Organizamos una escapada en pandilla: Fernando, Pilu, Sergio y yo. Nuestro destino sería Sauce, localidad correntina, famosa por la cantidad y calidad de ciervos Axis.
Ya todos en Baradero, mi ciudad, acomodamos los bártulos en la camioneta y con el entusiasmo que generan estos viajes, partimos.
Cruzamos por el puente “Zárate, brazo largo”, ingresando de esa manera a la Provincia de Entre Ríos, la cual atravesamos por completo hasta ingresar a la siempre linda, Corrientes.
Ya en el campo, nos encontramos con Omar (nuestro anfitrión) un viejo y querido amigo, con quien las horas vuelan entre sus ricos mates amargos con anís y sus amenas charlas. Por supuesto, no nos quedaría nada por preguntarle: – ¿Dónde se están moviendo los ciervos, que tan grande son las cuadrillas, se ven buenos machos?, etc. etc. etc. Nos puso al tanto de todo y recién ahí, lo dejamos en paz…
Acomodamos el equipaje, cenamos, y nos tiramos a descansar, para estar listos bien temprano nuestro primer día de caza.
De madrugada y mates de por medio -como corresponde- nos encontrábamos diagramando todo, principalmente los sectores en que cada uno se movería.
El medio día nos volvió a reunir. La suerte no nos había acompañado y mientras contábamos nuestras diferentes experiencias, se dejó oír la voz de la señora, diciendo: – ¡A comer…! Un exquisito estofado de campo, más una buena siesta, fueron más que reparadores para arrancar la tarde.
A las 5 pm, ya todos preparados, volvimos al ruedo. Lo justo y necesario como agua, radio, cuchillo y linterna harían mi equipo, junto con mi fiel .30-06.
Fernando me acompañó un buen trecho, hasta donde nos separamos, yo hacia un tajamar muy transitado por los pintados y él haciendo un giro de regreso a la casa. Nos saludamos y con el deseo de suerte nos despedimos.
Las horas corrieron si éxito, y cuando consideré que debía volver… un bulto sale de entre el monte a unos 70 u 80 m de donde yo estaba. Deduzco que es una hembra por su tamaño y mientras observo puedo detectar dos más, era evidente que venían saliendo. ¡Dos, tres, cuatro, y cuando casi me costaba llevar la cuenta, aparece el macho! Sin un tiro limpio comienzo a seguirlos buscando el claro (error…). Cuando se detuvieron y comenzaron lentamente a pastar y ramonear, busqué una óptima posición de tiro y fue cuando noté que los minutos parecieron haber caído todos juntos, el ocaso estaba muy entrado y comencé a dudar si tirar o no, porque claramente veía la figura del ciervo macho, pero no así su cornamenta.
Me dejé llevar (error…) y solté el disparo, claramente lo sentí pegado, escuché la estampida de los ciervos huyendo y luego vino el silencio acompañado de la oscuridad. Dejé pasar unos minutos y fui hacia donde había realizado el disparo, el animal estaba ya sin vida en el lugar, pero he aquí donde comienzo a pagar «mis errores».
El Axis era un ejemplar joven y enfelpado, lo cual me llenó de bronca conmigo mismo. – ¿Por qué tiré si no lo veía bien? Y cuantas otras cosas más que nos reprochamos cuando cometemos un error que podíamos obviar.
Después de un rato de masticar bronca comencé con la faena, por supuesto la carne no la iba a desperdiciar; en lo mejor, se me cae la linterna, se golpea y chau, me quedé a oscuras. Y esto recién empezaba…
Intento despostar a ciegas, ya molesto por la situación, atino un machetazo con mi cuchillo y “TIN”, se me rompe la hoja y me quedo con el cabo en la mano. Cargué lo que más pude y fue cuando vino lo peorcito… Estaba totalmente perdido en la oscuridad del cerrado monte correntino. Camino unos cuantos pasos y me meto al agua, ahora, aparte de alunado y a ciegas, estaba mojado.
Me acordé de que llevaba la radio, intenté comunicarme un par de veces y claramente la señal no llegaba.
Una vez más calmo analicé la situación y me decidí por buscar como podía algo de leña, prender un fueguito, secarme y pasar la noche lo más piola posible. No fue tan piola… pero llegó el amanecer, junté mis cosas, volví sobre mis pasos hasta encontrar la senda y encaré la vuelta.
Mientras caminaba noté que tenía una marcada brisa sobre mi cara y pensé casi irónicamente – Qué lindo sería encontrarme otra cuadrilla. – Y no hice más que unos cuantos metros cuando veo detrás de un montecito, un macho comiendo. Descuelgo nuevamente el .30-06 y suelto los 180 grs de las Hornady. Corre unos metros y cae, me descuelgo la mochila y corro a verlo ¡Era enorme para mí (dio 90 y 92 cm)!
En ese momento, se me vino un dicho a mi cabeza: “la cacería termina cuando retirás las balas en el campamento”.
Decido dejarlos ahí y salgo a fondo a la casa, veo a Fernando que asombrado comienza a gritar: – ¡Ya llegó! Y salen todos a recibirme.
– ¿Por qué no volviste? Me pregunta Fernando, preocupado.
– ¡Se me rompió la linterna, quedé a oscuras y me perdí! Asisto al primer interrogante.
– ¿Por qué no llamaste por radio? Vuelve a preguntar
– ¡Agoté el equipo de tanto llamar! Le contesté. Y luego les comenté la batería de cagadas que me sucedieron, para reinos un poco y cortar la preocupación que sobre ellos pesaba.
Tomamos la camioneta y fuimos en busca de los animales. Llegamos al lugar donde estaba el enfelpado y Fernando me dice: – ¡qué lástima! Y al segundo me pregunta: ¿Dónde está el otro? -Mirá hacia el monte, le digo y se escucha un “¡no…! LPM, ¡qué hermoso animal, te felicito!” Y detrás de esas felicitaciones se vino otro fuerte abrazo para culminar así, un fin de semana con contratiempos, pero que me dejaron como enseñanza que cuando uno sale de cacería y con amigos. ¡NADA ES TAN MALO!!!

FIN.
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