Tres dias para el recuerdo

Quiero comenzar este relato presentándome. Mi nombre es Anabel Gallardo, tengo 31 años y soy de Victorica, La Pampa.

Para entender esta historia, primero tengo que volver al lugar donde todo empezó: mi infancia en el campo.

La caza fue parte de mi vida desde el día en que nací. Soy la menor de tres hermanas criadas en el campo, junto a nuestros padres y abuelos. Ellos nos enseñaron la vida rural, el amor por la naturaleza y el respeto por los animales, que siempre formaron parte de nuestra historia cotidiana. Esa cercanía era tan natural que incluso tuvimos mascotas de todo tipo, como peludos, ñandúes, antílopes, pichones de ciervo, zorros y una larga lista más.

Mi padre, Raúl “Rulo” Gallardo, ha tenido cotos de caza desde que yo era muy chica. El primero lo armó en el campo de mi abuelo, a unos pocos kilómetros de Carro Quemado, más precisamente donde se encuentra el cerro Pohitahué. Ese lugar fue escenario de muchos de mis primeros recuerdos ligados a la caza. Ver a los ciervos a diario, escucharlos bramar, pelear y observar su comportamiento prácticamente en el patio de casa, fue parte de una época inolvidable.

No tengo bien presente la edad que tenía, pero sí recuerdo esas salidas en las que acompañaba a mi viejo a apostarse para conocer el movimiento de los animales. Algo que hoy en día una cámara trampa lo soluciona, pero que en ese entonces se aprendía estando ahí, observando y esperando. También recuerdo cuando salíamos en su Peugeot 504 a correr ciervos por el medio del campo, para que no se comieran lo que, con tanto esfuerzo, había sembrado para las vacas.

Obvio que mi mamá, Nieves, también estaba prendida en todas estas cosas; no solo en las tareas rurales, sino también se encargaba de la cocina del coto, la limpieza e incluso hasta cuereaba. “Completa para todo”, como decimos acá. Siempre codo a codo, el uno para el otro.

Con los años, ese campo se vendió y papá compró otro en Jagüel del Monte, donde trasladó el coto. Así empezó para nosotros un nuevo capítulo. Una zona completamente distinta, con lagunas, olivillos, pampa y médanos casi sin monte. Un lugar muy particular, cargado de pasado y de atrapantes leyendas, como las de las lagunas de Meauco, el cementerio del lugar, luces malas y una pila de mitos más.

Y así, entre campos, cotos y tantos años de monte, fuimos guardando infinidad de historias. Mi viejo, sobre todo, que hoy, a sus 71 años, tiene tantas para contar que cada vez que empieza una es imposible no quedarse escuchando. Son tantas que, si algún día quisiera escribir un libro, seguramente le sobrarían capítulos.

Hoy soy mamá de dos varones y espero ansiosa el día en que puedan salir conmigo a cazar. Siento que el menor ya tiene algo de esto corriendo por las venas, aunque apenas tiene 5 años y todavía no quiero cansarlo ni apurarlo. Pero veo su emoción cada vez que llego a casa después de una cacería, o su entusiasmo cuando su primo lo invita a cazar.

Obviamente no dejo afuera al mayor, porque si bien la caza no lo vuelve loco, es un gran compañero y alguna vizcacha ya tiene cazada. A veces, simplemente se trata de salir al monte y pasar el rato. Momentos simples, pero distintos y únicos para ellos.

Con Lautaro, mi pareja, que también es cazador, buscamos siempre la forma de organizarnos para compartir alguna salida. Tenemos muchas expectativas con la caza y, sobre todo, muchas ganas de vivir nuevas experiencias, ya sea en la montaña, en las sierras o, por qué no, también fuera de nuestro país.

Durante un tiempo, la maternidad y el trabajo en la ciudad me hicieron difícil encontrar el momento para salir. Pero hace ya unos años retomé y voy con todo.

 “Tenemos que entender que estamos de paso, y qué mejor que transitar esta vida haciendo aquello que nos gusta y nos mueve el piso. Para mí, la caza es eso…”

En esta ocasión, quiero compartirles el relato de la cacería de mi primer ciervo axis, en la localidad de Sauce, provincia de Corrientes. Un largo viaje que hicimos con Lautaro que nos demandó 12 horas de ida y otras 12 de vuelta, pero les aseguro que todo, valió la pena. Una experiencia que queríamos vivir y esperábamos con mucha ansiedad e ilusión, y que terminó regalándonos momentos que nos quedaron grabados para siempre.

Al llegar al campo, nos presentamos con la gente del lugar y con otro grupo de cazadores que había llegado ese mismo día. Después bajamos los bolsos en la habitación que nos designaron, compartimos la cena y empezamos a preparar todo para la mañana siguiente.

Antes de acostarnos, dejamos los rifles listos, la ropa preparada y cada detalle organizado para nuestro primer día de caza. Esa noche tiramos una moneda para que el azar nos dijera quién cazaba primero, y la suerte fue para Lautaro.

Al día siguiente salimos temprano. El monte nos esperaba con mosquitos, tábanos, un calor infernal y el agua casi hasta las rodillas, pero nada de eso opacaba lo que estábamos viviendo. El entorno y la fauna del lugar eran atrapantes, pero escuchar por primera vez el bramido de un Axis se me hace difícil de explicar.

Nuestro primer día terminó sin suerte. Vimos varios ciervos jóvenes, pero ninguno era lo que habíamos ido a buscar.

Al día siguiente, a las 3:30 de la mañana, ya estábamos arriba. Desayunamos y salimos. Esta vez me tocaba cazar a mí.

Me bajé de la camioneta con una mezcla de felicidad, ansiedad y nervios, no voy a negarlo; pero de a poco me fui soltando. Sabía que tenía que dejarlo todo.

Cuando entramos al monte todavía estaba oscuro. Lo primero que hice fue cargar el fusil y ponerle el seguro. No pasó mucho tiempo hasta que comenzamos a escuchar los primeros bramidos, aunque a lo lejos. Caminamos bastante hasta encontrarnos con el amanecer, que ahora nos permitía ver rastros en los limpios y salitrales, pero por el momento solo eso.

Íbamos caminando por uno de esos salitrales cuando el guía, de repente, nos hizo seña para que frenáramos. Nos quedamos en silencio y empezamos a escuchar unos machos peleando. Después de unos minutos, logramos divisarlos entre el monte. Fue entonces cuando el guía nos dijo que uno de ellos era mi ciervo.

Buscamos el viento y empezamos a acercarnos con cuidado. Los ciervos habían dejado de pelear. Fue entonces cuando la dicha se puso de mi lado, y el que yo buscaba empezó a venir en nuestra dirección.

Levanté el Mauser e inmediatamente saqué el seguro. Lo seguí con la mira en cada movimiento, mientras avanzaba por dentro del monte directo hacia nosotros. Estábamos tan cerca que faltaban solo segundos para que notara nuestra presencia. No tenía margen ni tiempo; si el ciervo levantaba la cabeza, nos iba a ver. Tenía que tirar. Hizo una pausa y fue ahí cuando le solté los 180 grains del .30-06 al pecho.

Lo vi caer mientras recargaba, pero la escena cambió en cuestión de segundos: se incorporó y salió corriendo hacia el monte. Volví a dispararle a la carrera, aunque esta vez el tiro me quedó atrás. Cargué nuevamente y avancé unos metros sin perderlo de vista. Todavía intentaba seguir, así que apunté una vez más y realicé el tercer disparo, el último.

Una sensación inexplicable me invadía. Quería llorar, el cuerpo me temblaba y todo era por la emoción de ver que ahí estaba mi ciervo, ese que tanto había anhelado.

Quiero agradecerles a mis padres, a mis hijos Martín y Gaspar, y a Lautaro, porque sin ellos este viaje no hubiera sido posible. Y también a todos los que se tomaron el tiempo de leerme.

Ese axis fue mi primero, pero sé que no será solo un recuerdo de caza. Será una de esas historias que, como tantas otras que escuché desde chica, algún día también voy a poder contar.

Anabel Gallardo

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