Chirino y el Puma

Por Jorge Masjoán

En este capítulo el lector podrá apreciar la versatilidad del Dogo argentino como perro de caza mayor en los más diversos ámbitos y por el sólo hecho de no ser yo asiduo cazador, aunque sin dejar de conocer el arte cinegético, dejaré los relatos a cargo de quienes han practicado o prácticas y disfrutan asiduamente la caza mayor.

En primer lugar, quisiera hacer un homenaje a mi amigo…. “Tapia” a un gran cazador de pumas en las “Cumbres de Achala” (los llaman Leoneros), quien hoy, luego de padecer un fuerte golpe de tensión que le produjo cierta parálisis, todavía continua cazando pecaríes en los montes norteños, en sus buenos tiempos solía recorrer las “Cumbres de Achala” a solicitud de los lugareños criadores de cabras a los cuales los pumas hacían estragos en sus manadas, siendo el único método, ventearlos con los dogos, pues la costumbre del puma de rodear una piedra dejando el rastro y luego saltar a otra dejaría desorientado y perdidos a perros rastreadores, otro obstáculo son las innumerables oquedades en el interior de las gigantescas bochas de granito y las profundas quebradas, en un clima totalmente adverso donde silba el frío viento del atardecer al pasar por las cortaderas, en invierno la nieve cubre con un fino manto de nieve el paisaje y las temperatura desciende varios grados bajo cero.

Es en el paisaje antes descripto donde en un día de otoño partió “Tapia” con su fiel “Chirino”, otro dogo y varios cuscos (perros mestizos), el objetivo era un “Puma cebado” (puma que mata por matar o para enseñar a los cachorros), mataba dentro de los corrales de “piedra o enramadas” donde duermen el ganado caprino junto a las viviendas.

Luego de pernoctar en la casa de los lugareños; al amanecer, dio de comer liviano a los perros, preparo un morral con un trozo de “charque” (carne salada y seca), medio queso de cabra, unas frutas secas, una manta doblada y cruzada al hombro, una escopeta liviana y un pequeño cuchillo, una vez todo controlado partió al intrincado paisaje en busca de algún rastro del huidizo felino; aproximadamente a las 13 horas chirino detecta un rastro dentro de una oquedad y comienza a ponerse nervioso esta reacción es trasmitida automáticamente a “Tapia”, a quién el aumento de la adrenalina le hace olvidar que los pies duelen y que el frio le corta la cara, llama a los demás perros haciéndolos ingresar en la oquedad de la roca donde todos toman el rastro, ya saben qué hacer, miran a su dueño y parte raudamente tras él.

El “Puma” ya registró que hay intrusos en sus territorios y comienza el juego (si así podemos llamarlo), salta de peñasco en peñasco, sus olores solo están en el aire, el sol los disipa rápidamente, corre por los pajonales, cruza vertientes y arroyos poniendo distancia de los perros. Chirino toma los olores del aire venteando, corre y emite pequeños ladridos que orientan al cazador y los otros perros, pasan las horas y a media tarde “Tapia” ve al puma en los faldeos frente a él, lo separa solo doscientos metros, pero cien de profundidad, “Chirino” también lo ve, rodea unos peñascos y pronto está en el faldeo de enfrente, el puma se oculta en un alero de la montaña, pero pronto se da cuenta del cercano acecho, sube por una cornisa y chirino lo tiene a la vista, se desplaza por la misma cornisa, la cual se hace cada vez más estrecha, el “Puma” solo piensa en la distancia, ya no mide sus pasos, “Chirino” enceguecido y lejos de su amo solo sigue sus instintos (atrapar al puma), la cornisa se termina, es inminente el encuentro, los cerros van tapando con su sombra las irregularidades del terreno y Tapia viendo el inminente desenlace, trata con desesperados gritos que se pierden entre los ecos de la montaña, contener a su fiel y amado “Chirino”, ya es tarde, el “Puma” trata de saltar más arriba clavando sus garras en la fría roca, “Chirino” cree alcanzarlo pero ya no hay más cornisa, ambos se precipitan a un oscuro abismo (en ese lugar ya tenía unos trescientos metros), la desazón invade el corazón de “Tapia” quien arrimándose a un risco observa una pequeña mancha sobre una piedra, es “Chirino” que yace inerte. El desconsuelo hace que se siente en el risco a llorar la muerte de su amado compañero de tantas correrías, de tantos pumas y chanchos asalvajados en ese intricado paisaje Cordobés.

El frío y la noche ya están encima, no se puede rescatar el perro… tendrá que ser en otro momento, la oscuridad todo lo confunde, perderse puede ser el último error cometido pero el conocimiento y experiencia lo llevan nuevamente al rancho de los “Cabriteros” quienes no pueden creer que “Chirino” todo un jerarca de la montaña haya terminado sus días junto al rey de la montaña.

Esa noche como si la montaña quisiera proteger a sus protagonistas, se desencadeno una intensa nevada cambiando totalmente el paisaje, por lo que “Tapia” decidió dejar a Chirino entre las rocas que tanto gustaba recorrer; quizás en la primavera siguiente los altivos “Cóndores” elevaron su cuerpo para que observase por última vez ese extenso territorio que tantas veces recorrió.

Extraído del libro «HISTORIA DEL DOGO ARGENTINO – ANTIGUA MODERNA Y CONTEMPORANEA». Escrito por el Sr. Jorge Arturo Masjoan.

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