Crónica de un leonero en pandemia

La cacería

Después de algunas horas de andar, Juancho (mi perro más viejo) pegó dos o tres ladridos no muy fuertes. Conociéndolo, me indicaba que no era una señal muy fresca, pero… “cuando el viejo mete su nariz, algo sale”. Ese no se equivoca.

Acomodé el esqueleto sobre el mancarrón y partí silbando bajito.

El resto de la perrada eran, Paila, Katru y Trampa, los cuales se encontraban dispersos por los alrededores, también buscando rastros. Aunque cuando escucharon a Juancho, llegaron como por arte de magia a su lado. ¡Ellos también conocen al jefe!

Me arrimé a ver qué husmeaban. Se veían marcas grandes, lindas, como esas que dejan los “liones potrilleros”.

Junté los perros para controlarlos y asegurarme que ninguno se quedara, corriera para atrás o dispare solo. Entendieron muy bien lo que vendría y salieron al trote sobre el rastro. Yo los seguía de cerca, mientras me decía a mismo: – Capas tenemos suerte…-

Las huellas nos llevaron hasta un valle con vertientes y entre unas matas negras, descubrieron un guanaco muerto, un chulenguito o barbucho, como le decimos en el sur (animal de cerca de un año), que había sido cazado la noche anterior. Estaba muy bien tapado como sólo un lion viejo puede hacerlo, pero las huellas ahí se perdían. La zona había sido castigada por un fuerte viento, quien se había encargado de borrar rastros y olores.

Podía ver como los perros venteaban desesperados tratando de retomar el hedor del puma, pero no había caso, por lo que decidí moverme por mi intuición y salí a tranco lento hacia unos piedreros bastante altos y me dije: -Este se fue para allá -. Pero primero tenía que encontrarle el rastro abajo, para ir sobre él.

Vuelo a llamar a la jauría para juntarlos, cuando noto que Trampa no estaba. Era una perra nueva, de un año y medio, que estaba empezando a sacar conmigo, muy loca y enérgica, que me costaba llevar de cerca. Le gustaba cortarse sola y subir a los filos, desde donde me miraba. No le di importancia, imagine que andaba haciendo de las suyas y seguí.

Decidí tranquear en círculo hasta encontrarme o cruzar alguna marca del animal. Observando el suelo, los filos y peñascos, mientras los perros cubrían las grietas y cuevas de las laderas.

Ya nos acercábamos a los piedreros, cuando Juancho comenzó otra vez a meter la nariz en el piso, daba unos cuatro o cinco pasos y pegaba un ladrido. Me arrimé a ver y como era de esperar, había encontrado de nuevo el rastro. Los perros se me adelantaron bastante pero yo iba tranquilo porque todavía los escuchaba bien y clarito a cada uno, ahí noté que se había sumado otro ladrido, era Tampa que había vuelto no sé de dónde pero ahí andaba. Le eché unas putiadas para mí y seguí.

Llegué a unas bardas chicas en el momento justo en que la loca de Trampa, mete la nariz en el piso, toma el viento y dispara toriando a toda carrera por la mitad del faldeo. Cuando pude observar que los demás perros ya la seguían, me arrimé ver. Noté que ahí había estado el puma y al escuchar los cuscos, había disparado. Bajé del caballo, acomodé el recao, monté y salí al trote. Subí hasta una loma, me bajé nuevamente del caballo y me quedé escuchando, estuve como 10 minutos y nada… Creí que lo habían perdido porque los perros ya no ladran cuando pierden las pistas.

Desde lo alto veía un cañadón y hacia allá fui a rastrear. Encontré señales frescas del puma que iba al trote y los perros marcando las puras uñas, señal que corrían. Lo llevan cerca y lo van a agarrar. -Pensé-.

Ya subí un poco más rápido por el cañadón para escuchar y ver desde arriba. Cuando llegué a la cima, bajé del caballo para darle un rápido respiro, acomodé el recao y me quedé escuchando. A lo lejos se oían los ecos de los perros atorados en plena trifulca. Ahí sí le metí galope.

Resulta que el grandote era bien matrero, se ve que ya tenía algunas contiendas encima y no dejaba que se arrimen los perros, al que alcanzaba a agarrar lo reboleaba al carajo.

Cuando me vio disparó, yo me le apuré para cortarle la disparada, le pegué unos gritos para pararlo y ni pelota me dio, así que pidiéndole al matungo el resto que le quedaba, me le adelanté y a la pasada en plena carrera, le metí un tiro que me quedó muy atrás, en un cuarto precisamente que lo hizo aflojar…

Llegó a lo más alto de un peñasco y se plantó. Listo, de ahí no se mueve más- pensé -. Me bajé, maneé el caballo y me arrimé, ahora podía ver bien lo grandote que era el desgraciado.

Los perros estaban cansados y golpeados, no era conveniente que volvieran a pelear. Busqué rápido el lado y lo despaché

Cayó desde el alto y los perros fueron por él; vi como lo mordían y bien ganado se lo tenían, por eso los dejé.

Cuando se calmaron, los aparté y revisé. Descansamos un rato y salimos de vuelta pal puesto, orgulloso de mis perros y con un buen lion en las ancas de mi caballo.

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