Dejando atrás lo que fue para mí, un terrible 2013, (con pérdida de mi trabajo, accidentes y no muy buenas cacerías) encaré el 2014, con el ánimo y optimismo, de que mi suerte debería de cambiar.
Comenzaba marzo cuando Ariel, un gran amigo, me ofrece ocupar su lugar, en la tercera fecha de caza, en un coto del Parque Nacional Lanín, ya que él no podía asistir.
El no conocer las personas con quién viajaría y compartiría 8 días en la montaña, me preocupaba… sumado al dinero que una cacería de estas significa, la falta de equipo adecuado y la preparación física previa que esta aventura demanda; aunque tras muchas dudas, idas y vueltas, acepté. (faltando menos de una semana para la partida)
Aparecieron mis compañeros de caza y amigos de fierro, para alentarme, aconsejarme y hasta surtirme de mis faltantes. Ahora contaba con una adecuada campera, mochila, riflera, binoculares, y hasta unas puntas Nosler, que mi amigo Miguelito se encargaría de recargarme para utilizar en mi viejo y querido Mauser .308 (del que muchos me decían que era poco para el lugar donde iba…) Calibré 1” arriba a 150 m. e hice unos tiros también a 300 m para conocer la caída y/o parábola del proyectil.
La madrugada de un martes partimos de Buenos Aires. Dieciocho horas de viaje hasta nuestro destino me servirían para conocer a Daniel y Hernán, mis nuevos y circunstanciales compañeros de caza. Entre charlas, anécdotas y varios termos de mate, el viaje se hizo más corto y entretenido. (Cabe mencionar que era mi primer viaje a la cordillera, del sur argentino, y me encontraría en un ámbito desconocido para mí hasta ese momento, por lo que debía aprender todo lo posible y absorber, sobre la marcha, todos los consejos que me dieran). Llegamos tarde y fundidos a Junín de Los Andes, donde cenamos y nos hospedamos en la hostería del pueblo para pasar la noche.
A la mañana siguiente, después de un buen desayuno, nos encontramos con Enrique, quien sería nuestro guía, con quien inmediatamente partimos hacia San Martín de Los Andes, a hacer el correspondiente papeleo de ingreso al área de caza del Parque Nacional.
El panorama no era el mejor… en las dos primeras fechas nadie había cazado y si de bramar hablamos, recién hacían dos días, se habían comenzado a escuchar los primeros rezongos.
Arribamos al campamento base cerca de las 5 de la tarde, descargamos todo nuestros equipos y Enrique nos pregunta si alguno de nosotros quería subir en ese mismo momento al mirador más cercano. Yo acepté, y en un pestañar ya estaba sobre un oscurito trepando montañas. Al llegar me acomodé y era como mirar un cuadro… la vista se me perdía en la inmensidad del paisaje natural, más bello que había visto. Antes de bajar y ya casi oscureciendo, alcancé a ver, aunque difusamente, un ciervo atravesando un pequeño claro a unos 250 m desde mi lugar, pero sin la posibilidad de apreciar su cornamenta y mucho menos, tirar.
El segundo día amaneció con llovizna, igual mis compañeros prepararon sus equipos y partieron con todo lo necesario para hacer noche cerca de un mallín muy mentado de la zona, yo hice lo mismo, aunque no me alejé mucho del campamento base. Nuevamente, cuando volvía, alcanzo a ver un ciervo que llamó mi atención por lo clarito (bayo) de su pelaje, pero muy lejos. El ocaso caía rápidamente y no me permitiría ir tras él.
La mañana del tercer día me acompañó Enrique y subimos aún más, llegando a un lugar que me gustó desde el mismo instante en que arribamos y por esas cosas que uno presiente, le tenía mucha fe… Le dije a Enrique: – Yo me quedo acá hasta la noche, andá tranquilo. –
Cerca del mediodía, mientras me entretenía mirando y tomando fotos al Lanín, a un cóndor que me revoloteaba cerca y todo mi entorno, observo que a unos 200 m sale de un faldeo, el mismo ciervo bayo del día anterior. Rápidamente, me acomodé, lo puse en la cruz y un disparo al centro de la paleta lo hizo rodar unos 30 m cuesta abajo. Ahora mi primer ciervo de montaña yacía ante mí; un discreto, aunque hermoso, 9 puntas me colmaba de felicidad y marcaba el camino de lo que estaba por venir…
Llamé por radio a Enrique y en dos horas llegó con los caballos, despostamos y bajamos toda la carne y la cabeza de mi trofeo. Esa noche festejamos con unas buenas milanesas del ciervo, regadas con un buen tinto.
En los días siguientes la brama se activó, pero sin más suerte. El sexto día, a media mañana, decido jugarme la última ficha e ir al mallín dónde fueron mis compañeros los primeros días, a pesar de que no vieron, ni escucharon nada, al menos lo conocería. Cargué la bolsa de dormir, comida agua y marchamos de a caballo durante casi dos horas hasta llegar a un valle, donde se extendía el gran mallín; desmonté y caminé unos 300 m hasta el refugio (que era de plástico – tipo silo). Pegado a este, se encontraba un mangrullo, de unos 5 m de altura (casi en la copa de tres árboles).
Cómo a las 18 hs empezó a bramar un ciervo muy fuerte a unos 500 m dentro del bosque, 40 min después, otro más ronco, le contestaba. Tenía todo en contra para intentar arrimarme (poco tiempo de luz, el viento y el piso forrado en hojarasca y cañas secas), por lo que decidí esperar que tal vez con suerte salgan, pero no fue así. Estuve atento, aunque solo escuchándolos; al oscurecer el bramido más ronco calló, (supuse que perdió la batalla) mientras el primero se mantenía firme y por momentos llegué a escucharlo muy cerca mío, por lo que casi no dormí.
Antes del amanecer ya estaba arriba del mirador con una bruta helada encima, ahora el bramido se escuchaba más lejos y espaciado, cómo que se aleja a lentamente. Pensé, esté loco se va… y se me ocurrió bramarle, nunca lo había hecho, pero Enrique días antes me había enseñado como hacerlo. No tenía más que perder, si no le gustaba se iría del todo… Junté las manos, busqué un tono parecido a lo que escuchaba y me habían enseñado y me largué a bramar, tratando de mejorar a cada intento. Para mi sorpresa y alegría, el ciervo comenzó a contestarme y parecía acercarse cada vez más.
Cuando el sol alumbró el mallín, dejó de contestar. Repetí una y otra vez más el bramido, pero nada… Metí mis manos en los bolsillos de la campera y me quedé inmóvil tratando de escucharlo, mientras también pensaba en lo que pudo ser e imaginaba el animal. Así, por casi 20 minutos; cuando ya lo daba por perdido, de pronto apareció, justo en el rincón donde terminaba el mallín y empezaba el bosque, se adentró unos 15 m en el mallín y miró todo, levantaba la cabeza y venteaba desafiante como buscando a su contrincante. Tomé el rifle, lo miré a través de la mira, bramó una vez, y al no obtener respuesta alguna, dio media vuelta y comenzó a retirarse por donde había llegado.
Me acomodé, le di todo el aumento a la mira (se seguía viendo chico…) calculé por el tamaño del animal en el retículo, que estaba a unos 400 m; levanté la cruz sobre el lomo, a la altura del centro de la paleta (recordando la prueba que hice en el polígono en 300 m antes de salir) y solté el disparo, rogando al Gauchito Gil y San Huberto que la adrenalina no me haga fallar el pulso.
¡Escuché el sonido de la trayectoria de la bala y el golpe! Veo que el ciervo trastabilla y desaparece de mi vista… ¡Le pegué! Bajé y traté de tranquilizarme mientras temblaba de la emoción. Improvisé unas plantillas de aislante para rellenar las botas de goma (tres números más grande) que me prestó Enrique en caso de que tuviera que atravesar el mallín, marqué un punto con el GPS y salí a rastrearlo.
Al llegar al lugar donde estaba el animal al momento del disparo comprobé 353 m. por GPS. Seguí las pisadas erráticas por el mallín y a unos 40 m. comencé a sentir su característico olor y pude verlo, estaba con las cuatro patas para arriba y las guampas enterradas en el barro. Cuando al fin lo di vuelta no lo podía creer, 15 puntas bien formadas, parejo, buen color, grueso, y más de un metro de apertura. Un millón de emociones me desbordaron y casi se me pianta un lagrimón. Lo único que atiné fue a dar gracias y soltar un fuerte sapucay, seguido de una gran mentira… ¡NO CAZO MÁS!
Para mi suerte, el disparo entró justo detrás del codillo, cortó la parte superior del corazón, atravesó la costilla y quedó contra el cuero del otro lado, dándole un fin merecidamente rápido. Esta vez el faenado y transporte de la cabeza y carne se dificultó más aún, pero esta experiencia realmente vale todo esfuerzo y sacrificio.
¡Llegué al campamento ya de noche, cansado, con olor a sangre, ciervo, barro y sudor… pero feliz!
Completamente satisfecho de haber vivido la experiencia como yo quería que fuera y soñé… Sé que la suerte estuvo de mi lado en todo momento y tuve promesas que cumplir por ello.

Si este relato llega a ustedes: Hernán, Daniel y Enrique, les digo nuevamente gracias… por haberme permitido ser parte de esa experiencia, que nunca la olvidaré.
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