Augurio de buena cacería

Obligaciones, trabajo, rutina y la loca vida que nos consume, me habían tenido atado por un buen tiempo sin poder salir a disfrutar de lo que más me gusta – la caza -. Para ser más preciso, hacían ya tres años que no andaba detrás del culo de un pintado, pero había llegado el momento. Mi amigo Daniel me envió un mensaje invitándome a cazar a Corrientes, y aunque en una primera instancia le dije que no, acomodé todo para ir con ellos; y ahí fue cuando me dijo: – Vas a ver el Axis que se te va a dar esta vez…

Llegamos al campo pasado el mediodía, el clima de a poco anunciaba que no sería el mejor, pero eso no iba a ser un obstáculo a nuestras ganas de cazar. Descargamos todos los bártulos, y de inmediato salimos a dar una primera recorrida. Angelito, otro amigo e integrante del grupo, se quedaría a armar el campamento y hacer ese infaltable y casi sagrado “asado”, que por supuesto en estas salidas tiene un sabor especial.

La lluvia y la noche de a poco nos fueron reuniendo en el campamento, mientras algunos contaban como les había ido, otros ayudaban a Ángel a terminar su “asado bajo el agua” y otros felicitaban a Gustavo, por un muy lindo ciervo que había cazado.

El día siguiente arrancó complicado, habían llovido varios milímetros durante la noche y aunque ahora era solo una llovizna, nos acompañaría durante varias horas de la mañana. Unos mates para calentar el cuerpo y todavía oscuro, salimos con la ilusión intacta tras los ciervos.

Después de caminar un buen trecho, una espesa niebla opacaba, aún más, a un tenue sol que quería asomarse entre nubes cargadas, por lo que decidí esperar a que abriera sobre la costa de un monte con mucho tránsito de ciervos. No pasó demasiado tiempo hasta que un macho comenzó a bramar a no más de 300 m de donde yo estaba; lentamente me fui acercando, mirando a través de los binoculares cualquier cosa que me delatara su presencia. De pronto, a los lejos observo tres hembras, busco detenidamente si hay machos con ellas, pero no veo ninguno, hago un paneo de 180° aunque sin suerte y cuando vuelvo donde estaban las hembras, ya tampoco las veo… Ha porfiado, no me iban a ganar; clavo los binoculares ahí y me quedo petrificado mirando y esperando. Un prometedor vareto poco a poco comienza a salir del monte y muy lentamente detrás de él se asoma “mi ciervo” pastando tranquilo con su cabeza gacha, lo que me dejaba apreciar el largo, grosor y apertura de su cornamenta. Al instante recordé las palabras de mi amigo y no dudé que ese era el ciervo que Daniel me había augurado que cazaría.

El corazón bombeando a mil, pero muy seguro de mí mismo, suelto los 180 grs del .308. El estruendo genera que el vareto huya y me invada la confusión, porque a mi ciervo no lo vi más… Corro hacia la zona donde estaba cuando disparé y ahí lo encuentro, (las ondulaciones del terreno no me dejaban verlo) ya sin vida y desplomado en el mismo lugar. Me siento a su lado mientras noto como mi adrenalina comienza de a poco a bajar, lo contemplo por un rato, tomo unas fotos y desposto su carne. Cargo mi mochila, su cabeza sobre mis hombros y a pegar la vuelta.

Llego antes que mis compañeros y encuentro a Ángel (quien se encargó impecablemente de la cocina) preparando un tremendo encebollado con carne del axis cazado el día anterior. Luego y de a poco uno a uno de mis amigos fueron llegando; almorzamos, brindamos y cerramos con una larga sobremesa celebrando por nuestra salida y amistad.

Roland Schmidt

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