Cacería del puma en pampa de Achala

Por Jorge Masjoán

Son las seis de la mañana. Hace frío y el cielo permanece nublado. Emprendemos la marcha cerca del último rancho donde se ha visto al puma. Los perros temblando con precursora excitación, se desparraman en derredor nuestro, destacándose su formidable silueta blanca sobre las rocas y la maleza salvaje. “¡Chua!”, “¡chua!”, “¿chua?” los azuzan el “Negro” Tapia y “Toto” Valdez, otro intrépido cazador, y a poco nuestra respiración se vuelve más entrecortada. Trepamos por cañadones que parecen inaccesibles, cruzamos no sé cuántos arroyos (ya he perdido la cuenta), nos arrastramos sobre pircas que después de varias horas parecen vallas infranqueables, pero cual sanguijuelas seguimos pegados a don Tapia, este parece dotado de olfato propio. Inagotable. Prosigue sin detenerse y como chico se ríe de nosotros: porteños siempre apurados, ahora semejantes a tortugas lastimosas.

Las piernas me tiemblan y me arden los ojos. Bendito sea el descanso de medio día. Engullimos vorazmente unos sándwiches y ¡arriba! El calor se ha tornado insoportable. Estamos empapados en sudor. De repente, un perro empieza a gemir. Inmediatamente sus compañeros desatan un concierto de aullidos atronadores. Miren ¡Miren! ¡Un jabalí! Sujetamos los dogos y partimos a la persecución del “chancho”. El jabalí, una enorme masa de 150kg, dispara delante de nosotros y se interna en un monte. El fotógrafo y yo queremos seguirlo, pero Tapia decide abandonarlo. No tenemos tiempo si queremos conseguir al puma. Son las 6 de la tarde. Empieza a llover. El agua traspasa nuestro equipo. Ya estamos hartos, agotados y desilusionados por la búsqueda infructuosa.

Silencio repentino. Tapia se vuelve hacia nosotros. ¡Cállense! Murmura. Y su dedo nos indica un cerro distante unos 100 metros, miramos y nos sentimos electrizados. Porque ahí arriba, observándonos, desdeñoso y majestuoso, esta echado el puma. Nos olvidamos de todo. El cansancio se nos evaporo mágicamente. “Sujeten a los perros” urge Tapia. “¡Rodeen el cerro! ¡Despacio! ¡Tranquilos!”. Los perros lloran con la desesperación acuciante por abalanzarse sobre el animal. Con todas nuestras fuerzas los sujetamos por su collar. Nos arrastran hacia delante, completamente erguidos sobre sus patas traseras. Se ahogan en su esfuerzo por zafarse. “¡Despacio! ¡Ronnie! grito yo vanamente a mi can que no puedo más retener. El corazón me late tan fuerte que va a estallar. ¡Lo veo! Veo al puma, está a 15 metros no más, en un vallecito, su cola corta, el aire a latigazos, se sabe rodeado, gira lentamente mostrándonos sus colmillos. Por primera vez el miedo me retuerce el estómago. Puede saltar hacia cualquiera de nosotros. Frenéticamente lo miramos a Tapia. Esta alza la mano. Señal convenida. Luis, el fotógrafo. Ya tiene sus máquinas listas. Me alcanza una. La respiración supletoria hace que la baba chorree por la boca de os perros. ¡Ouu! ¡ouu! Aúllan. ¡Ya ¡Tapia baja el brazo! En un salto fulminante los perros alcanzan al puma. Una ola de intensa excitación nos recorre a todos. Salto de una piedra a otra. Pienso; “acércate más, acércate más” y en un segundo me doy cuenta que el fotógrafo, yo y los demás estábamos parados a un metro del puma.

A nuestros pies se desata la lucha más encarnizada que he visto en toda mi vida. El griterío es infernal, los ladridos se mezclan a los rugidos, los aullidos de dolor de los perros me taladran el oído. Todo es confusión. Perros y puma parecen formar un solo cuerpo. Entroncados unos en otros son una bola perfecta y ninguno está dispuesto a soltar a su contrincante. El puma chilla y pelea acostado. Sus cuatro patas desgarran a zarpazos impresionantes el cuerpo de los dogos. Dramáticamente su pelaje se tiñe de rojo. Ojos cerrados, la boca hecha una tenaza, gruñe con ferocidad, esperando que el cazador venga a rematar la presa. “¡Paralo. Paralo!” –grita Lito-, ¡el puma los está matando a los perros!” Veo que Ronnie, la perra que yo estuve sujetando se está desangrando, pero aun moribunda, no quiere soltar la garganta del puma. Tapia se acerca con un facón en la mano. Su cara esta cenicienta “Chua, Matrero ¡Chua, chua!”. Matrero el más fuerte de los dogos, parece entender a su amo y se afirma aún más sobre su presa. Comprendo ahora ese lazo de amistad tan fuerte, ese amor tan grande que une al cazador con el Dogo Argentino. El dogo, perro cariñoso en el hogar, es el soldado más valiente que exista en el combate. Lucha hasta la muerte.

El final está cerca. Tapia se arrimó a las patas traseras de puma. Busca el preciso lugar donde clavar el cuchillo hasta el corazón. Este cazador cabal nunca usa armas de fuego que podrían herir a los perros. Su mano armada en un gesto fulminante se hunde en el pecho del puma. Y la cabeza de este cae…

En aquel atardecer, el puma murió como un valiente, ante el inconmensurable valor de los Dogos Argentinos.

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