Entre alpatacos y jarillas

Desde que arranqué en la caza, siempre había escuchado hablar de Jagüel del Monte. Decían que era una zona de buenos chanchos. Yo a la localidad, no la conocía pero las ganas las tenía desde hacía rato.

Pasó el tiempo, y una noche me encontré ahí cazando. Me aposté a unos 80 metros del cebadero, entre unas jarillas altas a la orilla de una picada . Solo con mi reposera, bastante abrigo y el .30-06 con munición Core Lock de 180grains.

A las 7 de la tarde ya estaba a la espera. Pasó el tiempo en silencio absoluto. Hasta que, cerca de la 1 de la madrugada, escuché ruido en el monte. Cuando quise acordar, el chancho ya estaba en el tarro de maíz. Lo alcancé a ubicar con el fusil, pero fue cuestión de un instante, así como entró, se fue… Ni siquiera llegué a verlo bien. Algo no le gustó.

“Es temprano”, pensé. “Algún otro tiene que entrar”. Y seguí quieto, aguantando la noche.

A las 2:30 de la madrugada, a mi derecha algo venía para la picada a tranco firme. De golpe lo vi cruzar a no más de 10 metros míos. Vi la sombra de lo que hasta ese día era el chancho más grande que había visto. No quise ni pestañear.

Cruzó a la otra orilla y empezó a bufar. Yo inmóvil, con la cabeza a mil, pensando en lo que acababa de pasarme por adelante.

Después de unos segundos que parecieron eternos, escuché el tarro. Era mi oportunidad.

Lo dejé que comiera un rato. Cuando levanto lentamente el fusil, veo que estaba sesgado a donde yo estaba, amagando con irse. Dio un paso, después otro… y pensé: “Le tiro ahora o no lo veo más” … Busqué el codillo desde atrás y se escuchó el bolsazo. El chancho cayó, pero así como cayó arrancó y se fue.

La amargura que tenía en ese momento era muy grande. Aunque cuando me acerqué al lugar donde estaba y vi rastros de sangre, la ilusión de encontrarlo se prendió. Sabía que no iba a ser fácil pero mucho más ya no podía hacer, no tenía sentido apurarse. Lo dejé, con la intención de que en cuanto aclarara lo saldría a rastrear.

A las 7 de la mañana arrancamos con mi compañero a buscarlo. Fueron horas de seguir el rastro. Despacio, mirando cada marca, huella, cada gota. No lo iba a perder.

Y así anduvimos, metidos rastreándolo entre alpatacos y jarillales, hasta que lo encontramos.

Aún estaba vivo, por lo que de inmediato lo rematé y para cuando mi adrenalina bajó y pude verlo bien, mi alegría era enorme.

El tiro estaba bien puesto, pero por alguna razón la punta chocó la paleta y buscó para abajo, quizás por el ángulo del tiro.

Fue para mí, fue una de esas noches que no olvidaré jamás. No fue solo el chancho, fue la espera, los nervios, la incertidumbre, el rastro y esa mezcla de amargura y esperanza hasta encontrarlo. Una de esas historias que quedan marcadas para siempre.

Hasta la fecha, mi mejor padrillo: 9.5cm de colmillo de un lado –y 8.5cm del otro.

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