Antílopes en los médanos

Gustavo Robello

Era una mañana fría de invierno, amaneció lloviznando, pero eso no nos detuvo, al contrario, era un lindo día para viajar tranquilos. 

Cargamos la camioneta, preparamos el mate y con mis dos compañeros de caza, salimos hacia la pampa.

Habíamos contratado una cacería de antílopes de la India en un campo de la zona de Jagüel del Monte y no la perderíamos por nada.

Llegamos al medio día al campo, nos esperaban con una picada de fiambres caseros y las brasas casi a punto para comenzar un buen asado. Luego de almorzar, bajamos y acomodamos nuestras cosas en una de las habitaciones de la estancia donde nos hospedaríamos.

Queríamos dormir una corta siesta para esa misma tarde comenzar a cazar.

Salimos cerca de las 4 de la tarde cada uno con un guía, hacia distintos puntos del campo. Tomamos por una picada hacia el norte según mi guía, yo estaba bastante desorientado…. Atravesamos unos corrales, luego un sembrado y nos encontramos con unos interminables médanos que por cierto me dejaron fascinado por su hermoso contraste y un color casi rojizo que le había dejado la lluvia de la noche anterior. Dejamos la camioneta y en cuanto comenzamos a caminar me di cuenta que no iba a ser fácil, eso grandes médanos, no presentaban vegetación, solo crece un olivillo que podrá tener 30 cm de alto aprox.  Los antílopes podrían vernos fácilmente si no planeábamos un buen acercamiento.

La primera manada que divisamos caminaba subiendo un pequeño médano, por lo cual decidimos rodearla para que no nos tomaran el viento, luego de un lento y silencioso acercamiento logramos ponernos a tiro, pero no había ningún macho tirable. Nos fuimos tan lentos y silenciosos como llegamos, para no alterar su entorno. Al rato comenzó de a poco a llover para convertirse en una lluvia torrencial por lo que decidimos volver.

Llegamos casi todos juntos al casco de la estancia y con un panorama bastante parecido, mis compañeros también habían visto varias manadas de antílopes y por diferentes motivos no tiraron. Nos bañamos, cambiamos y mientras esperábamos la cena, planificábamos nuestro segundo día de caza.

Nos levantamos cerca de las 6 am para desayunar tranquilos y salir con las primeras luces del día, pero esta vez a rumbos distintos.

La sorpresa fue grande cuando salimos para subirnos a la camioneta y nos dimos cuenta que había una niebla muy cerrada y espesa que no nos dejaba ver a más de 100 metros. ¡Como si fuera poco, comenzó a llover muy finito, pero igual nos animamos!

Si el primer día estaba perdido, ahora con niebla…

Llegamos al punto donde dejaríamos la camioneta y comenzamos a caminar entre la niebla y la llovizna hacia unos cañadones donde podrían estar los antílopes. Después de haber caminado durante un buen rato, comenzamos a escuchar golpes como si alguien estuviera hachando, y es cuando me dice Agustín, mi guía, que eran dos machos peleando. La adrenalina comenzó a invadirme y más aún porque no podía verlos. Planeamos quedarnos agazapados en el lugar donde estábamos, ya que teníamos el viento a favor y mi guía consideraba que podían salir hacia donde nosotros estábamos y así poder verlos.

Dejamos de escuchar la pelea. Era el momento en el que salían hacia donde estábamos y podíamos verlos, o seguían su camino refugiándose en la espesa niebla.

Apoye mi rifle sobre la mochila que llevaba y así me quede por unos interminables minutos hasta que lo vimos atravesar la niebla. Seguramente era uno de los machos que escuchábamos pelear. Caminaba despacio, casi como haciendo rodeos y moviendo continuamente su cabeza, hasta que en un momento me dio su costado. Tomé aire y solté el disparo de mi 30-06 que dio en su paleta, terminando de inmediato con su vida.

Volvimos al casco con nuestro trofeo a esperar a mis amigos, para contarles nuestra cacería y saber cómo les había ido a ellos.

Llegaron cerca del mediodía, uno también había cazado y en condiciones muy parecidas a la mía y a mi otro compañero, esta vez la suerte no lo acompañó.

Despostamos, preparamos la carne, las cabezas y nos dispusimos a almorzar, para luego preparar nuestras cosas y emprender nuestro regreso a casa.

¡Con la consigna de volver, para repetir una de las mejores cacerías que debe haber, la del Antílope Negro!!

Gustavo Robello.

Era una mañana fría de invierno, amaneció lloviznando, pero eso no nos detuvo, al contrario, era un lindo día para viajar tranquilos. 

Cargamos la camioneta, preparamos el mate y con mis dos compañeros de caza, salimos hacia la pampa.

Habíamos contratado una cacería de antílopes de la India en un campo de la zona de Jagüel del Monte y no la perderíamos por nada.

Llegamos al medio día al campo, nos esperaban con una picada de fiambres caseros y las brasas casi a punto para comenzar un buen asado. Luego de almorzar, bajamos y acomodamos nuestras cosas en una de las habitaciones de la estancia donde nos hospedaríamos.

Queríamos dormir una corta siesta para esa misma tarde comenzar a cazar.

Salimos cerca de las 4 de la tarde cada uno con un guía, hacia distintos puntos del campo. Tomamos por una picada hacia el norte según mi guía, yo estaba bastante desorientado…. Atravesamos unos corrales, luego un sembrado y nos encontramos con unos interminables médanos que por cierto me dejaron fascinado por su hermoso contraste y un color casi rojizo que le había dejado la lluvia de la noche anterior. Dejamos la camioneta y en cuanto comenzamos a caminar me di cuenta que no iba a ser fácil, eso grandes médanos, no presentaban vegetación, solo crece un olivillo que podrá tener 30 cm de alto aprox.  Los antílopes podrían vernos fácilmente si no planeábamos un buen acercamiento.

La primera manada que divisamos caminaba subiendo un pequeño médano, por lo cual decidimos rodearla para que no nos tomaran el viento, luego de un lento y silencioso acercamiento logramos ponernos a tiro, pero no había ningún macho tirable. Nos fuimos tan lentos y silenciosos como llegamos, para no alterar su entorno. Al rato comenzó de a poco a llover para convertirse en una lluvia torrencial por lo que decidimos volver.

Llegamos casi todos juntos al casco de la estancia y con un panorama bastante parecido, mis compañeros también habían visto varias manadas de antílopes y por diferentes motivos no tiraron. Nos bañamos, cambiamos y mientras esperábamos la cena, planificábamos nuestro segundo día de caza.

Nos levantamos cerca de las 6 am para desayunar tranquilos y salir con las primeras luces del día, pero esta vez a rumbos distintos.

La sorpresa fue grande cuando salimos para subirnos a la camioneta y nos dimos cuenta que había una niebla muy cerrada y espesa que no nos dejaba ver a más de 100 metros. ¡Como si fuera poco, comenzó a llover muy finito, pero igual nos animamos!

Si el primer día estaba perdido, ahora con niebla…

Llegamos al punto donde dejaríamos la camioneta y comenzamos a caminar entre la niebla y la llovizna hacia unos cañadones donde podrían estar los antílopes. Después de haber caminado durante un buen rato, comenzamos a escuchar golpes como si alguien estuviera hachando, y es cuando me dice Agustín, mi guía, que eran dos machos peleando. La adrenalina comenzó a invadirme y más aún porque no podía verlos. Planeamos quedarnos agazapados en el lugar donde estábamos, ya que teníamos el viento a favor y mi guía consideraba que podían salir hacia donde nosotros estábamos y así poder verlos.

Dejamos de escuchar la pelea. Era el momento en el que salían hacia donde estábamos y podíamos verlos, o seguían su camino refugiándose en la espesa niebla.

Apoye mi rifle sobre la mochila que llevaba y así me quede por unos interminables minutos hasta que lo vimos atravesar la niebla. Seguramente era uno de los machos que escuchábamos pelear. Caminaba despacio, casi como haciendo rodeos y moviendo continuamente su cabeza, hasta que en un momento me dio su costado. Tomé aire y solté el disparo de mi 30-06 que dio en su paleta, terminando de inmediato con su vida.

Volvimos al casco con nuestro trofeo a esperar a mis amigos, para contarles nuestra cacería y saber cómo les había ido a ellos.

Llegaron cerca del mediodía, uno también había cazado y en condiciones muy parecidas a la mía y a mi otro compañero, esta vez la suerte no lo acompañó.

Despostamos, preparamos la carne, las cabezas y nos dispusimos a almorzar, para luego preparar nuestras cosas y emprender nuestro regreso a casa.

¡Con la consigna de volver, para repetir una de las mejores cacerías que debe haber, la del Antílope Negro!!

Gustavo Robello

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