Kathie y Clint, un matrimonio de cazadores canadienses, me contratan para qué los guie a cazar varias especies de nuestra fauna cinegética mayor. Con la particularidad, que Clint cazaba únicamente con arco.
Comenzamos nuestro safari por el más grande, el búfalo de agua, donde el amigo canadiense mostró un gran manejo, experiencia y una excelente puntería abatiendo una gran mole que superaba los 1000 kg. Verlo desenvolverse, más la potencia de su arco y sus terribles flechas, me dieron cierta tranquilidad, aunque las especies que venían, demandaban otro tipo cacería, ahora el estado físico y la habilidad en algunas tareas entraban en juego.
La zona de General Conesa, próxima a bahía Samborombón sería el nuevo escenario a donde iríamos en busca de nuestros grandes cimarrones costeros, de a caballo y con “arco” … modalidad que hasta el momento no había practicado y era todo un desafío para mí.

Pasé por ellos luego de un temprano almuerzo y emprendimos nuestro viaje. Llegamos cerca de las 14 hs al campo y con la profesionalidad que siempre caracteriza a mis amigos Gaby y Jona, (encargados del establecimiento donde cazaríamos) tenían todo listo- “caballos y perros preparados para salir”-.
Es en ese momento cuando Gaby me informa que el camino se encontraba en buenas condiciones y de esa manera podríamos llegar en nuestro vehículo hasta un sector donde nos juntaríamos con ellos, quienes llevarían nuestros caballos de tiro, y de ahí recién saldríamos cabalgando. De esta manera, le ahorraríamos a Kathie y Clint, esas casi dos largas horas de cabalgata que nos demandaban solo llegar al lugar desde donde recién comenzaría nuestra cacería.
Así fue que mientras nosotros subíamos a la camioneta, mis amigos alistaban sus monturas y animaban a 4 de sus perritos empacadores, que cumplen la función de encontrar y sacar a los chanchos de sus dormideros.
Partimos con rumbo a nuestro punto de encuentro y a los pocos metros nos encontramos que el camino no estaba taaaannn bueno como me habían dicho. Obligado a conectar la doble tracción y en ocasiones pasar a fondo pantanos que nos dejaban a ciegas, cubriéndonos de barro todo el parabrisas, provocando gritos de aliento y emoción de mis compañeros que nunca habían vivido una travesía así.
Llegamos al lugar acordado, nos reunimos con mis amigos baquianos y a los segundos los perros ventean y corren hacia los pajonales, levantando un gran chancho a escasos metros nuestro. Su lomo superaba la altura de los matorrales, por lo que le calculé 1 m a la cruz y probablemente superara los 100 kg.
Como pudimos, montamos de a caballo para salir detrás del chancho, no así Kathie que, por nervios, miedo o falta de experiencia, no pudo montar y se quedó a esperarnos en la camioneta. ¡Los caballos a galope tendido, seguían casi solos el torido de los perros, como sabiendo a lo que veníamos!
El chancho no se empacaba con los perros y comenzaba a sacarnos ventaja entre los pajonales, nos ganó un alambre que divide uno de los cuadros del campo, por lo que nos tuvimos que volver un buen tirón hasta una de las tranqueras y recién poder cruzar, con la ventaja que por su tamaño nunca lo perdimos de vista.
El gran cimarrón comenzó a mostrar su cansancio y de a poco acortábamos distancias. Recién ahí pudimos notar que se trataba de un gran padrillo, de grandes navajas en su jeta.
Como los perros lo tenían cada vez más cerca, era inminente que se empacaría y nos daría batalla en cualquier momento. Si es difícil galopar llevando un rifle en la mano o cinchado en la espalda, un arco seguro lo es más y me preocupaba que el agotamiento pudiera afectar a mi amigo.
El cimarrón, tal cual pensábamos, se paró de repente en un claro, desafiante y enfurecido, chasqueando sus dientes, acometía contra los perros, que están enseñados solo a empacar, no a prender, pero igual el peligro es grande por lo que no podíamos demorarnos en llegar en su ayuda.
Bajamos de inmediato de los caballos, y mientras Clint tensaba su arco, yo apunté al padrillo con mi rifle, pudiendo apreciar con claridad sus grandes colmillos. Solo escuché cuando soltó la flecha, no pude ver el impacto, pero sí lo noté en el animal que bufó un par de veces, quiso atropellar a los perros y terminó rápidamente cayendo sobre uno de sus costados.
No alcanzo ni siquiera a felicitar a mi amigo, cuando los perros vuelven a disparar, ventearon otro chancho… Igual de grande al que acabábamos de cazar.
De inmediato volvimos a montar y salimos nuevamente en busca ahora de esta otra gran bestia.
La historia se repetía, los perros casi prendidos no lograban frenarlo.
Llegué con mi caballo a ponerme a su lado para tratar de frenar su marcha y lo único que ocasioné fue que se enojara más y me encarara, reconozco que sentí miedo a que lastimara mi caballo y también por mí. En ese momento llegó Gaby y entre los dos, más la perrada logramos frenarlo, pero Clint estaba demasiado atrás (se demoró acomodando su arco para volver a montar) por lo que tuvimos que rodear al chancho para mantenerlo empacado mientras él llegaba.
Clint desmonta y comienza a acercarse buscando un tiro limpio, a un gran cimarrón que giraba y encaraba tanto a los perros como a nosotros. En cuanto noto que comienza a abrir su arco, saco mi caballo de su línea de tiro y de inmediato suelta su furiosa flecha que traspasa al animal como un papel, pero entre la panza y el vacío… por lo que recarga nuevamente y suelta una segunda flecha; a un chancho sentido y más furioso que nunca, que a esta altura solo quería llevarse puesto con él a alguno de nosotros.
Esta vez sí, la flecha afectó sus principales órganos vitales (como pudimos corroborar cuando lo faenábamos) y a los segundos se desplomó sin vida.
En menos de dos horas habíamos completado una jornada cinegética como pocas; dos grandes cimarrones costeros nos llenaron de vivencias y emociones mezcladas, que seguro siempre quedarán en mis recuerdos. Clint también quedó tan impactado que me pidió le armara una taxidermia de uno de los chanchos y una tabla o panoplia con los colmillos del otro.
Nos quedaban todavía algunas especies por cazar y venía el turno de Kathie quien dejaría su lugar de compañera y espectadora para colgarse el rifle al hombro y cerrar un safari inolvidable.

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