Llega diciembre y la brama del axis comienza a intensificarse, como siempre y por su condición de ciervo neo – tropical, vemos algunos con felpa, otros volteados, aunque la mayoría ya están con sus cornamentas terminadas y correteando sus damas, disputándose también un espacio cada vez más chico por cierto, debido al incremento casi desmedido en la población. Desgracia para ellos, suerte para nosotros, los cazadores.
Recibo la invitación de parte de dos grandes amigos y viejos compañeros de salidas, para cazar en el norte de mi Provincia. Entre Ríos, un campo muy prometedor.
El día que saldríamos jugaba la selección Argentina de futbol contra Australia, dos pasiones se superponían… Solo era cuestión de buscarle la vuelta para no perdernos ninguna… Por lo que decidimos viajar después de ver el partido, ya que el lugar nos quedaba “cerca”. Termina el partido y todavía festejando el triunfo emprendemos viaje, hacemos una parada para buscar la llave del campo y continuamos. Mate de por medio me iban comentando y orientando como era el lugar y las zonas donde más se movían los pintados.
Llegamos y otro amigo nos esperaba en la tranquera. Entramos, buscamos una loma dónde tuviéramos algo de viento para pasar la noche cómodos, armamos campamento, prendimos el fuego y le arrimamos algo de carne. Momento que acompañamos con unas cervezas y entre charlas empezamos a escuchar que el monte despertaba. Después de comer ellos salieron a caminar y yo me acosté, para ganarle al sol la salida.
A las 5 AM puse la pava para tomar unos amargos y de paso ir escuchando algún bramido que me orientara hacia donde salir, cuatro o cinco mates bastaron y arranqué. La mañana se presentaba fresca, ideal para caminar, aunque con niebla…
Comencé a caminar en busca de un macho que había escuchado bramar y no estaba muy lejos, pero por algún motivo no me convenció y decidí seguir un poco más. Minutos después de haber caminado un buen trecho, escucho un bramido que me erizó la piel. Ese es… – pensé-, y comencé a arrimarme.
El cerrado monte que venía atravesando, comenzaba a abrirse. Más sigiloso que nunca y con todos los sentidos en alerta, recorro las costas lentamente buscando verlo entre la niebla. Me agacho y ahí está, veo su difusa silueta a no más de 100 m, espero que haga algún movimiento que delate su camino y en cuanto comienza a moverse busco un claro por donde calculé que pasaría. Sobre su marcha y con la cruz en el codillo solté el primer disparo, se me fue un poco atrás, pero lo sintió y me dio los segundos suficientes para acerrojar y echarlo por tierra con el segundo.
Con esa emoción intacta y presente como en la del primer ciervo, me acerqué y contemplé lo hermoso que era. Siendo para mí y hasta el momento, el más grande en mi lista.
Lucas Cecco
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