Caza y control

Jon Longstaff

Domingo por la tarde, tranquilo en casa dándole de comer a mis perros, cuando recibo la llamada de un amigo, avisándome que nuevamente los chanchos le estaban haciendo estragos en el sembrado, cosa habitual y que solo los productores conocen las pérdidas que esto genera.

Como los perros estaban recién comidos, no vi conveniente llevarlos, por lo que tomé el fusil y salí lo más rápido que pude antes que me ganara la noche.

No me costó mucho dar con ellos; en la costa del primer cuadro sembrado que recorrería encontré, al poco andar, unos cachorrones osando todo a su paso, como empeñados en hacer daño más que en comer…

A brazo alzado y sin demorarme mucho, le disparo al que consideré el más grande de la piara, suena claramente, ha pegado, salen corriendo desorientados dándome un segundo tiro, en esta oportunidad le disparo al que iba más rezagado y también escucho claramente cuando impacta al animal, pero salen todos quemando para el medio del sembrado haciendo que los pierda de vista. Me fui detrás de ellos por el rastro, con la ilusión que estuvieran caídos cerca. La ilusión se transformó en duda y preocupación, ya que no encontraba sangre sobre sus pasos.

Caminé y caminé dentro de ese trigal (que me daba a la cintura), hasta las 12 de la noche, cuando me convencí de que debía hacer otra cosa.

Fui a casa por mis perros y volví al campo. ¡Habían pasado ya varias horas, pero puse mi jauría sobre el rastro y dejé que hagan lo que saben hacer!

Llevaba un buen rato caminando, cuando escucho el torido de “Loquito”, uno de mis mejores perros. En ese momento me di cuenta de que el chancho todavía se encontraba vivo y de seguro iba a dar pelea. Mi exceso de confianza me traicionó, haciéndome cometer un error que podía pagar caro… El creer que los perros solo cumplirían con encontrar el chancho muerto, me hizo que no les colocara las cogoteras y ahora la situación era claramente otra.

Comencé a escuchar la pelea y a medida que corría animaba a los perros a que llegaran y pelearan todos juntos, ya que no sabía con qué me podía encontrar. Al llegar, evidentemente lo tenían estaqueado y sometido, por lo que procuré con mi daga dar por terminada la contienda.

El otro chancho, al que creía que también lo había tocado, no lo encontré más…

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