¿Qué es la caza?

Por Claudio Ocampo

Si hay algo esencial para entender la caza, es que: cazar -no es matar-. No celebramos la muerte, ni se define solo por el desenlace, sino por todo lo que implica y por la conducta con la que se sostiene. 

Es una actividad ancestral que puede templar y dignificar al hombre, cuando se la practica con ética, criterio, conocimiento, respeto al animal y cuidado del entorno.

Cuando nos preguntan por qué cazamos o qué es la caza para nosotros, a muchos cazadores se nos hace difícil describirlo o ponerlo en palabras. Y es justamente porque no se reduce a una simple actividad, sino que es un conjunto de valores que forma un estilo de vida, que reúne tradición, cultura, pasión, herencia y muchas otras cosas que, en el fondo, se sienten más de lo que se explican.

La caza es una de las prácticas más antiguas ejercidas por el ser humano, tan antigua como nuestra propia especie. Acompaña al hombre desde antes de la escritura y forma parte de sus orígenes, junto con la recolección y la vida de subsistencia. A la vez, ha sido durante décadas una actividad discutida, tanto por lo que implica como por cómo se la ejerce. Eso despierta posiciones muy opuestas, miradas enfrentadas y debates que atraviesan a la sociedad, e incluso al propio mundo cazador.

La caza también es una escuela. Nos enseña a disfrutar de la soledad, a respetar el silencio y a cuidar el medio ambiente. Forja paciencia, autocontrol y nos enseña a aceptar la frustración de volver con las manos vacías, recordándonos que el resultado no siempre llega, pero que la experiencia de “estar cazando” nos forma y nos prepara para una nueva salida.
Hay una diferencia enorme entre quien sale a improvisar, hacer daño y “matar”, con el verdadero cazador.

El verdadero cazador genera un vínculo directo con la naturaleza y es más ecologista que muchos que se proclaman serlo. Entiende que cuidar el entorno es parte de su responsabilidad, si ahí quiere volver y seguir cazando. Entiende que esta entrando a un sistema vivo, con equilibrios frágiles, con temporadas, con ciclos, con animales que no son blanco, sino vida. Entiende que no todo lo que se puede hacer, se debe hacer…

La caza también es:

Una fuente sustentable

La caza también puede entenderse como una fuente de alimento sustentable cuando se la practica priorizando el aprovechamiento total de la pieza para su consumo. Aunque hay sectores que la consideran una barbarie para estos tiempos, esa mirada muchas veces se construye desde la distancia, la obcecación o la negación. Se condena el acto sin querer ver lo que implica comer todos los días, sin mirar la propia mesa, sin preguntarse de dónde viene su alimento, quién lo produjo, cómo vivió ese animal y qué recorrido tuvo hasta llegar a su plato. La comodidad moderna permite delegar esa responsabilidad y, con ella, apagar la conciencia, como si la vida y la muerte fueran un asunto ajeno, que ocurre en otro lado.

Sin embargo, ese alimento que consumimos a diario no siempre está libre de sufrimiento por el simple hecho de estar empaquetado. En muchos casos, la cadena previa fue más larga, más impersonal y más dura, que el final de un animal cazado en buena ley. La diferencia es que lo primero se esconde detrás de un mostrador, mientras que lo segundo ocurre sin maquillaje.

Discutir la caza es válido, incluso necesario. Pero para que el debate sea honesto, conviene correr el velo de la hipocresía y reconocer una verdad simple… Comer siempre tiene un costo, aunque el supermercado y el sistema nos lo disimule.

Una herramienta de manejo

En ciertos escenarios, la caza es imprescindible y funciona como una herramienta de manejo.

Cuando una población supera lo que el ambiente puede sostener, la presión sobre los recursos trae consigo el deterioro del hábitat, y los problemas consecuentes. En estos casos, una extracción planificada y controlada, puede contribuir a sostener densidades más sanas y a reducir impactos que terminan afectando al ecosistema en cuestión.

Hay además situaciones en las que la caza aparece vinculada al control de especies introducidas, donde el problema no es el animal en sí, sino el desequilibrio que provoca en un ecosistema que no evolucionó con él.

Una herramienta de conservación

En algunos casos, incluso tratándose de especies amenazadas, la caza se ha utilizado como una herramienta indirecta para su conservación.

Con los recursos que de ella se generan, (tasas e impuestos, permisos de caza, etc.) se financian tareas clave para proteger fauna y hábitats, como el trabajo de guardaparques, la lucha contra la caza furtiva, el monitoreo científico y la presencia efectiva en el territorio. El punto no es el acto en sí, sino el mecanismo que activa, también puede crear incentivos para que comunidades y propietarios mantengan ambientes naturales y toleren especies que generan conflictos o pueden ser peligrosas.

En definitiva, la caza puede ser manejo, herencia, atavismo, escuela, alimento, cultura y comunidad. Puede ser también una puerta a la conservación, pero nada de eso existe sin responsabilidad. La naturaleza no es un escenario para el ego, y el cazador que quiere tener lugar ahí tiene que ganárselo con criterio, límites claros y respeto. La caza no se defiende y justifica solo con palabras, se sostiene con conducta.

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