Como un árbol seco

Se cumplía un año exacto desde mi última cacería de colorados en la Provincia de La Pampa, y nuevamente los dueños del Coto La Paz, Ricardo y Manuel Ruiz Pérez (padre e hijo) nos recibían afectuosamente. Luego de los saludos (mates de por medio), comenzamos a bajar nuestro equipaje y a acomodarnos, ya con todo eso listo, nos dirigimos a probar los rifles, algo que nunca está de más… y así asegurarnos que pegaban correctamente. Luego vino el almuerzo y una pequeña, pero reparadora siesta que nos ayudó después de unos largos 800 km desde San Nicolás de los Arroyos, Provincia de Buenos Aires, desde donde partimos.

16:30 la hora indicada para salir cada uno a su apostadero, a la espera de algún buen padrillo de los que hay en la zona. No fue mi noche ¿Me ventearon, un ruido involuntario, y/o cuantas otras cosas a veces nos traicionan y ni siquiera nos damos cuenta? La verdad, nunca lo sabré.

El día siguiente nos encontró muy temprano caminando el monte, animales por muchos lados, pero no me sentía lleno, buscaba algo que todavía no sabía que era… Ya de vuelta en la estancia, Manuel me muestra la foto de una cámara trampa. Ahí estaba, ese era el ciervo que quería, con el que había soñado por años y sabía que mi destino algún día lo cruzaría en mi camino.

– ¿Dormís siesta Roberto? Me preguntó Manuel.
-Ni loco podría después de haber visto eso. Le dije. Y partimos a la zona donde posiblemente se encontraba.

El ojo afinado de mi guía los vio, no era uno, sino dos grandes machos echados y uno era el mío, el mismo que había visto en la foto y tenía grabado en mi retina. Aunque ahora en vivo y en directo todo cambiaba y para mejor.

Esperamos un buen rato para ver que hacían, ya que teníamos el viento en contra, lo que nos obligaba a dar un gran rodeo, sumado al pasto seco que delataba nuestra presencia. De pronto se levantaron y comenzaron a caminar en dirección opuesta a nosotros, verlo caminar de espalda quedó grabado en mi memoria y quizás nunca podré olvidar. Nos apuramos un poco hasta que mi guía, intuyendo por donde pasarían, se sentó en el suelo y me brindo su hombro como apoyo, me senté detrás de él y quedé a la espera por verlos.

-El tuyo es el de atrás Robert, preparate que es el momento. Me dijo Manuel, mientras observaba entre el monte como los ciervos caminaban a trancos firmes, pero intranquilos, como si algo no estuviera bien.

Con mi vista fija en un pequeño claro entre dos espinillos veo aparecer al primer ciervo, pasa por completo y ahora venía el mío; en el momento que se asoma, Manuel lo silba, el ciervo se detiene, mira hacia nosotros; tomé, solté el aire y como si mi corazón y el mundo se detuviera… apreté suavemente el gatillo y dejé que el sonido de mi fusil me sorprendiera. Fueron centésimas de segundos que parecieron eternos minutos, que trajeron a mí ese inconfundible sonido a “pegado”.

Queriendo escapar, negando la realidad… corrió sin rumbo fijo, pero tocado de muerte. Momento desagradable si los hay para cualquier cazador, que ve su presa huir herida.

Caminamos separados intentando dar con el rastro y a no más de 100 m, veo entre la maleza una imponente corona que nacía desde el suelo como un árbol que ya secó. Volvió mi alma al cuerpo y estalló mi reprimida (hasta ese momento) alegría.

– Acá, acá, acá. Le gritaba a Manuel como loco.
– ¿Dónde? Me preguntó él.
-Ahí. Le señalé, no es una rama eso… Y llegaron los abrazos, risas y felicitaciones. Mi trofeo (el más importante hasta el momento) y Manuel lo disfrutaba con mi misma alegría, ahí entendí aún más su pasión.

Sentimientos encontrados me invadieron; miré al cielo y le dediqué esta cacería a quien me hizo amar esta actividad, a mi mentor, a mi amigo, a ¡MI VIEJO! Que hoy ya no está, pero hubiera dado hasta lo que no tengo por haberme fundido en un abrazo con él, aunque sé que de allá arriba me sigue guiando. También recordé las palabras de mi señora, alentándome en todo lo que disfruto y emprendo, que seguro también hubiera disfrutado estar conmigo.

Nuevamente, el reloj marcaba las 16:30 hs cuando entrabamos al casco de la estancia. Todos inquietos esperándonos, ya que era la hora indicada para irnos nuevamente a apostar.

-Dale Roberto, que se nos hace tarde. Me dicen.
-Vayan ustedes, yo por hoy, paso. Les dije.
-¿Por qué, qué pasó? Me preguntaron.
-Cacé mi ciervo. Les respondí y mostrándole las fotos se desató una gran algarabía, donde todos me abrazaban y felicitaban, incluso Ricardo (papá de Manuel) quien había sido mi guía el año anterior, se sumó muy contento a los festejos, entendiendo lo que para ellos es que un cazador logre su cometido.

¡Gracias a la vida por haberme dado esta posibilidad, a mi familia, a mi mujer y compañera incondicional por bancar mi locura, a mis compañeros de caza por hacer este momento tan de ellos como mío, y, por supuesto, a mis guías y amigos Manuel y Ricardo por brindarme la posibilidad de poder cumplir mi sueño!

Roberto Devito

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