“… me encontré con un viejo con quien habíamos trabajado hacía más de veinte años: “el gaucho las Teclas”. Lo invité a tomar mates a mi casa. Me comentó que estaba en la Estancia Glencross y que les estaba haciendo falta un leonero, también me dijo que habían muchos perros baguales y si quería él podía hablar al administrador. Me vendría bien, porque yo necesitaba un trabajo fijo, y seguro.
A los pocos días me llamó el administrador Ramón Fernández y ahí tuvimos una charla. Acomodamos el sueldo, cuanto por perro bagual y cuanto por león. Me daba una semana al mes para venir a Gallegos. El tipo era muy serio y de pocas palabras, pero no dejamos ni un tema sin tocar…
– ¿Por qué pide trabajo de leonero teniendo tanto título?
– Es que soy medio ermitaño nomás… a propósito… ¿Puedo estar en un lugar más apartado en la Estancia?
-No hay ningún problema.
Todo me cerraba: iba a tener un sueldo mensual, más la plata que ganaría por los bichos… ¡Esto es lo que yo buscaba desde hacía años!
– ¿Cuántos perros tiene?
-Cerca de 20…
-Son pocos…-pensó en voz alta.
Queda más que claro que antes de irme a la Estancia me separé de la que entonces era mi mujer.
Como a la semana cayó un camión a buscarme, serían como las once de la noche; yo estaba emputecido por el horario.
Ni bien llegamos -5 de la mañana-, me tiré a dormir en un galpón; previamente até a mis perros por supuesto.
Al rato me levanté. Tenía una garrafa de gas y me tomé unos mates, hasta que amaneció.
No entendía nada, porque nadie me decía nada de nada, hasta que encontré al administrador y le pregunté donde era mi lugar para quedarme y podría atar a los perros. La casa fue una antigua carreta con grandes ruedas. Tenía una pieza de dos metros por uno y medio, y una cocina del mismo tamaño.
Lo desconcertante del lugar era que nadie me decía dónde estaba la caballeriza, la cocina para la gente. ¿¡Absolutamente nada! Empecé a orientarme por mi cuenta y pude llegar a la caballeriza. Allí estaba el capataz, un tal Mansilla.
-Buenas soy Urquhart, Kenneth, y soy el leonero… me contrató el señor Fernández…
-Bueno espere hasta el miércoles, ahí llegan los puesteros a buscar carne y víveres…
Lo más lindo del caso es que ese día ¡era lunes!
-Le van a dar cinco caballos y uno de los puesteros va a mostrarle algunos de los campos donde carnean los perros baguales, que son los más dañinos.
No me quedó otra que esperar.
Al fin llegó el miércoles.
Me fui para el corral y ya estaba llegando la tropilla. Ahí me dieron mis cinco caballos, cuál de todos más lastimados y sobaqueados, con heridas detrás de las paletas, por las cinchas. ¿Y yo?, tranquilo, porque lo único que quería era agarrar campo lo antes posible: no me aguantaba más en la Estancia. Luego me preparé mi montado y un pilchero, me presentaron al puestero que me iba a llevar al Puesto del Medio. Salimos después de comer.
Mi compañero de puesto no paraba de hablar. Era de Puerto Natales, Chile, y me daba a entender que él era el mejor en la estancia para agarrar perros baguales.
– ¡Ya te va a llegar tu hora…! –Me decía.
Yo sabía la perrada que tenía. La envidia estaba latente en el tipo; me di cuenta enseguida.
Llegamos al puesto.
Nunca antes había andado en el monte en Santa Cruz y sí, en cambio, lo había hecho en Tierra del Fuego. Solo que ahora yo era leonero y esto era otra historia. Me tenía que avispar enseguida, si no me iban a pasar por encima: en la Estancia éramos veinticinco trabajadores, veintitrés de los cuales eran de Puerto Natales… yo ya sabía por donde venía la mano.
Al otro día salimos temprano.
No hablamos mucho y yo no preguntaba nada.
Lo que sí me di cuenta que el tipo era un renegado.
Estuvimos dos días recorriendo los campos. Él me iba explicando y yo prestándole atención a lo poco que hablaba este viejo mal arriado, porque yo el tema de los baguales no lo tenía claro, por eso, siempre, vas vale escuchar… Los natalinos se iban todos los sábados y domingos para sus pagos. El viejo, antes de irse para la Estancia, me dijo:
-Si usted quiere me espera y salimos juntos de vuelta el lunes, así le sigo mostrando…
-Je, je-.
-Sí, no hay problema- le dije.
Él pensaría que si él no estaba yo no sabría para donde ir o que no empezaría a buscar a los perros baguales. Por supuesto, él estaba muy errado. Ese tipo no tenía la menor idea de quién era el Gringo Urquhart: pensaría que yo era un “verde” –Je, je-, pero como ya les dije al principio: a mí me gustan los desafíos, y este era uno grande. Yo sabía que le iba a tapar la boca a ese viejo ladino antes de que volviera de Natales.
Acá comienza la arrancada en Glencross.
Apenas disparó el puestero para la Estancia, yo salí al campo, pero a mi modo, solo, con mis perros, tranquilo, y teniendo dos días por delante. Debo decir, por otro lado, que no tenía la menor idea de cómo era el tema con estos perros baguales del monte. Ya me enteraría –Je, je-. De lo que estaba seguro era que los campearía hasta encontrar alguno. La cosa iba a ser ¡encontrarlos! Solo había agarrado perros “a balas”. Para mí estaba más que claro que leones por esa zona no había, solo perros, que eran peores que el mismísimo león, que andaban en jauría de cinco a veinte individuos. Esto lo había escuchado de boca del viejo natalino.
Empecé metiéndome en el monte. “Con el sonajero de palos que hago, acá no queda un perro bagual” pensaba yo. Además, mis perros eran de “pampa y barranca” y solo sabían buscar leones, y no perros. «Tranquilo, me decía, a fin de mes, igual vas a cobrar un sueldo».
Entonces fue cuando de repente me encontré carneadas de perros por todos lados: entre quince a veinte ovejas deshechas…
Yo, tranquilo, andaba con mi equipo de mate colgado a los tientos; eso nunca lo dejaba.
Me metí por las vegas, bastante blandas, debo decir. Este dato me decía que aquellos no eran lugares seguros para andar. De pronto, me metí en una de esas vegas y empecé a costear el monte. Fue cuando escuché torear a un perro. “No es de los míos” me dije. En ese instante mandé a la perrada al monte. Me metí a la espesura de a pie, porque ese bosque era tan aparragado que se hacía imposible entrar montado.
Llegué al lugar donde había escuchado torear ese perro, ¡y no había nadie! En ese momento oí el llanto de un cachorro que estaba debajo de un tronco seco, escarbé un poco y lo vi. Envolví la manija del rebenque sobre su cuello, lo saqué y lo maté.
¡Yo ya tenía mi primer perro bagual! En eso llegaron algunos de mis perros. Solo me miraban. Todavía no entendían que teníamos que matar perros adultos y también cachorros. Al rato se presentó el resto de la jauría, que venían con la lengua afuera: habían corrido a la perra, pero, sin saber que debían hacer, se volvieron.
Me quedé un rato buscando, y no pude encontrar nada. Le saqué el cuero al cachorro y seguí el recorrido.
Noté que los otros cachorros se habían disparado con la madre y que mis perros simplemente ¡no los habían corrido! Comprendí entonces que debía enseñarles a matar perros y no solo a correrlos, y que como iban las cosas no iba a haber mucha plata para el puchero que digamos…
Continúa…
El leonero Urquhart y su perro Cacique
By Robert Urquhart
Suscribite a nuestro canal de YouTube y descubre con nosotros distintos cotos de caza de la República Argentina.
Conocerás el establecimiento, los servicios que ofrece, las especies a cazar y toda la información que el cazador quiere saber.