Elogio de la locura

 

El fenómeno global de ecologismo militante, impulsado por fuertes grupos de presión internacionales, deja al descubierto una problemática con varios aspectos para analizar. En primer lugar, el uso masivo de redes sociales y medios de comunicación de todo el mundo que orientan a un segmento de la opinión publica hacia una actitud sesgada y beligerante, contraria a las evidencias aportadas por el conocimiento científico. En segundo término, las consecuencias que las presiones que esas empresas periodísticas ejercen en la toma de decisiones públicas y privadas, y que terminan afectando negativamente el medio ambiente. Y por último, el dilema moral que representa la indolencia de algunos sectores de las sociedades urbanas hacia sus congéneres de las poblaciones rurales y nativas, olvidando que todos formamos parte de nuestro medio ambiente. Este fenómeno, cada vez más común en nuestros días, provoca situaciones descabelladas y en algunos casos hasta cómicas, si no fuera que no están exentas de consecuencias negativas. En su obra “Elogio de la locura”, el filósofo y teólogo holandés Erasmo de Roterdam, en 1511 escribió una crítica sarcástica sobre las prácticas de una sociedad supersticiosa regida por el catolicismo omnipresente. Esta obra, un hito de la reforma protestante, fue traducida algunas veces como elogio de la necedad o de la insensatez. Hoy en día, el ecologismo fundamentalista encarna a la nueva superstición, que da la espalda a los conceptos establecidos por la ciencia. Uno de los puntos centrales de esta desquiciada filosofía posmoderna es la humanización de los animales. Lo que Walt Disney popularizó a principios del siglo XX, otorgándole nombres y características humanas a sus personajes de dibujos animados, actualmente se ha convertido en una realidad contante y sonante, aceptada como real por gran parte de la sociedad moderna. Recordemos que en África, el león Cecil era el más querido de todo Zimbabwe; en India, la tigresa Avni fue casi una víctima de femicidio, y en Argentina, la orangutana Sandra ha sido declarada sujeto de derecho como persona no humana, siendo beneficiaria por un habeas corpus que le permitiese la excarcelación de un zoológico. En otras palabras, para una parte de la sociedad, los animales (domésticos y silvestres) se humanizan al grado de considerarlos bajo las normas y leyes humanas. En general, estas corrientes de pensamiento provienen de ambientes urbanos, con poca o nula exposición a la naturaleza. Nacen en grandes ciudades donde el contacto con el mundo animal se reduce a ver un par de documentales del Animal Planet o realizar una visita por un parque cercano, y no distingue geografías, ya que se observa en ciudades como Nueva York, San Pablo, Rosario, Londres, Buenos Aires o Moscú. El denominador común es la falta de contacto con la realidad de la naturaleza. El otro factor característico es la interconexión que brinda la tecnología a través de las redes sociales y los medios de comunicación, que permite a los grupos de fanáticos actuar en consonancia más allá de las fronteras.

AVNI, UN IMPERDONABLE “TIGRESIDIO”
Un caso que evidencia lo descabellado de algunas situaciones ocurrió a principios del mes de noviembre pasado, cuando se conoció la noticia de la muerte de una tigresa antropófaga que venía asolando la región de Pandharkawda, en el distrito de Yavatmal del Estado de Maharashtra, en el oeste de la India. Según las autoridades, la tigresa –ahora conocida con el nombre de Avni– mató a más de 13 personas desde 2016. Fue precisamente por esa razón que un Tribunal Supremo de Justicia autorizó la captura y muerte del animal, como la única forma de contener la amenaza que este felino sometía a los pobladores. No les fue fácil, hay que aclarar. Como hecho anecdótico, digamos que para capturar a este maneater precisaron más de 200 personas, entre guardaparques, policías y cazadores. Sumado a esto, se colocaron plataformas de vigilancia en árboles con cámaras trampa operativas 24 horas, se desplegaron patrullas armadas, se usaron perros italianos especialmente entrenados para rastrear y, créase o no, se utilizaron aviones no tripulados, aladeltas y, claro, los infaltables tiradores expertos montados en elefantes. Si algo le faltaba a este despliegue brancaleónico, eran los trucos y estratagemas empleados en caso de que los drones de ataque no fueran suficientemente eficaces. Para atraer a la presa, los especialistas indios usaron orina de tigresa, caballos y cabras atadas a árboles como cebos, y lo que considero la “piece de resistance” de las técnicas de caza de felinos: el perfume “Obsession for Men” de Calvin Klein, que contiene una feromona llamada civetona y que según parece no sólo atrae señoritas atractivas, sino también animales con ganas de comer gente. La cuestión fue qué con toda esta batería de recursos e ingenio, los indios tardaron tres meses en encontrar a la tigresa, hasta que finalmente la mataron de un certero disparo. En este punto, y luego de imaginar esta operación cuasi militar y los recursos usados, uno no puede más que admirar y hasta reverenciar a Kenneth Anderson y Jim Corbett, que se internaban solos en la selva, con la ayuda de su rifle, un farol de kerosene y sin perfumes de free shop, para acabar con tigres y leopardos cebados. En fin, los tiempos cambiaron, sin dudas. Pero lo delirante de esta situación no es ni de lejos la eficiencia de tal Armada Brancaleone hindú, sino las repercusiones que el “asesinato a sangre fría” del pobre animal provocó en los medios de prensa internacionales. Luego de conocerse la noticia de la muerte, activistas indios comenzaron con una catarata de demandas al Estado por convalidar el asesinato del pobre animal. La inefable ONG animalista PETA (Personas por el Trato Ético de los Animales) pidió que se investigue como un “crimen contra la fauna” la muerte a tiros de la tigresa, ya que considera que fue matada ilegalmente para satisfacer el deseo de sangre de un cazador, en posible desacato del tribunal y en aparente violación de la Ley de Protección de la Fauna y de las normas de la Autoridad Nacional de Conservación de Tigres. Las acusaciones a las autoridades locales corrieron como reguero de pólvora fronteras afuera de la India, y alcanzaron la tapa de los principales medios periodísticos del mundo entero. La noticia fue el asesinato de la tigresa, no la muerte de los 13 aldeanos, ni los detalles macabros de cómo se recogieron las partes humanas de piernas, cabezas y vísceras de los desafortunados pastores de Pandharkawada. Tampoco se hizo hincapié en las manifestaciones de los aterrados lugareños durante los últimos años, a los que se les recomendaba regresar temprano a sus casas, evitar los bosques y no defecar en lugares abiertos. Como corolario de la historia, digamos que el cuerpo de la tigresa fue enviado al zoológico de Gorewada de Nagpur, en donde se le realizó una autopsia para determinar las causas de su muerte y verificar si fue abatida en defensa propia o con alevosía. Simplemente delirante.

CECIL, EL LEÓN MAS QUERIDO.
Otro caso testigo de la sinrazón fue el recordado episodio del león Cecil, cazado en Zimbabwe hace tres años por un odontólogo estadounidense. Este otro felino, con nombre de hombre (supuestamente en homenaje a Cecil Rhodes) y que hasta tiene una entrada en Wikipedia, fue mencionado como “el león más querido de Zimbabwe”, y el preferido de los 55.000 turistas que visitaban el Parque Nacional Hwange. Sin entrar en los detalles de aquel incidente, vale mencionar que la masiva reacción de repudio que se viralizó en la opinión pública internacional provocó la toma de decisiones de organismos privados y gubernamentales, que luego, con el tiempo, tuvieron que ser revertidas. Algunas de esas medidas fueron la prohibición de la caza en Zimbabwe ni bien explotó la noticia en los medios, que después se redujo a sólo la prohibición de la caza de los cinco grandes, y por último exclusivamente a la veda a la caza de leones. En ese entonces también se vedó el transporte de trofeos de caza desde África en varias aerolíneas, y la prohibición de importación de trofeos de los cinco grandes a los Estados Unidos, etc. Hoy, tres años después, todas estas medidas fueron revertidas, pero en este caso pasaron desapercibidas en los medios de prensa. Lo mismo que el sobreseimiento del cliente y del cazador profesional implicado en la muerte del pobre Cecil, valga la aclaración.

ECOLOGISMO ANTIHUMANISTA.
Cada vez que salta a la luz pública uno de estos casos, que hacen las delicias de los haters de Facebook, Instagram y Twitter, se generan consecuencias imprevisibles. Como es obvio, los incidentes con fauna silvestre se dan casi siempre en medio ambientes naturales y afectan generalmente a las poblaciones rurales, muchas veces alejadas de los grandes centros urbanos. Las repercusiones, en cambio, se viralizan en las redes sociales y medios de comunicación, centrados en urbes alejadas e indiferentes a la problemática de las comunidades rurales. La presión que se ejerce desde las redes y medios hace que los tomadores de decisiones privados o gubernamentales se vean obligados muchas veces a implementar medidas en línea con esas demandas. Este proceso que se origina en la naturaleza (incidente con fauna), repercute en ambientes urbanos (repudio en medios de comunicación) y genera consecuencias negativas en la naturaleza (decisiones políticas que afectan fauna y poblaciones rurales de manera temporal o permanente), es un mecanismo perverso que parece no detenerse. Es la clave de un nuevo ecologismo antihumanista, que con tal de propagar su prédica a nivel global no repara en las necesidades de las poblaciones humanas, y se muestra indolente ante sus consecuencias. La gente, valga la aclaración, también forma parte del medio ambiente, de la misma manera que la flora y la fauna. Desde una visión ética, lo que subyace, además de lo grotesco y disparatado de casos como el de Avni o Cecil, es la falta absoluta de empatía de los activistas del ecologismo militante con sus pares, los humanos. Y este es el punto más crítico que debería preocupar.
Recuerdo que poco tiempo después del incidente de Cecil, el periodista africano Goodwell Nzou publicó un artículo en el New York Times titula – do “En Zimbabwe, no lloramos por los leones”. Allí expresaba claramente la visión que tienen los habitantes de las aldeas rurales con lo que se conoce como animales problemáticos. Nacido y criado en un pequeño pueblo del continente negro, recuerda el terror que los leones y leopardos merodeadores causaban a su familia y a sus vecinos. Comentaba que la comunidad entera vivía bajo una alerta constante cada vez que una fiera aparecía. En el escrito se preguntaba: todos los estadounidenses que juntaron firmas para prohibir la caza en Zimbabwe, ¿se dan cuenta de que los leones matan gente? Pareciera que no. Y si se dan cuenta, pareciera que no les importa demasiado. Lo mismo ocurre ahora con la indolencia manifiesta hacia los aldeanos de esos inhóspitos poblados de India. Las fieras cebadas no son sólo historias de intrépidos cazadores de la época colonial. Son una realidad que golpea diariamente a los nativos, pero que resultan invisibilizados bajo un pretexto de cuidado del medio ambiente.

UNA CUESTIÓN DE CONCIENCIA.
Entender a este ecologismo como un nuevo humanismo, más consciente de la función del ser humano en el Planeta Tierra, es a mí entender un grave error. En principio, la humanización de la fauna pareciera un gran avance en la conciencia de la especie humana. Sin embargo, es un perverso retroceso impulsado por habitantes de grandes urbes, totalmente ignorantes de la problemática rural. Afortunadamente, el avance en el entendimiento que el hombre tiene con respecto al medio ambiente ha evolucionado muchísimo en los últimos cien años. Ejemplos sobran: la creación de parques nacionales y reservas naturales de fauna silvestre, leyes contra el maltrato animal, legislaciones de caza y pesca conservacionistas, acuerdos internacionales destinados al control del tráfico de fauna y flora, prohibición de caza de especies protegidas y en peligro de extinción, perfeccionamiento en las normas de manejo de fauna silvestre en ámbitos privados y públicos, etc. Paralelamente, desde la insensatez de la superstición hoy se levantan orgullosamente las banderas de prohibiciones varias, como la de la caza y la pesca recreativa, de la tauromaquia, de las jineteadas criollas, los rodeos estadounidenses, la caza del zorro inglesa, la cetrería árabe, el uso de pieles y cueros para consumo humano, el veganismo, el consumo de leche y un larguísimo y desconcertante etcétera. En algunos casos, estas causas se inscriben en razones de resentimiento social, como la caza y el fox hunting en Inglaterra. En otros, en desopilantes cuestiones de género entendidas al “uso nostro”: la vaca es mujer, se ha escrito por ahí, por lo tanto extraerle leche sin ser ternero o servirla con un toro sin su consentimiento sería equivalente a una violación. Otras causas también pueden encuadrarse en la convicción que algunas tradiciones populares están basadas en el maltrato animal, como los casos de las jineteadas, las corridas de toros o los rodeos. Hoy está clarísimo que el avance consciencial del ser humano debe evolucionar sobre la base del conocimiento científico. En la actualidad, la brecha entre la ciencia y la espiritualidad en el hombre se está acotando rápidamente. Teorías como la de los campos morfo genéticos desarrolladas por el biólogo británico Rupert Sheldrake nos invitan a pensar en un mundo interconectado, cada vez más autoconsciente de que vivimos una unidad. La hipótesis Gaia va en ese mismo sentido. También la conciencia de que los animales son seres sintientes y no cosas está totalmente aceptada. Hoy muchos afirman que los animales poseen un alma colectiva, a diferencia del hombre que posee un alma individual. Lo cierto es que más allá de todas estas interpretaciones, es un hecho que la conciencia del hombre sigue evolucionando, y considera cada vez más el cuidado de los recursos naturales y su usufructo en forma sostenible y humanitaria. Como seres humanos estamos aprendiendo que también somos parte del medio ambiente, y además responsables directos de custodiar y proteger nuestro planeta. Aún nos faltan muchos kilómetros por recorrer. Pero ese camino deberíamos andarlo con sentido común, conocimientos y compasión hacia todos los que habitamos la Tierra, y no mediante descabelladas propuestas autoritarias, surgidas a partir de la ignorancia y de un fanatismo egoísta e indolente.

Eber Gómez Berrade.

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