme para el tradicional encuentro, no sin advertir, – nobleza obliga – que deberíamos apechugar con ciertas limitaciones, motivadas por el proceso de cambio y la escasez de personal, un arduo problema en esas latitudes. En criollo, no contaríamos con guías, caballos, vehículos, cocinero ni mucama para atender la suntuosa casona para huéspedes. Como premio consuelo, el mayordomo nos ayudaría aportando planos de caminos, tranqueras, senderos, aguadas y miradores dispersos en más de 10.000 hectáreas,  buena parte cubiertas de monte. Carecer de comodidades y servicios hoteleros, poco y nada importaba, pero la falta de baquiano, era otra cuestión… En mi opinión, y más allá del riesgo de extraviarse, cazar en soledad, en campos desconocidos, limita la atención del cazador sobre lo que concierne a su mettier: detectar rastros, oír bramidos, descubrir la cuadrilla de ciervas, esquivar crujientes ramas u hojarasca secas, y comprobar, de a ratos, la dirección del viento, entre otros deberes… Es decir, idealmente, despreocuparse por el rumbo, G.P.S. o handys. Obviamente, es solo una opinión más, para agregar, o no, al librito de cada uno…

Volviendo a lo nuestro, el señuelo era demasiado tentador para detenerse en detalles, teniendo en cuenta que mi hijo Gustavo y Aldo llevan, en su imaginaria mochila, decenas de cazadas a pura carpa y fogón; cocinacomedor bajo una lona; retrete, hasta donde alcanza la vista, y ducha a balde o manguera. Entonces, solo quedaba gastar borcegos, orientarse por el sol, las estrellas o el pálpito, y aceptar las dificultades como esa pizca de incertidumbre, que condimenta y dignifica la caza.

Llegamos con las últimas luces del día, y la recepción despejó muchas dudas: el administrador resultó un tipazo, que más allá de sus obligaciones, nos prometió una mañana para reconocer el predio en su 4×4. Nos instalamos en la casa principal, ocupamos los tres dormitorios – un lujo inesperado y seguro contra ronquidos – ordenamos los víveres en la cocina, y nos regalamos un trago frente al enorme ventanal, donde se   retrataba el parque que rodea la mansión, 500 metros despejados hasta la costa del bosque, la mejor defensa contra los frecuentes incendios forestales. Varias maras y copetonas – increíblemente mansas – vagaban sobre la cuidada gramilla, pastoreando o picoteando la hierba.

Poco después Aldo, siempre comedido y auto designado cocinero, nos enviaba desde la cocina tufillos deliciosos. Cenamos como leones, y sin sobremesa, a la cama: estábamos fundidos.

Amaneció con sol y fresco, desayunamos observando la línea verde montuosa, donde se guarecían nuestros adversarios, y al salir a la galería, recibimos su mensaje y la mejor bienvenida: desde lo más profundo de la foresta, llegaron roncos reclamos cervunos: con la ayuda de Dios, el celo anual estaba en su apogeo. No tardó en aparecer nuestro cicerone para concretar su oferta: un fructífero itinerario que Gus pasó al papel, con la ubicación de guardaganados, carteles indicadores, molinos, tajamares, contrafuegos, picadas a los cuatro vientos, y atalayas. Aunque breve, el tour disipó no pocos temores sobre el cuco de perderse.

Liberado nuestro práctico, y luego del almuerzo y siesta, nos animamos al primer vuelo en solitario, sin muchas esperanzas, porque la berrea vespertina comienza al atardecer, cuando la luz mengua temprano, complicando el approach. Después de rodear el casco del Establecimiento, poblado de galpones, viviendas y escritorios, atravesamos la primera tranquera que abría paso al camino central, que nos llevó a la segunda, donde apagamos el motor. El concierto que llegaba desde todos los rincones, haría difícil seleccionar el objetivo. Nos regodeamos un buen rato, conteniendo el deseo de mandarnos, pero decidimos respetar los tiempos, explorando, tomando confianza con el entorno, y recordando   atajos para aprovechar la dirección de los vientos predominantes. Regresamos sin habernos apeado de la camioneta, pero empachados de ilusiones…   

El verdadero debut, entonces, fue el día siguiente. Nos levantamos a las 5 a.m., y luego del desayuno, tomamos el mismo camino, que nos llevó a la misma portada, donde esperamos las primeras luces. Como apunté más arriba, con brama tan intensa, resultaba un dilema optar por uno de los gritones, teniendo en cuenta que todos distaban entre 500 y 1000 metros.  De modo que cada cual se guio por su cábala: barítonos, tenores o bajos… Aldo y Gus se mandaron por una picada oscura y estrecha, y yo seguí caminando el camino. Les esperaba un monte desusadamente alto y despejado, atípico, ventajoso, y con amplia visión lejana.

Después de patear algo más de media legua, descartando las varas demasiado altas para mis gambas, me decidí por uno el más próximo, con berreos cortos y roncos, rematados por dos o tres carraspeos breves. El arbolado parecía accesible, y aunque al internarme unos metros parecía más cercano, la mayor o menor audición depende de su postura circunstancial: de frente o de culo. Sabía, por otra parte, que no era más que pálpito, y que el tono, aunque para mí nada garantiza, era una de las tantas maneras de equivocarse. Además, no quería quemar toda la pólvora en la primera jornada: la serenata venía para largo, y debía manejar la sensatez sobre el entusiasmo.

Y la oportunidad llegó en forma insólita: ni brama ni toses: de pronto, a mi derecha, comenzaron a sonar chasquidos metálicos del entrechocar de guampas: una batalla campal a menos de 500 metros… Abandoné la comodidad del camino y mi objetivo primario, y busqué el rumbo más desbrozado, intentando acercarme. Me importaba más presenciar la pelea que el disparo, si alguno valía la pena. Avancé mucho más que lentamente, y media hora después, podía oír sus jadeos. Me senté en un tocón, apoyé el rifle en un tronco, y empuñé el prismático. Debía descubrir la posición de las hembras y eludirlas. No fue difícil. Una y otra vez conté cinco, para asegurarme, me coloqué las rodilleras sobre el pantalón, y calcé los guantes. Con los primeros metros en cuatro patas, sentí que me dolían hasta las pestañas, pero me armé de paciencia, cubriendo trechos breves – diez metros – hasta que una doncella se alertó, mirando en mi dirección. Mas duro que rulo de estatua, aguanté hasta que continuara con su pastoreo. Alcancé el reparo de un enorme algarrobo, y por encima de la horqueta que formaba su tronco bifurcado, con sol de frente, vislumbré una gran mancha negra de varias hectáreas: un antiguo incendio que dejó sus señales, pero de los ciervos, ni noticias… En ese momento cesaron los restallidos, lo que me llevó a pensar en que me descubrieron u olfatearon. Eligiendo donde pisar, paso a paso, cambiaba de posición sin perder de vista a las hembras. Estaban las cinco, impasibles ante el despelote que provocaron, hasta hacía unos minutos, los pretendientes… Siempre a mi ritmo y saltando de árbol en árbol, el ruido de gajos quebrados y cascos indicó que las hembras se asustaron: habían desaparecido. Esperé casi una hora hasta volver a verlas, pero como no escuchaba a los rivales, supuse que uno de los contendientes debió poner en fuga al otro, y que la estampida las inquietó por un momento. El ganador tenía que estar cerca, y el único lugar capaz de ocultar una mole de 250 kilos, o más, era una isleta alta y alargada, que se extendía a unos 150 metros. La recorrí varias veces con la mira, por las dudas, y acerté: precedido por un par de cortos tosidos, asomó el macho bravío con la testa en alto, mostrando las huellas de la riña: un puntazo o raspón en el cuello. Lucía pelambre color zaino colorado, brillante, se acercó impetuoso y descuidado hasta la consorte más cercana, le asestó un suave topetazo en el anca, y olió obstinado su vagina. No tuvo suerte, la muchachita aún no estaba dispuesta. Cuando se detuvo unos segundos, pude evaluarlo para mal: la espesa barba que colgaba del vigoroso cuello – un ejemplar adulto – no armonizaba con la cornamenta. Diez puntas gruesas, rematadas por una seudo corona de dos, identificaban al horquetero en regresión genética, que debe eliminarse. Y ese era, precisamente, el pedido expreso de mi amigo: abatir cuantos individuos afectaran el desarrollo del futuro coto de excelencia, que estaba en sus planes. No creo que sea función del cazador, sino de un profesional que evite confundirlo con un macho joven, pero había que colaborar… Antes, me propuse un desafío: una foto de las alcahuetas que frustraron tantos intentos del pasado. Apenas disponía de un modesto teléfono cualunque, que no tiene 4 cámaras ni 18.000 no sé qué, pero en cambio, intentaría una aproximación a la medida del aparato: no más de 30 metros, casi debajo de la panza

Estaba casi seguro que fallaría, pero era una linda apuesta. Elegí a dos que estaban juntas, y comenzó el juego. Era como recechar a un macho de 250 puntos. Pero con paciencia y saliva… me acomodé detrás de un piquillín, justo a tiempo: las muy turras había parado la oreja, y clavaron la vista en mi dirección. Iniciamos una competencia para ver quien aflojaba primero, y así estuvimos varios minutos, hasta que continuaron el ramoneo. Apunté el celu, activé el zoom al mango, y clic mudo. Cuando culminó mi venganza, ubiqué nuevamente al veterano, y con un solo disparo del .300 obtuve el abate. El monte estalló con la estampida de la tropilla.

Cuando me arrodillé para acariciar el pelo del cogote herido, levemente, sentí el cosquilleo de conciencia que tan acertadamente filosofó don Ortega Y Gasset, y que percibimos los cazadores ante la muerte, sin la cual no hay caza. Era un macho con la dentadura gastada por la rumia de muchos años, que en poco tiempo no le permitiría alimentarse adecuadamente y lo haría morir por inanición. Pero fue suficientemente fuerte para derrotar a su adversario ocasional.

Después de marcar el sitio descascarando algunas cortezas, seccioné cuidadosamente uno de los lomos para la despensa, y allá dejé al viejo padrillo a la espera de los peones.

Había cambiado de dirección varias veces durante el rececho, estaba filtrado y, para qué negarlo, frustrado por el resultado. Pero, por otra parte, si hubiese sido un buen trofeo mi cacería habría concluido, y tendría casi dos semanas cazando peludos: mi cuota estaría cubierta. Así las cosas, el regreso me preocupaba. Guiarse por el sol parece fácil en las películas, pero en la realidad, el poniente es un arco de 45º, bastante amplio para errar el rumbo. Extrañando como nunca al guía, se hizo interminable encontrar el camino, al que llegué hecho percha… Había caminado más de lo imaginable, a esta altura de mi campaña, y porque no decirlo, el ego estaba inflado como una ballena: había probado la máquina, y si no la pasaba de vueltas, funcionaba.

Pero al toque recordé a mis amigos. Estaba seguro – o casi – que andaban a la siga de un fugitivo, y con problemas de brújula… Pensé en un par de disparos para orientarlos, pero como no hay comedido que no salga jodido, por ahí les malograba el trabajo. Trepé a la chata, y un minuto después me desmayé en una siesta reparadora. Hasta que me despertó el dúo de boludos, con una sacudida que casi me infarta… Muertos y sedientos, se desparramaron en el pasto, tomando aliento para contar su historia.

Cuando se alejaron, de madrugada y en penumbras, coparon un entorno similar al que me tocó en suerte, y luego de andar sin pausa tras un reclamo, advirtieron el estrépito de arbustos quebrados, ásperos rezongos y corridas. Gateando o reptando, según convenía, alcanzaron la zona crítica, donde comienzan las verdaderas dificultades. Pero la ansiedad y el trofeo tan cercano, hizo que sobrara apuro y faltara paciencia: una vigilanta resoplo alarmada, originando el desbande. Estaban seguros que no los habían venteado, pero también que son territoriales, y no se alejarían. El precio del error: horas inmóviles hasta que se calmaron. Cuando el macho retomó sus rebuznos, gastando rodillas y palmas por fin sorprendieron la silueta de una cierva, y al toque a las restantes de la caterva: eludiéndolas, podría intentar el asalto. Camuflados, orientados   con los gritos, solo quedaba esperar. Aldo, que había ganado el sorteo por el primer tiro, mantenía el arma apuntada y se sorprendió gratamente cuando el ciervo asomó la cabeza. Fue lo único agradable. Los 6 aumentos de la Swarovski, le trajeron un trofeo lisiado: una de las varas, intacta, tenía 7 puntas, con las seis de abajo largas y armoniosas, y la otra, solo una luchadora y el candil de hierro: la había quebrado durante una trifulca. No sin pesar, bajó el rife con razón deportiva: el año próximo volvería a ser un gran ciervo. Pasada la bronca, se consolaron: en la primera jornada casi se les hace… Con dificultades – perdieron varias veces el derrotero -, finalmente llegaron, después de un extenuante rastreo que disfrutaron con auténtica alegría.

Cuando me llegó el turno de referirles mis cuitas con el descarte, no podían creer que también tuve mi oportunidad, y que pudo ser un buen trofeo… Sin embargo, coincidimos en que el coto era espectacular: habíamos tenido contacto en el primer lance – lo que no es común -, y, sobre todo, la fortuna que nuestra llegada coincidiera con el pico de la brama, tampoco común. ¡Cuántas veces hemos llegado al cazadero cuando la berrea pasó, o no se ha iniciado!  Con semejante pronóstico, los días comenzaron a escurrirse entre los dedos como arena…

Cierta tarde, en el ocaso del día, mientras Aldo deambulaba orillando una pradera, y escuchó a un semental gritando a la distancia. Con su potente binocular Zeiss, no tardó en focalizarlo. Estaba a pasos de la orilla de una muralla verde que se perdía en el espacio azul, tan mimetizado, que a simple vista era invisible. Tratando de hallar accidentes del terreno, matas, etc., que lo ayudaran para ocultarse durante el ataque, descubrió una isleta boscosa cuyo extremo apuntaba al objetivo. Como pudo, logró entrar en el fárrago de plantas, arbustos y madera caída, atravesó la traicionera alfombra de ramas secas, y al asomar, al otro lado, se sacó la lotería: el blanco seguía allí, junto a su séquito, disperso, pero cerca. Los 200 metros que lo separaban era respetables aún para su .300., pero adelante, no había nada con que cubrirse para acortar la distancia. Afirmó el caño sobre un tronco, y cuando el codillo estuvo en el centro de la cruz de la mira, presionó el gatillo y oyó el impacto que lo abatió. Pero cuando en su interior daba las hurras, el aspudo, como el Ave Fénix, se incorporó de un salto y se perdió en la espesura. No hubo tiempo para otro disparo. En estos casos lo aconsejable es dejar pasar un tiempo prudencial, porque si fue certero, la gran descarga de adrenalina les permite correr un trecho, pero caen. Sin embargo, en ese caso particular, Aldo no tenía tiempo suficiente para esperar esos minutos cruciales, iniciar y seguir un rastreo incierto: las sombras lo sorprenderían en plena tarea, y alertaría a la bestia, que seguiría huyendo. Decidió, con tino, postergar para el día siguiente la batida. Memorizó todos los detalles del lugar, dejó señas en la corteza de un par de árboles, y regresó cargado de amargura. Durante la cena, conociendo los detalles y con el plano a mano, hallamos que, muy cerca de los hechos, nacía una picada transitable que nos acercaría sin tener que caminar tantos kilómetros. A primera hora, todos a bordo de la camioneta, levantábamos polvo hacia el atajo. Pronto hallamos el montecillo que indicaba la zona para explorar.

A falta de baquiano y/o perros, los dos jóvenes partieron hacia el este, siguiendo la línea de la foresta: hallarían las pisadas, bosta, y por donde huyeron. Yo el caminito, al sur, para comprobar si habían cruzado el alambrado por alguna pasada. Es ese caso habría muestras de sangre. Como no ocurrió, decididamente estaban dentro del cuadro. Aguardé largas horas apoltronado en el vehículo, hasta que aparecieron a los lejos, con el trofeo recortado en el cielo. Di gracias a Dios y a San Uberto. El aspecto que tenían era lamentable: rosetas, espinas y la ropa rasgada, mostraban que la tarea no había sido fácil. Estaban agotados pero exultantes por el éxito. Admiré largamente la cabeza ornada del viejo padrillo: las cuernas vigorosas, perladas y armónicas, conformaban un excelente trofeo. Hubo abrazos, felicitaciones y largo placer compartido.

Mientras corrían los días, crecía el suspenso: padre e hijo no había logrado su trofeo, más allá del del abate sanitario. Si bien Gus estaba 0 Km, mis bisagras chirriaban pidiendo descanso…

Más, con las puertas abiertas al optimismo, seguimos en la brecha hasta que se nos presentó una buena chance. Un amanecer, a poco de salir y cuando el sol apenas se alzaba, nos cruzamos con otra camioneta, que hizo señas para que nos detuviéramos. Eran alambradores que se dirigían a su trabajo, y acercaron buenas noticias: un par de kilómetros atrás, un ciervo de gran porte cruzó el camino, saltó y entro al monte con rumbo norte. Además, nos indicó que, retrocediendo 200 metros había una tranquera, desde donde partía una huella paralela a la del ciervo. Como referencia, a una legua pasaríamos frente a un puesto abandonado. Agradecimos y dimos la vuelta, dejando a Aldo, que prefirió buscar fortuna por los alrededores…

No tardamos en divisar al rancho blanqueado, pegado a un ancho contrafuego. En la primera ojeada a la franja despejada, me dije que era el día de Gustavo. A unos 500 o 600 metros, un ciervo correteaba alrededor de una cáfila de hembras. La suerte del campeón, quiso que el fuerte viento, y el motor de un tractor que trabaja en las cercanías, no les llevara el sonido del nuestro. Ocultos por la vivienda, cuando nos preparábamos para acercarnos al reparo de la espesura, nos estremeció el bramido de macho, al que siguió otro lejano, que, desde lejos, lo toreaba. Debía apresurarse, pues estaba a pocos metros de la valla y si saltaba, chau picho… Dejé que decidiera el cazador, y lo seguí. Tapados por la casa y los árboles que la rodeaban, cruzamos el patio y nos adelantamos caminando sigilosamente a unos 50 metros de la costa. Cuando mi compañero lo creyó conveniente, se acercó a espiar al grupo, mientras yo ni me movía. Un metro antes de la cerca, se detuvo, y girando la cabeza mostró su cara sonriente, y el pulgar hacia arriba: seguían allí. Descansó el cañón sobre un poste, y pocos segundos después, el estampido, seguido del choque del proyectil, retumbaron en la calma. Cuando estuve a su lado, su cara ya no estaba alegre. El garañón, luego de ser alcanzado por los 180 grains del .300, reculó un par de metros, bamboleante, tomó impulso, y con las patas delanteras, al abalanzarse, hizo restallar el hilo más alto. Luego se esfumó junto a su cohorte. Con la bronca imaginable, cambiamos opiniones y, como era probable que hubiera caído cerca, nos acercamos al cruce. Gotas de sangre rosada y espumosa, delataban una herida pulmonar, mortal a la larga, pero que le permite recorrer grandes distancias. Si fuesen rojo claro, es arterial, impacto al corazón o grandes arterias: se desploma a pocos metros, y si es rojo oscuro, puede ser muscular, mal pronóstico, una lesión leve por un disparo imperfecto, que hace casi imposible encontrarlo. Seguimos un trecho la rastrillada de la manada, hasta que Gus decidió seguir solo. Si se extraviaba, tres disparos sucesivos nos ayudarían a encontrarnos.

Esperé en la camioneta más de una hora, viendo desvanecerse las esperanzas, pero, en lugar de quedarme al sentado pedo, y suponiendo   que el fugitivo estuviera desorientado por el shock, era posible que se desviara a este, y cruzara el camino donde yo estaba. que nos trajo. Me bajé, cargué el .300, y caminé lentamente, identificando cada cruce de ciervos, jabalíes y otras yerbas. Si pasó, tendría que dejar huellas o sangre. Como fue una corazonada inútil, volví, me recosté en el asiento y quedé dormido. Desperté dos horas después, puse en marcha y salí en primera y regulando: esta vez, motorizado, recorrería todo el perímetro del cuadro.   Y cuando había cubierto apenas una legua, se produjo el milagro: 200 metros delante, Gustavo salía del espeso monte, atravesando trabajosamente los siete hilos. Más culo no podíamos tener… Increíble… Estaba exhausto, con la ropa rasgada, los brazos arañados y el aliento entrecortado, pero en sobre los hombros ensangrentados, descansaba el preciado trofeo. Prácticamente, se había llevado por delante el cerco que buscaba hacía más de una hora. Se tomó media caramañola de agua – con el apuro se fue sin ella – y comenzó a narrar los detalles de su pequeña odisea. Las palabras se atropellaban citando pormenores del esforzado rastreo. Lo había perseguido tenazmente, guiado por las pisadas o la sangre; en dos oportunidades lo levantó del encame donde yacía, y en el tercero detectó los astiles de la corona, sobre las ramas más altas de una mata de piquillín. Apuntando a las guampas, lo provocó intencionalmente, y el ciervo se incorporó, ya sin fuerzas. Lo remató con un certero disparo al codillo. Luego de un largo rato admirando el fruto de su esfuerzo, sin dejar de lamentarse por el mal impacto que provocó un sufrimiento que nadie desea, marcó el lugar para los peones, separó la cabeza, y la cargó hasta que se alinearon los astros para bien: halló el lindero y nos encontramos. Confesó que ya pensaba en las tres bengalas sonoras… Mil abrazos, mil fotos y mil exclamaciones de júbilo, se sucedieron mientras admirábamos las cuernas, robustas, largas, candiles y perlado perfectos, y amplia abertura. 

Mientras tanto Aldo, que había regresado a la casa, preparó el almuerzo que disfrutamos como merienda, por la hora. Comimos hasta el hartazgo, brindamos mil veces, y después de un buen baño, nos sentamos en la galería para disfrutar – scotch por medio – del atardecer, maras y perdices.       

Por mi parte, estaba resignado a volver zapatero, – no sería la primera vez – pero feliz: mis dos amigos habían culminado felizmente la cazada, y era más que suficiente. Pero Gus que no se resignaba. Recordó cierto tajamar y apostadero adjunto, al que nos había guiado el mayordomo durante la recorrida del primer día. Me propuso revisarlo, y luego del almuerzo, mientras la banda sesteaba, hice una escapada. Era una represa alargada, de unos 60 metros de largo, cercada y con la tranquera abierta. Recorrí la orilla, y entre miles de hoyos de pezuñas, se notaban claramente pisadas nuevas y antiguas de astados y colmilludos. Era una excelente opción para aprovechar la luna en creciente…

En cuanto llegué, llené la mochila con todo lo necesario para una larga noche de vigilia – incluidos unos sándwiches made in Aldo -, rechacé el ofrecimiento para acompañarme, y poco después estaba subiendo las ventanillas levadizas – que oficiaban de alero y protección visual -. Comprobé la altura del asiento y el apoyo del rifle, y acomodé todo a mano en la oscuridad. La vista era espectacular, si omitimos unas putas vacas abrevando. No había cerrado la tranquera, porque es ley campera que las puertas deben quedar como se hallan, pero el inconveniente no era demasiado importante. Normalmente, el ganado abreva temprano y vuelve al pastoreo.

Antes de las diez de la noche, estaba en mi salsa. Rodeado del silencio que se oye en el cuasi desierto, imaginaba las cuernas del bravucón invisible. Y por enésima vez, pensaba en el polémico reclamo sonoro: ¿es amoroso o es un desafío para sus rivales? Un tema de discusión eterno… Continué disfrutando el placer de estar cazando, que por un momento se ensombreció: a unos 50 metros, desde las alturas, la luna rielaba en el agua de una vecina represa similar, otra opción para los animales, que menguaba mis chances. Y un inconveniente no menor.

Resignado, las horas se hicieron breves en compañía de la variada fauna que visitaba el aguaje. Hasta que, a los dos de la madrugada, cuando picó el bagre y me disponía a abrir el tupper con los emparedados, una cuadrilla de jabalíes, no menos de 15, se detuvo a la sombra de los últimos árboles. Sosteniendo la caja entre las piernas, evitando alboroto, tomé el rifle y lo apoyé en la base de la ventana. Un movimiento en falso, el toque del caño en las paredes, techo o apoyo, mandaría todo al diablo… Cuando me relamía, apilado sobre la culata y esperando que entraran, los muy ladinos siguieron su camino, en dirección a la competencia, desde donde, poco después, llegó el bullicio de chapuzones y gruñidos.

Puteando hasta en chino, pasó el inexorable tiempo, y llegaron los cabeceos culposos y esfuerzos por vencer al sueño, ese invisible enemigo del fascinante arte del acecho. Era hora de abandonar el juego. Por ahora, 1 los ciervos, cero Rebella. Pero era partido y revancha.

Llegué pocas horas antes del amanecer, entré sigilosamente, engullí las sobras de la cena, dormí hasta el mediodía, y durante el almuerzo detallé con lujo de detalles mis cuitas nocheras.

Agonizaba el día cuando insistí. Nuevamente asomado desde la oscuridad de la casilla, contaba vacas y caballos, que durante dos horas rompieron la paciencia… La luna, cada vez más brillante y gorda, se reflejaba en el agua como el cuerno de un búfalo.  El golpe de adrenalina llegó pasada la media noche: exactamente donde habían estado los jabalíes, asomaron dos ciervas, apenas visibles bajo la sombra. El corazón me dio un vuelco: el padrillo estaba cerca, y lo confirmó un bramido que me erizó la piel. Apunté cuidadosamente a una de ellas, para comprobar el comportamiento de la Leupold, y, por coincidencia, el lente se llenó con la estampa arrogante del semental. Un corto berrido, y sin darme tiempo para apuntar, obviando la tranquera abierta, brincó sobre el alambrado, y se acercó a la orilla. Se detuvo husmeando, observando el contorno, volvió a toser, me tomé un par de segundos para evaluar las guampas – corona con candiles largos y numerosos -, y aunque estaba de frente, y el único blanco era el reducido pecho, tronó el Remington, dio dos pasos atrás, y cayó inerte. Cuando me aseguré, casi me rompo la crisma bajando la escalera, urgido por la curiosidad. Resultó un magnífico trofeo, con los seis candiles basilares típicos de los genéticamente puros, que sumados a las cuatro y cinco puntas de cada corona, completaban un 16 impar, según el  C.I.C., o Conseil International de la Chasse. Si hilaba fino, faltaban uno a dos años para echar cuernas más robustas… Bajo la luna de plata, que me pareció más brillante que nunca, admiré largos minutos su imponencia, aun en la muerte.

El camino siempre es corto, cuando se lleva como copiloto al señor éxito. Sin despertar a mis compinches, me acosté esperando un sueño que tardó en llegar y duró poco, ardía en deseos de compartir la frutilla del postre. El mejor premio fue que lo tomaron como propio, plenos de afecto y alegría. Pasada la euforia, correspondía dar aviso al mandamás, quien dispuso que un peón me siguiera con tractor y acoplado para despostar: más de 100 kilos de carne deshuesada. Con el doble, que aportaron los otros dos, había para dejar buena parte a la peonada, y una docena de goulachs para los amigos.

Con final a toda orquesta, gozamos de la última cena, que se prolongó más de lo debido, entre brindis que no olvidaron a nuestro querido anfitrión. Era el fin de una brama excepcional, dos semanas de camaradería y deporte, que culminaron con demasiada suerte. Dejamos atrás inolvidables jornadas de bonanza, la cordialidad de la gente que nos ayudó – a pesar de todo -, y mi satisfacción al estar al borde de K.O., y ganar por puntos en el último round… Suerte de principiante…

Se oyen bramidos que surgen desde cañadones y caldenes, valles y tajamares. Y los discípulos de San Uberto se estremecen. Por única vez en el año, la voz ronca de sementales de ciervo colorado, repica en ecos que invitan al desafío irrepetible, una cita con los grandes astados afiebrados por el deseo sexual, amos del rodeo de hembras que, como un harem salvaje, espera el momento de la fugaz ovulación para aceptar, dócilmente, el salto breve y violento que las preña.

El corto ciclo reproductivo, coincide con el máximo esplendor de las nuevas cuernas, listas para rechazar los intentos de sus pares por despojarlo de su gineceo. Y como son muchos los que merodean, huérfanos de compañía, el otoño de nuestro hemisferio los sorprende entre peleas sangrientas, coitos, vergas erectas y semen esparcido sobre arbustos y troncos, producto – curiosamente – de la masturbación: excitado, columpia el miembro erecto golpeando la panza, hasta lograr la eyaculación. Así, entre cornadas, gritos estentóreos, cópulas y correteos tras las damiselas para retenerlas, descuida, temporalmente, su proverbial cautela y actitud vigilante. Pero a los monteros, lejos de beneficiarnos, nos suma dificultades, ya que, en la temporada de celo, no es solo el señor quien custodia los alrededores: cinco o diez pares de ojos, orejas y narices con capacidades fenomenales, se suman como una coraza de super sentidos contra intrusos o predadores. Tanta es la calentura circunstancial del macho, que a falta de rivales no vacila en arremeter – cual Quijote – contra arbustos, matorrales o troncos, para descargar su furia salvaje. Pero las puntas de los candiles, afiladas contra maderas duras, poco antes del despertar sexual, no siempre son suficientes: entre los pretendientes, suele aparecer un guerrero joven y vigoroso, que lo obliga a abandonar el ruedo, derrotado, herido y condenado al ostracismo. Muerto el Rey, que viva el Rey…, la sabia naturaleza, impone que solo los más fuertes planten su semilla.  

La brama 2019 llegó complicada. Uno de mis mejores amigos, reciente propietario de una estancia con buena población de ciervos, jabalíes y otras mentas, tuvo la deferencia de invitarme para el tradicional encuentro, no sin advertir, – nobleza obliga – que deberíamos apechugar con ciertas limitaciones, motivadas por el proceso de cambio y la escasez de personal, un arduo problema en esas latitudes. En criollo, no contaríamos con guías, caballos, vehículos, cocinero ni mucama para atender la suntuosa casona para huéspedes. Como premio consuelo, el mayordomo nos ayudaría aportando planos de caminos, tranqueras, senderos, aguadas y miradores dispersos en más de 10.000 hectáreas,  buena parte cubiertas de monte. Carecer de comodidades y servicios hoteleros, poco y nada importaba, pero la falta de baquiano, era otra cuestión… En mi opinión, y más allá del riesgo de extraviarse, cazar en soledad, en campos desconocidos, limita la atención del cazador sobre lo que concierne a su mettier: detectar rastros, oír bramidos, descubrir la cuadrilla de ciervas, esquivar crujientes ramas u hojarasca secas, y comprobar, de a ratos, la dirección del viento, entre otros deberes… Es decir, idealmente, despreocuparse por el rumbo, G.P.S. o handys. Obviamente, es solo una opinión más, para agregar, o no, al librito de cada uno…

Volviendo a lo nuestro, el señuelo era demasiado tentador para detenerse en detalles, teniendo en cuenta que mi hijo Gustavo y Aldo llevan, en su imaginaria mochila, decenas de cazadas a pura carpa y fogón; cocinacomedor bajo una lona; retrete, hasta donde alcanza la vista, y ducha a balde o manguera. Entonces, solo quedaba gastar borcegos, orientarse por el sol, las estrellas o el pálpito, y aceptar las dificultades como esa pizca de incertidumbre, que condimenta y dignifica la caza.

Llegamos con las últimas luces del día, y la recepción despejó muchas dudas: el administrador resultó un tipazo, que más allá de sus obligaciones, nos prometió una mañana para reconocer el predio en su 4×4. Nos instalamos en la casa principal, ocupamos los tres dormitorios – un lujo inesperado y seguro contra ronquidos – ordenamos los víveres en la cocina, y nos regalamos un trago frente al enorme ventanal, donde se   retrataba el parque que rodea la mansión, 500 metros despejados hasta la costa del bosque, la mejor defensa contra los frecuentes incendios forestales. Varias maras y copetonas – increíblemente mansas – vagaban sobre la cuidada gramilla, pastoreando o picoteando la hierba.

Poco después Aldo, siempre comedido y auto designado cocinero, nos enviaba desde la cocina tufillos deliciosos. Cenamos como leones, y sin sobremesa, a la cama: estábamos fundidos.

Amaneció con sol y fresco, desayunamos observando la línea verde montuosa, donde se guarecían nuestros adversarios, y al salir a la galería, recibimos su mensaje y la mejor bienvenida: desde lo más profundo de la foresta, llegaron roncos reclamos cervunos: con la ayuda de Dios, el celo anual estaba en su apogeo. No tardó en aparecer nuestro cicerone para concretar su oferta: un fructífero itinerario que Gus pasó al papel, con la ubicación de guardaganados, carteles indicadores, molinos, tajamares, contrafuegos, picadas a los cuatro vientos, y atalayas. Aunque breve, el tour disipó no pocos temores sobre el cuco de perderse.

Liberado nuestro práctico, y luego del almuerzo y siesta, nos animamos al primer vuelo en solitario, sin muchas esperanzas, porque la berrea vespertina comienza al atardecer, cuando la luz mengua temprano, complicando el approach. Después de rodear el casco del Establecimiento, poblado de galpones, viviendas y escritorios, atravesamos la primera tranquera que abría paso al camino central, que nos llevó a la segunda, donde apagamos el motor. El concierto que llegaba desde todos los rincones, haría difícil seleccionar el objetivo. Nos regodeamos un buen rato, conteniendo el deseo de mandarnos, pero decidimos respetar los tiempos, explorando, tomando confianza con el entorno, y recordando   atajos para aprovechar la dirección de los vientos predominantes. Regresamos sin habernos apeado de la camioneta, pero empachados de ilusiones…   

El verdadero debut, entonces, fue el día siguiente. Nos levantamos a las 5 a.m., y luego del desayuno, tomamos el mismo camino, que nos llevó a la misma portada, donde esperamos las primeras luces. Como apunté más arriba, con brama tan intensa, resultaba un dilema optar por uno de los gritones, teniendo en cuenta que todos distaban entre 500 y 1000 metros.  De modo que cada cual se guio por su cábala: barítonos, tenores o bajos… Aldo y Gus se mandaron por una picada oscura y estrecha, y yo seguí caminando el camino. Les esperaba un monte desusadamente alto y despejado, atípico, ventajoso, y con amplia visión lejana.

Después de patear algo más de media legua, descartando las varas demasiado altas para mis gambas, me decidí por uno el más próximo, con berreos cortos y roncos, rematados por dos o tres carraspeos breves. El arbolado parecía accesible, y aunque al internarme unos metros parecía más cercano, la mayor o menor audición depende de su postura circunstancial: de frente o de culo. Sabía, por otra parte, que no era más que pálpito, y que el tono, aunque para mí nada garantiza, era una de las tantas maneras de equivocarse. Además, no quería quemar toda la pólvora en la primera jornada: la serenata venía para largo, y debía manejar la sensatez sobre el entusiasmo.

Y la oportunidad llegó en forma insólita: ni brama ni toses: de pronto, a mi derecha, comenzaron a sonar chasquidos metálicos del entrechocar de guampas: una batalla campal a menos de 500 metros… Abandoné la comodidad del camino y mi objetivo primario, y busqué el rumbo más desbrozado, intentando acercarme. Me importaba más presenciar la pelea que el disparo, si alguno valía la pena. Avancé mucho más que lentamente, y media hora después, podía oír sus jadeos. Me senté en un tocón, apoyé el rifle en un tronco, y empuñé el prismático. Debía descubrir la posición de las hembras y eludirlas. No fue difícil. Una y otra vez conté cinco, para asegurarme, me coloqué las rodilleras sobre el pantalón, y calcé los guantes. Con los primeros metros en cuatro patas, sentí que me dolían hasta las pestañas, pero me armé de paciencia, cubriendo trechos breves – diez metros – hasta que una doncella se alertó, mirando en mi dirección. Mas duro que rulo de estatua, aguanté hasta que continuara con su pastoreo. Alcancé el reparo de un enorme algarrobo, y por encima de la horqueta que formaba su tronco bifurcado, con sol de frente, vislumbré una gran mancha negra de varias hectáreas: un antiguo incendio que dejó sus señales, pero de los ciervos, ni noticias… En ese momento cesaron los restallidos, lo que me llevó a pensar en que me descubrieron u olfatearon. Eligiendo donde pisar, paso a paso, cambiaba de posición sin perder de vista a las hembras. Estaban las cinco, impasibles ante el despelote que provocaron, hasta hacía unos minutos, los pretendientes… Siempre a mi ritmo y saltando de árbol en árbol, el ruido de gajos quebrados y cascos indicó que las hembras se asustaron: habían desaparecido. Esperé casi una hora hasta volver a verlas, pero como no escuchaba a los rivales, supuse que uno de los contendientes debió poner en fuga al otro, y que la estampida las inquietó por un momento. El ganador tenía que estar cerca, y el único lugar capaz de ocultar una mole de 250 kilos, o más, era una isleta alta y alargada, que se extendía a unos 150 metros. La recorrí varias veces con la mira, por las dudas, y acerté: precedido por un par de cortos tosidos, asomó el macho bravío con la testa en alto, mostrando las huellas de la riña: un puntazo o raspón en el cuello. Lucía pelambre color zaino colorado, brillante, se acercó impetuoso y descuidado hasta la consorte más cercana, le asestó un suave topetazo en el anca, y olió obstinado su vagina. No tuvo suerte, la muchachita aún no estaba dispuesta. Cuando se detuvo unos segundos, pude evaluarlo para mal: la espesa barba que colgaba del vigoroso cuello – un ejemplar adulto – no armonizaba con la cornamenta. Diez puntas gruesas, rematadas por una seudo corona de dos, identificaban al horquetero en regresión genética, que debe eliminarse. Y ese era, precisamente, el pedido expreso de mi amigo: abatir cuantos individuos afectaran el desarrollo del futuro coto de excelencia, que estaba en sus planes. No creo que sea función del cazador, sino de un profesional que evite confundirlo con un macho joven, pero había que colaborar… Antes, me propuse un desafío: una foto de las alcahuetas que frustraron tantos intentos del pasado. Apenas disponía de un modesto teléfono cualunque, que no tiene 4 cámaras ni 18.000 no sé qué, pero en cambio, intentaría una aproximación a la medida del aparato: no más de 30 metros, casi debajo de la panza… Estaba casi seguro que fallaría, pero era una linda apuesta. Elegí a dos que estaban juntas, y comenzó el juego. Era como recechar a un macho de 250 puntos. Pero con paciencia y saliva… me acomodé detrás de un piquillín, justo a tiempo: las muy turras había parado la oreja, y clavaron la vista en mi dirección. Iniciamos una competencia para ver quien aflojaba primero, y así estuvimos varios minutos, hasta que continuaron el ramoneo. Apunté el celu, activé el zoom al mango, y clic mudo.

Cuando culminó mi venganza, ubiqué nuevamente al veterano, y con un solo disparo del .300 obtuve el abate. El monte estalló con la estampida de la tropilla.

Cuando me arrodillé para acariciar el pelo del cogote herido, levemente, sentí el cosquilleo de conciencia que tan acertadamente filosofó don Ortega Y Gasset, y que percibimos los cazadores ante la muerte, sin la cual no hay caza. Era un macho con la dentadura gastada por la rumia de muchos años, que en poco tiempo no le permitiría alimentarse adecuadamente y lo haría morir por inanición. Pero fue suficientemente fuerte para derrotar a su adversario ocasional.

Después de marcar el sitio descascarando algunas cortezas, seccioné cuidadosamente uno de los lomos para la despensa, y allá dejé al viejo padrillo a la espera de los peones.

Había cambiado de dirección varias veces durante el rececho, estaba filtrado y, para qué negarlo, frustrado por el resultado. Pero, por otra parte, si hubiese sido un buen trofeo mi cacería habría concluido, y tendría casi dos semanas cazando peludos: mi cuota estaría cubierta. Así las cosas, el regreso me preocupaba. Guiarse por el sol parece fácil en las películas, pero en la realidad, el poniente es un arco de 45º, bastante amplio para errar el rumbo. Extrañando como nunca al guía, se hizo interminable encontrar el camino, al que llegué hecho percha… Había caminado más de lo imaginable, a esta altura de mi campaña, y porque no decirlo, el ego estaba inflado como una ballena: había probado la máquina, y si no la pasaba de vueltas, funcionaba.

Pero al toque recordé a mis amigos. Estaba seguro – o casi – que andaban a la siga de un fugitivo, y con problemas de brújula… Pensé en un par de disparos para orientarlos, pero como no hay comedido que no salga jodido, por ahí les malograba el trabajo. Trepé a la chata, y un minuto después me desmayé en una siesta reparadora. Hasta que me despertó el dúo de boludos, con una sacudida que casi me infarta… Muertos y sedientos, se desparramaron en el pasto, tomando aliento para contar su historia.

Cuando se alejaron, de madrugada y en penumbras, coparon un entorno similar al que me tocó en suerte, y luego de andar sin pausa tras un reclamo, advirtieron el estrépito de arbustos quebrados, ásperos rezongos y corridas. Gateando o reptando, según convenía, alcanzaron la zona crítica, donde comienzan las verdaderas dificultades. Pero la ansiedad y el trofeo tan cercano, hizo que sobrara apuro y faltara paciencia: una vigilanta resoplo alarmada, originando el desbande. Estaban seguros que no los habían venteado, pero también que son territoriales, y no se alejarían. El precio del error: horas inmóviles hasta que se calmaron. Cuando el macho retomó sus rebuznos, gastando rodillas y palmas por fin sorprendieron la silueta de una cierva, y al toque a las restantes de la caterva: eludiéndolas, podría intentar el asalto. Camuflados, orientados   con los gritos, solo quedaba esperar. Aldo, que había ganado el sorteo por el primer tiro, mantenía el arma apuntada y se sorprendió gratamente cuando el ciervo asomó la cabeza. Fue lo único agradable. Los 6 aumentos de la Swarovski, le trajeron un trofeo lisiado: una de las varas, intacta, tenía 7 puntas, con las seis de abajo largas y armoniosas, y la otra, solo una luchadora y el candil de hierro: la había quebrado durante una trifulca. No sin pesar, bajó el rife con razón deportiva: el año próximo volvería a ser un gran ciervo. Pasada la bronca, se consolaron: en la primera jornada casi se les hace… Con dificultades – perdieron varias veces el derrotero -, finalmente llegaron, después de un extenuante rastreo que disfrutaron con auténtica alegría.

Cuando me llegó el turno de referirles mis cuitas con el descarte, no podían creer que también tuve mi oportunidad, y que pudo ser un buen trofeo… Sin embargo, coincidimos en que el coto era espectacular: habíamos tenido contacto en el primer lance – lo que no es común -, y, sobre todo, la fortuna que nuestra llegada coincidiera con el pico de la brama, tampoco común. ¡Cuántas veces hemos llegado al cazadero cuando la berrea pasó, o no se ha iniciado!  Con semejante pronóstico, los días comenzaron a escurrirse entre los dedos como arena…

Cierta tarde, en el ocaso del día, mientras Aldo deambulaba orillando una pradera, y escuchó a un semental gritando a la distancia. Con su potente binocular Zeiss, no tardó en focalizarlo. Estaba a pasos de la orilla de una muralla verde que se perdía en el espacio azul, tan mimetizado, que a simple vista era invisible. Tratando de hallar accidentes del terreno, matas, etc., que lo ayudaran para ocultarse durante el ataque, descubrió una isleta boscosa cuyo extremo apuntaba al objetivo. Como pudo, logró entrar en el fárrago de plantas, arbustos y madera caída, atravesó la traicionera alfombra de ramas secas, y al asomar, al otro lado, se sacó la lotería: el blanco seguía allí, junto a su séquito, disperso, pero cerca. Los 200 metros que lo separaban era respetables aún para su .300., pero adelante, no había nada con que cubrirse para acortar la distancia. Afirmó el caño sobre un tronco, y cuando el codillo estuvo en el centro de la cruz de la mira, presionó el gatillo y oyó el impacto que lo abatió. Pero cuando en su interior daba las hurras, el aspudo, como el Ave Fénix, se incorporó de un salto y se perdió en la espesura. No hubo tiempo para otro disparo. En estos casos lo aconsejable es dejar pasar un tiempo prudencial, porque si fue certero, la gran descarga de adrenalina les permite correr un trecho, pero caen. Sin embargo, en ese caso particular, Aldo no tenía tiempo suficiente para esperar esos minutos cruciales, iniciar y seguir un rastreo incierto: las sombras lo sorprenderían en plena tarea, y alertaría a la bestia, que seguiría huyendo. Decidió, con tino, postergar para el día siguiente la batida. Memorizó todos los detalles del lugar, dejó señas en la corteza de un par de árboles, y regresó cargado de amargura. Durante la cena, conociendo los detalles y con el plano a mano, hallamos que, muy cerca de los hechos, nacía una picada transitable que nos acercaría sin tener que caminar tantos kilómetros. A primera hora, todos a bordo de la camioneta, levantábamos polvo hacia el atajo. Pronto hallamos el montecillo que indicaba la zona para explorar.

A falta de baquiano y/o perros, los dos jóvenes partieron hacia el este, siguiendo la línea de la foresta: hallarían las pisadas, bosta, y por donde huyeron. Yo el caminito, al sur, para comprobar si habían cruzado el alambrado por alguna pasada. Es ese caso habría muestras de sangre. Como no ocurrió, decididamente estaban dentro del cuadro. Aguardé largas horas apoltronado en el vehículo, hasta que aparecieron a los lejos, con el trofeo recortado en el cielo. Di gracias a Dios y a San Uberto. El aspecto que tenían era lamentable: rosetas, espinas y la ropa rasgada, mostraban que la tarea no había sido fácil. Estaban agotados pero exultantes por el éxito. Admiré largamente la cabeza ornada del viejo padrillo: las cuernas vigorosas, perladas y armónicas, conformaban un excelente trofeo. Hubo abrazos, felicitaciones y largo placer compartido.

Mientras corrían los días, crecía el suspenso: padre e hijo no había logrado su trofeo, más allá del del abate sanitario. Si bien Gus estaba 0 Km, mis bisagras chirriaban pidiendo descanso…

Más, con las puertas abiertas al optimismo, seguimos en la brecha hasta que se nos presentó una buena chance. Un amanecer, a poco de salir y cuando el sol apenas se alzaba, nos cruzamos con otra camioneta, que hizo señas para que nos detuviéramos. Eran alambradores que se dirigían a su trabajo, y acercaron buenas noticias: un par de kilómetros atrás, un ciervo de gran porte cruzó el camino, saltó y entro al monte con rumbo norte. Además, nos indicó que, retrocediendo 200 metros había una tranquera, desde donde partía una huella paralela a la del ciervo. Como referencia, a una legua pasaríamos frente a un puesto abandonado. Agradecimos y dimos la vuelta, dejando a Aldo, que prefirió buscar fortuna por los alrededores…

No tardamos en divisar al rancho blanqueado, pegado a un ancho contrafuego. En la primera ojeada a la franja despejada, me dije que era el día de Gustavo. A unos 500 o 600 metros, un ciervo correteaba alrededor de una cáfila de hembras. La suerte del campeón, quiso que el fuerte viento, y el motor de un tractor que trabaja en las cercanías, no les llevara el sonido del nuestro. Ocultos por la vivienda, cuando nos preparábamos para acercarnos al reparo de la espesura, nos estremeció el bramido de macho, al que siguió otro lejano, que, desde lejos, lo toreaba. Debía apresurarse, pues estaba a pocos metros de la valla y si saltaba, chau picho… Dejé que decidiera el cazador, y lo seguí. Tapados por la casa y los árboles que la rodeaban, cruzamos el patio y nos adelantamos caminando sigilosamente a unos 50 metros de la costa. Cuando mi compañero lo creyó conveniente, se acercó a espiar al grupo, mientras yo ni me movía. Un metro antes de la cerca, se detuvo, y girando la cabeza mostró su cara sonriente, y el pulgar hacia arriba: seguían allí. Descansó el cañón sobre un poste, y pocos segundos después, el estampido, seguido del choque del proyectil, retumbaron en la calma. Cuando estuve a su lado, su cara ya no estaba alegre. El garañón, luego de ser alcanzado por los 180 grains del .300, reculó un par de metros, bamboleante, tomó impulso, y con las patas delanteras, al abalanzarse, hizo restallar el hilo más alto. Luego se esfumó junto a su cohorte. Con la bronca imaginable, cambiamos opiniones y, como era probable que hubiera caído cerca, nos acercamos al cruce. Gotas de sangre rosada y espumosa, delataban una herida pulmonar, mortal a la larga, pero que le permite recorrer grandes distancias. Si fuesen rojo claro, es arterial, impacto al corazón o grandes arterias: se desploma a pocos metros, y si es rojo oscuro, puede ser muscular, mal pronóstico, una lesión leve por un disparo imperfecto, que hace casi imposible encontrarlo. Seguimos un trecho la rastrillada de la manada, hasta que Gus decidió seguir solo. Si se extraviaba, tres disparos sucesivos nos ayudarían a encontrarnos.

Esperé en la camioneta más de una hora, viendo desvanecerse las esperanzas, pero, en lugar de quedarme al sentado pedo, y suponiendo   que el fugitivo estuviera desorientado por el shock, era posible que se desviara a este, y cruzara el camino donde yo estaba. que nos trajo. Me bajé, cargué el .300, y caminé lentamente, identificando cada cruce de ciervos, jabalíes y otras yerbas. Si pasó, tendría que dejar huellas o sangre. Como fue una corazonada inútil, volví, me recosté en el asiento y quedé dormido. Desperté dos horas después, puse en marcha y salí en primera y regulando: esta vez, motorizado, recorrería todo el perímetro del cuadro.   Y cuando había cubierto apenas una legua, se produjo el milagro: 200 metros delante, Gustavo salía del espeso monte, atravesando trabajosamente los siete hilos. Más culo no podíamos tener… Increíble… Estaba exhausto, con la ropa rasgada, los brazos arañados y el aliento entrecortado, pero en sobre los hombros ensangrentados, descansaba el preciado trofeo. Prácticamente, se había llevado por delante el cerco que buscaba hacía más de una hora. Se tomó media caramañola de agua – con el apuro se fue sin ella – y comenzó a narrar los detalles de su pequeña odisea. Las palabras se atropellaban citando pormenores del esforzado rastreo. Lo había perseguido tenazmente, guiado por las pisadas o la sangre; en dos oportunidades lo levantó del encame donde yacía, y en el tercero detectó los astiles de la corona, sobre las ramas más altas de una mata de piquillín. Apuntando a las guampas, lo provocó intencionalmente, y el ciervo se incorporó, ya sin fuerzas. Lo remató con un certero disparo al codillo. Luego de un largo rato admirando el fruto de su esfuerzo, sin dejar de lamentarse por el mal impacto que provocó un sufrimiento que nadie desea, marcó el lugar para los peones, separó la cabeza, y la cargó hasta que se alinearon los astros para bien: halló el lindero y nos encontramos. Confesó que ya pensaba en las tres bengalas sonoras… Mil abrazos, mil fotos y mil exclamaciones de júbilo, se sucedieron mientras admirábamos las cuernas, robustas, largas, candiles y perlado perfectos, y amplia abertura. 

Aldo, mientras tanto Aldo, que había regresado a la casa, preparó el almuerzo que disfrutamos como merienda, por la hora. Comimos hasta el hartazgo, brindamos mil veces, y después de un buen baño, nos sentamos en la galería para disfrutar – scotch por medio – del atardecer, maras y perdices.       Por mi parte, estaba resignado a volver zapatero, – no sería la primera vez – pero feliz: mis dos amigos habían culminado felizmente la cazada, y era más que suficiente. Pero Gus que no se resignaba. Recordó cierto tajamar y apostadero adjunto, al que nos había guiado el mayordomo durante la recorrida del primer día. Me propuso revisarlo, y luego del almuerzo, mientras la banda sesteaba, hice una escapada. Era una represa alargada, de unos 60 metros de largo, cercada y con la tranquera abierta. Recorrí la orilla, y entre miles de hoyos de pezuñas, se notaban claramente pisadas nuevas y antiguas de astados y colmilludos. Era una excelente opción para aprovechar la luna en creciente…

En cuanto llegué, llené la mochila con todo lo necesario para una larga noche de vigilia – incluidos unos sándwiches made in Aldo -, rechacé el ofrecimiento para acompañarme, y poco después estaba subiendo las ventanillas levadizas – que oficiaban de alero y protección visual -. Comprobé la altura del asiento y el apoyo del rifle, y acomodé todo a mano en la oscuridad. La vista era espectacular, si omitimos unas putas vacas abrevando. No había cerrado la tranquera, porque es ley campera que las puertas deben quedar como se hallan, pero el inconveniente no era demasiado importante. Normalmente, el ganado abreva temprano y vuelve al pastoreo.

Antes de las diez de la noche, estaba en mi salsa. Rodeado del silencio que se oye en el cuasi desierto, imaginaba las cuernas del bravucón invisible. Y por enésima vez, pensaba en el polémico reclamo sonoro: ¿es amoroso o es un desafío para sus rivales? Un tema de discusión eterno… Continué disfrutando el placer de estar cazando, que por un momento se ensombreció: a unos 50 metros, desde las alturas, la luna rielaba en el agua de una vecina represa similar, otra opción para los animales, que menguaba mis chances. Y un inconveniente no menor.

Resignado, las horas se hicieron breves en compañía de la variada fauna que visitaba el aguaje. Hasta que, a los dos de la madrugada, cuando picó el bagre y me disponía a abrir el tupper con los emparedados, una cuadrilla de jabalíes, no menos de 15, se detuvo a la sombra de los últimos árboles. Sosteniendo la caja entre las piernas, evitando alboroto, tomé el rifle y lo apoyé en la base de la ventana. Un movimiento en falso, el toque del caño en las paredes, techo o apoyo, mandaría todo al diablo… Cuando me relamía, apilado sobre la culata y esperando que entraran, los muy ladinos siguieron su camino, en dirección a la competencia, desde donde, poco después, llegó el bullicio de chapuzones y gruñidos.  Puteando hasta en chino, pasó el inexorable tiempo, y llegaron los cabeceos culposos y esfuerzos por vencer al sueño, ese invisible enemigo del fascinante arte del acecho. Era hora de abandonar el juego. Por ahora, 1 los ciervos, cero Rebella. Pero era partido y revancha.

Llegué pocas horas antes del amanecer, entré sigilosamente, engullí las sobras de la cena, dormí hasta el mediodía, y durante el almuerzo detallé con lujo de detalles mis cuitas nocheras.

Agonizaba el día cuando insistí. Nuevamente asomado desde la oscuridad de la casilla, contaba vacas y caballos, que durante dos horas rompieron la paciencia… La luna, cada vez más brillante y gorda, se reflejaba en el agua como el cuerno de un búfalo.  El golpe de adrenalina llegó pasada la media noche: exactamente donde habían estado los jabalíes, asomaron dos ciervas, apenas visibles bajo la sombra. El corazón me dio un vuelco: el padrillo estaba cerca, y lo confirmó un bramido que me erizó la piel. Apunté cuidadosamente a una de ellas, para comprobar el comportamiento de la Leupold, y, por coincidencia, el lente se llenó con la estampa arrogante del semental. Un corto berrido, y sin darme tiempo para apuntar, obviando la tranquera abierta, brincó sobre el alambrado, y se acercó a la orilla. Se detuvo husmeando, observando el contorno, volvió a toser, me tomé un par de segundos para evaluar las guampas – corona con candiles largos y numerosos -, y aunque estaba de frente, y el único blanco era el reducido pecho, tronó el Remington, dio dos pasos atrás, y cayó inerte. Cuando me aseguré, casi me rompo la crisma bajando la escalera, urgido por la curiosidad. Resultó un magnífico trofeo, con los seis candiles basilares típicos de los genéticamente puros, que sumados a las cuatro y cinco puntas de cada corona, completaban un 16 impar, según el  C.I.C., o Conseil International de la Chasse. Si hilaba fino, faltaban uno a dos años para echar cuernas más robustas… Bajo la luna de plata, que me pareció más brillante que nunca, admiré largos minutos su imponencia, aun en la muerte.

El camino siempre es corto, cuando se lleva como copiloto al señor éxito. Sin despertar a mis compinches, me acosté esperando un sueño que tardó en llegar y duró poco, ardía en deseos de compartir la frutilla del postre. El mejor premio fue que lo tomaron como propio, plenos de afecto y alegría. Pasada la euforia, correspondía dar aviso al mandamás, quien dispuso que un peón me siguiera con tractor y acoplado para despostar: más de 100 kilos de carne deshuesada. Con el doble, que aportaron los otros dos, había para dejar buena parte a la peonada, y una docena de goulachs para los amigos.

Con final a toda orquesta, gozamos de la última cena, que se prolongó más de lo debido, entre brindis que no olvidaron a nuestro querido anfitrión. Era el fin de una brama excepcional, dos semanas de camaradería y deporte, que culminaron con demasiada suerte. Dejamos atrás inolvidables jornadas de bonanza, la cordialidad de la gente que nos ayudó – a pesar de todo -, y mi satisfacción al estar al borde de K.O., y ganar por puntos en el último round… Suerte de principiante…

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