Crónica de un leonero en pandemia

Introducción

La pandemia de 2020 me encontró nuevamente solo, sin más que mis perros.

Aquella vez andaba por la zona de La Pellegrini, provincia de Santa Cruz, en una vasta estancia patagónica que llevaba un buen tiempo deshabitada. Los pumas se habían cebado y aquerenciado en el lugar, diezmando casi toda la hacienda ovina, de modo que sus dueños me llamaron para poner freno al problema.

Mi trabajo consistía en cazar y ahuyentar los leones (como llamamos comúnmente a los pumas del lugar) para que el predio volviera a funcionar.

Una vez en la estancia y, después de acomodarme, lo primero que hice fue buscar refugio para mis perros. Venía un otoño bravo y mi preocupación era que estuviéramos bien protegidos de las bajas temperaturas que se avecinaban. Pero jamás imaginé que una peste como el COVID paralizara al mundo y me tuviera tan mal…

Mi segunda tarea fue reunir los caballos, a fin de comprobar su estado de salud, alimentarlos bien y tenerlos preparados para mis andadas.

La vida de un leonero es, por demás solitaria. Pasamos horas y horas recorriendo extensiones interminables, rodeado nada más que por la naturaleza y nuestros inseparables e incondicionales compañeros, me refiero tanto a los perros como a los pingos que nos toque usar. Por ese motivo necesitan la mejor atención y el cuidado que les podamos brindar.

Este es un trabajo donde no hay domingos ni feriados; se sale todos los días por igual y donde muchas veces: el tiempo, el terreno o la astucia del león que nos toca seguir, nos traicionan. Dejándonos muy lejos para regresar y no queda otra que armar campamento allí mismo y con lo puesto.

Siempre que llego a un lugar nuevo, comienzo haciendo un reconocimiento de la zona para orientarme e identificar los posibles lugares donde habitan o por donde pueden moverse los pumas. Una vez trazado ese mapa en mi mente, la rutina se despliega sin mayores complicaciones.

Durante varias semanas todo marchó con la normalidad habitual del oficio. Salía al alba, recorría, levantaba un rastro y, si el destino acompañaba, cazaba al puma antes de que volviera a matar. Sin embargo, por la radio llegaban noticias cada vez más sombrías de una nueva peste que atosigaba al mundo. Hospitales colapsados, rutas cerradas, pueblos enteros en cuarentena, pero nada de aquello parecía alcanzarme allí.

Mis patrones, aunque cada vez más espaciado, seguían cumpliendo trayéndome provisiones; hasta que una tarde no aparecieron. Entonces comprendí que la pandemia también había cerrado mi línea de abastecimiento.

Con el correr de los días, el alimento y las provisiones comenzaron a escasear. Ahora ya no solo cazaba algún guanaco para que comieran mis perros, si no yo también dependía de esa carne para llenar la olla.

He pasado la mayor parte de mi vida en el campo y solo. Esto me ha enseñado a rebuscármela con lo que haya, pero ahora me faltaba la yerba para el mate, un chorro de aceite, un puñado de sal y tantas otras cosas esenciales a las que estamos acostumbrados, que ni siquiera lo notamos.

Caracoles era el pueblo más cercano, a más de 100km y yo sin más movilidad que un caballo. Noble para las recorridas diarias, sí, pero pequeño ante semejante tirón. Para llegar y volver en la misma jornada tendría que forzarlo a un trote sostenido desde el primer resuello del alba hasta bien entrada la noche, sin darle respiro ni a él ni a mí. Mis huesos, castigados por las heladas, mis manos, mi cara y mis orejas resecas por la escarcha y el viento patagónico, me decían que salir hasta el pueblo, no iba a ser sencillo…

Por suerte, en una de mis recorridas me encontré con un vecino. Muy gaucho y servicial que, al verme falto de víveres se ofreció a abastecerme cada vez que fuera al pueblo, ahí mismo le armé una lista y empezamos a juntarnos esporádicamente.

La última vez que lo vi charlamos (alambre de por medio) durante un buen rato; luego tomé las cosas que me había traído del pueblo y regresé al puesto.

Ese buen hombre que supo ayudarme desinteresadamente en esos difíciles momentos, falleció al tiempo a causas del COVID. Él no lo sabía, pero esa vez que nos encontramos, ya estaba contagiado y me transmitió el virus a mí también.

A los pocos días me empecé a sentir mal. Reconozco que me asusté… tenía fiebre, cansancio y síntomas, además de dolores, que nunca antes había sentido y terminaron por tirarme al catre durante varios días. En la radio, las noticias eran iguales o peores: Cada vez más gente moría en distintos rincones del mundo, y yo, aislado, y sin nada para combatir aquel bicho…

Los días pasaban y esto no aflojaba, hasta que una mañana me dije: «No puedo quedarme un segundo más así, si me tiene que pasar algo, que sea allá afuera, con el sol en la cara y los perros al lado.» Como pude ensillé el caballo y salí.

El aire fresco me quemaba el pecho, pero me hacía sentir vivo…

Después de horas de andar, Juancho (mi perro más viejo) levantó un rastro y ese no se equivoca. Acomodé el esqueleto sobre el mancarrón y partí hacia una de las mejores cacerías que me ha tocado vivir. Pero esa historia se las relataré en otra ocasión; hoy, solo quería contarles como vive un leonero y mucha gente del campo, que cuida y produce lo que ustedes llevan a sus mesas…

Aldo Hidalgo

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