Acerca de cuernos y cuernas

Por Carlos Rebella

¿C U E R N O S    O   C U E R N A S?

Cuando admiramos la testa coronada de un ciervo Colorado, recortada contra el cielo sobre la cresta de una montaña, o desdibujada en el claroscuro del bosque, la asociamos con la belleza, lo regio o soberbio.

Decenas de escudos Nacionales, nobiliarios y marcas comerciales, adoptaron ese símbolo como emblema del más rancio abolengo y nobleza. Sirva como ejemplo el de la provincia de San Luis, que luce la estampa de dos venados de las pampas – autóctonos – con fondo serrano; o el logotipo de la famosa marca de tractores John Deere, o el no menos ilustre Porche.

Objeto del deseo del hombre cazador, las astas, garras o colmillos, son el imán que lo atrae sin importar la ira o placidez de la naturaleza. Y cuando el lance venatorio culmina con éxito, el trofeo es cuasi inmortalizado en la panoplia que lo honra, recordando la aventura por el resto de su vida.

Esta ambición no es reciente, sino un legado de nuestros antepasados que dejaron perpetuados, en sus pinturas rupestres, al cavernario del Pleistoceno junto a su presa. Qué más se necesita para corroborar el inviolable atavismo que – atrofiado en algunos y perdurable en muchos – es parte indivisible de nuestros genes.  

Sin embargo, no es menos cierto que, dejando de lado los simbolismos milenarios, la obtención del trofeo es, apenas, uno de los móviles que potencian el instinto del cazador deportivo, que anhela, sobre todo, vivir el desafío de enfrentar a la res salvaje en su medio, protegida por la naturaleza, y sus descomunales sentidos para detectar peligro.

LOS CUERNOS

Las protuberancias frontales, más o menos ramificadas, que detentan como armaduras naturales distintas especies, adoptan un par de adjetivaciones según sus características. En algunos mamíferos se les llama cuernos, privativos de bóvidos, caprinos y ovinos, que nacen y crecen durante toda su vida, y en otros, cuernas, por motivos que veremos más adelante.

Si bien en la adultez son extensiones del hueso frontal, el núcleo de los cuernos se inicia como pequeños relieves, debajo de la piel y junto al tejido cutáneo, y sólo más tarde se fusiona con el cráneo. Esta estructura está cubierta por una capa quitinosa, similar a la que reviste los cascos, o pezuñas, aunque con puntuales excepciones aparecen en ambos sexos: una de ellas el Antilocapra Americano, que muda la vaina anualmente. Los cuernos carecen de nervios, y por lo tanto son inmunes al dolor y sensaciones externas. Varían su tamaño, forma, color y aspecto, según la familia a la que pertenecen: en los antílopes suelen ser lisas, rugosas o anilladas; en los vacunos pulida, coloreada y/o con los candiles orientados hacia arriba, abajo o a los costados; y en las cabras, granulosos, rectos o ensortijados.

Estos pitones, constituyen sus armas de defensa y ataque durante los cruentos combates en época de celo, motivados por la posesión del territorio, la tutela de las hembras, o la amenaza de los predadores. Su tamaño difiere notablemente: desde el gigantesco Watusi africano, un bovino cuya cornadura mide 2,50 metros entre puntas y 100 kilogramos de peso, pasando por el toro Texas Longhorn, 2,40 y 60; los antílopes africanos Orix, más de un metro; el Gran Kudu; el Gnu o Ñu y la cabra salvaje de Anatolia, introducida en su momento en la Argentina, que alcanza más de un metro entre puntas. Capítulo aparte merecen los mal llamados cuernos del rinoceronte, dos protuberancias que no tienen núcleo óseo, sino están formadas por queratina, similar al compuesto de uñas y pezuñas de los mamíferos. El astronómico precio que alcanzan en los mercados asiáticos, – 60.000 dólares el kilo – ha llevado a la especie, azotada por el vandalismo, al borde de la extinción.

Estos blindajes naturales perennes no suelen ramificarse, y cuando son anillados se asocian con la edad del individuo. En nuestro medio, y salvo algunos cotos que han incorporado nuevas especies, los trofeos con estas características se reducen al Antílope Negro o Cervicapara, el Búfalo de Aguas o de la India; la cabra de Anatolia, originaria de Medio Oriente; la cabra de Cuatro Cuernos, el carnero de Cara Negra y varias sub especies de Muflones. Todos se han desarrollado, con gran éxito, en estaciones de recría, cotos de caza, praderas o montañas.

Otros mamíferos, como la jirafa, tienen cuernos con distintos procesos de formación. En el curioso mamífero de cuello extra largo, están formadas por hueso, cortos, sin ramificaciones, de por vida y cubiertas por una fina capa de piel y pelo. No son desprendimientos de los frontales, sino que se apoyan en la unión o sutura entre frontal y parietal. Suelen aparecer aún la etapa fetal, y son privativos de ambos sexos.

               

LAS CUERNAS 

A los efectos de generalizar sobre el tema, ya que sobran las similitudes y son escasas las diferencias, tomaremos como ejemplo al ciervo colorado europeo, (Cervus Elaphus), introducido entre nosotros a comienzos del siglo pasado.La singular gestación de la cornamenta, también ósea pero característica de los ciervos, constituye un verdadero fenómeno biológico natural.

En primer término, debemos subrayar que son apéndices cuya velocidad de crecimiento, representa el récord del reino animal. Es tan rápido, que la alimentación natural no logra aportar los elementos minerales necesarios, lo que obliga al animal a transferir casi el 30%, del volumen de su esqueleto, hacia las cuernas, lo que resulta en un proceso indeseado de osteoporosis que, sin embargo, revierte durante el descanso sexual del otoño e invierno. La mayor o menor envergadura depende, fundamentalmente, de la alimentación y el estrés característicos de su hábitat, factores que determinan que algunas pesen 5 o 6 kilogramos, y otras más de 15, en animales sanos y con similar edad.

Normalmente aparecen en los machos (aunque hay hembras astadas, como el Caribú, Alce y ciervo Acuático de China), adoptando configuraciones y aspectos variables.

Crecen a partir de pedicelos o construcciones óseas, que sostienen el andamiaje de la futura formación. El ciclo de evolución, está estrechamente relacionado y regulado por las hormonas testiculares, y las secreciones de la pituitaria, o hipófisis.   

Al año de edad, asoman las primeras cuernas, que nacen en los huesos frontales del cráneo. En esa etapa son flexibles, inconsistentes y protegidas por una envoltura vascular llamada velvet, retobo o terciopelo, cuya función es aportar los minerales, fosfatos y vitaminas, indispensables para consumar, en tan breve espacio de tiempo, el asombroso progreso. Poco después, al culminar esa fase evolutiva de la cuerna, la irrigación sanguínea, que circula por la mencionada envoltura transitoria, se interrumpe, finalizando su función biológica. Es cuando se apergamina, pierde elasticidad, y se desprende en colgajos secos, que los animales eliminan fregando las astas contra los árboles, piedras o arbustos.

En la medida que se acerca el final de esa secuencia natural, el hueso, con características porosas en los resaltos exteriores de las astas, se modifica y muta en una materia consistente y firme, cuyo interior o núcleo, se transforma en materia dura, recia y con escasos y pequeños espacios medulares.  

El hábito congénito de frotar las nuevas cornamentas contra cualquier elemento sólido, se traduce – cuando raspa cortezas vegetales -, en el color definitivo que le incorpora a la rugosa superficie externa, la resina y savia de las plantas. No es extraño, entonces, que aparezcan cérvidos de la misma especie, con astas de variadas tonalidades. Durante el fregoneo, y en simultáneo, se produce el afilado de los pitones, futuras armas que utilizan con suma destreza, durante los enfrentamientos en época de celo, apareamiento o brama, breve temporada anual que, en nuestro país, ocurre en otoño. El celo de los machos, se traduce en un bramido ronco y profundo, que emite solamente en ese ciclo; puede comenzar bastante antes del otoño, y continuar un par de meses, si bien la culminación – en nuestro hemisferio – acaece al principio de esa estación, fenómeno que  no es casual: coincide con la ovulación de las hembras, y el máximo esplendor de las guampas, listas para ahuyentar a los congéneres más jóvenes, y asegurar que la perpetuación de la raza, se origine en los sementales más vigorosos.

Con el correr del tiempo – algunas semanas – la deshidratación de la cuerna desnuda, el contacto con el aire, el sol y los primeros frotes sobre matorros y troncos, las transforma en materia de consistencia granítica y superficie cubierta de rugosidades denominados perlado en la jerga de los jurados, que evalúan, por medio de tablas de medición internacionales, la calidad deportiva de los trofeos.

Finalizado ese ciclo reproductivo, los machos serenan sus arrestos amorosos, abandonan a las hembras preñadas, que entre 230 y 240 días paren su única cría, y olvidando rencores, se recluyen en grupos amistosos, en lo más intrincado del monte o los cañadones.  

Con la llegada de la primavera, se produce una singular modificación hormonal en los machos, que impulsa otro prodigio innato: el desprendimiento anual de ambas cuernas. Esto se debe a que los osteoblastos, reabsorben el tejido óseo del segmento inferior de la roseta – donde comienza el astil -, produciendo un estrechamiento progresivo que concluye en la separación indolora de las astas, no necesariamente al unísono. Esto se suma a la disminución progresiva de la secreción hormonal hipofisaria, y al decrecimiento de la secreción andrógena. Es así que el animal queda inerme, aunque por un breve período: desde la herida apenas cicatrizada, comienza a gestarse un incipiente muñón que, rápidamente, se transforma en cuerna con mayor cantidad de candiles, en la medida que los brutos llegan a la adultez. Teniendo en cuenta que la edad tope de esta especie ronda los 15 años, en la vejez se produce una involución morfológica, lo que provoca anomalías y/o malformaciones atípicas, que desmerecen la calidad del trofeo, aunque no el esfuerzo por obtenerlo.

Durante el breve período en que los animales se perciben desarmados e indefensos, desprovistos de sus armas, suelen buscar los más recónditos escondrijos para guarecerse, como si percibieran su impotencia. Cabe destacar que la nueva formación – más de diez kilogramos de materia dura como el hierro -, se concreta en apenas unos cuatro meses, marcando – como apuntamos – un hito fenomenal, si tenemos en cuenta que, algunos mamíferos, requieren de nueve meses para gestar un feto cuyo peso oscila entre tres y cuatro kilogramos, compuesto en un 80% por agua…

Los cachos o volteos, según la denominación nativa, se desprenden al comienzo de nuestra primavera, generando para los lugareños una actividad que, aun periódica, no es menos rentable: el acopio de las cuernas caídas, que poseen un elevado valor comercial por sus variadas aplicaciones artesanales, cabos para cuchillos, candelabros, apliqués, muebles, ceniceros, adornos, anillos, colgantes, etc. Ya que la muda se produce en períodos más o menos regulares, deben cosecharse con premura, debido a que la gran cantidad de sales y minerales que contienen, los convierte en apetitoso manjar para pequeños mamíferos, y hasta los propios ciervos, que los roen inutilizándolos. Además, ante el contacto con el sol y la lluvia, pierden su color natural, se blanquean y desvalorizan.

En los cotos de caza, y/o estaciones de recría, florece – por otra parte – un negocio milenario que aporta gran valor agregado a los productores: la recolección y comercialización de las cuernas de ciervo, poco antes que concluya su etapa de crecimiento, es decir, aún cubiertas por el retobo o velvet. Esta actividad, enmarcada en estrictas normas científicas y reglamentaciones oficiales, demanda una faena altamente profesional e idónea, ya que se deben manipular animales que, si bien mantienen contacto frecuente y cercano con el hombre, conservan su esencia arisca y recelosa, lo que implica desplegar toda clase de medidas, para evitar heridas o sufrimientos innecesarios. El operativo para introducir a los astados en los galpones de aparte y corte, desde los potreros o cuadros de campo donde viven en cautiverio, requiere de una ajustada estrategia para evitar estampidas difíciles de controlar. Diferente del manejo de hacienda vacuna, ovina, etc., el arreo demanda un trato mesurado, sin gritos, látigo ni acercamiento innecesario, induciéndolos a ingresar, con infinita paciencia, a las mangas, que consisten en un embudo o cono cercado con tela opaca, tipo media sombra, de dos o tres metros de altura, que los aísla visualmente del entorno exterior.

El cobertizo, donde se efectúa la operación de seccionar la cuerna, está diseñado sobre bases arquitectónicas ad hoc, y una ingeniería mecánica que posibilite el movimiento de las reses, a través de pasillos acolchados, que impidan laceraciones. En un ambiente umbrío y silencioso para minimizar su turbación, se los guía hasta los bretes automáticos, que los inmovilizan a fin de administrarles adecuadas dosis de sedantes, que disminuyen el trauma operatorio que, como dijimos, es indoloro. Una vez separadas del cráneo, y a fin de evitar pérdidas de líquido, las cornaduras se posicionan en forma vertical, con las rosetas hacia arriba, se sutura el corte, y enfrían o congelan hasta su posterior comercialización.

La obtención de este material, está emparentada con costumbres orientales cuyo origen se pierde en la niebla del tiempo. Hace más de 5000 años que se consumen cuernos de rinoceronte, colmillos de elefante, pelos y carne de felinos, etc., cuyas propiedades beneficiosas para la salud, han sido fuente de interminables polémicas. Sin embargo, nada puede disculpar el impacto sobre la fauna silvestre, ya que sea cual fuere el hipotético beneficio del producto obtenido, alienta el furtivismo.

Hasta el momento, salvo escasas excepciones, las comunidades que industrializan el velvet de ciervos vivos, se ubican en países de Oriente, como China, Japón, Corea etc., donde son transformadas por la industria farmacéutica en píldoras, polvos, emplastos o bebidas, a las que se atribuyen propiedades curativas y afrodisíacas.

Las cuernas son generalmente ramificadas, adoptando aspectos, colores y tamaños según la raza. Desde las del poderoso y enorme Reno Boreal, en forma de gigantesca palma de más de treinta kilos, hasta la del ciervo más pequeño del mundo, el nativo americano Pudú, cuya cuerna apenas pesa unos gramos. En todos los casos la fortaleza, grosor y peso, están sólidamente asociados a la alimentación y tranquilidad durante su florecimiento.

Las del ciervo Colorado, uno de los trofeos más atractivos, varían en tamaño, forma, vigor y armonía. Los que viven en libertad – condicionados por el avance de la civilización, el furtivismo y fundamentalmente la consanguinidad – muestran en general cuernas débiles, con formas atípicas, escaso peso, faltantes de candiles y pocas puntas. Afortunadamente, gracias a la labor de genetistas preocupados por esa notable decadencia, y la creación de varias Estaciones de Recría, se ha logrado revertir el deterioro hereditario. Uno de esos Emprendimientos, la Estancia San Pedro, ubicada en Sierra de la Ventana, y propiedad del Arq. Fermín Srur, lleva más de dos décadas importando sementales y hembras criados en diversas regiones de Europa y Nueva Zelanda, e incorporando tecnología de punta acerca del tratamiento, cruza y alimentación. Los resultados están a la vista: inversiones y esfuerzo mediante, se han logrado trofeos que compiten con los mejores del mundo.

Carlos Rebella.

¿C U E R N O S    O   C U E R N A S?

Cuando admiramos la testa coronada de un ciervo Colorado, recortada contra el cielo sobre la cresta de una montaña, o desdibujada en el claroscuro del bosque, la asociamos con la belleza, lo regio o soberbio.

Decenas de escudos Nacionales, nobiliarios y marcas comerciales, adoptaron ese símbolo como emblema del más rancio abolengo y nobleza. Sirva como ejemplo el de la provincia de San Luis, que luce la estampa de dos venados de las pampas – autóctonos – con fondo serrano; o el logotipo de la famosa marca de tractores John Deere, o el no menos ilustre Porche.

Objeto del deseo del hombre cazador, las astas, garras o colmillos, son el imán que lo atrae sin importar la ira o placidez de la naturaleza. Y cuando el lance venatorio culmina con éxito, el trofeo es cuasi inmortalizado en la panoplia que lo honra, recordando la aventura por el resto de su vida.

Esta ambición no es reciente, sino un legado de nuestros antepasados que dejaron perpetuados, en sus pinturas rupestres, al cavernario del Pleistoceno junto a su presa. Qué más se necesita para corroborar el inviolable atavismo que – atrofiado en algunos y perdurable en muchos – es parte indivisible de nuestros genes.  

Sin embargo, no es menos cierto que, dejando de lado los simbolismos milenarios, la obtención del trofeo es, apenas, uno de los móviles que potencian el instinto del cazador deportivo, que anhela, sobre todo, vivir el desafío de enfrentar a la res salvaje en su medio, protegida por la naturaleza, y sus descomunales sentidos para detectar peligro.

LOS CUERNOS

Las protuberancias frontales, más o menos ramificadas, que detentan como armaduras naturales distintas especies, adoptan un par de adjetivaciones según sus características. En algunos mamíferos se les llama cuernos, privativos de bóvidos, caprinos y ovinos, que nacen y crecen durante toda su vida, y en otros, cuernas, por motivos que veremos más adelante.

Si bien en la adultez son extensiones del hueso frontal, el núcleo de los cuernos se inicia como pequeños relieves, debajo de la piel y junto al tejido cutáneo, y sólo más tarde se fusiona con el cráneo. Esta estructura está cubierta por una capa quitinosa, similar a la que reviste los cascos, o pezuñas, aunque con puntuales excepciones aparecen en ambos sexos: una de ellas el Antilocapra Americano, que muda la vaina anualmente. Los cuernos carecen de nervios, y por lo tanto son inmunes al dolor y sensaciones externas. Varían su tamaño, forma, color y aspecto, según la familia a la que pertenecen: en los antílopes suelen ser lisas, rugosas o anilladas; en los vacunos pulida, coloreada y/o con los candiles orientados hacia arriba, abajo o a los costados; y en las cabras, granulosos, rectos o ensortijados.

Estos pitones, constituyen sus armas de defensa y ataque durante los cruentos combates en época de celo, motivados por la posesión del territorio, la tutela de las hembras, o la amenaza de los predadores. Su tamaño difiere notablemente: desde el gigantesco Watusi africano, un bovino cuya cornadura mide 2,50 metros entre puntas y 100 kilogramos de peso, pasando por el toro Texas Longhorn, 2,40 y 60; los antílopes africanos Orix, más de un metro; el Gran Kudu; el Gnu o Ñu y la cabra salvaje de Anatolia, introducida en su momento en la Argentina, que alcanza más de un metro entre puntas. Capítulo aparte merecen los mal llamados cuernos del rinoceronte, dos protuberancias que no tienen núcleo óseo, sino están formadas por queratina, similar al compuesto de uñas y pezuñas de los mamíferos. El astronómico precio que alcanzan en los mercados asiáticos, – 60.000 dólares el kilo – ha llevado a la especie, azotada por el vandalismo, al borde de la extinción.

Estos blindajes naturales perennes no suelen ramificarse, y cuando son anillados se asocian con la edad del individuo. En nuestro medio, y salvo algunos cotos que han incorporado nuevas especies, los trofeos con estas características se reducen al Antílope Negro o Cervicapara, el Búfalo de Aguas o de la India; la cabra de Anatolia, originaria de Medio Oriente; la cabra de Cuatro Cuernos, el carnero de Cara Negra y varias sub especies de Muflones. Todos se han desarrollado, con gran éxito, en estaciones de recría, cotos de caza, praderas o montañas.

Otros mamíferos, como la jirafa, tienen cuernos con distintos procesos de formación. En el curioso mamífero de cuello extra largo, están formadas por hueso, cortos, sin ramificaciones, de por vida y cubiertas por una fina capa de piel y pelo. No son desprendimientos de los frontales, sino que se apoyan en la unión o sutura entre frontal y parietal. Suelen aparecer aún la etapa fetal, y son privativos de ambos sexos.

               

LAS CUERNAS 

A los efectos de generalizar sobre el tema, ya que sobran las similitudes y son escasas las diferencias, tomaremos como ejemplo al ciervo colorado europeo, (Cervus Elaphus), introducido entre nosotros a comienzos del siglo pasado.La singular gestación de la cornamenta, también ósea pero característica de los ciervos, constituye un verdadero fenómeno biológico natural.

En primer término, debemos subrayar que son apéndices cuya velocidad de crecimiento, representa el récord del reino animal. Es tan rápido, que la alimentación natural no logra aportar los elementos minerales necesarios, lo que obliga al animal a transferir casi el 30%, del volumen de su esqueleto, hacia las cuernas, lo que resulta en un proceso indeseado de osteoporosis que, sin embargo, revierte durante el descanso sexual del otoño e invierno. La mayor o menor envergadura depende, fundamentalmente, de la alimentación y el estrés característicos de su hábitat, factores que determinan que algunas pesen 5 o 6 kilogramos, y otras más de 15, en animales sanos y con similar edad.

Normalmente aparecen en los machos (aunque hay hembras astadas, como el Caribú, Alce y ciervo Acuático de China), adoptando configuraciones y aspectos variables.

Crecen a partir de pedicelos o construcciones óseas, que sostienen el andamiaje de la futura formación. El ciclo de evolución, está estrechamente relacionado y regulado por las hormonas testiculares, y las secreciones de la pituitaria, o hipófisis.   

Al año de edad, asoman las primeras cuernas, que nacen en los huesos frontales del cráneo. En esa etapa son flexibles, inconsistentes y protegidas por una envoltura vascular llamada velvet, retobo o terciopelo, cuya función es aportar los minerales, fosfatos y vitaminas, indispensables para consumar, en tan breve espacio de tiempo, el asombroso progreso. Poco después, al culminar esa fase evolutiva de la cuerna, la irrigación sanguínea, que circula por la mencionada envoltura transitoria, se interrumpe, finalizando su función biológica. Es cuando se apergamina, pierde elasticidad, y se desprende en colgajos secos, que los animales eliminan fregando las astas contra los árboles, piedras o arbustos.

En la medida que se acerca el final de esa secuencia natural, el hueso, con características porosas en los resaltos exteriores de las astas, se modifica y muta en una materia consistente y firme, cuyo interior o núcleo, se transforma en materia dura, recia y con escasos y pequeños espacios medulares.  

El hábito congénito de frotar las nuevas cornamentas contra cualquier elemento sólido, se traduce – cuando raspa cortezas vegetales -, en el color definitivo que le incorpora a la rugosa superficie externa, la resina y savia de las plantas. No es extraño, entonces, que aparezcan cérvidos de la misma especie, con astas de variadas tonalidades. Durante el fregoneo, y en simultáneo, se produce el afilado de los pitones, futuras armas que utilizan con suma destreza, durante los enfrentamientos en época de celo, apareamiento o brama, breve temporada anual que, en nuestro país, ocurre en otoño. El celo de los machos, se traduce en un bramido ronco y profundo, que emite solamente en ese ciclo; puede comenzar bastante antes del otoño, y continuar un par de meses, si bien la culminación – en nuestro hemisferio – acaece al principio de esa estación, fenómeno que  no es casual: coincide con la ovulación de las hembras, y el máximo esplendor de las guampas, listas para ahuyentar a los congéneres más jóvenes, y asegurar que la perpetuación de la raza, se origine en los sementales más vigorosos.

Con el correr del tiempo – algunas semanas – la deshidratación de la cuerna desnuda, el contacto con el aire, el sol y los primeros frotes sobre matorros y troncos, las transforma en materia de consistencia granítica y superficie cubierta de rugosidades denominados perlado en la jerga de los jurados, que evalúan, por medio de tablas de medición internacionales, la calidad deportiva de los trofeos.

Finalizado ese ciclo reproductivo, los machos serenan sus arrestos amorosos, abandonan a las hembras preñadas, que entre 230 y 240 días paren su única cría, y olvidando rencores, se recluyen en grupos amistosos, en lo más intrincado del monte o los cañadones.  

Con la llegada de la primavera, se produce una singular modificación hormonal en los machos, que impulsa otro prodigio innato: el desprendimiento anual de ambas cuernas. Esto se debe a que los osteoblastos, reabsorben el tejido óseo del segmento inferior de la roseta – donde comienza el astil -, produciendo un estrechamiento progresivo que concluye en la separación indolora de las astas, no necesariamente al unísono. Esto se suma a la disminución progresiva de la secreción hormonal hipofisaria, y al decrecimiento de la secreción andrógena. Es así que el animal queda inerme, aunque por un breve período: desde la herida apenas cicatrizada, comienza a gestarse un incipiente muñón que, rápidamente, se transforma en cuerna con mayor cantidad de candiles, en la medida que los brutos llegan a la adultez. Teniendo en cuenta que la edad tope de esta especie ronda los 15 años, en la vejez se produce una involución morfológica, lo que provoca anomalías y/o malformaciones atípicas, que desmerecen la calidad del trofeo, aunque no el esfuerzo por obtenerlo.

Durante el breve período en que los animales se perciben desarmados e indefensos, desprovistos de sus armas, suelen buscar los más recónditos escondrijos para guarecerse, como si percibieran su impotencia. Cabe destacar que la nueva formación – más de diez kilogramos de materia dura como el hierro -, se concreta en apenas unos cuatro meses, marcando – como apuntamos – un hito fenomenal, si tenemos en cuenta que, algunos mamíferos, requieren de nueve meses para gestar un feto cuyo peso oscila entre tres y cuatro kilogramos, compuesto en un 80% por agua…

Los cachos o volteos, según la denominación nativa, se desprenden al comienzo de nuestra primavera, generando para los lugareños una actividad que, aun periódica, no es menos rentable: el acopio de las cuernas caídas, que poseen un elevado valor comercial por sus variadas aplicaciones artesanales, cabos para cuchillos, candelabros, apliqués, muebles, ceniceros, adornos, anillos, colgantes, etc. Ya que la muda se produce en períodos más o menos regulares, deben cosecharse con premura, debido a que la gran cantidad de sales y minerales que contienen, los convierte en apetitoso manjar para pequeños mamíferos, y hasta los propios ciervos, que los roen inutilizándolos. Además, ante el contacto con el sol y la lluvia, pierden su color natural, se blanquean y desvalorizan.

En los cotos de caza, y/o estaciones de recría, florece – por otra parte – un negocio milenario que aporta gran valor agregado a los productores: la recolección y comercialización de las cuernas de ciervo, poco antes que concluya su etapa de crecimiento, es decir, aún cubiertas por el retobo o velvet. Esta actividad, enmarcada en estrictas normas científicas y reglamentaciones oficiales, demanda una faena altamente profesional e idónea, ya que se deben manipular animales que, si bien mantienen contacto frecuente y cercano con el hombre, conservan su esencia arisca y recelosa, lo que implica desplegar toda clase de medidas, para evitar heridas o sufrimientos innecesarios. El operativo para introducir a los astados en los galpones de aparte y corte, desde los potreros o cuadros de campo donde viven en cautiverio, requiere de una ajustada estrategia para evitar estampidas difíciles de controlar. Diferente del manejo de hacienda vacuna, ovina, etc., el arreo demanda un trato mesurado, sin gritos, látigo ni acercamiento innecesario, induciéndolos a ingresar, con infinita paciencia, a las mangas, que consisten en un embudo o cono cercado con tela opaca, tipo media sombra, de dos o tres metros de altura, que los aísla visualmente del entorno exterior.

El cobertizo, donde se efectúa la operación de seccionar la cuerna, está diseñado sobre bases arquitectónicas ad hoc, y una ingeniería mecánica que posibilite el movimiento de las reses, a través de pasillos acolchados, que impidan laceraciones. En un ambiente umbrío y silencioso para minimizar su turbación, se los guía hasta los bretes automáticos, que los inmovilizan a fin de administrarles adecuadas dosis de sedantes, que disminuyen el trauma operatorio que, como dijimos, es indoloro. Una vez separadas del cráneo, y a fin de evitar pérdidas de líquido, las cornaduras se posicionan en forma vertical, con las rosetas hacia arriba, se sutura el corte, y enfrían o congelan hasta su posterior comercialización.

La obtención de este material, está emparentada con costumbres orientales cuyo origen se pierde en la niebla del tiempo. Hace más de 5000 años que se consumen cuernos de rinoceronte, colmillos de elefante, pelos y carne de felinos, etc., cuyas propiedades beneficiosas para la salud, han sido fuente de interminables polémicas. Sin embargo, nada puede disculpar el impacto sobre la fauna silvestre, ya que sea cual fuere el hipotético beneficio del producto obtenido, alienta el furtivismo.

Hasta el momento, salvo escasas excepciones, las comunidades que industrializan el velvet de ciervos vivos, se ubican en países de Oriente, como China, Japón, Corea etc., donde son transformadas por la industria farmacéutica en píldoras, polvos, emplastos o bebidas, a las que se atribuyen propiedades curativas y afrodisíacas.

Las cuernas son generalmente ramificadas, adoptando aspectos, colores y tamaños según la raza. Desde las del poderoso y enorme Reno Boreal, en forma de gigantesca palma de más de treinta kilos, hasta la del ciervo más pequeño del mundo, el nativo americano Pudú, cuya cuerna apenas pesa unos gramos. En todos los casos la fortaleza, grosor y peso, están sólidamente asociados a la alimentación y tranquilidad durante su florecimiento.

Las del ciervo Colorado, uno de los trofeos más atractivos, varían en tamaño, forma, vigor y armonía. Los que viven en libertad – condicionados por el avance de la civilización, el furtivismo y fundamentalmente la consanguinidad – muestran en general cuernas débiles, con formas atípicas, escaso peso, faltantes de candiles y pocas puntas. Afortunadamente, gracias a la labor de genetistas preocupados por esa notable decadencia, y la creación de varias Estaciones de Recría, se ha logrado revertir el deterioro hereditario. Uno de esos Emprendimientos, la Estancia San Pedro, ubicada en Sierra de la Ventana, y propiedad del Arq. Fermín Srur, lleva más de dos décadas importando sementales y hembras criados en diversas regiones de Europa y Nueva Zelanda, e incorporando tecnología de punta acerca del tratamiento, cruza y alimentación. Los resultados están a la vista: inversiones y esfuerzo mediante, se han logrado trofeos que compiten con los mejores del mundo.

Carlos Rebella.

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