Dos axis al atardecer

Andrés Mariani

Indudablemente, quienes introdujeron desde el exterior los primeros ejemplares de ciervo Axis, a la bonaerense Estancia San Gerónimo, no imaginaron una adaptación tan rápida y auspiciosa. La particular especie, que se caracteriza por su librea alazana con manchas blancas, no se detuvo en la provincia de Buenos Aires, continuando su expansión a otras, con hábitat tan distinto como La Pampa, San Luis, Entre Ríos, Corrientes y otras, al punto de convertirse en una amenaza para la seguridad vial, y un azote para los productores agropecuarios.

La mayoría de las aventuras tras las huellas de uno de los cérvidos más hermosos, se suelen dar entre los meses de noviembre a marzo; a juzgar por mi gusto personal, me inclino por el primero para dar caza a este mamífero, ya que: a esta altura del año, la mayoría de los chitales ha dejado atrás el velvet (felpa que recubre las simples, pero a su vez, hermosas astas en forma de lira, compuestas por miles de vasos sanguíneos, que aportan los nutrientes necesarios para su desarrollo). Además, el calor y los mosquitos no son tan agobiantes como en pleno verano; -los que han caminado los montes correntinos, saben de lo que hablo- y está claro que como la temporada recién comienza: los lugares de caza no están tan movidos, como decimos en la jerga.

Así es como cada noviembre, casi religiosamente, semanas antes de la partida, comenzamos a preparar todo el equipo que vamos a usar; y porque no, el que llevamos, -por si lo llegamos a necesitar-, dejando atrás las grandes urbes para ausentarnos un par de días.

Una fuerte lluvia primaveral nos sorprendió el día D, y nos puso en una disyuntiva; mi amigo Javier por un lado argumentaba: que debíamos cancelar y dejar para cuando las condiciones sean más favorables. Por el otro, quien escribe, ciego por el indisimulable deseo de aventurarnos en un nuevo lance venatorio, sugería hacer el viaje. Justificando que íbamos a ver el clima cuando llegáramos, y si este no era propicio, entonces prometía regresar; sabiendo antes de decir estas palabras, que una vez allí, no daríamos marcha atrás.

Sobre que arribamos en destino las nubes no daban un buen presagio, augurando dar por tierra toda esperanza, y así fue, acabados los papeles de rigor en la oficina de fauna allí dispuesta, comenzó a llover torrencialmente. La cual nos puso un dilema en medio; es difícil describir en palabras, aquello que nos impulsa a cometer actos prácticamente de forma no deliberada, sabiendo, que vamos a exponernos a situaciones de frio, calor, lluvia, dolor y cansancio, siendo que en otras circunstancias, no las haríamos. Por eso bastó con una mirada cómplice, para dar con una decisión unánime de partir rumbo al campo lo antes posible, y así, anticiparnos a una ruta intransitable.

De esta forma, comenzó una de las experiencias que guardo con gran cariño en mi memoria; muchos kilómetros de barro, lluvia en medio de una noche oscura, empinadas subidas que amenazaban con dejarnos en alguna zanja al costado del camino -sin mencionar que la señal de teléfono se había perdido varias leguas atrás-.

Cada vez avanzábamos se hacía más difícil el tránsito, por lo que dictaminamos detener la marcha en casa de un conocido y pedir resguardo por esa noche, no queríamos correr riesgos innecesarios. Fuimos bienvenidos en una galería de tierra, repleta de perros, como toda casa de campo; donde puede faltar cualquier cosa, menos el mejor amigo del hombre. Eso sí, -la picazón del día siguiente, nada tenía que ver con pulgas-, una carpa armada en el aire, algo de carne a las brasas en una noche cerrada, y a descansar.

Luego del pernocte repleto de sueños sobre pintados esquivos y cuernas enormes, nos sorprendió la madrugada, como no podíamos seguir viaje, optamos por probar suerte en el campo de esta persona.

Rifle a la espalda, balas al bolsillo, y mucho barro por caminar; una pequeña linterna hacía las veces de ayuda para esquivar algún tronco caído, o dar pasó por un cañadón. El sol comenzaba a asomar en el naciente, y casi sin darnos cuenta fijábamos las retinas entre algarrobos y espinillos, tratando de convencernos, que cada sombra podía ser el lomo de tan preciado animal.

Después de seguir algún bramido lejano sin resultados, regresamos sobre nuestros pasos; para darnos cuenta, que una mañana cálida y algo de viento, eran todo lo necesario para secar la ruta que nos conduciría al campo, donde teníamos todas las cartas jugadas.

Ya con los bártulos arriba de la camioneta, salimos rumbo a nuestro destino final. Campamento rápido y cada uno para su lado. Javier y Reinaldo tomaron dirección norte para dar un rodeo más grande, y con José fuimos con el levante de frente, el cual nos bendecía con una suave brisa sobre nuestros rostros, aliviando el calor y la humedad de la tarde.

Tras varios kilómetros de caminata, procurando cuidar todos los detalles, y esquivando algún que otro arroyo que no se podía pasar por las recientes lluvias, llegamos a un gran claro; a lo lejos, una lomada verde brillante, los carpinchos tomando sol, posaban al costado del agua, sin inmutarse si quiera un poco por nuestra presencia, la calma era absoluta.

La sombra de un árbol caído, hizo la suerte de refugio por unas horas, mientras manteníamos los oídos atentos a cualquier cambio en el ambiente. Cada tanto, algún parloteo de loro nos volvía a poner alerta; cuando de pronto, desde las entrañas del monte, llegaba ese sonido que resonaba como un eco interminable a la distancia, dando más sentido a todo el esfuerzo realizado, y me hacía pensar – a que cazador vertebrado no se le levanta el ritmo cardiaco cuando escucha la brama, por más que regresemos una y otra vez, cada una de las ellas, se vive como la primera-.

El berrido metálico de un semental, evidenciaba que estaba en celo, intentando reunir a su harén de hembras o bien, para dar combate a otros rivales, siendo este último el caso. Se lo podía oír cada vez más cerca, bramidos espaciados, pero firmes. La ansiedad se acrecentaba a cada minuto, suplicando, que el viento no cambie de sentido, o que una hembra nos ventee antes de tiempo; aguardamos sin mover un pelo, con la vista firme, pensando que podía llegar a salir al claro, para así, tener una mejor oportunidad; pero eso nunca paso, todo indiciaba, que se iba a quedar donde estaba, por algo llegó a viejo.

Resolvimos aproximarnos nosotros, corriendo el riesgo de cometer un error; había muchos charcos por las lluvias del día anterior, por esto, todos los pasos eran muy bien pensados. A cada nuevo ronquido que delataba su posición, acelerábamos la marcha, pretendiendo mermar la distancia. Otra pausa eterna; y cuando creíamos que lo habíamos perdido, a unos 60mt llegamos a ver cruzar entre un hueco que formaban las ramas, el candil: extenso, llegando hasta cerca de la punta de la vara principal. Muchos nervios recorrían cada fibra de nuestro ser, sabiendo que se trataba de un gran macho. El momento había llegado.

En ese punto, el monte era un poco cerrado, por lo cual, procuramos quedarnos donde estábamos, transcurrieron unos minutos, de esos que parecen horas; cuando de pronto, a unos 20mt delante de nosotros, asoma otro hermoso “astudo”, que no era el que habíamos visto momentos antes; su cornamenta con un color perfecto: derivado de exponer el núcleo óseo al sol, aire, y las resinas de los arbustos de la zona -donde frota su cornamenta, para quitar la felpa que las recubre, tomando así, su tono definitivo-, con un total de 10 puntas, (contando los pitones que superaban el cm de largo). Y lo más singular, -una tercer vara- entre la luchadora derecha y la vara principal; animal que siempre esperé encontrar. Decidí que no se podía dejar pasar esa oportunidad, quitando el seguro en simultáneo cuando me llevaba la culata al hombro, coloque delicadamente la cruz de la mira en la paleta; un sonido ensordecedor movió todo el monte, el astado acusa el golpe y corre hacia adelante.

Y por si era poco, con toda la euforia que se podía sentir en el aire, observamos que justo detrás de este, aparece el Axis que habíamos visto pasar momentos antes, no se había percatado para nada del estruendo del .300wm. Con sus infinitas varas que casi llegaban a su cola, y el hocico mirando al cielo; intentaba pasar por debajo de un espinillo, con la firme intención de seguir dando pelea al otro macho, disputándose el honor, de ser quien sirva a las hembras del harén.

Tan enceguecido con su oponente, jamás se dio cuenta de nuestra presencia; nuevamente encaro el rifle con firmeza, el dedo que se mezcla suavemente con el sensible gatillo, y otro estallido que truena dando sentencia. Este gigante siente el impacto, voltea hacia atrás y sale disparado como una flecha; todo esto, en no más de 5´ de diferencia.

La ansiedad a esta altura casi nos sobrepasaba, nos movemos unos pocos metros del lugar, para poder comprobar que “El Distinto”, yacía sin vida. Media vuelta y fuimos atrás del otro.

Observando cada señal en el suelo, alguna mancha de sangre, una pisada firme en el barro, pastos removidos, con los oídos curiosos a cualquier pájaro que diera alerta sobre su paradero, todo es útil.

De repente, una vara que cruje, levantamos la vista, y podemos verlo pasar como una centella entre las espinas; el proyectil que silba sobre su lomo lo movilizo aún más, aceleró la carrera y se nos perdió de vista. Está claro, que con el diario de lunes, la cosa se ve diferente, no debería haber hecho ese tiro a la carrera. Intentamos cortarle el paso y nos movimos hacia donde se suponía, podía llegar a pasar; en el santiamén que dio una pausa a su eufórica carrera, supe que era el momento: para dar fin a esta cacería, o solo quedarme con un recuerdo amargo.

Una segunda descarga a la paleta y cayo rendido sobre sus patas, con toda la majestuosidad que puede tener tan grácil animal, endeble pero imponente.

Nos acercamos con cautela, bala en recamara, y listo por si se levantaba; (el Axis, y lo eh podido comprobar, es uno de los animales más duros para rendirse, levantándose en el periquete menos pensado). Luego de ver que no se iba a reincorporar, apreciamos con mucha excitación el tamaño descomunal de este animal, el color de su pelaje, las dimensiones extraordinarias de su cornamenta (por donde se la mire). Permanecimos en silencio, con la mirada perdida y los pensamientos confusos, jamás habíamos visto algo igual, quizás parecido, pero nunca como este.

Con prisa, porque el sol descendía abruptamente sobre nuestras cabezas, cargamos toda la carne que las mochilas nos permitían, y el resto se dejó colgado bajo la sombra de un árbol, para regresar temprano por la mañana siguiente a buscarlo; porque al final, que mejor que poder compartir con familia y amigos la carne de caza.

Las sonrisas fijas en nuestros rostros, daban cuenta de la sensación extraña que teníamos por este hecho. Un viaje que estuvo a punto de perecer antes de comenzar; sumado a la posibilidad de ver, a dos bestias a la par disputando el territorio y el harén de hembras, cada cual más impresionante, y llegando a poder darle caza a ambos. Además, mi amigo Javier, también obtuvo un hermoso ejemplar, todas eran buenas noticias.

Tranquilad daba saber, que seguro, había dejado descendencia en aquella zona; la noche en el campamento, pasó con asado de por medio y muchos festejos, difícil conciliar el sueño.

Recueros que nunca se borraran… así esperamos al menos…

Andrés Mariani

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