El ciervo de mi vida

Lucas Cecco

Fue allá a mediados del 2002, más precisamente un 13 de julio (imposible olvidarlo).Recién comenzaban mis vacaciones de invierno, las que tan ansiosamente esperaba todos los años ya que religiosamente la primer semana la pasábamos en el monte junto a mis dos grandes compañeros y mentores en esta pasión, mi abuelo y mi tío.

El primer día nos dedicamos a instalarnos y alistar los apostaderos.

Los cebaderos estaban a pleno, era cuestión de paciencia para el arquero, mi tío. Fiel a su estilo estaría presente todos los días arriba del árbol por varias horas esperando tener la posibilidad de poder hacer volar un palito en dirección a algún chancho.

Nosotros con mi abuelo por otro lado nos dedicábamos a caminar los Axis y apostábamos en nuestro caso a la pólvora -ningún equipo de primera- una antigua Zafari 16 la compañera de mí abuelo y ladero mío un Beretta 22 (soy consciente que los calibres no eran los apropiados, eran otras épocas y era lo que había)

Al segundo día después de un mate con tortas fritas bien temprano y al ladito del fogón salimos a caminar. Yo era chico, apenas 12 años y mi abuelo ya no estaba para para gatear en el monte por lo que nos abocábamos a caminar por sus picadas y cabeceras esperando encontrar algún pintado tomando sol.

Transcurrió la mañana con un par de avistamientos pero sin chances de tiro.

Éramos conscientes del equipo con el que contábamos por lo que sabíamos que el tiro tenía que ser relativamente a corta distancia y a la cabeza. Lo peor que nos podía pasar era perder un animal herido.

Ya era nuestro tercer día y la suerte no había cambiado, pero después del mediodía llega a la estancia un hombre ya mayor, de nombre Juan y profesión, taxidermista. Entre mates y charlas nos comenta que a unos dos mil metros del casco los peones habían  visto un macho muerto recientemente.

Por lo que este hombre decide buscarlo para poder quitarle la cabeza, recibo la invitación por parte de él – gurí vamos conmigo-! No hizo falta que lo repita, ya me había colgado el 22 al hombro y estaba listo.

Salimos los dos acompañados por Pewen un dogo gigante de unos dos años que no me inspiraba mucha confianza, en fin.

Llegando al lugar donde se hallaba el macho vemos a unos 500 metros en una pradera a tres ciervos, le digo, Juan les voy a tirar… el no muy convencido, ya que no me conocía y no quería que me pierda, me dice que vaya pero con cuidado y que lleve el perro, desconociendo que mí relación con el can no era la mejor.

Pero yo con tal de ir le dije que sí.

La idea era caminar por el monte hasta llegar a la altura donde se encontraban los ciervos y ahí salir al claro y ver si podía arrimarme como para hacer un tiro.

La tarde ya había entrado y no contaba con mucho más tiempo de luz.

Después de dejar a Juan empezamos a caminar con Pewen, su compañía a pesar de mis intentos de amigarnos no duro más de 40 mts y desapareció en el monte, así que ya me encontraba totalmente solo.

Para sorpresa mía llegue al lugar justo en el que esperaba salir.

Los busco y los veo a unos 150 mts pradera adentro, lindo tiro para un fusil, pero para mí era impensado.

Así que comencé a acercarme gateando en medio de las carquejas y chircas hasta llegar a unos 50/60 mts, con el viento de frente ellos no se habían percatado de mí.

Ya estaba rodilla a tierra y apuntando, elegí uno y lo seguí mirando mientras comía hasta que me decidí y Pum!!

Desaparecieron los tres…

Dejé pasar unos segundos, me acerque al lugar en donde estaban y nada, hasta que a unos 200 mts veo dos ciervos corriendo, faltaba uno!

En ese momento me llama la atención unos pastos moverse cerca mío y cuando me arrimo, ahí estaba mí ciervo. Un machito de no más de 40 Kg pero para mí era GIGANTE y el tiro irrepetible, le había entrado por la oreja!

Corrí desesperado hasta donde estaba Juan a contarle que había cazado. Él, para mí sorpresa me dice – bueno, teneme está pata, ayudame…

No era consciente de que yo me encontraba en el momento más feliz de mi vida.

El sol ya se había escondido, corrí entre las penumbras (los 2km que me separaban del casco de la estancia) como nunca en mi vida. Tenía que contarle a mi abuelo, a mi compañero!

Entre a la casa corriendo, y le grité desde lo más profundo de mis entrañas: CACÉ UN CIERVO!!!!

De adentro del baño mi abuelo me contesta, MENTIRA…

Ya no pude contener la emoción y rompí en llanto.

Que te pasa me dice, “ESTOY LLORANDO PORQUE CACE UN CIERVO, LE REPITO”.

Salió del baño casi más emocionado que yo y nos dimos el abrazo fuerte y hermoso que recuerdo de él.

Emprendimos juntos el camino a buscarlo, a ese que hasta hoy y de seguro por siempre, seguirá siendo EL CIERVO DE MI VIDA!.

Lucas Cecco

Fue allá a mediados del 2002, más precisamente un 13 de julio (imposible olvidarlo).Recién comenzaban mis vacaciones de invierno, las que tan ansiosamente esperaba todos los años ya que religiosamente la primer semana la pasábamos en el monte junto a mis dos grandes compañeros y mentores en esta pasión, mi abuelo y mi tío.

El primer día nos dedicamos a instalarnos y alistar los apostaderos.

Los cebaderos estaban a pleno, era cuestión de paciencia para el arquero, mi tío. Fiel a su estilo estaría presente todos los días arriba del árbol por varias horas esperando tener la posibilidad de poder hacer volar un palito en dirección a algún chancho.

Nosotros con mi abuelo por otro lado nos dedicábamos a caminar los Axis y apostábamos en nuestro caso a la pólvora -ningún equipo de primera- una antigua Zafari 16 la compañera de mí abuelo y ladero mío un Beretta 22 (soy consciente que los calibres no eran los apropiados, eran otras épocas y era lo que había)

Al segundo día después de un mate con tortas fritas bien temprano y al ladito del fogón salimos a caminar. Yo era chico, apenas 12 años y mi abuelo ya no estaba para para gatear en el monte por lo que nos abocábamos a caminar por sus picadas y cabeceras esperando encontrar algún pintado tomando sol.

Transcurrió la mañana con un par de avistamientos pero sin chances de tiro.

Éramos conscientes del equipo con el que contábamos por lo que sabíamos que el tiro tenía que ser relativamente a corta distancia y a la cabeza. Lo peor que nos podía pasar era perder un animal herido.

Ya era nuestro tercer día y la suerte no había cambiado, pero después del mediodía llega a la estancia un hombre ya mayor, de nombre Juan y profesión, taxidermista. Entre mates y charlas nos comenta que a unos dos mil metros del casco los peones habían  visto un macho muerto recientemente.

Por lo que este hombre decide buscarlo para poder quitarle la cabeza, recibo la invitación por parte de él – gurí vamos conmigo-! No hizo falta que lo repita, ya me había colgado el 22 al hombro y estaba listo.

Salimos los dos acompañados por Pewen un dogo gigante de unos dos años que no me inspiraba mucha confianza, en fin.

Llegando al lugar donde se hallaba el macho vemos a unos 500 metros en una pradera a tres ciervos, le digo, Juan les voy a tirar… el no muy convencido, ya que no me conocía y no quería que me pierda, me dice que vaya pero con cuidado y que lleve el perro, desconociendo que mí relación con el can no era la mejor.

Pero yo con tal de ir le dije que sí.

La idea era caminar por el monte hasta llegar a la altura donde se encontraban los ciervos y ahí salir al claro y ver si podía arrimarme como para hacer un tiro.

La tarde ya había entrado y no contaba con mucho más tiempo de luz.

Después de dejar a Juan empezamos a caminar con Pewen, su compañía a pesar de mis intentos de amigarnos no duro más de 40 mts y desapareció en el monte, así que ya me encontraba totalmente solo.

Para sorpresa mía llegue al lugar justo en el que esperaba salir.

Los busco y los veo a unos 150 mts pradera adentro, lindo tiro para un fusil, pero para mí era impensado.

Así que comencé a acercarme gateando en medio de las carquejas y chircas hasta llegar a unos 50/60 mts, con el viento de frente ellos no se habían percatado de mí.

Ya estaba rodilla a tierra y apuntando, elegí uno y lo seguí mirando mientras comía hasta que me decidí y Pum!!

Desaparecieron los tres…

Dejé pasar unos segundos, me acerque al lugar en donde estaban y nada, hasta que a unos 200 mts veo dos ciervos corriendo, faltaba uno!

En ese momento me llama la atención unos pastos moverse cerca mío y cuando me arrimo, ahí estaba mí ciervo. Un machito de no más de 40 Kg pero para mí era GIGANTE y el tiro irrepetible, le había entrado por la oreja!

Corrí desesperado hasta donde estaba Juan a contarle que había cazado. Él, para mí sorpresa me dice – bueno, teneme está pata, ayudame…

No era consciente de que yo me encontraba en el momento más feliz de mi vida.

El sol ya se había escondido, corrí entre las penumbras (los 2km que me separaban del casco de la estancia) como nunca en mi vida. Tenía que contarle a mi abuelo, a mi compañero!

Entre a la casa corriendo, y le grité desde lo más profundo de mis entrañas: CACÉ UN CIERVO!!!!

De adentro del baño mi abuelo me contesta, MENTIRA…

Ya no pude contener la emoción y rompí en llanto.

Que te pasa me dice, “ESTOY LLORANDO PORQUE CACE UN CIERVO, LE REPITO”.

Salió del baño casi más emocionado que yo y nos dimos el abrazo fuerte y hermoso que recuerdo de él.

Emprendimos juntos el camino a buscarlo, a ese que hasta hoy y de seguro por siempre, seguirá siendo EL CIERVO DE MI VIDA!.

Lucas Cecco.

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