El chuzo

Agustín Jensen

Allá por junio del 2018 y cuando ni siquiera habían volteado los ciervos de ese año, recibo el llamado de mi estimado cliente y amigo correntino José María (con quien ya habíamos compartido varías jornadas cinegéticas), para reservarme una fecha de caza en la próxima brama.

Con el reto condicional que el viaje lo estaba organizando con tres amigos cazadores, que hasta el momento solo habían cazado en encierros. Por lo que me dice: -«Mirá chamigo, esta gente todavía no tuvo la oportunidad de cazar un colorado en campo abierto, así que te pido que tengas esa consideración. No me puedes hacer quedar mal Ehhh».

La brama del 2019 comenzó espléndida, por la cantidad y calidad de machos que merodeaban la zona, también por lo tendida y continua que se presentaba.

El 19 de marzo del 2019, pasado el mediodía, recibo a José María y su grupo de amigos cazadores. Luego de los saludos y presentaciones pertinentes, los acompañé a sus habitaciones a que pudieran alistarse para salir a cazar esa misma tarde. Hicimos una merienda rápida mientras asignaba los cuadros del campo y el guía a cada cazador. Y así fue, como de a poco cada una de esas parejas salió a buscar su ciervo.

Poco antes de las 17:00 hs nos encontrábamos con Ricardo, el cazador que yo guiaría, sentados bajo un caldén, esperando… No habían pasado más de treinta minutos y oímos un primer bramido. Fue el detonante para que los demás machos del lugar comenzaran a hacer lo mismo y la brama se empezó a afirmar para convertirse en ese entorno en el que todo cazador quiere estar presente.

Inmediatamente, decidimos comenzar recechando un ciervo que bramaba a unos 800 m nuestro, al cual pudimos llegarle limpiamente y para nuestra sorpresa no era uno, sino dos jóvenes machos, por lo que seguimos de largo en busca de un ejemplar adulto y representativo del monte pampeano. Así continuó nuestra tarde, avistando varios ciervos entre hembras y juveniles a los que solo contemplamos tranquilamente.

Comenzaba lentamente a caer el ocaso cuando escuchamos “el rezongo” que me puso la piel de gallina, ese que con los años aprendí a diferenciar y reconocer. Estaba convencido de que no era un ciervo cualquiera.

Fuimos tras él, pero fue en vano… No emitió más sonido y cuando llegamos al lugar desde donde rezongó, ya no estaba. Aunque pude identificar su rastro y no me había equivocado, marcaba unas grandes, abiertas y gastadas pezuñas con sus pichicos bien distanciados, característico de un macho adulto.

Lenta y sigilosamente emprendimos nuestro regreso, no quería alterar demasiado el lugar porque el rastrerío me hacía entender que solía desplazarse a menudo por ahí.

De regreso a la estancia, muy ansioso y entusiasmado Ricardo me dice: Agustín, yo quiero cazar “ese ciervo”. Mis dichos habían despertado en él la ilusión de cazar lo que podía ser un ciervo muy particular.

Al día siguiente pusimos banca en el mismo lugar, corriendo la misma suerte que la jornada anterior. Así pasaron tres difíciles días de caza, nuestro ciervo no bramaba y solo lo habíamos escuchado rezongar en pocas oportunidades.

Pero… ¡Cometió un error! Su rastro continuo terminó de convencerme de que estábamos sobre la ruta a su dormidero.

Para el cuarto día de caza debíamos cambiar de estrategia o buscar otro ciervo, el grupo llevaba cazado 5 trofeos y nosotros nada. Por lo que decidí tenderle una emboscada sobre su ruta. Lo esperaríamos antes que entre a un fachinal de piquillines donde siempre lo perdíamos y de seguro tendría su dormidero.

Esa mañana salimos a oscuras y nos quedamos agazapados esperándolo. Cuando cerca de las 7 am escuchamos otra vez ese característico rezongo. Nos dejó con las palpitaciones a mil y la adrenalina empujando por salir. Lo teníamos a no más de 300 m. nuestro, ahora para mí, venía lo más difícil, lograr llegarle y ponerlo a tiro del cazador, sumándole la dificultad que no teníamos mucho tiempo para verlo y difícilmente volviera a rezongar.

Empezamos a rececharlo muy despacio, cuidándonos de no ser vistos o venteados y de cualquier ruido que pudiéramos ocasionar. De pronto nos encontramos con su cuadrilla de hembras, venían tranquilamente pastando en nuestra dirección. Nuevamente, nuestra adrenalina a su máxima potencia y la ansiedad por ver “ese ciervo” que tanto buscábamos, nos volvían locos.

Esos eternos minutos seguían corriendo y nuestro colorado no aparecía… Ya comenzaba a impacientarme. Me reincorporé lentamente, tomé mis binoculares y busqué en todas direcciones, con las precauciones de tener a las hembras a menos de 100 m nuestro.

¡Hasta qué! En las blancas ramas de un caldén fogueado, percibo un movimiento, me detengo a mirar con atención y por fin…  Ahí estaba ese gran macho que tanto trabajo nos dio verlo y nos había desvelado por tres días. ¡Cuando lo vi quedé paralizado: es un chuzo impresionante y muy largo! Le dije a Ricardo.

El chuzo por minutos estuvo tapado por las ramas del caldén sin darnos un tiro limpio, cuando de pronto notó que sus hembras seguían moviéndose y lentamente salió tras ellas. Le indiqué a mi compañero un pequeño claro a unos 70 m de donde estábamos y que seguro por su recorrido iba a atravesar. El ciervo no hizo más que asomar la cabeza y Ricardo soltó los 187 grains de su S. Mannlincher 8×68, impactándolo en la tabla del cogote. ¡Imaginen lo que fue eso! Se me desapareció el ciervo del binocular.

Mi compañero recargó nuevamente su fusil y salimos de inmediato donde yacía el ciervo caído. Cuando recién pudimos comprobar que tuvo una muerte inmediata, comenzamos de a poco a relajarnos y pudimos contemplarlo por largos minutos, rindiéndole su debido homenaje.

Esa mezcla de emociones que veníamos cargando se convirtió en un fuerte abrazo, ya que de nuestras bocas no salían palabras que pudieran manifestar lo que sentíamos. Teníamos ante nosotros un MONSTRUO y de tan solo 8 puntas.

Fue un gran chuzo o asesino, como solemos llamarlos, por la principal característica de no poseer horqueta o corona en el extremo de su cornamenta, lo cual ocasiona que, al pelear con otro macho, no traben sus astas en la parte superior, convirtiendo esas dos largas y puntudas chuzas en letales espadas que provocan en numerosas oportunidades graves y/o hasta mortales lesiones a su contrincante.

Sin subestimar ninguna de las presas que tuve la oportunidad de hacer cazar, puedo decir que este ciervo fue uno de los que más trabajo me llevó.

Con lo gratificante de haberlo cazado con una excelente persona en la que noté por sus emociones y su sincero agradecimiento, el verdadero valor que le dio a esta particular cacería y quien a su partida me dijo: -«Agustín, llego a casa y descuelgo mi mejor trofeo, ese que ocupa el mejor lugar en mi sala, para colgar ahí nuestro Gran Ciervo».

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