Wilson fue recorriendo el laberinto de pisadas desde el salero hacia el monte, hasta que encontró el de un macho grande.
Empezamos a seguirlo, hacía muy poco que había pasado, las posibilidades eran buenas; primero se dirigió hacia un claro cubierto de espadañas que en la época de las grandes lluvias seguramente se convertía en una gran laguna, luego se internó nuevamente en la selva, dos kilómetros, tres, no lo supe. Es difícil calcular las distancias cuando se camina cambiando continuamente de dirección, luego otro claro con vegetación no muy espesa, ¡qué lugar para encontrarlo! Unos tallos recién cortados dado que la savia aún manaba de ellos, nos anunciaron que el bongo estaba cerca, muy cerca. Quité el seguro del rifle y redoblamos la atención; súbitamente David, el segundo pistero, señaló hacia adelante, fue la visión fugaz de una mancha roja a unos cien metros, ¡ya estaba! La emoción secaba la boca y se convertía en temblor en las manos. Y de repente una familia de bushpigs salió de entre unos matorrales y nos vieron, tras unos segundos de sorpresa, emprendieron la huida en todas direcciones haciéndonos perder una gran oportunidad. Llegamos al lugar donde habíamos visto la mancha roja del bongo y encontramos sus huellas en el suelo húmedo, un rápido vistazo nos bastó para confirmar lo que ya sabíamos, había salido corriendo asustado.
– ¿Qué te parece, Carlos, lo seguimos? – pregunté.
-Condenados bichos – me contestó ¿ya era nuestro! No sé es muy difícil que se vuelva a detener, está alarmado.
-Son casi las diez. Otro rastro, aunque lo encontremos, ya no será muy fresco, me gustaría seguir este un poco más – insistí -, tengo la corazonada de que lo volveremos a ver.
David y Wilson pensaban lo mismo que yo.
– ¡Vamos a intentarlo otra vez!
Y tuvimos razón, al poco de caminar vimos que sus huellas iban nuevamente al paso, mí presentimiento no había fallado, aunque esta vez fue el viento el que nos jugó en contra. En uno de los habituales cambios que se dan en las selvas, de darnos en la cara pasó en fracciones de segundo a soplar desde atrás y por segunda vez sus rastros nos dijeron que había vuelto a salir corriendo, esta vez más cerca de nosotros que la otra, a unos cuarenta metros, ¡qué condenada suerte! Los bushpigs y el viento nos quitaron por dos veces una oportunidad espléndida.
Como la dirección que había tomado el bongo era, en líneas generales, la misma que debíamos seguir para llegar al jeep, volvimos a seguir sus pisadas: una vez más empezó a ir al paso, pero no lo pudimos alcanzar más, estaba muy asustado y si bien no corría, su marcha era rápida y decidida. Evidentemente no quería ningún trato con nosotros y ya no se detendría hasta que estuviera a varios kilómetros de distancia en algún lugar impenetrable.
Cuando llegamos al Toyota nos encontramos con una media docena de nativos que esperaban nuestro regreso para ofrecernos en venta mangos y unas piñas tan grandes y jugosas como en mi vida había probado. Nunca me podré imaginar cómo diablos encontraron el jeep, o como sabían que estábamos allí; con un par de libras sudanesas compramos fruta para un regimiento y de paso averiguamos datos sobre bongos. También ofrecimos una recompensa para quienes nos informaran por medio de mensajeros del dormidero de algún duiker de lomo amarillo, especie muy rara, tímido habitante de las grandes forestas.
Ya no tenía la más mínima duda sobre las dificultades de la cacería, tenían que darse muchas circunstancias favorables para cazar mi tan ansiado trofeo: primero encontrarlo, luego verlo, que el viento fuera favorable y que no cambiara, que nada se interpusiera para espantarlo, que ninguno de nosotros pisara una rama inoportuna, que fuera un animal de buenos cuernos y por último que le pudiera pegar en las fracciones de segundos que seguramente me daría para tirarle.
La búsqueda de la tarde tuvo lugar en un sitio no muy alejado del campamento que Carlos llamaba “lugar mágico” tanto por su especial encanto como por el hecho de que en ese lugar, como por arte de magia, en un par de ocasiones se le habían aparecido los bongos. Pero esa vez las hadas de los bosques nos fallaron ya que lo único que vimos fue un warthog que cacé para aprovisionarnos de carne para el campamento, de la que andábamos bastante escasos.
Así mas o menos fueron transcurriendo los días, días larguísimos de caminatas increíbles, normalmente andábamos entre seis o siete horas a la mañana y cuatro o cinco a la tarde. El bongo se había transformado en una obsesión, no había otro tema ni para mí ni para el alemán con el que compartíamos el campamento. Él no había visto ninguno, los muchachos de staff también se habían contagiado de nosotros y andaban todo el día taciturnos; el embrujo había descendido sobre todos y ya nadie reía, ni siquiera María, la esposa de Carlos, que siempre contenta y sonriente solía alegrarnos con sus ocurrencias desopilantes.
Las noches se hicieron un tormento con sueños de animales rojos con rayas blancas, todo esto unido al sonido de tambores que sonaban desde el ocaso hasta el amanecer. Una familia Azande que vivía a poca distancia del campamento había perdido a uno de sus miembros y, según sus costumbres ancestrales, debían velarlo dos días y dos niches, para luego sepultarlo en el patio dela vivienda y después seguir con los ritos funerarios consistentes en cantos, bailes y el incesante batir de tambores durante otros cuatro días y sus respectivas noches. Sólo eso aseguraría que el espíritu del muerto reposara en paz, por supuesto que todo iba acompañado de abundantes libaciones de “Marisa”, una bebida obtenida de la fermentación de la mandioca.
No había dudas de que la zona estaba bien poblada de bongos, las numerosas huellas que a diario encontrábamos lo demostraban claramente, la cuestión era verlos. Muchas veces los oímos y en dos oportunidades tuvimos la desesperante sensación de saber que estaban a unos quince metros de nosotros pero sin poder avistarlos. Un día en el “lugar mágico” seguimos los rastros de uno por varias horas hasta que dimos con él; estaba descansando en un sitio demasiado cerrado; cuando nos oyó salió disparando como una explosión roja, apenas alcancé a ver el anca y la punta de los cuernos nada más. Imposible hacer nada, ni siquiera atiné a levantar el rifle, yo rogaba a Dios que un bongo me diera solamente tres segundos: uno para verlo, otro para levantar el arma y el tercero para apuntarle; solamente eso me bastaría.
– ¿Qué te parece si lo llamo a Antonio Guerreiro por radio? – me propuso una tarde Carlos-. Tú lo conoces, es el mismo que encontramos cuando veníamos a este campamento, sabe de bongos más que nadie, y además tiene una suerte especial.
-Por mi perfecto- le respondí a esta altura del safari, con los días que pasan como el viento, cualquier cosa que intentemos es válida, hasta usar trampas, veneno o minas magnéticas…
-De acuerdo, en este momento no tiene ningún cliente- continuó Carlos- estoy seguro de que estará encantado de venir, ni bien sea la hora de la radio me voy a comunicar con él.
Así se hizo, y a la tarde siguiente llegó Antonio con una sonrisa amplia de satisfacción por haber sido llamado. Bajito y un tanto regordete, como Fortunato, había nacido en Angola y allí se había iniciado como cazador profesional. Los guerrilleros del M.P.L.A. lo habían tenido atado al tronco de un árbol para fusilarlo, pero la muy oportuna intervención de un oficial negro de dicho frente, que le debía un antiguo favor, lo había salvado con la condición de que dejara Angola para siempre. Así se encontraba entonces, repartiendo su tiempo entre la temporada de caza en Sudán y su familia en Portugal. Trazamos durante la cena los planes para el día siguiente y nos fuimos a acostar.
Una lluvia suave nos encontró cuando aún era oscuro todavía, caminando por un sitio nuevo y no muy alejado del campamento; por cábala, Carlos se había quedado en el jeep, solamente íbamos Antonio, uno de los rastreadores, David y yo, más el Game Scout que por ley sudanesa debe acompañar siempre a cualquier partida de caza.
Cruzamos una foresta muy cerrada donde los hermosos monos colobus blancos y negros nos espiaban con sus caritas de ancianos pícaros y llegamos a un lugar relativamente abierto. Enseguida encontramos huellas de una manda compuesta por unos diez o doce bongos hembras y de un par de machos; seguimos todas sus evoluciones por algo más de una hora hasta que se metieron en la selva.
-Mejor los dejamos tranquilos y volvemos a la tardecita- sugirió Antonio – no tiene sentido seguirlos en la foresta; los vamos a espantar y no los vamos a ver más, cuando empiece a oscurecer tal vez los veamos ramoneando en este mismo claro.
Aceptada la idea seguimos caminando en la dirección adonde habíamos dejado el jeep, aún era temprano, las ocho y algo apenas. De pronto encontramos los rastros de un macho. Por el tamaño de los mismos, debía ser muy grande, y eran frescos, muy frescos.
– ¡Las seguimos, Antonio? – le pregunté.
-Sí, por supuesto – me contestó – es una linda oportunidad, prepárate y ni bien veas algo rojo no te demores en tirar, es un macho muy grande, seguro que tiene buenos cuernos.
En Azande le ordena a David que siga las huellas con mucho cuidado, nos ponemos en marcha, a los cinco minutos los rastros entraron a la selva, ¡ya no valía la pena seguirlo! ¡Qué lástima y que mala suerte!
Pero ese bongo tenía su destino fijado, ya que casi enseguida vimos nuevamente los rastros saliendo otra vez hacia una parte más abierta.
-Ya lo tenemos – me dice Antonio en un susurro – está muy cerca, recién salió del monte, estate listo.
¡Como si alguna vez hubiera dejado de estar listo!
Más que caminar, nos posábamos sobre el suelo para no hacer ningún ruido, el viento era bueno y la tensión enorme; la rotura de una ramita nos hubiera hecho saltar como resortes.
En un momento dado David, que marchaba adelante, me hizo señas frenéticas para que me acercara, cuando lo hice me susurró “¡bongo!”, señalándome algo unos treinta metros adelante. Lo único que conseguí ver fue una mancha roja del tamaño de un plato, ¿pero qué parte del cuerpo estaba viendo? ¿la paleta? ¿el anca? ¿la panza? No lo sabía, ni en ese momento me importó, no creo haber demorado más de una fracción de segundo en encarar el .375 y apuntar. Al sonar el disparo no vi ni oí nada más, solamente la voz de Antonio que decía:
-Es tuyo, ¡le pegaste!
Volamos hacia a donde estaba, yo no podía creer que le hubiera acertado, pero así era. Dando sus últimos estertores estaba el trofeo más maravilloso de Arica, el fantasma de los bosques que tanto había buscado y soñado estaba ante mí. Una alegría indescriptible me embargaba, entre abrazos con David, con Antonio y con el Scout, fueron pasando los primeros momentos.
Cuando estuve un poco más sereno me puse a contemplar mi animal, increíblemente hermoso. Fantástico, treinta y dos pulgadas de cuernos, muy alto, altísimo en la clasificación del S.C.I. pero eso no importaba demasiado, los records no me interesan en sí mismos, solamente los tengo en cuenta porque un animal que entre en el Libro es un buen trofeo, representativo y un poco más, de la especie. Me importaba haberlo conseguido y haberlo hecho limpiamente, ganándole en su propio terreno. Ya no había más cansancio ni frustraciones, ni noches envela por el temor de volver con las manos vacías. Solamente la ausencia de Carlos, mi fiel guía, empañaba un poco el momento.
¡Habíamos andado tanto juntos para después cazarlo con otro! En fin, así suele suceder en este deporte maravilloso, imponderables que escapan a nuestro manejo. De cualquier manera el abrazo con el que nos confundimos cuando llegamos al jeep, alejó la sombra que por un momento quiso cubrir mi alegría.
Caza Mayor (África)
By José María Sodiro
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