“TUR DE DAGESTAN”
Existen tres Tures reconocidos como capras dentro de la clasificación del Safari Club Internacional:
-El Tur de Kubán (Capra caucásica dinniki), o Western Tur.
-El Tur del Cáucaso medio (Capra caucásica caucásica) o Mid-Caucasian Tur .
-El Tur de Daguestán (Capra cylindricornis) también conocido como Eastern Tur. Protagonista de mi cacería.
Animal que de adulto puede llegar a medir 1.5 m desde la nariz a la punta de la cola (aprox.), presentando una alzada de hasta 1metro a la cruz y rondar los 100 kg de peso. Su pelaje varía según la estación del año, yendo desde el marrón muy oscuro en invierno, al marrón claro (rojizo) en verano.
El Tur de Daguestán sólo se encuentra en la cordillera euroasiática del Cáucaso, localizada entre el mar Negro y el mar Caspio. Cordón montañoso, considerado como barrera natural entre Asia Occidental y Europa Oriental. La frontera entre Daguestán (Rusia), Georgia y Azerbaiyán es uno los mejores puntos para cazarlo.
La caza de estos carneros también es considerada como una de las más duras y riesgosas del mundo, por lo que requiere un buen estado de salud y condición física. No permite errores, y en más de una ocasión les ha costado la vida a varios cazadores.
Una Ardua Planificación
Esta cacería estuvo en mis planes desde que era muy chico. Y sentí que era el momento de realizarla.
Con 26 años recién cumplidos me jugué a apostar todas mis fichas y como dicen los americanos -Go big or go home- que vendría a ser en nuestro idioma algo así como: “Ve por lo Grande o mejor quédate en casa”.
Mi viaje era realmente ambicioso, y por ende muy costoso. Primero iría por los antílopes representativos de África, para luego y de ahí mismo viajar por mi Tur a Azerbaiyán- Asia. Todo esto suponía una detallada planificación, tanto en el tiempo que me demandarían estas cacerías, como en el presupuesto… Lo que me llevó a organizar minuciosamente fechas, y “ahorrar un rato largo”.
Ya con mi panorama en claro, no dudé en llamar a mi gran amigo Asif Ilyasov, dueño de la empresa Global Safari Azerbaiyán y conocido en el ambiente como “el Rey del Tur”, para reservar las fechas de principio de temporada (fines de junio). En esa época la temperatura es “agradable” y se hace más cómodo cazar, aunque los animales se encuentran bien arriba buscando todavía el fresco en esos meses estivales. Más tarde, el clima de la estación invernal (nieve, vientos y un frio extremo) los empuja hacia abajo; pero la suma de estos factores hace aún más difícil esta cacería.
Mi Llegada a Bakú
Llegué a Bakú, la hermosa capital de Azerbaiyán, cuatro días antes de que comenzara mi cacería. Quería tener tiempo de pasear y conocer un poco más de su cultura. Ahí me esperaba Asif, con quien recorrimos el centro histórico y fuimos a comer a un famoso restaurante de la ciudad, degustando exquisitos platos, donde abundan el cordero, las verduras y el cilantro (“demasiado para mi gusto”). Y té, mucho té…
Tengo que admitir que me sorprendió gratamente encontrarme con una ciudad moderna, opulenta, muy cuidada y ordenada, donde han sabido combinar su historia de cientos de años con una ciudad cosmopolita del siglo XXI.
El resto de los días hasta el comienzo de mi cacería los pase vagando por ahí…, algo que acostumbro a hacer cuando llego un sitio nuevo, nada de circuitos turísticos armados. Creo que es la manera en la que mejor puedes conocer una cultura y su gente, y si hay una barrera idiomática de por medio, mejor.
El Compañero
Me faltaba un compañero y quién mejor que mi amigo Bruce de Illinois E.E.U.U. al que llamé para invitarlo a mi próxima aventura y no dudó ni un segundo en sumarse, es más, añadió una pizca de locura a todo esto, diciéndome que él iba con su arco.
Bruce con sus ya pasadas 70 primaveras, tiene una larguísima y exitosa carrera por todo el mundo como cazador con arco. Cuentan en su haber especies icónicas y complicadas de cazar mediante esa modalidad, como el Slam de Carneros Americanos o el Slam de Machos Monteses que cazamos juntos en España.
El llegó el día antes de comenzar nuestra cacería, con la mala fortuna que la aerolínea le había perdido el arco, una pequeña maleta con accesorios, y parte de su ropa, que a último momento apareció, pero ni rastro del arco…
Campamentos
Otro americano, un canadiense y un mexicano serían nuestros compañeros de campamento durante esta excursión, sin dudas la más intercultural en el que he estado.
Con un arranque un poco torcido, pero con la mejor predisposición, emprendimos viaje hacia un pequeño pueblo de la región de Ismaily, donde nos esperaban los guías en un viejo camión ruso cargado con todas las provisiones para una semana de caza en la montaña. Subimos todos a la caja de carga y partimos por ríos secos y ásperos caminos de montaña por cuatro horas más, para llegar con los riñones bien castigados a lo que sería nuestra base de operaciones, que podríamos llamar como “campamento base”, donde pasaríamos la primera noche. El mismo era una pequeña construcción con habitaciones chicas y un baño en el exterior, cero lujos, pero más que cómodo para nosotros, que ya estábamos cazando.
¡De madrugada comenzamos por organizar los equipos a llevar, “tomamos té”, luego alistamos los caballos y en fila india comenzamos a darle para arriba, hasta donde armaríamos nuestro segundo campamento “el de montaña”!
Ocho horas, ocho benditas horas arriba del caballo por unos senderos donde lo primero que te dicen “es que saques los pies de los estribos por si el animal se desbarranca, y que en tal caso saltes para el otro lado para evitar rodar”, vaya uno a saber cuántos cientos de metros sobre piedras bien filosas. Con el aliciente de cautivar nuestra vista con paisajes únicos, y la más variada fauna que habita esas montañas, pudiendo observar corzos, jabalies y hasta el poco conocido, rebeco caucásico, deambulando libremente.
Con los pies fuera de los estribos y los testículos como corbata, pase así el 90% del tiempo. Hasta que llegamos a lo que parecía un oasis en medio del infierno. Una preciosa pradera casi en la cumbre, con la postal de una laguna fruto del deshielo, a nuestra cabecera, en ese lugar soñado pasaríamos nuestros próximos cinco días.

A Cazar
Nos dividimos en dos grupos, donde se dispuso que mi compañero (Bruce) y yo cazaríamos recién el segundo día, por lo que nos tomamos esa primera jornada para descansar y hacer un poco de scouting por las inmediaciones. Grande fue nuestro asombro cuando pudimos ver un enorme oso recorriendo la ladera del cerro que teníamos enfrente, seguramente buscando algo que echar al buche… Sin dudas el Cáucaso es el paraíso para la vida salvaje y no dejaba de sorprendernos.
Mike (el otro norteamericano), integraba el primer grupo y tuvo la fortuna de cazar ese primer día. Con mucha gentileza y camaradería, nos prestó su rifle (ya que yo había viajado sin armas y el arco de Bruce nunca apareció). Nada más ni nada menos que un precioso Christensen Arms en el potente calibre .338 Lapua Magnum con una magnífica Schmidt & Bender PMII 5-25×56.
El sueño del pibe para cazar en alta montaña, sobre todo si te lo lleva el guía… porque pesaba una barbaridad.
Nuestro primer día de caza comenzó a las 5 am, y por supuesto con té, mucho té… Salimos dispuestos a ensillar (ese era el plan), pero amanecimos sin caballos, ni rastro de ellos. Ahora debíamos ejecutar un plan B para que esto no fuese un impedimento, y decidimos salir caminando con uno de los guías, mientras otro se encargaría de buscar los matungos.
A más de 3.000 m de altura, luego de varias y duras horas de trepar ese Cáucaso brutal, logramos ver un grupo de unos 20 machos juntos, caminando despacio a lo más inaccesible de esos picos, seguramente sus dormideros.
El plan surgió en el momento y no era otro que salir de inmediato tras ellos y ganarles un cañadón hacia donde se dirigían. Era un acercamiento muy complicado, pero no imposible, esto demandaría un gran esfuerzo físico por lo que decidimos que iría yo, Bruce esperaría a una oportunidad menos arriesgada.
Me dispuse a seguir a mi guía en todo lo que él hiciera y me dijera. Éste casi como una cabra más, trepaba y atravesaba desfiladeros de piedras sueltas como si fuera fácil. Yo avanzaba un metro y retrocedía 10, realmente lo pase mal… y ya la altura más el cansancio comenzaban a pesar cada vez más. Como si esto fuera poco, los últimos 100 m tuvimos que arrastrarnos (para no ser vistos) hasta la punta de un pequeño repecho donde con suerte podríamos verlos. La sorpresa fue inmensa cuando notamos que habíamos salido en el lugar justo; ya que los machos venían caminando y pastando tranquilamente a no más de 250 m de nosotros.
El Disparo
Dejo lenta y cuidadosamente la mochila en el suelo, extiendo el bípode, acomodo el rifle en un lugar firme y parejo e inmediatamente comienzo a observar con la mira los machos del rebaño; mientras no dejaba de pensar que mi disparo debía dejar al animal desconectado en el lugar, porque como rodara hacia abajo no había manera de que yo bajara ni para la foto…
Elijo el que a mi parecer era el más grande del grupo, el cual venia comiendo terciado hacia nosotros, ubico el retículo de la mira en la base del cuello, y suavemente aprieto el gatillo de la bestia, la detonación de ese .338 Lapua Magnum con freno de boca, sin duda se escuchó hasta en Moscú. A pesar del retroceso pude mantener mi presa dentro de la mira y con claridad ver como caía fulminado sobre sus pasos, mientras el resto emprendía una frenética estampida montaña arriba.
Cuando llegamos donde yacía el animal comprobamos que estábamos frente a un gran macho adulto y que su cornamenta lo declaraba como un excepcional trofeo. Mi sueño se había hecho realidad y sin contenerme exploté en gritos de alegría y abrazos para mi guía.
A los pocos minutos apareció otro de los guías con los caballos que habíamos perdido (nunca me alegré tanto de ver un matungo) e inmediatamente comenzamos con el cuereado y una minuciosa faena, donde no solo se aprovecha hasta el último gramo de su carne, sino también sus órganos. Esta tarea nos llevó cerca de tres horas y por momentos pensaba que debían estar locos por querer cargar casi hasta el esqueleto del animal y reflexionando comprendí que es tal y como tiene que ser!
Cargamos el Tur, la carne, el rifle, lo que quedaba de mí y arrancamos de vuelta para el campamento. No hicimos más que llegar, y mi compañero Bruce muy ansioso salió esa misma tarde, con el mismo.338LM prestado, obteniendo otro bonito Tur.
Esa noche la cerramos entre festejos, anécdotas y por supuesto, un gran banquete elaborado con nuestras presas de caza, principalmente el hígado, corazón y riñones que acompañan con cebollas, una costumbre muy asiática. Y por supuesto de té, mucho té…
El día siguiente nos lo tomamos para preparar las pieles, la carne, alistar nuestros equipos para el regreso y descansar un poco, ya que a la madrugada saldríamos de regreso hacia nuestro campamento base.
Si la subida fue dura, la bajada yo creo que fue aún peor. La tensión y los nervios (cagazo) me habían hecho doler músculos que ni siquiera sabía que tenía, pero a mi felicidad no la opacaba nada ni nadie.
La Despedida del Anfitrión
De vuelta ya en Baku, Asif hizo honores de sus buenas dotes como anfitrión y para agasajarnos en nuestro último día, nos obsequió una grata jornada de Spa, para recuperarnos “un poco” de la brutal paliza que nos dieron esas montañas. Cerrando con una cena en uno de los mejores restaurantes de la ciudad.
El Regreso
Fue un largo mes fuera de casa, demasiados aeropuertos me hicieron notar los muchísimos kilómetros recorridos.
Pasé de cazar antílopes y facocheros en las planicies y montes del Eastern Cape sudafricano, a ver osos y cazar un Tur en las hostiles montañas del Cáucaso. En cuanto a las comodidades, pasé de un lodge 5 estrellas, a dormir en una carpa, comer carne de chivo hervida y tomar té, mucho té…
¡Pero éstas son sin duda experiencias impagables que te da el mundo de la caza y hay que vivirlas antes de que sea demasiado tarde!
Álvaro Cea
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