Cuando la suerte te acompaña

Nicolás Rolón

Después de tantas ilusiones, preparativos y espera, nuestra brama había llegado.

Ansiosos y con mucho entusiasmo cargamos todo el equipo más nuestras mochilas repletas con lo necesario para acampar unos cuantos días en las Sierras de Coronel Suárez, donde iríamos detrás del Rey, en este caso de las serranías, el Ciervo colorado que habita el lugar.

Rumbeamos con Matías (mi compañero) tranquilos entre charlas y mates de por medio, lo que hizo que el viaje se nos pasara volando, hasta que comenzamos a divisar las sierras y la emoción y/o esa sensación que solo los cazadores conocemos nos empezó a embargar.

Llegamos al campo pasado el mediodía y como primera instancia nos arrimamos a saludar y a noticiarnos con el encargado del campo, quien nos contó que el día anterior, mientras hacía su recorrida habitual, sus perros levantaron un lindo colorado en un gran bosque de pinar que nos señalaba a lo lejos con su mano. Luego de una corta charla, nos llevó hasta donde habían dispuesto para que acampáramos, y hacia allí nos dirigimos. A fondo armamos o “tiramos” todo dentro de la carpa y salimos hacia el pinar, solo con el fusil y una mochila donde cargamos el mate, unos salamines caseros y un pedazo de queso para tirar la tarde.

La distancia era considerable, debíamos cruzar dos sierras que veíamos a lo lejos para llegar a esa mancha verde que era el bosque donde se estaban moviendo los ciervos.

Una vez que llegamos, al pie de la sierra del pinar, nos tiramos entre las piedras a esperar las últimas horas de la tarde y a que los ciervos comiencen a moverse. Cerca de las 5 de la tarde, mi compañero decide salir a dar su primer recorrida; yo me quedo en un lugar estratégico que me permitía ver muy bien la zona. Recorriendo cuidadosamente todo el terreno con los binoculares logro ver en un sector quemado del bosque, algo que minutos antes no estaba. Fijo la vista, y sí, era un colorado que se movía muy despacio. Casi al momento llega mi compañero de su recorrida, había logrado ver unas hembras, por lo que llegamos a la conclusión que ese ciervo se dirigiría hacia donde ellas estaban, ahora debíamos planear como llegarle.

Nos jugamos a hacer un gran rodeo y entrarles por arriba, y al llegar nos encontramos un gran zanjón montoso que nos ayudaría a acercarnos lo suficiente sin ser vistos. Pero el fachinal nos traicionó, los ciervos nos escucharon y pegaron la espantada, salimos rápido en dirección hacia donde los sentimos y en un claro nos paramos a escuchar.

Las sombras de la tarde habían comenzado a caer y se nos dificultaba ver con claridad, pero logro oír unas piedras desmoronarse, y ahí lo veo corriendo cuesta arriba de la sierra que teníamos frente a nosotros. Saco mi mochila y se la ofrezco a Matías, para que la use de apoyo. Se tira al piso, acciona su 7mm y al instante suelta el primer tiro; veo clarito por los binoculares como el ciervo se patea la panza, pero sigue corriendo y es cuando me avisa – va el segundo- para que trate de ver donde pega, aunque no fue necesario… el ciervo recibe el impacto y se vuelca inmediatamente sobre sus espaldas en una muerte instantánea.

Nuestros gritos de alegría, sonaron tan o más fuerte que el disparo y entre risas, abrazos y felicitaciones fuimos hasta donde estaba nuestro trofeo a brindarle el respeto que merece. Una jornada que nunca olvidaremos, reconociendo que la suerte nos acompañó y ayudó, a qué, en tan solo un día, concretemos una cacería que tanto habíamos esperado.

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