Axis y Aromos

Por segundo año consecutivo, vuelvo a la Provincia Corrientes para oficiar como guía de caza del ciervo Axis, lo que ya se ha convertido en una cita obligada en mi calendario. No solo porque representa una oportunidad laboral, sino también porque me apasiona cazar este majestuoso animal.

Reconozco que no cuento con la misma experiencia que tengo cazando ciervos colorados en mi provincia, La Pampa, pero esto me motiva aún más y me lleva a aprender constantemente sobre los hábitos y costumbres del Axis, poniendo todo de mí en cada salida.

La novia del Paraná, como también se conoce a esta hermosa provincia, no te la pone fácil. Quien haya visitado Corrientes durante la temporada más calurosa del año sabe lo intensas que puede ser sus temperaturas y lo persistentes que son sus lluvias, capaces de inundar grandes extensiones de campo y volver intransitables los caminos. El inicio de mi temporada no fue la excepción. Sin embargo, esta es la época principal de celo del ciervo Axis, así que no queda otra que arremangarse y adaptarse a las condiciones.

Una nueva y torrencial tormenta nos dejó con el agua casi a las rodillas, pero esto no nos detuvo; solo nos obligaría a cambiar la estrategia: ahora nos valdríamos de los caballos. Juntarlos no fue una tarea sencilla, nos tomó la mañana completa, por lo que decidimos salir después de almorzar, sabiendo de antemano lo duro que sería el andar con tanto calor.  

Cabalgamos un buen trecho, hasta dejar los caballos al resguardo del intenso sol, en un monte con buena sombra y agua. Nos alistamos y pronto ya estábamos tras los primeros —aunque tímidos— bramidos.

Durante el recorrido, avistamos algunas manadas con machos jóvenes, otros enfelpados y otros que simplemente no colmaron nuestras expectativas. El calor se sentía cada vez más, por lo que decidimos refrescarnos y descansar unos minutos. Mientras no recuperábamos, un macho comenzó a bramar no muy lejos de nosotros, por lo que decidimos de inmediato ir tras él.

Los bramidos provenían de la costa de un arroyo que había vuelto a desbordar por la tormenta. Ahora, al sofocante calor, la densa humedad y una inmensa nube de mosquitos, se le sumaba un barro espeso que nos dificultaba aún más el rececho.

Estudiamos el terreno, dejamos a un lado las mochilas más todo lo que pudiera estorbarnos y avanzamos por una estrecha abertura en el monte. Cuando salimos al claro logramos ver una pequeña manada de hembras pastando tranquilas. Permanecimos agazapados durante un buen rato hasta que, de pronto, un macho joven comenzó a asomarse, seguí buscando con los prismáticos y descubrí algunos más: eran cuatro machos “uno mejor que otro”, todos irritados entre sí, seguramente por tener que compartir un mismo harén de escasas hembras. Pero había uno que sacudía con fuerza un renuevo de aromo y sobresalía de los demás. ¡Ese era nuestro objetivo!

Ubiqué al cazador en posición de tiro, pero en ese momento la manada comenzó a moverse derecho hacia nosotros. Teníamos el viento a favor y estábamos muy bien resguardados, por lo que no notaban nuestra presencia. El axis, venía de frente, acercándose cada vez más y, aunque no es el mejor flaco de tiro, le dije a mi cazador que, si tenía la confianza y la tranquilidad suficiente, tirara al medio del pecho, si no, que lo dejara pasar, porque pronto nos descubrirían.

El disparo retumbó en el monte, dejando el ciervo abatido en el lugar. Nos acercamos a contemplarlo y llegó ese tan merecido abrazo de felicitaciones, mientras admirábamos a aquel hermoso animal con el que culminaba una de las mejores jornadas que me ha tocado vivir. Antes de comenzar con la faena tomamos las fotos de rigor y la curiosidad pudo más… No soy de medir los trofeos, pero este lo ameritaba: arrojó 98 y 97 centímetros. Un ejemplar que, si bien no era muy grueso y tenía candiles algo cortos, presentaba una longitud imponente y excelentes luchadoras.

Para mí, como guía, nada se compara con la satisfacción de ver la alegría de un cazador cuando mi trabajo da sus frutos. Mientras la caza siga encendiéndome con esa mezcla de emociones y adrenalina que solo comprendemos quienes la amamos, continuaré en el monte. El día que ese fuego se apague, sabré que ha llegado el momento de dejarla. Pero, por ahora, ese día está muy lejos.

Bruno Fabozzi

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