Cuando en rueda de cazadores se habla de los “cinco grandes” de la caza mayor se hace alusión al elefante, al león, búfalo, rinoceronte y leopardo. Pero existen otros “cinco grandes” de los que poco o casi nada se dice, pese a que también son muy difíciles de obtener, casi tanto o más que los anteriores. Y las razones son varias: primero, porque hay que realizar varios safaris para tener posibilidades de conseguirlos, dado que habitan en regiones pertenecientes a varios países; segundo, porque salvo el sable en el sur de África, el resto ofrece innumerables dificultades para poder cazarlos; tercero, porque quien quiera tenerlos en su colección debe estar preparado física y mentalmente para soportar grandes sacrificios y frustraciones. Estos “cinco grandes” son: bongo, nyala de montaña, eland de Derby, sitatunga y el sable. El que tenga la suerte de lograrlos puede estar seguro de poseer cinco de los diez trofeos más importantes.
En este capítulo trataré de relatar la cacería del que yo considero el más espectacular de todos por su belleza increíble: el bongo, fantasma de los bosques tropicales, animal casi mítico que arrastra tras de sí un cumulo de leyendas y supersticiones.
Su habitad típico es la foresta húmeda de los países centroafricanos, vive en esa especie de infierno verde que son las grandes selvas tropicales, se conoció su existencia en el siglo pasado, en la parte oeste del Continente Negro y recién mucho más tarde se encontró otra variedad en las montañas Aberdares y el Monte Kenia.
Es un animal de aspecto macizo y fuerte, patas relativamente cortas, hechas más para la fuerza que para la velocidad, su color es de un rojo oscuro brillante con doce o catorce franjas blancas verticales, dos manchas blancas entre los ojos y dos más pequeñas debajo de ellos. Su peso oscila en los machos adultos entre los doscientos y doscientos cincuenta kilos. Ambos sexos tienen cuernos, aunque en las hembras son mucho más chicos y finos, tienen forma de lira y su color es marrón tirando a negro con puntas marfileñas.
Rowland Ward, a efectos de su clasificación, acepta dos variedades. La del este, que vive en Kenia y difiere de la otra en color, más oscuro, presentando también algunas diferencias craneales y en sus cuernos que son algo más largos. Y la variedad del oeste cuya distribución es mucho más amplia, vive en Cameroon, Rep. Centro Africana, Sudán, Gabón y el Congo.
Es un animal de extrema timidez y sumamente elusivo, vive como ya dijimos en la oscuridad de las más densas forestas lluviosas en la cuales se mueve con una agilidad y silencio increíble. Todas sus características hicieron que siempre la palabra bongo estuviera rodeada de un hálito de misterio y fantasía, así los nativos Azande del Congo y Sudan no comen su carne por considerar que es transmisora de la lepra, superstición que al parecer fue alentada por los ingleses para tratar de que no lo cazaran y disminuyera el número de bongos ya de por sí escaso. Los pigmeos de la selva de Ituri dicen que el bongo duerme durante el día prendido de las ramas de los árboles colgado de sus cuernos, en un intento de explicar sus casi fantasmales apariciones y desapariciones.
Todo este cúmulo de circunstancias y leyendas hicieron, junto a su magnificencia como trofeo, que ese animal sea considerado el número uno de África y tal vez del mundo.
Naturalmente que también estaba en mis sueños el poder cazar uno, pero en mis sueños tímidos, por todas las dificultades que significa conseguirlo. En esos momentos solamente dos países ofrecían su cacería: La República Centroafricana y Sudán; entren de elegir y después de muchas consideraciones, me decidí por este último, que aparentemente era el que mayores oportunidades ofrecía. Afortunadamente no me equivoqué ya que en sus forestas habita el grupo más numeroso de bongos de todo el Continente.
Diez horas de jeep por caminos no muy malos me llevaron de Juba a Yambio y de allí al campamento de James Diko que sería nuestra base de operaciones. El trayecto fue uno de los más agradables de todo el safari, pues una vez que hubieron transcurrido los primeros kilómetros o algo así, que resultaron monótonos, el camino comenzó a serpentear, primero por el costado y luego por el medio de grandes forestas. A ambos lados del camino veíamos plantaciones de mangos y piñas, las poblaciones nativas se sucedían casi sin solución de continuidad y durante todo el trayecto encontramos hombres y mujeres Azande dedicados a cuidar sus pequeños huertos ayudados por infinidad de chiquillos desnudos. De vez en cuando nos cruzábamos con una partida de caza compuesta de tres o cuatro individuos armados de redes de cáñamo, lanzas y arcos que se dirigían a la espesura para cobrar pequeños antílopes, generalmente duikers, monos, tal vez algún bushbuck.
El campamento también fue el más lindo de todos, plantado en medio de la selva, estaba rodeado de una empalizada de cañas y ramas, grandes mangos sombreaban nuestras tiendas; más que dar sombra diría que impedían directamente el paso del sol, pero le daban al ambiente un tono amarillo rosado con sus frutos maduros, matizando así, un verde que casi lastimaba los ojos. En el centro estaba el comedor, el único recinto construido con materiales del lugar y siguiendo las formas de las chozas nativas, redondo, con piso de tierra apisonada, techo muy alto de paja y cerrado en sus lados por cañas partidas por la mitad, tenía una gran mesa de troncos, dos heladeras a kerosene y en un costado el equipo de radio que nos mantenía en contacto con el mundo exterior y con los otros campamentos, y por medio del cual nos enterábamos de todos los chimentos. Aunque no habláramos, todas las tardes lo conectábamos y simplemente escuchábamos los distintos problemas de cada uno de los otros campos y sabíamos del éxito o fracaso de los demás cazadores.
Al bongo tenía pensado cazarlo con un 375 Holland, un rifle con caño Krupp montado en una acción Mauser, muy liviano a pesar de su calibre, de encare perfecto, miras de hierro, es decir un “fierro” ideal para tiro rápido en monte cerrado. Lo primero que hice ni bien llegué fue probarlo con un par de disparos a cincuenta metros, tiraba perfecto, así que no tuve que tocarlo para nada.
Entre una cosa y otra llegó la hora de la cena sin que me diera cuenta, y con ella las novedades alarmantes, un cazador alemán con el que compartía el campamento por unos días, como al pasar me hizo saber que ése era su tercer safari de veintiún días dedicados exclusivamente a buscar bongo; en los dos anteriores ni siquiera los había visto. Su cazador profesional, para “darme ánimos” seguramente, comentó que un norteamericano que tenía una de las grandes colecciones del mundo de trofeos de caza mayor, había dedicado setenta y un días en cuatro caerías hasta poder cazar uno, ¡linda perspectiva!
Mi guía era Carlos Fortunato, un angoleño de origen portugués que trabajó durante años en su patria con la compañía de Hernáni Esphina hasta que tuvo que huir cuando estalló la guerra civil. Bajito, muy morocho, incansable y gran profesional, con él cimentamos una buena amistad.
A las tres y media de la madrugada tocaron diana, con el entusiasmo propio ante una cacería inminente, devoré un buen desayuno y nos pusimos en marcha. Después de andar unas dos horas en jeep por picadas realmente malas llegamos cuando empezaba a clarear al área que habíamos elegido para nuestro primer intento. Dejamos el Toyota y empezamos a caminar por un lugar relativamente abierto pero con una vegetación que nos llegaba más arriba de la cintura; a los cinco minutos ya estábamos totalmente empapados por el rocío y así serían todos nuestros días venideros: mojados de la mañana a la noche, ya por la lluvia, ya por el relente. Tuvimos suerte, pues enseguida encontramos una huella fresca de bongo, que nuestros dos pisteros, David y Wilson, inmediatamente empezaron a seguir. Fue un largo andar de horas, hasta más o menos las once, por los lugares más intrincados que uno puede imaginar, en muchas ocasiones tuvimos que avanzar en cuatro manos, increíble que un animal de más de doscientos kilos anduviera portales sitios e increíble también la habilidad de los rastreadores para seguir la pista sobre un colchón de hojas podridas.
Fue una lección de rastreo admirable, se iban turnando en el seguimiento y ayudándose mutuamente. Cuando las pisadas se perdían se abrían en semicírculo hasta volverlas a encontrar; en más de una oportunidad dejaban las huellas y seguían en línea recta para cortar camino sabiendo que no tendrían dificultad en volver a encontrarlas.
Finalmente decidimos abandonar la persecución, los rastros nos conducirían a una espesura realmente impenetrable donde no hubiera tenido caso seguir buscando.
La tarde transcurrió de idéntica manera, con la única diferencia de que dos forest hog le dieron un poco de emoción; los vimos entre los arboles cuando estaban hozando en la tierra en busca de comida e hicimos un intento de aproximación, pero todo nos fracasó debido a un brusco cambio de viento, cosa muy normal en la selva. Fue una verdadera lástima ya que son aún más raros que los bongos.
El día siguiente fue más de lo mismo, un larguísimo andar siguiendo huellas que finalmente no nos condujeron a nada.
Al tercer día cambiamos de lugar, fuimos a un área nueva que estaba en la frontera con Zaire; como ésta no está marcada pienso que las más de las veces cazábamos en dicho país y no en el Sudán, fue uno de los lugares más maravillosos que vi en mi vida: arboles de una altura hasta difícil de imaginar, que más parecían colgados del cielo que brotados de la tierra, impedían completamente el paso del sol; apenas unos rayos de luz se atrevían a cruzar el follaje para bailar como duendes en la penumbra eterna, monos cuya presencia se presentía mas que se veía, jugando su ronda entre las hojas, mil pájaros distintos entonaban sus cantos en honor de los dioses que moran en esas catedrales vegetales; un canto a veces suave, a veces estridente, que trepando en un rayo de luz llegaba hasta el cielo.
Las flores manchaban con su color atrevido la pureza del verde perenne, ora de un rosa en las orquídeas que colgaban de los árboles, ora de un rojo sangre en una especie de campánulas que se abrían a flor de tierra; el blanco purísimo de una especie de jazmineros se mezclaba sin recato con el amarillo de unos lirios gigantes. No sólo era mezcla de colores, era también confusión de aromas que se chocaban, se entrecruzaban y se superponían unos a otros casi con violencia para golpear la cara y meterse debajo de la piel de quienes tienen la suerte de caminar esos lugares.
Andábamos en silencio, no sólo porque así lo exigía la cacería, sino también por respeto, por momentos tenía la impresión de que estábamos haciendo algo indebido, hollando territorio que pertenecía a los dioses rojos de la jungla que hechos mariposas recorren permanentemente sus dominios.
Llegamos a un salero muy frecuentado a juzgar por los rastros impresos en el suelo húmedo, esos saleros son depósitos naturales de minerales diversos, manganeso, hierro, calcio, fósforo, etc., a los cuales los animales concurren casi diariamente.
A través de tantos años fueron cavando huecos con la lengua donde se pueden ver los distintos estratos que componen esos depósitos.
Continúa…
Caza Mayor (África)
By José María Sodiro
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