NO HAY VIDA SIN MUERTE

La caza existe desde que el Homo Erectus, dos millones de años atrás, se irguió sobre sus piernas, y fue el trabajo forzoso que le permitió sobrevivir hasta hace unos 150.000. Aquel humanoide, el primero que dominó el temor al fuego, convirtiéndolo en aliado, inconscientemente dio comienzo a la evolución del arte venatorio, en un ininterrumpido proceso que aún no ha culminado. ¿Cómo algunos aún pueden pensar, entonces, que el duro oficio recolector, practicado a lo largo de semejante millonada de años, no se encuentre incorporado en nuestros genes, como otras sapiencias? Es imposible que la práctica y vigencia ininterrumpida de esta actividad, a lo largo de tantas edades cronológicas y alteraciones del Planeta Tierra, desde la primitiva tecnología lítica, – o aprovechamiento de la piedra – hasta el homo sapiens, hace apenas 3.500 siglos, no haya dejado huellas en nosotros, muy a pesar de que nuestra sociedad pacata, tome distancias para rechazar sus vínculos con el cavernario. ¿Es razonable pensar que, la nueva concepción del arte ancestral está motivada por el sadismo, el placer de asesinar o tendencias sicóticas? Estas paranoicas lucubraciones, no pocas veces esgrimidas por nuestros detractores, solo pueden anidar en personalidades obnubiladas por el fundamentalismo fanático, incapaces de discutir, confrontar ideas, y mantener la cabeza abierta, para analizar fuentes científicas, las únicas prescindentes, despojadas de presiones y objetivas, como veremos más adelante. Cegados por una intolerancia patética, han llegado a ignorar las disposiciones – nada menos – de la Entidad madre del conservacionismo mundial, a la que financian, incoherentemente, como ciudadanos de uno de los 164 países que la sostienen y apoyan. Me refiero a la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza, U.I.C.N.

La benemérita Institución ha mostrado, contrario sensu, una meditada flexibilidad para adecuarse a la trágica evolución del Planeta, planteando a las Naciones miembro, la necesidad de grandes cambios, ante grandes transformaciones. Haciendo gala de un loable pragmatismo, entre las conclusiones del Congreso Mundial de la U.I.C.N., celebrado en Bangkok, Tailandia, sorprendió declarando:

“… el uso sostenible, y bien administrado de la vida silvestre, contribuye a la biodiversidad…”; “…la caza de trofeos, genera fondos considerables para ser utilizados en las actividades de conservación, monitoreo poblacional, investigación y administración…”; “…se deben mantener ambientes sustentables, utilizables para la caza mayor…”; “… el Programa de Conservación en Namibia, África, es una historia de éxito, donde la caza de trofeo, desempeña un papel preponderante. Con esa herramienta administrativa, la población de elefantes creció, entre 1990 y 2010, de 12.000 animales a 18.000, lo mismo que otras especies…” Y remata afirmando: “…la caza de trofeos, es un factor de transformación fundamental para la biodiversidad …” Ni los cazadores, podríamos haber dado en el clavo con tanta justeza.

La actitud agresiva, casi siempre grosera, de los demagogos de la protección, se halla lejos del conservacionismo, y cerca de la intención de juzgar la conducta moral del cazador. ¿Quién les ha otorgado ese derecho? ¿Acaso debemos iniciar un cruce farandulesco, enrostrándonos tendencias sexuales, hábitos o costumbres? Los llorosos censores, no deben juzgar comportamientos o tendencias, para lo que no poseen mérito, sino, objetivamente, el impacto negativo o positivo que la caza tiene, o puede tener, en la vida salvaje. Y a propósito, viene a cuento recordar que, en numerosas notas periodísticas publicadas hace varias décadas, transcribí no en una, sino en varias oportunidades, otra resolución de la U.I.C.N. – más antigua – aceptando que “…la población incontrolada de las especies, atenta contra las propias especies y el medio ambiente, por lo que se debe autorizar la caza sustentable, administrada y lícita…” Ni un solo miembro de las múltiples Asociaciones que amontonan proteccionistas, o seudo conservacionistas, mujer o varón, tuvo las gónadas que hay que tener para refutar mis dichos, ejercer un mea culpa o disculparse, por las gratuitas ofensas que infligieron. Muy turros, realmente…

Hablemos de las calamidades ambientales que ocasionamos, habida cuenta que, la superpoblación mundial desde el año 1900 a la fecha, creció desde 1.600 millones, hasta casi 8.000!!! Tantas nuevas bocas hambrientas, incontables guerras y hambrunas, fenómenos climatológicos naturales o derivados del calentamiento global, y corrupción entre los responsables de cuidar el desarrollo agreste, ha derivado en la extinción de incontables especies botánicas y zoológicas.

La persistencia de una importante franja de pusilánimes, auspiciando políticas proteccionistas, en lugar de políticas conservacionistas, es uno de los principales escollos que debe sortear la ciencia, para imponer, a través de la comprensión, y no la presión lacrimógena mediática, las nuevas reglas de juego que reclama la Tierra exhausta. El proteccionismo y el conservacionismo son cosas diametralmente opuestas. El primero niega al hombre el derecho a explotar y cosechar las riquezas naturales; a matar a un animal viviente, aunque de ese modo, ponga en peligro la supervivencia de la especie a la que pertenece. El conservacionista vanguardista, en cambio, considera que la predación – en su acepción científica – rige desde el principio de los tiempos, y ha sido respetada por todos los cazadores, desde el tiburón al águila, la mantís religiosa al tigre, y el hombre que, si mata siguiendo las inmutables leyes impuestas por la naturaleza, regula su acción y dirige, al mismo tiempo, el complejo concierto de las especies: el equilibrio entre los vivos y los muertos. Al evitar la excesiva proliferación, forja la selección y mejora las condiciones anatómicas. El mejor curso de acción, es pues, un plan consensuado para maximizar los beneficios económicos de los recursos naturales, a largo plazo y para siempre.   

El dilema de hierro, planteado por el inexorable avance de la civilización, que en su marcha no respeta suelo, agua o aire, ha convertido en imprescindible la intervención del hombre, para evitar la solución final. Y uno de los mecanismos, aunque cruento, es el llamado rifle sanitario, un arma puesta en manos del saber, para diezmar, selectivamente, los excedentes que representan una amenaza para la comunidad silvestre o el nicho biológico con superávit.

Wilbur Smith, uno de los más destacados escritores del mundo, ha dedicado gran parte de sus obras para relatar, – en el colorido marco de la novela, pero basado en rigurosa investigación magistral – la historia de su terruño natal, África. El novelista, que aún vive en Sudáfrica, a pocos metros de uno de los jardines botánicos más exuberantes del mundo, habla afrikáans, zulú y varios dialectos del Continente Negro. Conoce, sin duda, de qué se trata… Si bien su especialidad es la ficción, declara que:

 “…invariablemente, dosifico la información fidedigna y sucesos reales, con el entramado literario, pues creo que una buena novela, debe tener una parte de verdad para interactuar con el lector. Entre libro y libro, leo, anoto, investigo, exploro y busco…” 

Entre decenas de best seller, traducidos a 26 idiomas y más de 130.000.000 de ejemplares editados, “EL Canto del Elefante es, a mi criterio, uno de los que ha dejado más información y enseñanza para los amantes de la caza, la conservación y la Naturaleza. Esta nota, empequeñecida ante la erudición de semejante personaje, se prestigia rescatando algunos pasajes, transformados per sé, en un alegato para la comunidad mundial preocupada por la vida. Ante el derrumbe ambiental que asuela al mundo, el texto que me permito reproducir, debiera ser de lectura obligatoria en escuelas primarias, secundarias y terciarias. Es el único camino para que las generaciones venideras, adquieran anticuerpos contra la infección, manchada por lujuria, avaricia, corrupción e ignorancia, que todo lo poluciona a la atmósfera emitiendo 8 MILLONES  de toneladas per cápita de CO2, fluoruros, sulfuros, etc., ubicándonos entre los 30 países más contaminantes del Globo; al mar con millones de toneladas de  toxinas que envenena peces, y degrada el agua; descartamos pilas y baterías como desperdicios; utilizamos desodorantes en spray; botellas de plástico no degradables; deforestamos con angurria incontrolada; desechamos bolsitas para té; lavamos las sentinas de los barcos en altamar, ante la mirada corrupta de los controladores, y nos movemos con autos de 300 o 1000 H.P., inservibles, más allá de la obscena ostentación humana. Sabiamente, así encabezó su libro el escritor Andrè Fayate: “Nous somme tous des assessins.” “Somos todos asesinos”.

Pero como nada se asocia mejor al título de este trabajo, que las referencias de Smith, vayamos a la transcripción de algunas carillas que reflejan, no sin una cuota de angustia y estremecimiento, datos y acciones respaldados por autoridades nacionales, Instituciones conservacionistas, y eminentes eruditos en ciencias biológicas.

 

“… Johnny Nzou, era el jefe de guardianes del Parque Nacional Chewewe, en Zimbabwe, su amigo Daniel Armstrong, biólogo y periodista free lance, y Jock, el camarógrafo que tendría a su cargo filmar, en detalle, los aspectos salientes del manejo de los elefantes en el país africano, para ser presentados a la consideración de millones de televidentes del orbe. Cuando llegaron a la puerta del depósito gubernamental de colmillos de elefantes, Daniel se dirigió a la cámara, presentó a sus acompañantes y abrió los portones, dejando a la vista casi quinientos, cuyo valor en el mercado internacional – 300 dólares el kilogramo – representan más de un millón de esa moneda. Siguiendo el previo y necesario libreto, continuó:

“- ¿De dónde proviene todo esto?” 

“- Bueno, respondió el jefe, algunos son de animales hallados muertos, y otros de marfil ilegal, confiscado por mis guardabosques a los cazadores furtivos. Pero la gran mayoría, proviene de operaciones de selección, que estamos obligados a ejecutar…”

“- ¿Qué magnitud alcanza la caza ilícita?”

“- Empeora día a día. En la medida que se eliminan elefantes en Kenia, Tanzania y Zambia, los profesionales del delito vuelven los ojos a nuestros saludables rebaños, y cruzan el río Zambeze, una de nuestras fronteras. Son numerosos, llegan provistos de armamento de última generación, están organizados, disparan a nuestros guardianes a matar, y nosotros nos vemos forzados a hacer otro tanto…”

Casi todo el marfil era de animales jóvenes y hembras, pero algunos alcanzaban grandes curvas imperiales, marfil pesado y maduro, de animales viejos.

“- Díganos Nzou, ¿cuántos elefantes viven en Zimbabwe, y cuántos en Chiwewe?

“- En el país, se calcula una población de 52.000, y en el Parque, luego de una inspección aérea patrocinada por la UNION INTERNACIONAL PARA LA CONSERVACION DE LA NATURALEZA, pudimos contar 18.000…”

“- Esa es una población inmensa, casi un tercio de la que posee la Nación… debe ser alentador para Uds.…”

Johnny Nzou frunció el entrecejo: “- al contrario, doctor, estamos muy preocupados por esa cifra…”

“- ¿Puede explicarlo?”

“- Es simple: no podemos mantener a tantos elefantes. Calculamos que la población ideal, para nosotros, es de 30.000. Un solo animal, requiere casi una tonelada diaria de materia vegetal, y para obtenerla, derriba árboles que han demorado siglos en crecer…”

“- ¿Y qué pasará, si lo permiten, que ese rebaño prospere y se reproduzca?

“- Simplemente y en muy poco tiempo, reducirán este Parque a un inmenso hoyo de polvo seco. Y cuando eso ocurra, la población de paquidermos se derrumbará, y nos quedaremos sin nada: ni árboles, ni Parque, ni elefantes.”

“- ¿Existe una solución? 

“- Si, pero me temo que sea drástica, no es un espectáculo bonito, pero si lo desean, pueden presenciarlo”

El siguiente amanecer, los sorprendió sentados en un saliente de loza granítica, con un gran valle extendido a sus pies. Y Johnny rompió el encanto del silencio que los rodeaba, diciendo:

“- Los rastreadores han hallado a un rebaño, alrededor de cincuenta animales. Afortunadamente, es un número aceptable, que justifica la inversión de hombres y costoso equipo. Si fueran más, no podríamos procesar tanta carne ni cuero, que se pudren rápidamente con el sofocante calor africano. ¿Está seguro, doctor, que quiere filmar esto, porque la gente come carne, y utiliza el cuero de infinidad de animales, pero no quiere ver procedencia ni manera de obtenerla…?” señaló Johnny.

“- Sí, contestó Daniel, porque no hacerlo sería defraudar a la gente, que tiene derecho a saber…”

Luego se dirigieron hacia el campamento, cercano al lugar donde se efectuaría el cruento operativo. Allí, los guardabosques despertaban, enrollaban sus bolsas de dormir y aprontaban sus armas, al tiempo que los camiones calentaban motores. Eran cuatro hombres, dos negros y dos blancos, jóvenes y vestidos con sus pantalones caqui, del Departamento de Parques. Jock, que filmaba los preparativos, a una señal apuntó el lente hacia ellos, que estaban frente a una fogata humeante.

“- Estamos acampados cerca de la ribera del río Zambeze, a la salida del sol, inició el diálogo Daniel, y dirigiéndose a Nzou, dijo: Ud. me ha explicado que el Parque no puede mantener a tantas de estas enormes bestias, y que es imprescindible retirar a un millar de ellas, no solo en aras de la ecología, sino para que puedan sobrevivir los restantes. ¿Cómo piensa hacerlo?

“- Tendremos que sacrificarlos, mis colaboradores y yo, les dispararemos con nuestros rifles, respondió Johnny”

“- ¿A todos? ¿Van a matar a 50 elefantes? ¿No sería posible drogarlos y trasladarlos a otro lugar? ¿Mataran a los cachorros y hembras preñadas?

“- El costo de transportar un animal de ese tamaño, sería tremendo e imposible para las finanzas de cualquier Estado africano. Un macho adulto, pesa más de seis toneladas, una hembra cuatro. Mire a su alrededor las altas montañas y barrancos, los kopjes rocosos, y la selva. Harían falta camiones especiales, grúas específicas, e infraestructura para trasladarlas, construir nuevas rutas, emplear vehículos específicos capaces de circular por junglas y praderas, pantanos y arenales y, aun así, ¿a dónde llevarlos? Como le he dicho, tenemos un sobrante de 20.000 elefantes. Simple y crudamente, no hay espacio suficiente para ellos”.

“- Por ende, replicó Daniel, a diferencia de otros países, donde está casi extinguido, Uds. los cuidaron tanto que, ahora, deben destruirlos, desperdiciando tan maravillosa existencia”

“- No, doctor Armstrong, no los desperdiciaremos. Recuperaremos buena parte de su valor, vendiendo el marfil, los cueros y la carne, y el producto, será destinado a la conservación, el combate a la caza furtiva, y a proteger a nuestros Parques Nacionales. La muerte de esos animales, no será una abominación total.”

“- Pero, ¿por qué matar a las madres y a los bebés? 

 “- No haga trampas doctor – advirtió Johnny -. Está empleando el lenguaje tendencioso y emotivo, de los grupos defensores de los supuestos derechos del animal: “madres y bebés”. Llamémoslos hembras y cachorros. Y admitamos que una hembra, come tanto como un macho y ocupa el mismo espacio. En cuanto a los cachorros, pronto serán adultos. Y no se trata solo de eso. Tenemos que eliminar a todo el rebaño, sin dejar sobrevivientes, pues conforman complejos grupos familiares. Casi todos sus miembros son consanguíneos y existe, dentro del clan, una estructura social altamente desarrollada. El elefante es el animal más inteligente, quizá, después de los primates, más que el perro, el gato y hasta el delfín. Los elefantes saben, comprenden. La horrible verdad, continuó, es que, si permitimos que algún animal escape al sacrificio, comunicará su pánico a los otros rebaños del Parque, produciendo una inmediata ruptura en la conducta social de las bestias.

“- ¿Eso no es algo descabellado?”

“- Ha ocurrido en otras oportunidades. Después de la guerra, teníamos un excedente de 10.000 elefantes en el Parque Nacional Wankie. Entonces, sabíamos muy poco sobre las técnicas y efectos de las operaciones de selección masiva. Aprendimos pronto. Por la torpeza de esos primeros esfuerzos, estuvimos a punto de destruir toda la estructura social de los rebaños. Al matar solo a los animales más viejos, entonces, eliminamos su reserva de experiencia y sabiduría transferible. Alteramos sus esquemas migratorios, la disciplina y jerarquía de cada clan, y hasta sus hábitos de alimentación. Casi como si comprendieran que sobre ellos hubiera caído el holocausto, los machos comenzaron a servir a las hembras apenas maduras, antes de que estuvieran biológicamente listas. La hembra del elefante, igual que la hembra humana, no está preparada para procrear antes de los 15 o 16 años. Luego del terrible estrés, ocurrido durante la selección, los machos buscaron a las hembras de 10 u 11, aún en la pubertad, y de esas uniones, nacieron cachorros deformes y enanos. – Johnny meneó la cabeza – No, es preciso eliminar a todo el rebaño, de una sola vez…”

Miró al cielo, en busca del avión que tenía la tarea de orientar la marcha de la manada hacia donde los emboscarían, y al verlo acercarse, tomó su radio.

“- Buenos días Sierra Manuel – S.M., la matrícula de la nave -. Los tenemos a la vista, aproximadamente a seis kilómetros al sur. Lanzaré humo amarillo para orientarlo…” Hizo señas a uno de sus hombres, que quitó la tapa, y de una bengala surgió una nube de color amarillo azufre, que se elevó entre el follaje.

– Entendido Parque. Ya vemos el humo. Deme indicaciones sobre el blanco…

Johnny frunció el entrecejo ante la palabra “blanco”, y al responder puso énfasis en la alternativa:

“- Ayer, al ponerse el sol, el “rebaño” iba con rumbo norte, hacia el río…”

“-Gracias, Parque, volveré a llamar cuando lo localicemos…” y el antiguo Cessna se ladeó hacia el oeste. 

Quince minutos después, la radio cobró vida nuevamente.

“-Hola Parque, aquí está su rebaño, son unos cincuenta, y se halla a unos doce kilómetros de ustedes…”

A esa distancia, dos hembras ancianas, ignorantes del devenir, sacudían el tronco de una gigantesca acacia que dejaba caer grandes vainas cargadas de semillas, que el resto del grupo recogía rápidamente con sus trompas prensoras. Mientras disfrutaban el festín, del que participaban hasta los más jóvenes, musitaban un leve ronroneo, apenas audible para el oído humano, en un extraño coro de contento salvaje.

Era el canto del elefante.

De pronto, una de ellas reconoció el ruido del motor de la aeronave, y sacudió coléricamente la cabeza, agitando como pantallas sus grandes orejas arrugadas.

“- Parque, el rebaño ya está cerca de Uds. …”

“- A todas las unidades, llamó Johnny Nzou, cambiando de señal. Converjan al desvío de Mana Pools…”

Las unidades, eran un equipo de cuatro Land Rovers, desplegados a lo largo de la ruta principal, que descendía hacia el río.

Johnny saltó del asiento de su vehículo, y aprestó rápidamente su rifle. Todos los guardabosques iban armados con Magnums .375, cargados con municiones sólidas, para una máxima penetración de hueso y tejido.

“-Vamos, espetó a sus hombres…”

En ellos no había entusiasmo ni expectativa, no era un deporte, y obviamente no disfrutaban de la sangrienta tarea. Nzou hizo una señal con la mano, y el grupo se formó en una larga hilera de tiradores, separados entre sí por unos cincuenta metros, que se detuvo al llegar a la línea donde terminaba la selva. En el momento en que llegaron, Daniel y Jock vieron una especie de neblina gris, que levantaba la manada en su avance, y al avión que la orientaba con maniobras ajustadas. Cuando las dos elefantas irrumpieron, con las orejas echadas atrás, seguidas a pocos metros por el resto, la línea de verdugos, como la boca de una red extendida para atrapar al cardumen, oyó la orden:

“- Derribaremos en primer lugar a las dos abuelas” indicó Johnny con suavidad.

Las hembras, naturalmente miopes, por primera vez comprendieron que los hombres no eran postes ni plantas, sino su enemigo mortal. Mientras Jock filmaba frenéticamente, Nzou apoyó el fusil contra su hombro, se inclinó hacia adelante, para absorber el recule, y apuntó a la cabeza de la primera. El estallido seco, a la arruga formada debajo de sus ojos, restalló como un látigo, y un polvo gris, como la pluma de un avestruz, se levantó desde el punto exacto donde había apuntado. La bala alcanzó la parte alta del cerebro, y la tierra tembló ante la caída de la mole. Luego corrigió la puntería, e impactó en el mismo lugar a la otra, que dobló las cuatro patas, y se derrumbó, inmóvil. Al unísono, el rebaño entró en un marasmo de confusión girando en círculos, aplastando la hierba, y levantando cortinas de tierra, mientras, simultáneamente, los guarda bosques cerraron el círculo, disparando sin pausa. Cuando algún animal no moría de inmediato, un hombre se acercaba velozmente para el tiro de gracia. 

Todo fue rápido, y en cuanto no quedó un solo animal de pie, Daniel comprobó que la matanza, apenas había durado seis minutos. Solo resonaba en sus oídos el recuerdo brutal de los estallidos. Los guardabosques, sobre cogidos por la destrucción causada, miraban con remordimiento la montaña de reses: 200 toneladas de carnicería…

Johnny Nzou, rompió el trágico hechizo que pesaba sobre todos. Caminó lentamente hacia las dos viejas hembras, que yacían adelante, apoyó la culata del arma en el suelo, y se reclinó, mirándolas lleno de pena. Luego susurró con impulso espontáneo, en su lengua nativa:

“- Hambagahle, Amakhulu. Pueden irse en paz ancianas abuelas, están juntas en la muerte, como lo estuvieron en la vida”. 

Poco después llegaron los camiones, con una brigada de hacheros y descuartizadores. Los elefantes fueron separados con guinches y cadenas, se cortó el arrugado pellejo – cuidando de no perforar los órganos interiores – a lo largo del vientre y la columna, y con otros aparejos se extrajo el cuero que, extendido sobre el suelo, se cubrió con sal gruesa. Un desollador, deslizó la punta afilada del cuchillo a lo largo de la panza de una de las matronas. Era el comienzo de la faena.

“- Qué trabajo sanguinario” comentó Daniel.

“- Pero necesario” respondió Johnny, “cada elefante adulto rinde, como promedio, unos tres mil dólares, en marfil, cuero y carne”.

“- Para muchos, argumentó Daniel, esto puede sonar comercial, y debe saber, que hay una campaña encabezada por los defensores de los derechos de los animales, para incorporar al elefante en el Apéndice Uno de la Convención de Comercio Internacional de Especies en Peligro, C.C.I.E.P., y en ese caso se prohibiría el tráfico de cualquier producto del elefante…”

“- Sí, lo sé. Pero, aun así, nos veríamos obligados a controlar la magnitud de los rebaños, aunque no podríamos vender los productos. Un desperdicio trágico y criminal, que nos haría perder millones de dólares, que se utilizan para proteger, ampliar y atender las Reservas de vida silvestre. Señaló a un trabajador que extraía un enorme colmillo. Ese colmillo, nos hace más fácil justificar la existencia de los Parques y los animales, ante las tribus locales, que viven en estrecho contacto con ellos. Si los nativos pueden obtener algún beneficio, si podemos demostrarles que una elefanta vale 3000 dólares, y que un cazador gasta 50 o 100 mil en un safari, podremos enseñarles que un elefante vale más que 100 o 1000 de sus cabras o vacas escuálidas, y que parte de ese dinero, será para ellos y sus tribus. Entonces, comprenderán la utilidad de preservar a los rebaños, y dejarán la caza furtiva”.   

“- Quiere decir que los campesinos no otorgan valor a la fauna silvestre?

Johnny sonrió con amargura.

“- Eso es un lujo y afectación del Primer Mundo. Aquí, las tribus viven al límite de la subsistencia. El ingreso familiar promedio, apenas llega a los 120 dólares por año, diez al mes. No pueden darse el lujo de destinar tierras y pasturas para que vivan animales hermosos, pero inútiles para el lugareño… Para que los animales salvajes sigan viviendo en África, tendrán que pagarse el sustento. En esta tierra dura, no hay pasaje gratuito. Por milenios, el hombre africano vivió de la Naturaleza, y la ha tratado como un recurso renovable. Así como los esquimales se alimentaban con el caribú, las focas y las ballenas, o los indios americanos de los búfalos, todos vivían en equilibrio con la Naturaleza, y conocían, por instinto, un tipo de administración de la fauna, que nosotros no alcanzamos. Hasta que, en aquellas latitudes, llegó el blanco con el arpón y el fusil, y aquí en África, surgieron los elitistas departamentos de caza y sus leyes, que convirtieron en delito, para los negros, cazar en su propio territorio, pues reservaban la vida silvestre para unos pocos elegidos. Pregúntese, doctor: ¿Cómo sobrevivió el elefante y miles de especies más, por millones de años, antes que el blanco llegara? No, el sistema colonial no era conservacionista, era proteccionista, y ambos son contrapuestos. Hoy, aquí, un proteccionista hubiera prohibido la matanza, sin fijarse en las consecuencias, que como hemos visto, sería la extinción de todos los elefantes, y la destrucción de esta selva. El error más perjudicial que cometieron los proteccionistas, fue apartar a las tribus de los beneficios de la conservación controlada. Les negaron su parte, y les hicieron crecer el resentimiento contra los animales silvestres. Anularon su instinto natural para tutelar sus recursos, les quitaron el dominio de la Naturaleza, y como resultado, se volvieron hostiles a los animales. Los elefantes asuelan sus huertas, y destruyen los árboles que les dan leña; el búfalo y el antílope, comen la hierba que debería alimentar a su ganado; el cocodrilo devoró a su abuela, y el león mató a su padre… ¡Claro que han llegado a detestar a los animales! “

“- Y la solución, ¿existe alguna?”

“- Estamos tratando de cambiar la actitud de nuestro pueblo. En un principio, exigieron que se les permitiera entrar a los Parques, talar árboles, alimentar a su ganado y construir sus aldeas. Sin embargo, hemos logrado mucho éxito en nuestro esfuerzo por mostrarles el valor del turismo, los safaris y las matanzas controladas. Por primera vez, se les permite participar de las ganancias. Existe una nueva conciencia sobre la conservación, sobre todo en las generaciones jóvenes. “

“- Con qué, al fin de cuentas, ¿todo se reduce a una cuestión económica?”

“- Como todo en este mundo, doctor, es cuestión de dinero. Si se nos da lo suficiente, acabaremos con el cazador furtivo. Los Estados no pueden darse el lujo de clausurar sus riquezas naturales, necesitan explotaras y conservarlas, y si Uds. nos impiden hacerlo, serán culpables de la extinción de la vida salvaje. Sí, es cuestión de economía”

“- Cargaron los últimos rollos de cuero y colmillos, y los camiones se alejaron, perdiéndose en el corazón de África…”

 

Sería arrogante de mi parte, intentar sumar conceptos ante tanta claridad y poder de síntesis. Wilbur Smith ha mostrado, con crudeza indispensable, la problemática que deben afrontar los países democráticos, que tienen la responsabilidad de velar – en este caso -, por los elefantes. La enseñanza que nos lega, vale para el mundo en general, y para nosotros en particular. Quienes siguen mis artículos periodísticos, conocen algunos resultados de la protección, camuflada como conservacionismo, que muestra la trágica realidad que germina la ignorancia. Por las dudas, las reitero.

Los jabalíes, un azote para los sectores agrarios desde siempre, están invadiendo pueblos y ciudades; las palomas se han convertido en plaga declarada; las cotorras asuelan los sembrados, cuelgan sus gigantescos nidales de torres y cables de alta tensión, provocando accidentes y pérdidas millonarias; muchos aviones se han estrellado, con sus turbinas destrozadas por las aves; en Canadá, el Gobierno debió autorizar, durante la próxima temporada de caza, el abate de 335.000 focas, a fin de controlar la superpoblación que, en medio siglo, se ha triplicado, y amenaza a muchas especies ícticas; en Australia, la demografía de camellos, supera el millón de ejemplares, causando daños y pérdidas millonarias a la economía del país, y a la Naturaleza, pues agotan el agua de vastas regiones: sin agua se extinguen los bosques, y sin bosques no habrá más canguros, emúes ni pájaros; en nuestro país, en tanto, la Fundación Vida Animal, advierte que la población de mascotas, asciende a la astronómica cifra de más de 20.000.000, y que matemáticamente, nacen más perros y gatos que hogares disponibles. Ante ese desborde, los primeros damnificados son esos mismos animales, pero también la salud y la seguridad públicas: hay más índice de mordeduras graves, enfermedades zoonóticas y accidentes de tránsito.

La caza supone el aprovechamiento sustentable, de uno de los recursos naturales” Así titula Christian Gortazar, catedrático de la Universidad de Castilla, España, una nota referida a la proliferación del jabalí en la Península Ibérica, y a la invasión de grandes ciudades como Madrid y Barcelona, entre muchas, donde los suidos se pasean por las calles, destrozando contenedores de residuos, asaltando huertas y jardines, y aterrorizando a la población, ante reiterados ataques a personas. En Berlín, Alemania, el ayuntamiento autorizó la caza de ¡10.000!¡ jabalíes dentro del ejido urbano, ante las reiteradas agresiones a propiedades y ciudadanos. En la ciudad de Torino, Italia, uno de los centenares de navajeros que, noche a noche asaltan los suburbios, embistió furiosamente a un peatón, que logró guarecerse saltando un cerco privado. ¿Y si hubiera sido un niño? En Bariloche, informa el Área de Conservación del Parque Lanín, dos turistas fueron atacados por jabalíes, en plena ruta y a pocos kilómetros de la ciudad. En el Hospital Universitario de Guahati, India, uno de cinco viandantes, que caminaban por la acera, murió, y los demás sufrieron heridas de consideración, agredidos por jabalíes.

Este ínfimo muestreo certifica, si hiciera falta, el desmadre demográfico que acontece, cuando los animales silvestres no son controlados a tiempo. La progresión geométrica de la reproducción del suido, cuyas hembras comienzan a parir al año, lechigadas de hasta 10 jabatos, hace que el alimento de su hábitat natural no alcance para cubrir sus necesidades, por lo que, con el tiempo, pierden el temor al hombre, y entran a los centros poblados. Según los fundamentalistas, que solo saben proponer soluciones mágicas, habría que trasladarlos, antes que matarlos, y para ello, nada mejor que los gobiernos destinen unos cuantos cientos de helicópteros, para que aterricen en las calles citadinas y capturen diez mil con una red de pesca…Utopías de ignorantes. Algo que provoca impotencia y enojo, es que la gran mayoría de los afectados, que ayer clamaban protección obcecada, hoy se manifiestan con pancartas, marchas y protestas callejeras, reclamando a las autoridades que terminen con el problema. Está claro, tarde, pero ha llegado el momento de sentir en carne propia el azote que sufren, desde hace siglos, los nativos del sudoeste asiático, India, África, y nuestro interior profundo. Es posible que no exista nadie que los escuche, como sabiamente predijo el Pastor Luterano alemán, Martin Niemöller, en su poema que recorrió el mundo:

 “ Primero vinieron por los socialistas, y yo no dije nada, porque no soy socialista.

    Luego vinieron por los sindicalistas, y yo no dije nada, porque no soy sindicalista.

    Luego vinieron por los judíos, y yo no dije nada, porque no soy judío.

    Luego vinieron por mí, y no quedó nadie para habar por mí…” 

Carlos Rebella.

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