La manzana no cae lejos del árbol

El 2 de noviembre de 2025 ya estábamos en la ruta con Marcelo, mi papá, rumbo a la provincia de La Pampa, más precisamente hacia Luan Toro, al campo de mi amigo Juanjo. Como siempre, nos esperaba con la alegría genuina de quien entiende lo que significa compartir amistad y monte. Cinco días de cacería por delante, cinco días lejos del ruido de Buenos Aires, de donde vengo, tan cerca de la capital y tan lejos, a la vez, de lo esencial. Porque si algo tengo claro es que cada vez que organizo una salida así, intento estirarla todo lo posible: cace o no, estar en el campo, respirando ese aire seco, áspero, cargado de tierra y libertad, es algo que no negocio.

Apenas llegamos al casco, descargamos los bártulos y casi sin hablar nos subimos a la camioneta de Juanjo. La tarde pampeana caía lenta, con ese cielo abierto que parece no terminar nunca; mientras un viento seco arrastraba hojas, polvo y ese perfume inconfundible del monte. Empezamos a recorrer los apostaderos y la sorpresa fue inmediata: todos estaban marcados, cargados de rastros frescos, huellas cruzadas, barro removido, señales claras de actividad constante. Pero hubo tres que destacaban por sobre el resto: los Mendocinos, el Tajamar y el Escondido. Este último hacía honor a su nombre, metido unos 300 metros dentro del monte, al final de una huella apenas visible, como si el lugar hubiese sido tragado por la vegetación. Ahí el silencio era otro, más denso, más profundo…

Después de revisar todos, nos miramos, asentimos sin muchas palabras y nos dividimos para apostarnos.

La primera noche transcurrió tranquila. Solo chanchas con lechones, que por cierto entraron muchas (habré contado cerca de cuarenta). Pero de los padrillos, ni noticias. Ni una sombra pesada, ni un crujido distinto, ni ese movimiento que delata al dueño del lugar.

Esa noche me fui a dormir con una sensación ambigua: por un lado, la satisfacción de haber visto tanto bicherío y, por el otro, ese gusto amargo de no haber cruzado al animal que verdaderamente te hace temblar el pulso cuando encarás el rifle.

La jornada siguiente comenzó distinta, arranqué completamente descansado, como si hubiese dormido un día entero, con la cabeza clara y el cuerpo liviano. Afuera, el aire estaba más seco, más filoso, como si el monte mismo anticipara algo. Mate en mano, repetimos la rutina y salimos a recorrer. Cuando llegamos al Escondido, vi enseguida en el charco una gran cama, una planchada de barro aplastado, que delataba al guarro que ahí se había estado acicalando; al pie de la misma, una huella enorme, profunda, con los pichicos bien clavados en la tierra húmeda. No hacía falta ser un experto para entender que ahí había estado.

El resto del día se fue entre mates, asados, y una corta siesta en ese silencio que solo el campo puede ofrecer. Un silencio que no es ausencia de sonido, sino todo lo contrario: viento rozando los árboles, hojas secas quebrándose y el confortable trinar e los pájaros.

Llegó el momento de ir nuevamente a apostarnos. Mi papá eligió esta vez el apostadero que llaman el Tajamar, distante a unos 90 metros de la represa que hace honor a su nombre.  Un tiro largo para la noche, pero él, así quería estrenar el Tikka .300 WM que le había regalado.

Yo, sin dudarlo, me fui directo al Escondido. Tenía la certeza, o quizás la necesidad, de que ese padrillo apareciera.

Me acomodé con todo lo necesario para aguantar muchas horas. Pero me encontré con una tarea inesperada. Avispas habían empezado un panal dentro del apostadero; con el polar enrollado, a puro manotazo contenido, midiendo cada movimiento para no arruinar la noche antes de que empiece. Una por una fueron cayendo hasta que, finalmente, el lugar volvió a quedar en calma. Recién ahí pude relajarme, cebarme unos mates y dejar que el tiempo empiece a correr.

No tardaron en entrar cinco chanchas con varios lechones rayados. El charco cobró vida, el barro se movía, el agua vibraba con cada paso; y ahí apareció la duda: esperar al padrillo o asegurar carne. Pero bastó observarlas un poco más para tomar la decisión. Estaban flacas, castigadas, y no valía la pena. Mucho menos condenar a una camada entera a morir sin su madre. Me limité a mirarlas con los prismáticos, disfrutando la escena, dejando que el monte hiciera lo suyo mientras el viento me daba de frente y me volvía invisible.

Pasaron dos horas largas, densas, con el tiempo estirándose entre mate y mate. Caía ese momento exacto en el que el día se resiste a desaparecer y la noche todavía no toma el control. Entonces, sin aviso, lo vi. Apenas con el rabillo del ojo, una silueta negra, pesada, avanzando lento por la picada a mi derecha. Me quedé completamente inmóvil. Las pulsaciones empezaron a subir, sentí un sudor helado por mi espalda y la respiración se volvió algo que había que controlar, dominar, contener. Son sensaciones que no se explican, que solo las entiende quien las vivió.

Cuando levanté los prismáticos, confirmé lo que ya sabía. Era un padrillo. No enorme de cuerpo, pero sólido, seguro en su andar. Sus testículos prominentes no dejaban lugar a dudas. “Era él”. Pero, así como apareció, desapareció… El monte se lo tragó. Lo busqué con la vista, con los prismáticos, con cada sentido alerta, pero no estaba. Y ahí llegaron las dudas: me venteó, se fue, lo perdí, algo hice mal.

Y de repente, como un relámpago, volvió a aparecer. Irrumpió en el charco con violencia, corriendo a hocicazos a todas las chanchas y lechones, haciendo volar barro y agua en todas direcciones. Después de imponer su presencia se quedó, bajó la cabeza y empezó a hocicar buscando el maíz en el fondo del barro. Cuando levantó el hocico, vi el brillo de los colmillos. Esa luz tenue que todavía me acompañaba me permitió verlo en detalle, estudiarlo y entender que era el momento.

Apoyé despacio los prismáticos y tomé el CZ. Busqué apoyo en un hierro transversal improvisado y muy despacio comencé a observarlo.

La mira en seis aumentos. El pulso contenido. No recuerdo en qué momento saqué el seguro. Solo sé que la cruz quedó perfecta, en la base del cráneo, entre la oreja y el atlas. Y dejé que el disparo me sorprenda. El estruendo rompió el sosiego del monte. Los 165 grains del .30-06 habían hecho su trabajo. El padrillo cayó seco, desplomado, sin sufrimiento.

Mientras el eco del disparo se perdía en la inmensidad pampeana, las chanchas corrían sin rumbo y varios rayados quedaron inmóviles en el agua, desconcertados.

A los pocos minutos, con una señal mínima, llegó el mensaje de mi papá: – “¿Tiraste? Te escuché…”.

Sonreí y le dije: – “Sí, Pa. Tiré… y cacé un buen padrillo”.

A él, el viento se le había puesto mal, así que media hora después llegó a buscarme. Recuerdo perfectamente ese momento: la camioneta frenando en la oscuridad, la noche completamente instalada, la luna alta iluminando el monte con una claridad fría, casi plateada. Se bajó sin decir nada, caminó hasta el charco, miró el animal… y en medio de ese silencio infinito de La Pampa, escuché sus aplausos. Claros, firmes. Y después su voz:

—“¡BRAVO, HIJO!”

Después vino lo de siempre: cargar, colgar y despanzar. Al día siguiente, me dediqué a cuerear, despostar y sacar sus defensas: un colmillo dio 23 cm, el otro de 22. El mejor chancho de mi vida. Pero, en el fondo, eso era lo de menos. Lo verdaderamente importante no estaba en el trofeo, sino en haberlo vivido con él, con mi viejo, el mismo que me enseñó, que me llevó por primera vez al monte, que me contagió esta pasión que con el tiempo dejó de ser una simple afición para convertirse en una forma de vida.

Porque al final, y con más razón que nunca, entendí algo que ya sabía desde siempre:

LA MANZANA NO CAE LEJOS DEL ÁRBOL

Gino Melani

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