El martes 28 de marzo nos encontró con mi tío Jorge Beloqui, responsable del Coto de Caza San Marcos, esperando la llegada de Pocho y Juan, dos cazadores de la localidad de Tres Arroyos, Prov. de Buenos Aires, que venían a cazar colorados en brama con nosotros. Ni bien llegaron y como a muchos les pasa, querían conocer el campo, por lo que partimos de inmediato al establecimiento, que se encuentra a tan solo 20 km de Quehue, localidad desde donde operamos, y es uno de los más legendarios cazaderos de la Prov. de La Pampa.
Dimos una pequeña recorrida que nos permitió escuchar bramar algunos machos y volvimos al pueblo a organizar todo para el día siguiente.
A las 5:30 de la madrugada del martes nos encontramos con los cazadores en el Club de Caza Valle de Quehue, donde se sumó Checo, quien también oficiaría como guía junto conmigo. Sin más que hablar partimos al campo, donde llegamos antes de las 6:30 hs, con una brama muy cortada, seguramente a causa del fuerte viento que corría.
Designamos los cuadros y partimos aún a oscuras para que las primeras luces del día, nos encuentren ya dentro del monte. Juan salió con Checo como guía y Pocho conmigo.
Nos dirigimos a unas isletas sucias de chañar donde suelen resguardarse los ciervos, pero el viento no solo estaba fuerte, sino que remolineaba y esto hizo que espantáramos dos ciervos sin siquiera verlos, solo escuchamos el tropel de su huida.
Cerca de las 9:00 hs salimos a la picada que dividía los cuadros donde andábamos, nos quedamos un rato esperando por algún ciervo que se dispusiera a cruzar, pero definitivamente no era nuestro día. Decidimos volver al punto de partida donde nos encontraríamos con nuestros amigos. Ellos, al igual que nosotros, la tuvieron complicada, aunque vieron dos ciervos a los que decidieron no tirarles.
El jueves 30 de marzo antes de las 6:00 am estábamos nuevamente en el molino que usábamos como punto de encuentro. ¡El día era el propicio! Mañana muy fresca, con una suave brisa del suroeste. Eran el detonante para que la ciervada bramara como nunca. Juan y Checo optaron por el mismo cuadro de la vez anterior y nosotros encaramos “el quemado”, un potreo de 500 hectáreas de cerrillada y fachinales, difícil de cazarlo, pero el bramerío que había nos cebó… Entramos a oscuras todavía, caminando muy despacio y a los 150 metros nos miramos con Pocho y nos preguntamos: – ¿A qué bramido vamos?
Decidimos encarar uno que bramaba y tosía contantemente claramente enojado. ¡Nos hizo caminar cerca de 1.000 m, cuando en una hondonada nos encontramos con el espectáculo! Nuestro macho bramaba al trote mientras trataba de rejuntar sus hembras que eran acosadas por varetos y otros machos que notablemente querían robárselas. Agazapados detrás de un renuevo, me dediqué a tratar de determinar la calidad del trofeo, que no se quedaba un segundo quieto y no me dejaba observarlo detenidamente. Pude verle primero las coronas en ambos lados y después sus luchaderas, por lo que le dije a Pocho que era un lindo y muy abierto doce. En ese mismo momento aparece a nuestra izquierda y a no más de 15 m un diez tremendo también; Pocho decide tirarle, se acomoda tranquilamente mientras el ciervo nos miraba sorprendido, gatilla y el disparo no sale… el ciervo corre hacia donde estaban los otros, generando que no quedara ninguno.
Lo miro a mi compañero y con una cara de amargura tremenda me dice: -Me olvidé de acerrojar…
Inmediatamente, nos pusimos tras nuestro doce, pero fue cuando escuchamos dos disparos, nuestros compañeros habían tenido más fortuna que nosotros.
Después de unos minutos de charla y “cuando casi nos volvíamos”, creyendo que nuestro animal estaría cruzando los límites de la provincia, el corajudo nos vuelve a bramar, claramente notamos que acarreaba a las ciervas subiendo uno de los sucios cerros. Ya eran las 8:00 hs de seguro, se dirigía a un gran fachinal que usan como dormidero. Encaré sin pensar demasiado y Pocho detrás, llegamos a la punta del cerro y nos quedamos atentos a cualquier sonido. Minutos después larga nuevamente su reclamo, no me había equivocado, el sonido provenía de la ruta que los llevaría al sucio dormidero.
El fachinal me preocupaba, una mala entrada nos haría espantarlo sin garantías de volver a verlo. Por tal motivo decidimos volver de madrugada al día siguiente, al mismo lugar donde lo encontramos por primera vez ¡Cuando vuelva a bramarnos! Lo miro a Pocho y me dice: – ¡Que ganas de entrarle! – Vamos, no te vas a quedar con las ganas, a plata o mierda amigo y nos encaminamos de nuevo tras él. Nos internamos en el sucio con sumo cuidado, aunque a tranco parejo sin perderles pisadas. El corajudo volvió a bramar, pero esta vez a no más de 100 m nuestro. Quietos como petrificados buscábamos cualquier indicio de movimiento cuando volvió a salir al trote detrás de alguna hembra qué pensaría en cortarse, eso nos permitió saber con precisión donde estaba. Le llegamos a 50 m, acomodé el trípode y Pocho quedó listo para tirar, solo nos quedaba esperar a que el ciervo se dejara ver lo suficiente como para lograr un disparo “limpio”. Pudimos notar que se nos metió detrás de un gran caldén y como si se lo hubiera tragado la tierra, no supimos más nada de él. Pasaron esos minutos eternos que solo los cazadores conocemos, cuando de repente sale de su escondite bramando y al trote. Pocho, quirúrgicamente pone el tiro en el único lugar vital que tenía (paleta alto-base del cogote) dejando al ciervo tendido en el mismo sitio donde estaba, le digo a Pocho: – Recargá y vamos – Cuando sus hembras salen desorientadas hacia nosotros, se pararon, nos observaron y rápidamente se perdieron en la espesura del fachinal.
El reloj nos marcaba las 9:00 de la mañana.
Risas, abrazos y mis felicitaciones al cazador, nos hicieron descargar toda esa adrenalina que traíamos. Más contentos todavía cuando notamos que ese doce puntas, era un catorce. Con una punta más por lado, que aunque aún estaban creciendo, sus medidas daban para contarlas como tal.
Acomodamos el trofeo, lo contemplamos un buen rato, no tomamos unas fotos y charlando llegamos a la conclusión: – ¡Que era nuestro ciervo! – Pasaron un montón de cosas para que no lo cazáramos, pero ahí estaba y ya todo lo demás no importaba.

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