“…Cuando el animal desapareció de nuestra vista y cuando echamos a correr de nuevo tras él, como perros de caza, casi caímos encima de algo. Era un kudú macho enorme y hermoso, esta vez mas muerto que una piedra, caído de costado, con los cuernos formando grandes espirales oscuras, ancho e increíble, mientras yacía muerto a cinco metros de distancia de donde yo acababa de hacer aquel disparo instantáneo. Le contemplé, grande, de patas largas, de un gris liso y suave con las rayas blancas y los grandes y retorcidos cuernos, marrones como la madera del nogal, y punteados de marfil, sus grandes orejas y el grande y sólido cuello, la mancha blanca que tenía entre los ojos y el blanco de su morro y me incliné y le toqué para creer que era verdad. Estaba tumbado de costado por donde había penetrado la bala y no había ninguna marca en él y tenía un olor dulce y agradable como el del ganado y el del tomillo después de la lluvia…”.
No podía creer el momento que estaba viviendo: la lectura de ese párrafo, años atrás, había sido el inicio de un sueño que acababa de cumplirse. Ahora era yo el que se inclinaba y lo tocaba para poder creer que era verdad. Todo había comenzado mucho tiempo atrás leyendo a Hemingway. Como si fuera poco, al recobrarme y girar para buscar a mi amigo con la vista, lo vi a la distancia caminando hacia mí, con la alegría sincera de la verdadera amistad, haciendo imágenes desde lejos y eternizando el momento en una secuencia maravillosa de fotos que aún hoy, al verlas, me conmueven. Como el recuerdo del abrazo fraternal que nos dimos junto a tan maravilloso animal, que me emocionó hasta las lágrimas, agradeciéndole su amistad. Solo él podía entenderlo y sentirlo como yo.
Introducción
Soñábamos con África desde hacía tiempo; pero Hemingway nos la metió en la piel. “Las Verdes colinas de Africa” tal vez no sea una obra literaria descollante, según los cánones literarios actuales; es verdad. Pero su narrativa parca, precisa y real –así es la prosa de Hemingway- nos llega a nosotros los cazadores; no es casual. Y los capítulos que tarda en cazar su Kudú –tres, y finalmente caza dos, por esos avatares de la verdadera caza-, nos hacen vivir plenamente la experiencia del gringo fanfarrón, y entusiasmarnos con el más majestuoso antílope africano. No nos es difícil simpatizar con él cuando conocemos su vida y leemos sus novelas; no es casual que haya sido cazador y aficionado a las corridas de toros. Pero no es mi intención escribir un ensayo sobre Hemingway, sino sobre el Kudú, el más popular de los animales con cuernos espiralados; y por cierto que logra enamorarnos de ese majestuoso antílope. Si existe un Dios, seguramente tendrá en sus jardines kudus pastando, para disfrutar de su belleza, delicadeza y majestuosidad; al menos yo los tendría (¡por supuesto juntos a ciervos colorados!).
Trofeos de Caza Espiralados y Antílopes Espiralados: ordenando conceptos.
Es perogrullesco mencionar que en el mundo de la caza deportiva entendemos que los trofeos espiralados son los que poseen cuernos dispuestos en forma de espiral. Existen varias especies cinegéticas con cuernos en forma de espiral, algunos muy populares y preciados. Los ejemplos más conocidos para nosotros son los antílopes africanos espiralados y el antílope negro originario de Asia y actualmente ubicado dentro de nuestras piezas más cazadas en Argentina; también, y siguiendo con ejemplos asiáticos, las cabras salvajes markhor en todas sus variantes; y hasta nuestra vieja cabra salvaje, de cuernos habitualmente “retorcidos”, tan bien descripta por Mandojana en su libro “Caza Mayor en la Argentina”, hoy probablemente desaparecida como trofeo de valor cinegético pero que en su momento constituyó no solo una presa muy digna sino también una modalidad de caza muy deportiva.
Los distintos sistemas de medición de trofeos que aplican las grandes organizaciones internacionales de cazadores brindan una cuota de confusión al tema, ya que aplican distintos criterios para la medición de estos trofeos.
El SCI los agrupa sin distinciones y aplica para su medición un sistema que denomina Método 2 “para animales de cuernos en espiral”; en el mismo incluye todas las especies mencionadas arriba.
El Rowland Ward aplica un sistema más individualizado y específico; de esta forma describe en su capítulo 8, denominado “Antílopes Africanos con cuernos en espiral”, el método de medición aplicable a los mismos, detallando el sistema de medición de la longitud que se mide desde la base y sobre la quilla del cuerno, y siguiéndola alrededor del mismo hasta la punta. El resto de los mencionados animales con trofeos espiralados no africanos, se analizan en otros capítulos. Es destacable que con el markhor asiático mantiene la medición de la longitud siguiendo la forma de espiral, mientras que, con el antílope negro, la medición de longitud se hace desde la base del cuerno hasta la punta, manteniéndose en el centro de su cara frontal y siguiendo el contorno irregular de las curvaturas, y especificando claramente que no debe seguirse la forma en espiral del mismo.
La Federación Argentina de Caza Mayor adopta una posición intermedia ya que, en el caso de nuestra cabra salvaje, el sistema de medición de la longitud del cuerno, detalla en el apartado Interpretaciones y/o Aclaraciones: “…La medición de la longitud se inicia en la base…siguiendo la curvatura…aun cuando se vaya desarrollando en espiral”. Pero en el caso del antílope negro, si bien en Instrucciones determina: “…desde la base del cuerno hasta la punta, siguiendo la espiral si corresponde”, esta confusa sentencia “si corresponde” se anula en el apartado “Interpretaciones y/o Aclaraciones” donde, siempre hablando de medición de longitud, especifica que “…no corresponde por las dificultades…”, y justifica su posición explicando la postura del Conseil y la del Rowland Ward, que finalmente adopta; es decir “longitud directa”.
Es importante aclarar que, independientemente de estas disquisiciones relacionadas a métodos de medición, en la literatura cinegética mundial cuando se habla de antílopes espiralados se alude exclusivamente a los antílopes africanos de cuernos espiralados. Estos son: el bongo, el kudu menor, el kudu mayor o gran kudu, el sitatunga, el nyala, el eland, y el bushbuck (1); algunos de ellos, como veremos, con variantes fenotípicas de importancia para coleccionistas.
Eber Gomez Berrade selecciona, dentro de este grupo, al Kudu, al Nyala y al bongo, y los denomina “los tres reyes coronados”, que son los de mayor porte y peso dentro de su género, y cada uno reina en su área geográfica, destacándose por su belleza, majestuosidad y carisma; lo hace basado en la preferencia de los cazadores por su elegancia y majestuosidad, así como el desafío que el lance cinegético plantea (2).

La Presa
Todos los cazadores conocen al Kudu; es probable que sea, dentro de este público, uno de los antílopes espiralados más conocido y deseado como presa de caza por su bellísimo trofeo; también saben que existen dos tipos de kudu: el gran kudu o kudu grande, y el kudu menor o kudu chico. Hasta aquí sería la información básica que posee la generalidad de los cazadores (3).
Para los cazadores aficionados a la taxonomía o la zoología, y para los cazadores coleccionistas, que no infrecuentemente son los mismos, en necesario agregar que los kudus pertenecen al grupo llamado Tragelafinos que es una de las tribus de la subfamilia Bovinae, que pertenece a la familia Bovidae; esta tribu tiene dos géneros los Taurotragus, al cual pertenecen los Eland; y el género Tragelaphus, al cual pertenecen todos los demás espiralados, inclusive los kudus (1,2,3).
Todos los tragelafinos son antílopes africanos y comparten, en general, varias características como la presencia de rayas blancas en el cuerpo, manchas blancas en la frente, una cresta de pelos a lo largo del lomo y, por supuesto, cuernos espiralados que, con excepción del bongo y del eland, tienen solo los machos; es de destacar que presentan gran diferencia de tamaño dentro del grupo (1).
Según la clasificación científica, el gran kudu -tragelaphus strepsiceros-, presenta más de diez variantes o subespecies; dentro de la órbita de las organizaciones de caza y sus sistemas de homologación (Rowland Ward, CIC y SCI) la cosa se simplifica en alguna medida ya que reconocen entre 4 y 5 variantes. Aclaremos que hablamos de variaciones principalmente fenotípicas que obedecen exclusivamente a cuestiones geográficas que, la mayoría de las veces, son imposibles de distinguir en el campo; en mi opinión solo tienen importancia para los cazadores coleccionistas (y los organismos internacionales de caza mencionados) (3).
Para resumir y ciñéndonos a la descripción de Antonio Díaz de los Reyes en su “Guía de la Caza en África”, el gran kudu presenta cuatro variantes: el Kudu grande del sur (Southern Greater Kudu; Tragelaphus strepsiceros strepsiceros –incluídos excelsus, hamiltoni, koodoo y zanbesiensis-); Kudu grande del Cabo (Cape Greater Kudu, Tragelaphus strepsiceros capensis); Kudú Grande Oriental (East African Greater Kudu; Tragelaphus strepsiceros bea –incluidos abyssinicus y frommi-) y Kudu Grande Occidental (Western Greater Kudu;Tragelaphus strepsiceros cottoni –incluidos burlacei y chora-) (1).
Kevin Robertson, en mi opinión una de las mejores plumas cinegéticas africanas, en su clásico libro “El Tiro Perfecto”, menciona las cinco subespecies del SCI, que son: Gran Kudu del Oeste, (Tragelaphus strepsiceros burlacei); Gran Kudu de Abisinia (Tragelñaphus Strepsiceros chora); Gran Kudu del Este (Tragelaphus strepsiceros bea); Gran Kudu del Cabo (Tragelaphus strepsiceros strepsiceros) y Gran Kudu del Sur (con el mismo nombre científico que el anterior) (4).
Como verá el lector son muchas subespecies que se superponen en las distintas clasificaciones, y repito que sus variaciones son imperceptibles in vivo, es decir cazando; por lo cual mi recomendación es seguir el consejo de Antonio, quien concluye el tema de las subdivisiones en forma práctica y contundente: “…De esta espectacular familia de cuernos en espiral y concretamente del grupo de los kudus, existen dos por muchas vueltas que queramos darle al asunto y siguiendo el consejo de mi amigo, el recordado Alfonso de Urquijo, estos son –en idioma coloquial- el grande y el chico, otra cosa es el idioma científico y otra el cinegético…” (3).
Su Caza
La caza del kudu se hace al rececho y depende mucho de la zona que habite. Kevin Robertson, hablando de la caza del kudu menciona varias modalidades que, en general, se basan en localizarlos y luego rececharlos según el área geográfica donde se desarrolle la cacería y también el horario del día teniendo en cuanta los hábitos del mismo en cada lugar. “Uno de los mejores métodos de caza consiste en estar en buen terreno de kudus, en algún punto ventajoso elevado con buena visibilidad de todo lo que nos rodea, con la primera luz del día… Unos buenos prismáticos… para buscar posibles manchas… Busca cualquier destello de movimiento, y el centelleo de los primeros rayos de sol reflejándose en las puntas marfileñas de sus cuernos… una vez que han sido localizados, el cazador generalmente tiene tiempo de juzgar el terreno y planificar el rececho… y evaluar adecuadamente los cuernos de un macho trofeo…”.
Nuestra zona de caza era un área de colinas rocosas, cuyas alturas aprovechábamos para buscar con largavistas y luego recechar. Es destacable su capacidad de mimetización, lograda por su color tan a tono con el medio ambiente, sus rayas verticales blancas y su tendencia a la inmovilidad. Como el acecho en las aguadas no estaban permitido en nuestro coto, la principal modalidad era ubicarnos en las colinas periféricas de estos lugares, para luego rececharlos en las proximidades de las mismas. Solo la tarde del último día, y ante la dificultad para cazar mi segundo kudu, se nos permitió un acecho en la principal bebida, donde pudimos deleitarnos con la maravillosa fauna que permanentemente bajaba a abrevar, aunque los kudus brillaron por su ausencia y no pude lograr mi deseo. Mi obstinación por cazar un segundo kudu llamó poderosamente la atención del guía, que no podía entender cómo dejábamos pasar la posibilidad de obtener trofeos extraordinarios de otras especies que este acecho excepcional nos brindaba.

Recomiendo leer el capítulo entero del libro de Robertson a quien planee realizar caza de kudu en África ya que brinda detalles muy importantes respecto a la evaluación del trofeo en el campo y por supuesto la colocación correcta del disparo según la anatomía de la presa.
El Lugar
Ya he descripto Namibia en otros escritos; principalmente las características que nos interesan a los cazadores. Por lo tanto aquí quisiera mencionar, al menos someramente, la zona de Etosha, al norte del país, ya que nuestra zona de caza fue precisamente una gran reserva lindante al conocido parque.
Etosha es un Parque Nacional de Namibia que supera los veinte mil kilómetros cuadrados de extensión y es famoso, entre otras cosas, por su exuberante fauna salvaje; posee una abundante población de grandes mamíferos que tienden a agruparse en las escasas fuentes de agua de este árido lugar, principalmente en las temporadas secas. El parque no está totalmente cercado en todo su perímetro y los límites cercados adolecen de una significativa permeabilidad a muchas especies, favorecida por el tránsito, en ambos sentidos, de gran cantidad de elefantes que transitan casi libremente entre el parque y las reservas privadas lindantes.
Nuestra zona de caza fue una reserva compuesta por varias propiedades privadas que sumaban sesenta mil hectáreas, pegadas al lado sur del parque nacional. En ella pudimos constatar esta permeabilidad del cerco justamente por el paso de elefantes, que permite el flujo de las demás especies, principalmente las más difíciles de contener.
Ya he descripto a Namibia como ejemplo en manejo de fauna salvaje y en valoración y reglamentación de la caza deportiva.
Alguna vez escribí que no es casual que Namibia me haya atraído tanto y que allí me haya sentido como en casa. La similitud con mi tierra es asombrosa.
Para mi Etosha es Lihuel Calel; su clima, su flora y hasta su geografía se parecen: con sus cauces secos, salitrales extensos, sus días de sol intenso y sus noches coronadas con nuestra bella “Cruz del Sur”.
Conclusión
Entiendo perfectamente que no todos los cazadores tienen acceso a un safari africano; múltiples astros deben alinearse detrás del primero que es el económico: familiares, laborales y muchos más. Pero también es verdad que hoy la accesibilidad a aumentado en forma significativa. Para aquellos que tengan la posibilidad, sugiero como elección prioritaria la caza del kudu. Su belleza y majestuosidad son incomparables. Su caza, bien realizada, nos brinda un lance verdaderamente deportivo y no exento de fracaso, como pudimos constatar en nuestro viaje.
Me resulta maravilloso que en esta época aún exista la posibilidad de realizar una caza real de una pieza sublime africana. Y me pregunto por cuánto tiempo más podremos realizarla, en este mundo tan loco que nos ha tocado vivir, donde grandes y muy bruscos cambios se están realizando, y sospecho que los más significativos están por venir en tiempos no lejanos.
Recomiendo, como ya lo hiciera en otro lado, una experiencia de caza africana a quien pueda realizarla; sobre todo, y tal vez principalmente, en compañía de un verdadero amigo. Y para aquellos que tengan la posibilidad de ir, sin duda recomiendo elegir entre las principales presas, el kudu mayor que, si bien no reviste una dificultad superior a la habitual de los safaris llamados “de planicie”, sí considero que el valor del trofeo es muy superior a los otros catalogados dentro de esa categoría ¡bien lo sabía el maestro Hemingway!
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