El fachinal

Roberto Devito

Ya corriendo el año 2025 y sin planes a la vista, se acercaba la tan ansiada Brama de uno de los animales más majestuosos y poderosos que habita nuestro monte: el ciervo colorado. En los últimos años, esta especie despertó en mí una profunda admiración, al punto de convertirme en un fanático declarado.

Fue a mediados de enero cuando recibí el mensaje más esperado. Mi amigo Manuel me escribía con una invitación imposible de rechazar: pasar unos días en plena Brama, en el monte pampeano. La ansiedad empezó a apoderarse de mí y, sin perder tiempo, me puse a organizar todo para que también pudiera ir mi compañero de siempre. El viaje debía hacerse realidad.

Los preparativos fueron largos y constantes. Las fotos y videos del coto alimentaban mi entusiasmo. Cualquier excusa era buena para saborear por anticipado, lo que prometía ser una salida inolvidable. Si sos cazador, seguramente me entendés. Cada paso previo es parte de la experiencia.

Pocos días antes del viaje me crucé con un viejo amigo, de esos que han vivido mil cacerías y que vale la pena escuchar. Me enumeró algunos puntos que —según él— debía tachar para llegar a ser un buen cazador:

“Hay que cazar con frío y con calor, en la llanura y en la cordillera, con días lluviosos y secos, en terrenos limpios y sucios, con viento en calma y huracanados… Y con alguna que otra dificultad.”

Yo, con poca experiencia, imaginaba cada una de esas situaciones como si ya las hubiera vivido. Las disfrutaba antes de tiempo.

Con todo listo, el día llegó. Salimos rumbo al coto La Paz, propiedad de mi amigo y guía Ricardo, y de su hijo, también guía y amigo, Manuel. Sí, ya sé que son los dueños, pero la vida nos cruzó y hoy, por suerte o destino, somos amigos. Y aunque son los anfitriones, para mí siempre fueron y serán mis guías.

Antes de salir, en casa me preguntaron qué pensaba cazar. Contesté simplemente que iba a acompañar a un amigo. No quería condicionarme. Que el tiempo y el destino me sorprendieran, como siempre. Aunque, si soy sincero, me imaginaba caminando en el monte, escuchando ese bramido mágico que solo se deja oír unos días al año.

Nos recibieron con un abrazo fuerte. Luego de un almuerzo espectacular, descansamos un rato y, por la tarde, cada uno salió hacia distintos sectores del campo. Como era de esperarse, uno de los dos —padre o hijo— me permitiría acompañarlo. Y digo bien: acompañarlo. Porque no es que ellos nos acompañan. Después de algunas situaciones o errores nuestros, uno deja de ser compañía. No sé si fui claro.

Ese día, el destino —o no— me puso bajo la sombra del más experimentado: Ricardo. No el más viejo, el más sabio. Nos acompañaba también otro gran amigo y guía: Javier. Para mí, era como salir de copiloto con Traverso y Di Palma. Fuimos a buscar algunos ejemplares que ya habían sido avistados, pero no logramos dar con ellos.

Caminamos mucho, tanto que sin darnos cuenta ya estábamos cerca de la casa, habiendo dejado la camioneta en el otro extremo del campo. Pero no estaba cansado. Cuando uno hace lo que le apasiona, no hay límites.

Esa noche cenamos y a dormir temprano. A las 5:30 había que estar listos para llegar antes del amanecer y esperar a los bramadores. El clima, con amenaza de lluvia, empañaba mi entusiasmo. Pero luego del primer chaparrón, Ricardo me miró y preguntó:

—¿Salimos o salgo solo?

Creo que estaba claro: salíamos. Aprender implicaba enfrentar lo que venga.

—Dale, Roberto. Esto no es nada. Si la querés más difícil, te llevo a caminar el Fachinal, dijo entre risas.

¿Habrá sido una premonición?

Ya con Javier en la camioneta, partimos en dirección a la primera parada. Bajamos y seguimos una posible presa, pero una lluvia copiosa nos empapó sin darnos chance de refugiarnos. Un ciervo lejano e indeciso nos obligó a cambiar de rumbo.

Paramos en una intersección.

—¿Para dónde? —se preguntaban los guías.

Yo, si tenía que elegir, habría bajado allí mismo a caminar hasta encontrar lo que fui a buscar. Pero no opiné. Me limité a escuchar.

Unos kilómetros más adelante, ya sin lluvia, comenzamos a caminar nuevamente. El bramido de un colorado aceleró mi corazón. Las señales del guía indicaban que el momento había llegado. Ahora todo dependía del cazador. Pero… ¿Cuándo empieza la cacería? ¿Qué define al cazador?

Un imponente 11 puntas apareció entre la maleza. Desde mi posición era difícil, pero era la única oportunidad. La orden fue clara: dispará. Apunté buscando el lugar certero y el rifle sonó. El golpe del proyectil fue inconfundible.

Pero el animal huyó. Lo que indicaba dos cosas:  estaba malherido y no lo veíamos más, o estaba gravemente herido y solo había que buscar donde iba a caer.

Mis guías confiaban en lo segundo. Salimos tras su rastro. El suelo mojado facilitaba seguirlo, las gotas de sangre indicaban el camino. De pronto, Javier lo avistó. Quise disparar, pero no tuve oportunidad. Se perdió de nuevo. Y con eso, la frustración se asomaba.

Ricardo lo dijo con tono serio:

—Se fue para el Fachinal.

Mi cara lo dijo todo. Salía de Guatemala y me metía en Guatepeor. Pero ellos no se inmutaron. O al menos no lo demostraron. Sé que les gusta este tipo de desafío, y eso se contagia.

Seguimos caminando. Vi unos pájaros sobre un caldén. Le dije a Ricardo:

—Ahí hay algo.

—Seguramente un animal muerto, afirmó con seguridad.

—Yo tenía mis dudas.

El terreno se volvía cada vez más impenetrable. Las espinas no perdonaban. De pronto, un movimiento brusco: el ciervo, otra vez, emprendía la huida.

—¡Tirale! —ordenó Ricardo.

Disparé a mano alzada.

—¡Otro! —gritó. Disparé de nuevo.

—¡Otrooo! —y volvió a sonar el fusil.

Pero otra vez desapareció en la espesura. El enojo me invadía. ¿Qué estaba fallando?

El entusiasmo de los guías no decayó. Era contagioso. Seguimos rastreando. De pronto, los pájaros se movieron más adelante. Estaban siguiendo algo.

El guía me dijo:

—Andá vos adelante. Si aparece, dispará.

Fue uno de los mejores momentos de la jornada. Estaban dejando todo en mis manos. Me sentí capaz. El rastro se perdía, pero yo ya no dudaba: íbamos a encontrarlo.

Y entonces, la voz de Ricardo estalló:

—¡Acá, acá! ¡Está acostado!

Me acerqué agachado. Lo vi tendido, aún vivo. Apunté al cuello. El disparo fue certero. Todo había terminado.

Estallé de alegría como en mi primera cacería. Abracé a mis guías como si abrazara a mi viejo. Era mi 11 puntas. Mi trofeo. Pero también, nuestra recompensa. Las fotos, los videos, el desposte. A mí me tocó cargar la corona. A Javier, la carne. A Ricardo, el fusil. Volvimos por el camino corto, ya más livianos de alma.

Nos cruzamos con Manuel y los demás guías, que regresaron para aprovechar cada parte del animal. Allí, al desarmar, encontraron los impactos.  El primero, unos 35 cm más abajo de lo esperado, había quebrado una mano. Tal vez la bala se desvió debido a la espesa vegetación. O fue un error del cazador. (Lo dudo mucho, porque me conozco). Los otros disparos posteriores habían sido certeros en los cuartos. Pero el ciervo, fuerte como pocos, no lo demostró.

Gracias a mis guías, Ricardo, Manuel y Javier.

Gracias a mí Viejo, por ser mi mentor y me sigue guiando desde el cielo.

Gracias a la familia por bancarme.

Hoy tengo una nueva historia para saborear durante mucho tiempo. Una que me llena el alma y me da combustible para seguir haciendo lo que más me gusta: “Estar Cazando”.

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