El gigante de los bañados Lavallinos

Rolo Masuelli

Entrando al invierno del año 2005, recibo el llamado de un gran amigo el Sr. Tino Tello, invitándome a cazar un jabalí en los bañados de San Miguel de los Sauces, un pueblo del departamento de Lavalle, al norte de Mendoza.

Tino me comenta que se estaban viendo muchos chanchos y muy grandes lo que me produjo esa tan linda ansiedad, que quería salir ahí mismo.

Preparé con tiempo todas mis cosas y alisté mi palanquero Marlin 30-30 y también “por las dudas” mi Taurus 22 Mag de 6”. Llegó el sábado, terminé de trabajar, almorcé y cargué todo en mi inolvidable estanciera, para emprender esos pocos más de 200 km que hay desde Mendoza hasta San Miguel. A mi llegada me esperaban con el mate listo y unas tortitas caseras recién sacadas del horno de barro y entre mate y mate comenzamos a hablar de nuestra cacería, que, para mi sorpresa, la haríamos de a caballo y con perros. Solo saldríamos Dario (hijo de Tino) y yo por lo que cenamos y nos acostamos temprano, se nos venía un día largo y nunca fui un buen jinete.

Nos levantamos antes que aclare, desayunamos, preparamos lo que llevaríamos y salimos a los corrales a ensillar los caballos.

Habia un pingo con una estampa hermosa y un mancarrón petizo que no le quedaban muchas pilas, por mi contextura y peso (110kg), pensé que yo iría en el pingo grande, pero no, me tocaba el petizo…

Salimos a tranco parejo con tres perros empacadores, hacia los bañados que formaba por aquel entonces el Rio San Juan. Empezábamos a dejar atrás los pesados médanos que caracterizan el lugar y no metíamos de a poco en bañados con isletas de tamarindo, chilca y cerrados totorales.

Habíamos recorrido, más de 10 km, según mi amigo y por aquel entonces guía, cuando los perros comenzaron a correr delante nuestro, cruzando un zanjón hacia una isleta de monte muy cerrado.

Habían empacado un chancho, pero para llegarles primero deberíamos cruzar el zanjón, el paisano lo encaró al galope y yo detrás, hasta que mi petizo dejo de hacer pie y comenzó a nadar como pudo conmigo arriba, el agua casi lo tapó por completo y a mí me llego arriba de la cintura, pero logramos salir a la pelea.

Darío me grita y señala hacia donde iba y entre un claro lo alcanzo a ver que cruza corriendo con los perros detrás. Era muy grande, yo nunca había visto un chancho así. Los perros logran pararlo. Era el momento que debíamos llegarle porque podía lastimarlos o peor aún, matarlos.

Comienzo a sacar mi rifle que llevaba cinchado en la espalda cuando el paisano me dice. NOOO, a cuchillo o con el revolver de muy cerca, me puede matar los perros con el rifle.

Bajé del caballo y como nunca había cazado de a cuchillo, y la bestia era muy grande, no me animé. Saqué el revolver (estaba todo mojado por haber cruzado el profundo zanjón con agua) y comencé a buscar tiro entre la pelea, sabiendo que el calibre de mi revolver no era el indicado y debía ser muy preciso. El chancho giraba sobre sí con los perros prendidos y no tenía un tiro limpio. Hasta que uno de los cuscos lo prende bien del garrón y el chancho por segundos deja de moverse, en ese momento disparo a su cabeza, dándole arriba de su ojo derecho. Esa mole de mas de 150kg cayó fulminada como si le hubiesen cortado las patas!

Después de los festejos y saludos, nos quedamos sentados por un rato, bajando la adrenalina y contemplando la bestia. Ahora debíamos volver, despanzamos y otra vez para mi sorpresa…donde iba a ir el chancho? Sí, en mi petizo mancarrón.

Fueron los 10km más felices que caminé en mi vida y por otro chancho así, caminaría más que un beduino!

Rolo Masuelli.

Entrando al invierno del año 2005, recibo el llamado de un gran amigo el Sr. Tino Tello, invitándome a cazar un jabalí en los bañados de San Miguel de los Sauces, un pueblo del departamento de Lavalle, al norte de Mendoza.

Tino me comenta que se estaban viendo muchos chanchos y muy grandes lo que me produjo esa tan linda ansiedad, que quería salir ahí mismo.

Preparé con tiempo todas mis cosas y alisté mi palanquero Marlin 30-30 y también “por las dudas” mi Taurus 22 Mag de 6”. Llegó el sábado, terminé de trabajar, almorcé y cargué todo en mi inolvidable estanciera, para emprender esos pocos más de 200 km que hay desde Mendoza hasta San Miguel. A mi llegada me esperaban con el mate listo y unas tortitas caseras recién sacadas del horno de barro y entre mate y mate comenzamos a hablar de nuestra cacería, que, para mi sorpresa, la haríamos de a caballo y con perros. Solo saldríamos Dario (hijo de Tino) y yo por lo que cenamos y nos acostamos temprano, se nos venía un día largo y nunca fui un buen jinete.

Nos levantamos antes que aclare, desayunamos, preparamos lo que llevaríamos y salimos a los corrales a ensillar los caballos.

Habia un pingo con una estampa hermosa y un mancarrón petizo que no le quedaban muchas pilas, por mi contextura y peso (110kg), pensé que yo iría en el pingo grande, pero no, me tocaba el petizo…

Salimos a tranco parejo con tres perros empacadores, hacia los bañados que formaba por aquel entonces el Rio San Juan. Empezábamos a dejar atrás los pesados médanos que caracterizan el lugar y no metíamos de a poco en bañados con isletas de tamarindo, chilca y cerrados totorales.

Habíamos recorrido, más de 10 km, según mi amigo y por aquel entonces guía, cuando los perros comenzaron a correr delante nuestro, cruzando un zanjón hacia una isleta de monte muy cerrado.

Habían empacado un chancho, pero para llegarles primero deberíamos cruzar el zanjón, el paisano lo encaró al galope y yo detrás, hasta que mi petizo dejo de hacer pie y comenzó a nadar como pudo conmigo arriba, el agua casi lo tapó por completo y a mí me llego arriba de la cintura, pero logramos salir a la pelea.

Darío me grita y señala hacia donde iba y entre un claro lo alcanzo a ver que cruza corriendo con los perros detrás. Era muy grande, yo nunca había visto un chancho así. Los perros logran pararlo. Era el momento que debíamos llegarle porque podía lastimarlos o peor aún, matarlos.

Comienzo a sacar mi rifle que llevaba cinchado en la espalda cuando el paisano me dice. NOOO, a cuchillo o con el revolver de muy cerca, me puede matar los perros con el rifle.

Bajé del caballo y como nunca había cazado de a cuchillo, y la bestia era muy grande, no me animé. Saqué el revolver (estaba todo mojado por haber cruzado el profundo zanjón con agua) y comencé a buscar tiro entre la pelea, sabiendo que el calibre de mi revolver no era el indicado y debía ser muy preciso. El chancho giraba sobre sí con los perros prendidos y no tenía un tiro limpio. Hasta que uno de los cuscos lo prende bien del garrón y el chancho por segundos deja de moverse, en ese momento disparo a su cabeza, dándole arriba de su ojo derecho. Esa mole de mas de 150kg cayó fulminada como si le hubiesen cortado las patas!

Después de los festejos y saludos, nos quedamos sentados por un rato, bajando la adrenalina y contemplando la bestia. Ahora debíamos volver, despanzamos y otra vez para mi sorpresa…donde iba a ir el chancho? Sí, en mi petizo mancarrón.

Fueron los 10km más felices que caminé en mi vida y por otro chancho así, caminaría más que un beduino!

Rolo Masuelli

Entrando al invierno del año 2005, recibo el llamado de un gran amigo el Sr. Tino Tello, invitándome a cazar un jabalí en los bañados de San Miguel de los Sauces, un pueblo del departamento de Lavalle, al norte de Mendoza.

Tino me comenta que se estaban viendo muchos chanchos y muy grandes lo que me produjo esa tan linda ansiedad, que quería salir ahí mismo.

Preparé con tiempo todas mis cosas y alisté mi palanquero Marlin 30-30 y también “por las dudas” mi Taurus 22 Mag de 6”. Llegó el sábado, terminé de trabajar, almorcé y cargué todo en mi inolvidable estanciera, para emprender esos pocos más de 200 km que hay desde Mendoza hasta San Miguel. A mi llegada me esperaban con el mate listo y unas tortitas caseras recién sacadas del horno de barro y entre mate y mate comenzamos a hablar de nuestra cacería, que, para mi sorpresa, la haríamos de a caballo y con perros. Solo saldríamos Dario (hijo de Tino) y yo por lo que cenamos y nos acostamos temprano, se nos venía un día largo y nunca fui un buen jinete.

Nos levantamos antes que aclare, desayunamos, preparamos lo que llevaríamos y salimos a los corrales a ensillar los caballos.

Habia un pingo con una estampa hermosa y un mancarrón petizo que no le quedaban muchas pilas, por mi contextura y peso (110kg), pensé que yo iría en el pingo grande, pero no, me tocaba el petizo…

Salimos a tranco parejo con tres perros empacadores, hacia los bañados que formaba por aquel entonces el Rio San Juan. Empezábamos a dejar atrás los pesados médanos que caracterizan el lugar y no metíamos de a poco en bañados con isletas de tamarindo, chilca y cerrados totorales.

Habíamos recorrido, más de 10 km, según mi amigo y por aquel entonces guía, cuando los perros comenzaron a correr delante nuestro, cruzando un zanjón hacia una isleta de monte muy cerrado.

Habían empacado un chancho, pero para llegarles primero deberíamos cruzar el zanjón, el paisano lo encaró al galope y yo detrás, hasta que mi petizo dejo de hacer pie y comenzó a nadar como pudo conmigo arriba, el agua casi lo tapó por completo y a mí me llego arriba de la cintura, pero logramos salir a la pelea.

Darío me grita y señala hacia donde iba y entre un claro lo alcanzo a ver que cruza corriendo con los perros detrás. Era muy grande, yo nunca había visto un chancho así. Los perros logran pararlo. Era el momento que debíamos llegarle porque podía lastimarlos o peor aún, matarlos.

Comienzo a sacar mi rifle que llevaba cinchado en la espalda cuando el paisano me dice. NOOO, a cuchillo o con el revolver de muy cerca, me puede matar los perros con el rifle.

Bajé del caballo y como nunca había cazado de a cuchillo, y la bestia era muy grande, no me animé. Saqué el revolver (estaba todo mojado por haber cruzado el profundo zanjón con agua) y comencé a buscar tiro entre la pelea, sabiendo que el calibre de mi revolver no era el indicado y debía ser muy preciso. El chancho giraba sobre sí con los perros prendidos y no tenía un tiro limpio. Hasta que uno de los cuscos lo prende bien del garrón y el chancho por segundos deja de moverse, en ese momento disparo a su cabeza, dándole arriba de su ojo derecho. Esa mole de mas de 150kg cayó fulminada como si le hubiesen cortado las patas!

Después de los festejos y saludos, nos quedamos sentados por un rato, bajando la adrenalina y contemplando la bestia. Ahora debíamos volver, despanzamos y otra vez para mi sorpresa…donde iba a ir el chancho? Sí, en mi petizo mancarrón.

Fueron los 10km más felices que caminé en mi vida y por otro chancho así, caminaría más que un beduino!

Rolo Masuelli

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