Devorador de Hombres

Por Carlos Rebella

La leyenda suele confundirse a veces con la realidad, más aún cuando se trata de incidentes acaecidos en regiones remotas, donde la promiscuidad, pobreza e ignorancia, se combinan en un coctel fecundo para la imaginación. En los antiguos pueblos enclavados en las islas del delta occidental de Bengala – India – acecha el terror y el desconsuelo vestidos con ropajes de tigre, un frecuente devorador de hombres que diezma a sus habitantes sin misericordia. Panthera tigris, oriundo de ese y otros países del oriente asiático, es un carnicero peculiar por su astucia y fortaleza, Este último rasgo, fue comprobado por dos científicos ingleses, que legitimaron su fuerza durante un avistaje casual: un tigre adulto, jalando a un búfalo de aproximadamente 600 kilos de peso hacia el interior de la jungla, donde devoró gran parte de su flanco, unos 20 kilos de carne. Todo un titan de la selva. Habitante de extensas comarcas con alta densidad demográfica, su presencia histórica se remonta a más de dos millones de años, según los fósiles hallados en diversas regiones. La hermosa pelambre, a rayas negras y amarillas, es comparable a nuestra huella digital, ya que su patrón es único e irrepetible, cualidad que facilita la investigación y seguimiento científicos. Alcanza los 3 metros desde la cola al hocico; uno hasta los hombros; 300 kilogramos de peso y puede salvar diez metros con un solo salto. Territorial y solitario, vive en constante peligro de extinción debido a la caza furtiva, comercio de pieles y despojos, y justicia por mano propia de los afectados por sus ataques. Además, la desafortunada tradición asiática, que atribuye propiedades afrodisíacas y/o curativas a la ingestión de pelos, garras, huesos y carne del hermoso listado, ha contribuido en gran medida al diezmo de la especie. No obstante, el fenomenal trabajo de la Worl Wildlife Fund, recuperó, a través de la operación Salvad al Tigre, gran parte de su esplendor pasado, multiplicando los 200 ejemplares que subsistían en la India – la mayor parte en Parques Nacionales y zoológicos – hasta la cifra de 6000, según el último censo realizado. Este aspecto positivo se opaca, lamentablemente, con el incremento de los luctuosos episodios que provoca en uno de sus distritos más extensos, Bangla Desh y sus 8000 kilómetros cuadrados. Las víctimas, moradores extramuros de la ciudad, pertenecen a los antiguos pueblos recolectores de caza y pesca, abundantes en los manglares costeros y las selvas impenetrables. Este ambiente es ideal para la actividad predadora de la fiera, ya que la espesura, que por exuberante se vuelca como cascada sobre los ríos del Delta, posibilita letales emboscadas a los pescadores y comerciantes, que costean los cauces para tender sus redes o trasladarse. Según el guarda fauna Anil Nath, “… la emigración de felinos, proveniente de lejanas regiones castigadas por el furtivismo y el desarrollo intensivo de la agricultura, acrecentó los riesgos, ya que, sostiene, todos los tigres son devoradores de hombres…”

Solamente en el mencionado distrito, más de 200 personas mueren anualmente bajo sus garras, lo que ha motivado a la W.W.F, a idear novedosos artilugios a fin de controlar los daños. Aunque los guardias están autorizados a disparar sobre los animales que se acercan demasiado a las colonias, o son individualizados como atacantes potenciales, se han ensayado algunos experimentos y ardides con resultados alentadores. Entre ellos la distribución, en las zonas afectadas, de réplicas en arcilla con el mismo aspecto y tamaño de los aldeanos. Estos peleles, vestidos con ropas en desuso para que exhalen olor humano, están dotados de un mecanismo automático, que se acciona cuando el tigre lo agrede, descargando un fuerte shock eléctrico que, sin causar daños irreparables, es suficiente para que la bestia recuerde de por vida la experiencia. Se ha comprobado que, por lo menos dos felinos, la sufrieron con buenos resultados, ya que los espantajos no solo quedaron indemnes, sino que a pocos pasos se detectaron los revolcones del cazador cazado. Por otra parte, los nativos practican, desde hace siglos, otro ritual disuasivo: sabiendo que generalmente la fiera ataca por la espalda, se colocan mascaras con aspecto humano y ojos enormes sobre la nuca, con la esperanza que, al sentirse enfrentado, desista del asalto. El felino embiste siempre a una sola persona, aunque se incluya en un grupo numeroso. La elige cuidadosamente – a veces acechando varios días -, salta sobre ella, la sujeta fuertemente entre sus fauces, y con la presa entre las patas delanteras, se pierde en la fronda. Prueba de esa extraña e inexplicable selección, es un caso reciente: un ejemplar, ya cebado, arremetió contra un conjunto de lugareños, derribó a uno de ellos a su paso, y se dirigió rectamente hacia la presa escogida, a la que hirió severamente y arrastró, aun con vida, hacia la espesura. Son muy pocas las personas que han sobrevivido a estos ataques, y quienes lo han logrado se convierten en mito. Uno de ellos, Singhn Megnath, consiguió subsistir al encontronazo, aunque tuvo el triste privilegio de presenciar la muerte de un familiar.

 

Escuchemos sus palabras:

 “… al comienzo de la tarde, mientras caminaba junto a mi hermano por la orilla del río, con el fin de recoger los aparejos de pesca, mirábamos con miedo a las sombras del bosque que reclinaba sus ramas sobre la costa. Sin oír algún crujido que lo delatara, en un santiamén apareció la enorme figura del diablo rayado que, con un rugido ensordecedor se abalanzó sobre mí. Caí al suelo y me defendí como pude, gritando con todas mis fuerzas, agitando los brazos y golpeando sobre la enorme cabeza que buscaba mi cuello. Mi hermano, armado solo con un garrote, comenzó a apalearlo en el lomo, logrando que me soltara, pero la bestia se volvió contra él, clavó los dientes en la garganta, y se lo llevó hacia lo profundo del monte…”

Sin embargo, a pesar de tantas vidas truncadas, las tradiciones milenarias y la mitología popular, confluyen en una extraña dicotomía: cual síndrome de Estocolmo, los sentimientos de los aldeanos para con el tigre son ambiguos, ya que no ven al feroz como un enemigo, al que hay que exterminar. Es aceptable – para ellos – matarlo cuando ataca, pero no olvidan “…que el Dios de los grandes felinos, Dakhin Roy, puede mudar su aspecto de hombre a bestia en un instante. Cuenta la leyenda que, alguien con su apariencia, se llevó a Dukhey, un niño de 10 años. Todos los vecinos y familiares rogaron durante tres días y sus noches, a la diosa protectora Bana Bibi para que se lo regrese, a lo que accedió empleando sus mágicos poderes. El rescate ofendió y enfureció al Dios Tigre por la interferencia de Bibi, quien aterrorizada y temiendo su venganza, recurrió a Barkhand Gazi, otro Dios llamado Sabio del Bosque, para qué interviniera. Gazi, como mediador, dispuso que el niño fuera devuelto sano y salvo, pero con la condición que, en el futuro, los aldeanos y el tigre deben respetar su tierra…

Más cerca de la realidad que la tradición oral, y repasando la historia de los grandes cazadores del siglo XIX, encontramos al mítico Jim Corbett, (1875-1955), quien fuera contratado en repetidas oportunidades por el gobierno británico, para acabar con los tigres que asolaban su Colonia, un azote incontrolable, que diezmaba a los obreros ocupados en el tendido de vías férreas, y afectaba a la ganadería. Si bien los detalles de su vida novelesca recorrieron el mundo, uno de los episodios que protagonizó, llevado al cine, fue el acto de arrojo que acabó con la vida del famosísimo tigre de Champawat, una localidad de la India. El animal, que había inmolado a casi 500 aldeanos comprobados oficialmente, mantenía aterrorizada a una vasta región, al punto que los nativos salían armados con teas encendidas, para mantenerla alejada. Corbett fue convocado en lugar de Eddi Knowles, otro famosos white hunter, que había fracasado en sus múltiples intentos para ultimaro. La tigresa – en definitiva era una hembra –  hacía tiempo que asolaba Kumaon y Nepal, donde luego de ultimar a 34 personas, fue perseguida sin éxito por un escuadrón militar. El legendario Jim, instalado en el lugar de los hechos, comprobó que la última hazaña consumada, fue la muerte de una anciana que se dirigía al arroyo, en busca de agua. Hacia ese lugar partió, acompañado por 6 porteadores y equipo suficiente para una larga batida, sin omitir recomendar a los aldeanos, que mantuvieran un gran fuego en el patio del villorrio, para ahuyentarla, lo que no evitó que, durante las tres noches siguientes, rugiera enardecida a escasos 100 metros de las chozas. Desde el lugar en que había consumados su último ataque, el gran cazador fue tras sus huellas hasta descubrir los restos de la víctima, esparcidos en un pequeño radio. Los hindúes, respetuosos de sus mitos, recogieron algunos huesos para incinerarlos, y de ese modo asegurarse que tendría descanso eterno. Mientras Corbett, más terrenal, buscó un árbol próximo para instalar un atalaya, esperando que regresara por los restos del cadáver. Acechó durante varias noches, infructuosamente, hasta que llegó la noticia de que había vuelto a sus andanzas en otro poblado más o menos cercano: destrozó y comió a una joven recolectora de miel silvestre. Acudió rápidamente, y reconoció la pisada: era la misma tigresa. Como la muerte había ocurrido pocas horas antes, supuso – con razón – que no podría andar lejos, ya que después de haber engullido a buena parte de la pobre muchacha, buscaría un lugar frondoso para la digestión. Debió seguirlo solo, ya que los nativos, aterrados, se negaron a acompañarlo. Aun así, con promesa de recompensa, logró que escalara un barranco vecino y desde allí, descargaran salvas de fusil a una señal convenida. Jim se internó en una hondonada oscura por la densa vegetación, hasta que de pronto observó que, a pocos metros, los matorrales se mecían al paso de un animal de gran porte. Sin apartar la vista de la posible guarida, disparó al aire, y de inmediato, una formidable descarga de fusilería forzó al animal a desplazarse en su dirección. Segundos después, durante un instante, alcanzó a ver fugazmente la mancha amarilla. Quitó el seguro de su poderoso express calibre .500, cargado con pólvora negra modificada con cordita, acertando a medias, ya que escuchó su rugido y el ruido de su cuerpo atropellando los arbustos. Herida, e imposibilitada de cruzar la quebrada desde donde cañoneaban, se mantuvo a pocos metros del cazador quien, derrochando audacia, avanzó apuntando a la nada. De pronto, como un rayo, la enorme bestia apareció cargando furiosamente: casi al vuelo volvió a gatillar, con tan buena suerte que le acertó en la boca, con lo que quedó definitivamente exánime. La algarabía de los pobladores, al sentirse liberados de su cruel enemigo, no tuvo límites, aunque no dejaron de rendir el tributo que Dios Tigre merecía.

Un reconocimiento posterior de la presa, permitió comprobar el motivo de su predilección por los seres humanos: la vieja hembra, seguramente protagonista de innumerables combates, mostraba varios colmillos y molares faltantes o rotos, lo que le impedía cazar con eficacia. De cualquier manera, el tigre que resultó tigresa se convirtió en leyenda, y Jim Corbett, o Jim de la Selva como pasó a la inmortalidad, agregó otro trofeo a su record invencible.                                    

Carlos Rebella.

La leyenda suele confundirse a veces con la realidad, más aún cuando se trata de incidentes acaecidos en regiones remotas, donde la promiscuidad, pobreza e ignorancia, se combinan en un coctel fecundo para la imaginación. En los antiguos pueblos enclavados en las islas del delta occidental de Bengala – India – acecha el terror y el desconsuelo vestidos con ropajes de tigre, un frecuente devorador de hombres que diezma a sus habitantes sin misericordia. Panthera tigris, oriundo de ese y otros países del oriente asiático, es un carnicero peculiar por su astucia y fortaleza, Este último rasgo, fue comprobado por dos científicos ingleses, que legitimaron su fuerza durante un avistaje casual: un tigre adulto, jalando a un búfalo de aproximadamente 600 kilos de peso hacia el interior de la jungla, donde devoró gran parte de su flanco, unos 20 kilos de carne. Todo un titan de la selva. Habitante de extensas comarcas con alta densidad demográfica, su presencia histórica se remonta a más de dos millones de años, según los fósiles hallados en diversas regiones. La hermosa pelambre, a rayas negras y amarillas, es comparable a nuestra huella digital, ya que su patrón es único e irrepetible, cualidad que facilita la investigación y seguimiento científicos. Alcanza los 3 metros desde la cola al hocico; uno hasta los hombros; 300 kilogramos de peso y puede salvar diez metros con un solo salto. Territorial y solitario, vive en constante peligro de extinción debido a la caza furtiva, comercio de pieles y despojos, y justicia por mano propia de los afectados por sus ataques. Además, la desafortunada tradición asiática, que atribuye propiedades afrodisíacas y/o curativas a la ingestión de pelos, garras, huesos y carne del hermoso listado, ha contribuido en gran medida al diezmo de la especie. No obstante, el fenomenal trabajo de la Worl Wildlife Fund, recuperó, a través de la operación Salvad al Tigre, gran parte de su esplendor pasado, multiplicando los 200 ejemplares que subsistían en la India – la mayor parte en Parques Nacionales y zoológicos – hasta la cifra de 6000, según el último censo realizado. Este aspecto positivo se opaca, lamentablemente, con el incremento de los luctuosos episodios que provoca en uno de sus distritos más extensos, Bangla Desh y sus 8000 kilómetros cuadrados. Las víctimas, moradores extramuros de la ciudad, pertenecen a los antiguos pueblos recolectores de caza y pesca, abundantes en los manglares costeros y las selvas impenetrables. Este ambiente es ideal para la actividad predadora de la fiera, ya que la espesura, que por exuberante se vuelca como cascada sobre los ríos del Delta, posibilita letales emboscadas a los pescadores y comerciantes, que costean los cauces para tender sus redes o trasladarse. Según el guarda fauna Anil Nath, “… la emigración de felinos, proveniente de lejanas regiones castigadas por el furtivismo y el desarrollo intensivo de la agricultura, acrecentó los riesgos, ya que, sostiene, todos los tigres son devoradores de hombres…”

Solamente en el mencionado distrito, más de 200 personas mueren anualmente bajo sus garras, lo que ha motivado a la W.W.F, a idear novedosos artilugios a fin de controlar los daños. Aunque los guardias están autorizados a disparar sobre los animales que se acercan demasiado a las colonias, o son individualizados como atacantes potenciales, se han ensayado algunos experimentos y ardides con resultados alentadores. Entre ellos la distribución, en las zonas afectadas, de réplicas en arcilla con el mismo aspecto y tamaño de los aldeanos. Estos peleles, vestidos con ropas en desuso para que exhalen olor humano, están dotados de un mecanismo automático, que se acciona cuando el tigre lo agrede, descargando un fuerte shock eléctrico que, sin causar daños irreparables, es suficiente para que la bestia recuerde de por vida la experiencia. Se ha comprobado que, por lo menos dos felinos, la sufrieron con buenos resultados, ya que los espantajos no solo quedaron indemnes, sino que a pocos pasos se detectaron los revolcones del cazador cazado. Por otra parte, los nativos practican, desde hace siglos, otro ritual disuasivo: sabiendo que generalmente la fiera ataca por la espalda, se colocan mascaras con aspecto humano y ojos enormes sobre la nuca, con la esperanza que, al sentirse enfrentado, desista del asalto. El felino embiste siempre a una sola persona, aunque se incluya en un grupo numeroso. La elige cuidadosamente – a veces acechando varios días -, salta sobre ella, la sujeta fuertemente entre sus fauces, y con la presa entre las patas delanteras, se pierde en la fronda. Prueba de esa extraña e inexplicable selección, es un caso reciente: un ejemplar, ya cebado, arremetió contra un conjunto de lugareños, derribó a uno de ellos a su paso, y se dirigió rectamente hacia la presa escogida, a la que hirió severamente y arrastró, aun con vida, hacia la espesura. Son muy pocas las personas que han sobrevivido a estos ataques, y quienes lo han logrado se convierten en mito. Uno de ellos, Singhn Megnath, consiguió subsistir al encontronazo, aunque tuvo el triste privilegio de presenciar la muerte de un familiar.

Escuchemos sus palabras:

 “… al comienzo de la tarde, mientras caminaba junto a mi hermano por la orilla del río, con el fin de recoger los aparejos de pesca, mirábamos con miedo a las sombras del bosque que reclinaba sus ramas sobre la costa. Sin oír algún crujido que lo delatara, en un santiamén apareció la enorme figura del diablo rayado que, con un rugido ensordecedor se abalanzó sobre mí. Caí al suelo y me defendí como pude, gritando con todas mis fuerzas, agitando los brazos y golpeando sobre la enorme cabeza que buscaba mi cuello. Mi hermano, armado solo con un garrote, comenzó a apalearlo en el lomo, logrando que me soltara, pero la bestia se volvió contra él, clavó los dientes en la garganta, y se lo llevó hacia lo profundo del monte…”

Sin embargo, a pesar de tantas vidas truncadas, las tradiciones milenarias y la mitología popular, confluyen en una extraña dicotomía: cual síndrome de Estocolmo, los sentimientos de los aldeanos para con el tigre son ambiguos, ya que no ven al feroz como un enemigo, al que hay que exterminar. Es aceptable – para ellos – matarlo cuando ataca, pero no olvidan “…que el Dios de los grandes felinos, Dakhin Roy, puede mudar su aspecto de hombre a bestia en un instante. Cuenta la leyenda que, alguien con su apariencia, se llevó a Dukhey, un niño de 10 años. Todos los vecinos y familiares rogaron durante tres días y sus noches, a la diosa protectora Bana Bibi para que se lo regrese, a lo que accedió empleando sus mágicos poderes. El rescate ofendió y enfureció al Dios Tigre por la interferencia de Bibi, quien aterrorizada y temiendo su venganza, recurrió a Barkhand Gazi, otro Dios llamado Sabio del Bosque, para qué interviniera. Gazi, como mediador, dispuso que el niño fuera devuelto sano y salvo, pero con la condición que, en el futuro, los aldeanos y el tigre deben respetar su tierra…

Más cerca de la realidad que la tradición oral, y repasando la historia de los grandes cazadores del siglo XIX, encontramos al mítico Jim Corbett, (1875-1955), quien fuera contratado en repetidas oportunidades por el gobierno británico, para acabar con los tigres que asolaban su Colonia, un azote incontrolable, que diezmaba a los obreros ocupados en el tendido de vías férreas, y afectaba a la ganadería. Si bien los detalles de su vida novelesca recorrieron el mundo, uno de los episodios que protagonizó, llevado al cine, fue el acto de arrojo que acabó con la vida del famosísimo tigre de Champawat, una localidad de la India. El animal, que había inmolado a casi 500 aldeanos comprobados oficialmente, mantenía aterrorizada a una vasta región, al punto que los nativos salían armados con teas encendidas, para mantenerla alejada. Corbett fue convocado en lugar de Eddi Knowles, otro famosos white hunter, que había fracasado en sus múltiples intentos para ultimaro. La tigresa – en definitiva era una hembra –  hacía tiempo que asolaba Kumaon y Nepal, donde luego de ultimar a 34 personas, fue perseguida sin éxito por un escuadrón militar. El legendario Jim, instalado en el lugar de los hechos, comprobó que la última hazaña consumada, fue la muerte de una anciana que se dirigía al arroyo, en busca de agua. Hacia ese lugar partió, acompañado por 6 porteadores y equipo suficiente para una larga batida, sin omitir recomendar a los aldeanos, que mantuvieran un gran fuego en el patio del villorrio, para ahuyentarla, lo que no evitó que, durante las tres noches siguientes, rugiera enardecida a escasos 100 metros de las chozas. Desde el lugar en que había consumados su último ataque, el gran cazador fue tras sus huellas hasta descubrir los restos de la víctima, esparcidos en un pequeño radio. Los hindúes, respetuosos de sus mitos, recogieron algunos huesos para incinerarlos, y de ese modo asegurarse que tendría descanso eterno. Mientras Corbett, más terrenal, buscó un árbol próximo para instalar un atalaya, esperando que regresara por los restos del cadáver. Acechó durante varias noches, infructuosamente, hasta que llegó la noticia de que había vuelto a sus andanzas en otro poblado más o menos cercano: destrozó y comió a una joven recolectora de miel silvestre. Acudió rápidamente, y reconoció la pisada: era la misma tigresa. Como la muerte había ocurrido pocas horas antes, supuso – con razón – que no podría andar lejos, ya que después de haber engullido a buena parte de la pobre muchacha, buscaría un lugar frondoso para la digestión. Debió seguirlo solo, ya que los nativos, aterrados, se negaron a acompañarlo. Aun así, con promesa de recompensa, logró que escalara un barranco vecino y desde allí, descargaran salvas de fusil a una señal convenida. Jim se internó en una hondonada oscura por la densa vegetación, hasta que de pronto observó que, a pocos metros, los matorrales se mecían al paso de un animal de gran porte. Sin apartar la vista de la posible guarida, disparó al aire, y de inmediato, una formidable descarga de fusilería forzó al animal a desplazarse en su dirección. Segundos después, durante un instante, alcanzó a ver fugazmente la mancha amarilla. Quitó el seguro de su poderoso express calibre .500, cargado con pólvora negra modificada con cordita, acertando a medias, ya que escuchó su rugido y el ruido de su cuerpo atropellando los arbustos. Herida, e imposibilitada de cruzar la quebrada desde donde cañoneaban, se mantuvo a pocos metros del cazador quien, derrochando audacia, avanzó apuntando a la nada. De pronto, como un rayo, la enorme bestia apareció cargando furiosamente: casi al vuelo volvió a gatillar, con tan buena suerte que le acertó en la boca, con lo que quedó definitivamente exánime. La algarabía de los pobladores, al sentirse liberados de su cruel enemigo, no tuvo límites, aunque no dejaron de rendir el tributo que Dios Tigre merecía.

Un reconocimiento posterior de la presa, permitió comprobar el motivo de su predilección por los seres humanos: la vieja hembra, seguramente protagonista de innumerables combates, mostraba varios colmillos y molares faltantes o rotos, lo que le impedía cazar con eficacia. De cualquier manera, el tigre que resultó tigresa se convirtió en leyenda, y Jim Corbett, o Jim de la Selva como pasó a la inmortalidad, agregó otro trofeo a su record invencible.                                    

Carlos Rebella.

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