Llega marzo, mes que tanto amo, ya que suceden dos cosas grandiosas en mi vida, es mi cumpleaños y comienzan a bramar nuestros imponentes ciervos rojos. Sintiéndome orgulloso de ser cazador y haber nacido en épocas de brama.
En esta ocasión emprenderíamos una nueva aventura con “el turco” un amigo que me dio la vida y esta actividad que tanto veneramos. Nuestro destino sería el sur argentino, donde su majestuosa cordillera invita a vivir una de las más puras cacerías.
Yo me anticiparía a mi compañero, para relevar el lugar y tener ya listo el campamento a su llegada.
Escogí un lugar al reparo de las inclemencias del tiempo y cercano a un gran mallín al que frecuentaban muchas hembras para alimentarse, donde por supuesto también se allegaban machos a pelear por ellas y formar su harem. Uno de los mejores bramaderos de la zona.
Esa primera noche fue algo que difícilmente olvide. La ansiedad y el continuo bramar de esos “Señores” colorados patagónicos, no me dejaron dormir. Incluso sentía un macho a no más de 50 m de mi carpa, lo que me causaba gracia… y no sé por qué, ganas de reírme… algo casi que no puedo explicar con palabras, aunque internamente sé que es por la inmensa felicidad que produce en mí el poder vivir estas situaciones.
Al día siguiente me levanté muy temprano, tome unos mates y comencé a alistar mis cosas para pasar la jornada relevando la zona. Mi compañero llegaría esa noche y para su arribo quería tener una referencia cierta de los ciervos que merodeaban el lugar. Nos habíamos propuesto cazar un ejemplar mejor que el de la brama anterior y seguramente no sería fácil.
Cargué unos sándwiches, agua, binoculares y mi otra gran compañera de caza, mi cámara fotográfica para comenzar a caminar con las primeras luces día.
Durante el trayecto que realicé en la mañana vi gran cantidad de ciervos, pero nada como lo que buscaba o tenía pensado para mi amigo, pude sacar fotos hermosas a ciervos de 11, 12 y 13 puntas, siendo todos jóvenes con mucho futuro, pero mis esperanzas de ver un ciervo grande no cesaban, sabía que detrás de algunas de esas gigantes y maravillosas montañas, en el momento menos pensado, podía aparecer el ciervo que buscaba.
Cerca del medio día comencé nuevamente a trepar para llegar hasta un faldeo desde donde tenía una excelente vista del mallín y hacia una sangría o cortada de montaña, por donde transitaban continuamente los ciervos.
Ahí mismo comí un sándwich y decidí descansar un poco, disfrutando de la espectacular vista que tenía, hasta tuve el placer de cerrar los ojos y con la ayuda de sol, sentir el tibio aire cordillerano que me ayudo a dormir una reconfortante siestita. Creo es el único momento del día donde la naturaleza te da esas horitas de tregua y hay que usarlas para cargar fuerzas nuevamente, ya que la tarde suele ponerse cruda y muchas veces hay que pelearla bastante.
Siendo ya las 4 de la tarde empecé a ver bajar las primeras hembras que se dirigían hacia el mallín y detrás de ellas varios machos jóvenes, que ya había visto y cazado por la mañana, pero esta vez con mi cámara de fotos. La tarde me llenaba el alma, estaba donde me gusta estar, y viendo lo que me gusta ver, mucho movimiento, corridas y peleas por todos lados. Que más podía pedir… ¡Sí, que apareciera la torta!
Faltaba menos de una hora para que la oscuridad ganara el lugar y tuviese que emprender el regreso al campamento, pero no era mi idea rendirme, por lo que seguí buscando con mis binoculares (los cual doy gracias de tener y considero que son clave en cualquier cacería, pero más en las de montaña) en cada rincón de esa inmensidad que me rodeaba, estaba convencido de que el macho grande iba a aparecer, era la hora y el momento perfecto. Y así fue, un potente bramido venía llegando.

No podía verlo, pero sus bramidos me ayudaban a reconocer aproximadamente donde aparecería.
Hasta que luego de esos interminables minutos que parecen siglos, por fin se muestra ante mí. Un soberbio 14 puntas, que desde el filo bramaba incesantemente avisando que había llegado, brindándome un espectáculo que nunca olvidaré y por fortuna pude capturar con mi cámara, parte de ese espectáculo.
Comenzó a bajar lentamente para seguro adueñarse de la situación y por consiguiente las hembras del lugar. Mientras yo terminaba de grabar cada rincón del lugar en mi memoria, y ya imaginaba la estrategia que pondríamos en marcha con mi compañero de caza.
Descendí ya a oscuras, tratando de no alterar el lugar, el cual era un gran concierto de bramidos que pocas veces he vivido.
Llegué al campamento, me preparé y salí al pueblo a encontrarme con mi amigo y compañero “El Turco” con quien luego de comprar algunas provisiones que necesitaríamos, emprendimos rápidamente el regreso a nuestro refugio. Mientras íbamos en camino podíamos escuchar ciervos bramar en todas direcciones y yo no paraba de contarle una y otra vez lo vivido esa tarde.
Una vez en el campamento, comenzamos preparando un café para calentar el cuerpo y alistar nuestro equipo, ya que habíamos decidido arrancar a cazar esa misma madrugada y por supuesto comenzaríamos yendo tras el 14 que había visto bajar al mallín y estaba convencido de que todavía se encontraría allí.
Estábamos a unos 40 minutos caminado a un tranco parejo, por lo que antes de las 5 am salimos en busca de nuestro ciervo. Mi idea era ganarles el cerro por donde atravesaban, por lo que debíamos llegarle con las primeras luces del alba, antes de que el sol de la mañana lo invitara a esconderse en algún fachinal.
La caminata fue alucinante, entre las luces de un cielo puro y estrellado, adornada por el bramido de esos ciervos, retumbando en todas direcciones.
Llegamos al faldeo donde yo había estado esa tarde, con el viento jugándonos una mala pasada, pero teníamos suficiente altura como para que no fuese un problema. Seguimos a oscuras por un buen rato, escuchando una y otra vez rugir esos magníficos animales, pero en cuanto empezó a aclarar comencé a buscar con los binoculares minuciosamente mi ciervo por todo el lugar. Y tal como esperaba, ahí estaba, era el macho dominante y dueño del harem.
Lo veíamos levantar en alto su cabeza y bramar enfurecido, lo que nos erizaba la piel y parecía que se nos saldría el corazón del pecho.
Corría ciervas como rejuntándolas, hasta que noté que sí, las estaba rejuntando, pude comprobarlo cuando vi que ya algunas estaban comenzando a subir la ladera opuesta de donde estábamos. Se nos iba y por la puerta de atrás…
No teníamos mucho por hacer más que ir tras él, pero debíamos esperar que toda la manada subiera para recién poder cruzar el mallín sin ser vistos. La cacería había cambiado, ahora debíamos meterle físico, corazón y garra para poder alcanzarlo. Y se lo hice saber a mi compañero, con mis mejores palabras de aliento y también con algunos insultos piadosos…
Dejamos al pie del cerro las mochilas y solo subimos con lo imprescindible y necesario, yo cargué mi cámara y el rifle del turco (un CZ .300 Win. Mag. con una mira Vortex de 12 aumentos calibrado a 300 metros) para que él llegara lo más entero posible.
Recién llevábamos 200 m de trepada y ya comenzábamos a sentir el agotamiento que nos demandaba ese empinado cerro cubierto de cenizas y piedras sueltas que acobardaba a cualquiera, pero mi compañero sacó a relucir un gran amor propio que no lo dejó rendirse y, trepo a fondo y a la par mía hasta la cima.
Una vez en la cumbre, me asomo lentamente detrás de unas grandes rocas y logro ver las hembras a no más de 100 m de nosotros, pero no el macho, sigo buscando hasta que logro divisar parte de su cornamenta. Alcanzo a indicarle a mi amigo donde estaba para que se prepare a disparar y es cuando una de las hembras nos ve y larga la alerta para que toda la manada comience a correr tratando de ganar un cerro que teníamos en frente.
Seguramente los nervios le jugaron una mala pasada porque sé que mi amigo es buen cazador y tirador, pero se apuró y erró el primer disparo. Me dice entre insultos que se le había escapado el tiro, aunque inmediatamente recargó y el segundo disparo logró impactarlo detrás de la paleta del ciervo cuando este ya se encontraba nuevamente en el filo del cerro. A correr tras él…
Llego primero a la cima y comienzo a buscar desesperadamente el ciervo con mis binoculares, hasta qué logro verlo, estaba parado mirándome, notablemente afectado por el disparo. En ese momento venía el turco y a la carrera y a mano alzada, suelta un disparo letal a la tabla del cogote.
Llegó ese merecido abrazo, las recíprocas felicitaciones y las lágrimas de mi amigo no se hicieron esperar… había logrado superarse ante todas las adversidades que nos puso el terreno de esa áspera y hermosa Patagonia, para que diéramos fin a una cacería de las más puras que el hombre puede experimentar.
¡Ahora solo quedaba volver a casa para compartir esta anécdota entre amigos y seres queridos, con un buen vino y asado de por medio, homenajeando también a nuestra madre naturaleza, por el regalo brindado y por marcar esta nueva historia en lo más profundo de mi CORAZÓN PATAGÓNICO!!!

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