Algunas historias y algo de cacería

Muchas veces dejamos pasar de lado la teoría, por creer saber o conocer lo que estamos haciendo, pero este no fue el caso.

Es febrero y el cierre de temporada en Corrientes, corazón de la Mesopotamia Argentina, ya estaba pisándonos los talones. Entre los grupos que nos faltaba recibir, había uno que meses atrás había estado cazando con nosotros. Aunque esta vez habían sumado un integrante, que venía a los pintados por primera vez, a quien yo quería conocer.

Era nada más ni nada menos que Jorge Martinó, un gran cultor de la caza y paisano de mi querida Provincia de La Pampa.

Cuando se alistó para nuestra primera salida, de inmediato me día cuenta que estaba frente a un “CAZADOR” de la vieja Diana. Su clásico Mauser 7×57 al hombro, acompañado de un gastado portabalas de cuero amarrado a su cinturón, su sombrero, pipa y una vieja lata de tabaco, hablaban por si solos. Un tipo sencillo, con un gran carisma y miles de historias encima, que de a poco fue soltando.

Tomamos el UTV y salimos hacia una forestal donde frecuentemente cruzan ciervos. Nos apostamos cerca de un pasadero y ahí nos quedamos. Los ciervos brillaron por su ausencia y de seguro fue porque no contuve las ganas de conocer más de él y entre charla y charla, quemamos tabaco y comimos caramelos como si estuviéramos en el living de la estancia…Todo esto no era más que el indicio de tantas otras charlas que tuvimos. Hablamos de nuestros pagos, de fuegos, sequías y grandes lluvias; armas, calibres y por supuesto de nuestra fauna cinegética. Como Ciervos Dama, Antílopes, Pumas y Jabalíes. Y como no, de nuestro Ciervo Colorado, donde también sacó a relucir su saber; un libro abierto de conocimientos e historias de caza, de esas que amamos y que al ir escuchando me hacen sentir más cerca de casa y los caldenes. Logró transportarme a mi infancia, trayéndome recuerdos de mi abuelo, mi mentor y quien fuera el que me introdujo en este mundo.

Los días transcurrían avistando ciervas, carpinchos, algunas corzuelas, yacarés y algún que otro animal típico de la fauna correntina, pero nuestro único objetivo: el esquivo Axis, ausente hasta el momento.

Jorge venía con una dolencia que no le permitía caminar demasiado y quien ha cazado Axis sabe que, “quien poco anda, poco caza”. Ahora estaba en mí, buscarle la vuelta y cumplir con mi cazador. El clima tampoco acompañaba, haciendo que las condiciones se limitaran aún más. Él, entendiendo la situación, me transmitió con sus palabras esa tranquilidad que a veces los guías necesitamos. – “Yo disfruto igual si no cazamos”-. Pero no estaba en mí, que se fuera sin cazar.

La mañana prometía buen clima y, algunos bramidos a las perdidas nos terminaron de estimular. Arrimamos machos jóvenes y otros con buen futuro, pero no eran lo que buscábamos. Fue cuando le dije a Jorge si estaba dispuesto a caminar algo más; quería que recorriéramos un sector del campo que se había quemado tiempo atrás y hoy ya se encontraba verde, con rebrotes y pastos tiernos, ¿porque no estarían ahí los ciervos? A lo que me contestó muy seguro: -“Vamos”-. El que cazó en un quemado sabe que no es fácil por varios motivos, y uno de ellos es que cuando se encara el rifle para apuntar a través de la mira telescópica, las ramas quemadas confunden el retículo. Pero tampoco fue el caso…

Nos internamos en el cuadro quemado y barrimos la zona lentamente con los binoculares hasta que logramos observar algunas hembras con pichones y varetos, pastando tranquilos. Después de unos minutos y, como era de esperar, un lindo Axis se hace presente entre la manada. La conversación fue muy corta:

-No es el más grande, pero es lindo ciervo. Le dije -.

Jorge asintió y comenzamos el rececho. Con el ciervo a unos 70 metros, acomodado sobre su trípode, hizo tronar su Mauser.

-Me quedo atrás el tiro. Me dijo -. Cuando yo lo había visto bien pegado…

La experiencia siempre haciendo la diferencia. No hay con que darle…Esperamos ese tiempo prudencial que siempre es bueno tomar y salimos tras el rastro. No caminamos mucho cuando encontramos el Axis yacido y, “tal como él dijo”, el disparo le había quedado atrás, pero igual de letal.

El momento que viví junto a él, me cuesta mucho describirlo. Jorge miraba su ciervo en silencio, con una emoción que contagiaba. Un hombre que cazó mucho, que vivió centenares de aventuras, me demostraba lo que realmente siente un cazador frente a su presa. No dimos un fuerte abrazo y un – Gracias – de su parte, casi entre lágrimas, culminaron una de las mejores cacerías que he vivido. Si bien todas son especiales y tienen lo suyo, esta tenía el condimento de haberla compartido con un pionero de esta actividad, que me hizo entender a mis treinta años, esa frase que tanto hemos escuchado los cazadores: “Lo importante no es cazar, es estar cazando”.

Hicimos las fotos del rigor a mi manera obviamente, acomódate acá, acomódate allá, y él pese a sus dolencias, lo hacía, porque estaba feliz y yo también.

Así llegaba a su fin una jornada de esas que uno no quiere que termine. Lamentablemente no puedo contarles tantas cosas que Jorge me enseñó, me transmitió, me dejó o como quieran llamarlo, por dos razones. Una porque no sabría por cual empezar y la segunda y más importante, porque van a quedar conmigo en el recuerdo, quizás para mis hijos, o mis nietos, o simplemente para poder decir, yo un día cacé con él.

Gracias Jorge por tu paciencia, tu sabiduría, tu experiencia, tu bondad, y tus picardías.

Bruno Fabozzi

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