Los capítulos que integran este libro son una serie de recuerdos de un auténtico “Pioneer” patagónico: ANDREAS MADSEN. Los episodios en ellos relatados son reales aventuras del diario vivir de este viejo dinamarqués, trotamundos y ovejero, que allá por el 1900 llegó a nuestra Patagonia y ya no la pudo dejar.
Aun cuando algunos de dichos episodios puedan parecer algo fantasiosos, todos ellos son reales, puedo afirmarlo, pues Andreas Madsen es uno de esos hombres a los que basta con mirarlos, con ver el vivaz fuego de sus pupilas y su sonrisa franca, para comprender que su vida misma está impregnada de verdad; verdad profunda del chiquillo que en el siglo pasado siguió los impulsos de su atavismo y cargando al hombro su paquetito de ropa tomó el mundo por su cuenta.
Se embarca en un »sloop» que de Aalborg va a Suecia. »Nada me importa” -dice él mismo-, ganaría diez «kroner» mensuales, pero salíamos mar afuera. El «mundo era mío» me alejaba de Dinamarca, antes de que pudieran buscarme, pues el granjero me creía en casa de mis padres y éstos, a su vez, me suponían en mi trabajo rural … Hubo días buenos y malos, pero en conjunto fue una gran vida para mí. Veía tierras y ganaba dinero; podía comprarme ropas, por más que nunca me cargué con fantasías; sobre todo podía adquirir libros y en cada puerto hurgaba los puestos de librería, armándome de una notable colección que desgraciadamente perdí más tarde en Buenos Aires. Cuatro años estuve «a proa del palo» en toda clase de veleros y a los dieciocho años se me reconoció como marinero A. B….
Así comenzó su gran aventura. Afrontó la vida dura del mar trepando jarcias y obenques, galopando sobre el palo mayor y mesanas, en bonanza o en tempestad. Y así fue conociendo el mundo y la vida. Un buen día el destino lo lanza a nuestras costas y se incorpora a una comisión de límites que trabajaba a las órdenes del inolvidable Perito Moreno, en la demarcación de nuestra frontera con Chile.
Se hermana ahí con la inmensidad cósmica, como la del mar, de nuestra Patagonia, la tierra incógnita de aquellos años azarosos. Así como el mar lo sedujo con su embrujo inexplicable, ahora la Patagonia, con sus mesetas, su desierto, sus cordilleras cuajadas de bosques, cumbres y nieves, le transmite su mensaje, hecho de silencios y eternidad y ya no puede renunciar a su nuevo destino. Allí queda, para siempre, al pie del Fitz Roy. Allí vivió las aventuras que vamos a relatar.
Primeramente publicó algunas de ellas en »Argentina Austral», la magnífica revista de todos los hogares sureños, en una traducción del capitán de navío Teodoro Caillet Bois.
Recuerdo aquí un detalle de nuestra sólida amistad: Ya manteníamos correspondencia cuando ocurrió la muerte de nuestro común amigo Caillet Bois y entonces, con esa sencillez que Andreas tiene para todas sus cosas, me dijo: »Él era mi gran amigo, mi traductor y consejero, desde hoy Vd. ocupa su lugar». Desde entonces nos cartearnos y nos hemos reunido en muchas ocasiones, disfrutando por mi parte de una amistad que aprecio altamente, cuyos matices encuentran un eco tan sincero en mi propia modalidad.
Un día nos dijimos con Andreas: ¿por qué no tomar estos episodios deshilvanados, darles forma más orgánica y publicarlos en forma de libro? Me pasó sus originales en inglés, sintéticos, escuetos, junto con la interpretación que de ellos había hecho Caillet Bois y con tal material pude dar forma a este libro.
Confieso que no poco trabajo me ha costado, pues Andreas, en su desconcertante naturalidad, relata los momentos más increíbles de peligro con una sencillez tal que el lector desprevenido podría desorientarse. Conocedor del medio, como patagónico adoptivo y vocacional, he debido agregar aquello que creí necesario para dar una cabal sensación y, para qué negarlo, el debido suspenso, recurso este último que no entra en los cálculos de Andreas, capaz de meterse en la guarida de un puma con más tranquilidad que en la boca de nuestros subterráneos.
A Andreas pertenece, pues, la esencia y el espíritu de este libro; a mí tan solo su forma.
Pero ocurrió también algo que tiene mucho que ver con esta amistad »sui generis» del viejo ovejero patagónico con el abogado porteño que les habla: inicié mi trabajo en Buenos Aires y lo seguí luego en Tierra del Fuego, al calor hospitalario de la vieja Estancia Viamonte, de los Bridges, en el rancho chico de Robbie Reynolds Bridges. A mi regreso di los originales a la imprenta.
Pero algo pasaba, algo no andaba. Nuestro ánimo estaba entristecido, se sentía prisionero. Todas las potencias del espíritu estaban subordinadas a esos momentos amargos, profundamente tristes, que nos hizo vivir la dictadura, que en los últimos años se había convertido en una carga intolerable. Nuestro espíritu, moldeado en la inmensidad del desierto patagónico, en sus montañas y sus lagos, que sabe de la gloria de cantar en sus valles a la alegría del vivir, sentía tanta repugnancia por esa opresión, que no podíamos hallar el eco ni el momento propicio para el trabajo recogido o la meditación.
Hace pocos días, en uno de esos magníficos actos en el que el alma argentina eclosionó, en este romper de cadenas, dijo el profesor Lanuzza en la Sociedad Argentina de Escritores: »Los poetas son los espías de Dios en la Tierra, por eso los dictadores les temen y les odian». Y todos los escritores, aunque sea en nuestra manera de sentir y de vivir, tenemos algo o mucho de poetas.
Éramos espías de Dios en la tierra. Estábamos vigilando paso a paso al déspota y gritábamos, con voz que no podía él acallar, nuestras rebeldías, nuestras intenciones y nuestras esperanzas.
Pero cuando nos recogíamos para dar forma a las ideas y los pensamientos, esa rebeldía nos apartaba de las musas propicias y solamente pensábamos en luchar, luchar para derrocar del trono a la infamia y la traición, que ahogaban a nuestra Patria bienamada. Por ello estos originales quedaron durmiendo en las pruebas de galera y ni siquiera tuvimos ánimo para hacer las correcciones y el prólogo.
Pero llegó un día, día en que las campanas echaron a vuelo. El pedestal del César comenzó a temblar, al ídolo sanguinario, moderno Moloch, se le vieron los pies de barro y nos llegó, paso a paso, el maravilloso presente con el cual ni nos atrevíamos a soñar. Nos llegó la LIBERTAD. Nos llegó el verbo divino, que nunca se apartó de nuestros corazones. No había podido el tirano doblegar nuestro ánimo, pero el razonamiento ponía freno a nuestras ansiedades y creíamos que la máquina montada por su diabólica maldad nos retendría en esa cárcel humillante de la cual al fin huimos para saltar al mundo y decir con el profesor Lanuzza: »Gracias Dios, por habernos devuelto el Universo».
Y aquí estamos, trascendida la hora inolvidable de la lucha y de la embriaguez sublime, cuyos vapores nublan aún nuestra mente, aquí estarnos, lector amigo, camarada patagónico, viejo ovejero, amigo jinete de la cordillera, hermanados en el canto a la real Patria, la Patria profunda, sincera, que ya no creíamos recuperar; en este milagro de luz y armonía, para contaros, que cosa más simple, lo que le ocurrió a un marinero dinamarqués que dejó de galopar sobre las olas de los mares bravíos para montar baguales y redomones en la cordillera argentina y revolear las Tres Marías al avestruz, al puma y al guanaco, en esa vida encabritada, increíble, llena de sal como el mar, de vientos como los océanos y de brisas perfumadas.
He aquí por qué no podíamos avanzar con este libro y por qué la vida de Andreas Madsen tiene tanto que ver con la Libertad que hemos recuperado y sin la cual éramos sombras de nosotros mismos. Es que Madsen, sus pumas y la Patagonia son esencia y contenido, de la Libertad. Cada uno de sus episodios habla de un Madsen en vibrante Libertad corriendo tras el puma, no por el placer de matar, sino para eliminar al verdugo de sus tiernas majadas. Era su libertad y la de sus corderos en lucha contra la libertad maligna del felino.
El patagónico corno el árabe, es rebelde por naturaleza, indomeñable. Por ello es que ligamos íntimamente la Libertad con el simple relato de unas aventuras que llevan en sí, en su ingenua bravura, otro canto a la Libertad, libertad de aquel guapo danés que no se detenía ante ningún obstáculo, ya fueran los escarpados riscos de la cordillera o la cueva traicionera en que podía anidar la muerte.
Madsen vivió toda su vida en Libertad y no supo de otros frenos que los que le impuso su corazón paternal o su alma profundamente cristiana. Por ello, cada vez que repasaba estos originales, sentía como si una mano invisible me estrujara el corazón y sentía en su cruda rudeza la esclavitud a que nos tenían sometidos. Volvían al cajón los papeles y más de una vez tomé el tren o el avión para buscar allá, en mi querida Patagonia, lo que acá se nos negaba.
Por ello, al recuperar la Libertad y dar gracias a Dios y a nuestros heroicos hermanos que la hicieron posible, volví prestamente al cajón cerrado y saqué las tiras de galera, que en pocos días irán al pliego y de éste al libro.
Valdría la pena extenderse en el comentario sobre la personalidad de Andreas Madsen, pero sé por experiencia que muchos lectores impacientes suelen saltear el prólogo, que es, en ocasiones, un pequeño hurto al interés del propio libro. Por otra parte, en su obra Patagonia Vieja, hermoso relato de su propia vida, hallareis su semblanza completa, llena de matices interesantísimos. Diré por ello para terminar, que hoy tiene Don Andreas 74 años y sigue allá, al pie del Fitz Roy, en su estancia del río de las Vueltas, donde vive completamente solo. Un día le pregunté si todavía domaba, y me dijo sencillamente: «El médico me ha prohibido domar … pero de vez en cuando me doy el gusto de ensillar un arisco».
En una de sus últimas cartas me hace este simple pero expresivo comentario: «Usted me pide algún otro relato sobre caza de pumas, pero últimamente no fue posible cazar alguno. Los hay en abundancia y están aumentando mucho. En mis andanzas, este invierno, he visto varios rastros, pero mis perros ovejeros ya están muertos de viejos y todavía no logro entrenar otros. Un vecino, el joven Charlie MacLeod, cazó quince el invierno de 1953 y este año lleva seis, dos de éstos a puro cuchillo, no llevando armas de fuego. Los perros los hicieron subir a un árbol, él buscó una vara de coihue y amarró el cuchillo en una punta con el pañuelo y como San Jorge, les ganó la batalla. Por el momento estoy otra vez solo en el Más Allá. Mi hijo, con la familia, está invernando en el lago Argentino, me ganaron el tirón, pero no paso el tiempo aburrido. Hay mil cosas que hacer: recorrer el campo, trabajos de casero, meteorólogo, operador de radio, etc. Si por casualidad le piso la cola a un león en estos días le escribiré.»
Nada más necesita decir el prologuista y colaborador de Andreas Madsen. Lo demás surge, vivaz y transparente, de los episodios que pintan el diario vivir de ese hermoso ejemplar humano. Llegó solo a la Patagonia en 1900; volvió a Dinamarca a buscar su novia de la niñez, la jamás olvidada Doña Fanny, formó su familia al pie del Fitz Roy y allá está solo nuevamente, pero en la compañía de quien tiene el alma poblada de imágenes hermosas y el corazón pleno de euforia y serenidad a la vez, esperando el amanecer de cada día para encarar alguna nueva obra. Siempre habrá tiempo para algo nuevo en los increíbles 74 años de Andreas Madsen.
Carlos A. Bertomeu
Cazando pumas en la Patagonia
By Andreas Madsen
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