El imprescindible reloj interno

En la vida del ciervo rojo, como en la de todos los seres vivientes, el medio ambiente juega un rol fundamental. Los estímulos que este medio ambiente emite, son captados por el sistema nervioso de cualquier, individuo y ese es el conducto por el cual el medio ambiente influye sobre todo su organismo obligándolo a cambiar o sincronizar sus funciones vitales, para mantener permanentemente afinados sus mecanismos adaptativos, por este camino el cuerpo logra armonizar sus funciones, a los continuos vaivenes climáticos propios de cada estación o circunstancia. 

Algunas de estas señales son fácilmente perceptibles, el frío, el calor, el viento o la lluvia son elementos climatológicos de fácil comprobación y sabemos que motivan respuestas de comportamiento también fáciles de prever y comprender, pero hay otra serie de mensajes ambientales mucho más sutiles y no tan fácilmente captados por los sentidos del hombre.

A pesar de pasar desapercibidas, estas señales producen efectos de gran importancia.

La actividad sexual, los ajustes metabólicos, la muda del pelo, o el ciclo de la cornamenta, son consecuencias directas de este segundo tipo de estímulos.        

La ciencia moderna a través de la neurobiología, ha venido aportando en estos últimos años importantes datos acerca de estos tipos de estímulos y de las conductas que de ellos se desprenden, y eso nos obliga a replantear, en lo que concierne al ciervo rojo, muchos de los conceptos que hasta hace poco tiempo atrás, eran ignorados o vagamente sospechados.

El tema no es sencillo porque al tratarlo, deberemos meternos en algunos de los mecanismos más complejos de la vida animal. Para ello comenzaremos reconociendo que, a grandes rasgos, son circuitos de muy distinta naturaleza los que regulan los ciclos de un ciervo.

La gran multiplicidad de factores medio ambientales, ya sean geográficos o climáticos conforman el medio externo, mientras que todo aquello que concierne al medio interno tiene como protagonista exclusivo al organismo de los individuos que reciben estos mensajes. En otras palabras, hay un sistema emisor (el medio ambiente) y otro receptor (el animal) que se integran a través del sistema nervioso para interactuar continua y recíprocamente entre sí.

Cada estación del año tiene sus propias características en lo que se refiere a frecuencias luminosas, pluviosidades y temperaturas. La acción conjunta de todos estos componentes climáticos se denomina estacionalidad, pero al observar la estacionalidad como un fenómeno global, no debemos dejar de considerar al  foto-período como él factor más  importante, por ser la duración y la intensidad de la luz, el agente que más activamente influye sobre el sistema nervioso animal, y eso ya es una cuestión más peliaguda de determinar.

Diremos que, a grandes rasgos, los ciervos rojos son gobernados por dos foto-períodos o calendarios climáticos, el ciclo de los días largos – que comprende el semestre Agosto/ Enero – y el de los días cortos que comienza en Febrero y se cierra en Julio.

Cada uno de estos semestres marcan pautas diferentes e importantes en las funciones fisiológicas y en las conductas de un ciervo. 

El primer foto-período es el de la luz creciente, o “el tiempo de los días largos,” durante este ciclo los machos están engordando y generando sus nuevas cornamentas, mientras que en ese mismo momento las hembras estarán pasando por los últimos meses de su preñez y los primeros meses de la lactancia. Este será por lo tanto el periodo de mayores requerimientos nutritivos para ambos sexos, hecho que coincide con el periodo de la motorización dinámica y regenerativa de la naturaleza.

El foto-período de luz decreciente impulsa la reproducción, pasada la cual, los ciervos se preparan para entrar en el receso invernal. Los machos con su cornamenta osificada no tendrán que “invertir » ya en el exigente esfuerzo de producir un nuevo cuerno y las hembras ahora destetadas están pasando por los primeros estadios de su nueva preñez, etapa desde ya mucho menos exigente en nutrientes que el último tercio de la misma que es cuando el feto comienza su etapa de crecimiento acelerado.

Este semestre de bajos requerimientos condice a su vez con la dormición de toda la naturaleza, en ese momento los árboles caducifolios pierden sus hojas y los pastos dejan de crecer, empobreciendo la provisión de comida lo que nos indica que los foto-periodos se encargan de regular no solo los ciclos de la fauna sino también los de la flora para complementarse mutuamente.

Debido a su posición más austral, los efectos del foto-periodo con sus juegos de luces crecientes y decrecientes deberían hacerse más notorios en la Patagonia que en la Pampa Central, pero aquí cabe hacer algunas observaciones interesantes.

A pesar de las diferencias de latitud, (38/ 40 grados de latitud sur para la Pampa y 40/42 para la Patagonia) la cronología biológica del ciervo rojo no se ha visto mayormente alterada por esta diferencia.

Los ciervos machos pampeanos y patagónicos renuevan sus cornamentas y braman, más o menos en la misma época del año, en tanto que las hembras paren, crían y destetan sus hijos también más o menos en fechas similares. No es de extrañar entonces que haya más diferencias en el clima y los microclimas regionales que en las variaciones de latitud con lo que los cambios en el foto-periodo parecen afectar más al entorno medioambiental que al medio interno del animal.

Como el ciervo rojo fue introducido en La Pampa y de ahí trasladado a la Patagonia cometemos el error de creer que el verdadero hábitat de este ciervo es el caldenal cuando en realidad es todo lo contrario.

Recordemos lo planteado en el segundo capítulo. El rojo se origina en las zonas montañosas de Eurasia en los periodos glaciales y peri glaciales del cuaternario caracterizados por fotoperiodos fríos y de estacionalidades muy marcadas, ese panorama coincide mucho más con lo que es la Patagonia, que La Pampa -lo que en realidad a mí me sorprende, es que nuestro ciervo haya conseguido adaptarse tan bien a esta última zona y no a la primera que le es más afín – pero informaciones recibidas posteriormente demuestran que también en enclaves de ciervos rojos situados en la Patagonia más austral confirman que el foto-periodo no afecta mayormente a ninguna población de ciervos argentinos cualquiera sea su latitud, excepto los de la Isla de los Estados de la cual carecemos aún de datos biológicos determinantes.

Analizando ahora con más minuciosidad lo que es un foto-periodo, deberemos aclarar que, en el mismo, no solo juega la duración e intensidad de la luz diurna, sino también la variación y cantidad de las horas nocturnas y es esa dualidad de efectos lo que nos permite desdoblar y ordenar mejor las funciones foto-periódicas.

La clave parece estar en el hipotálamo, la luz actúa sobre el hipotálamo y la hipófisis, y la oscuridad parecería que influye sobre la glándula pineal haciendo segregar a cada una de estas glándulas sus respectivas hormonas, pero lo importante – más allá de todas estas interpretaciones científicas – es reconocer que los cambios de esta alternancia día /noche y luz /oscuridad, producen finalmente en el organismo del ciervo los cambios de que hablamos. No de casualidad la brama comienza en Marzo mes donde los periodos de luz y oscuridad se emparejan.        

Quedan así definidas las claves de muchas de las pulsiones internas que, motorizadas por el sistema neuroendócrino terminan desatando reacciones fisiológicas y conductas que poco tiempo antes nos resultaban desconocidas.      

El principal sensor, el órgano específico encargado de captar las fluctuaciones del foto-periodo es el ojo, ya que a través de él pasa la luz que llega al cerebro. El ojo, actuando de esa manera como una célula fotoeléctrica, se ocupa de recolectar las radiaciones lumínicas mandando estas ondas al hipotálamo desde donde se imparten las órdenes a la hipófisis, glándula esta, que regula el accionar de las demás.

La hipófisis es la glándula rectora que regula las hormonas sexuales encargadas, de regir la reproducción, el volteo y la formación del nuevo cuerno en el macho. De igual forma actúa sobre la esfera materno – reproductiva de la hembra, estimulándola a activar el ovario para que este comience nuevamente a ciclar y así entrar nuevamente en celo, también estimula y mantiene la producción de leche mientras dura la crianza.

Esta glándula cumple además con otra función no menos importante, la hipófisis regula también las hormonas que aceleran o retrasan el metabolismo, estimulando el crecimiento en los jóvenes, y el engorde compensatorio en los adultos, los que así reponen en primavera las reservas orgánicas consumidas en los periodos de escasez invernal. Actuando de ese modo la hipófisis logra controlar los procesos bioenergéticos propios de cada estación. Pero no debemos de perder de vista que es el hipotálamo a través de sus neurohormonas el que comanda a la hipófisis.

Hay igualmente otros sensores ubicados en la piel, unos se encargan de transmitir su información al mismo circuito nervioso desde donde se regulará la muda de pelo y las sensaciones térmicas propias del mundo exterior. Es sabido por todos los cazadores experimentados, que los días cortos producen el pelaje de invierno y que, llegados los días largos, el animal comienza a “pelechar” para adquirir su nuevo y más refrescante pelaje de verano. Todo esto está controlado por los sistemas endócrinos que regulan la estacionalidad.

Esta complicada red de estímulos permite entonces dividir el recorrido biológico  de un ciervo en tres fases 1) los sensores superficiales que recogen la información del medio ambiente y la envían al cerebro 2) el sistema nervioso central que procesa y organiza el mensaje a través del eje hipotálamo/hipofisario 3) el sistema glandular manejado por la hipófisis cuyas glándulas especializadas, toman el mensaje del eje y comienzan a producir las hormonas específicas que mueven los ciclos y gatillan varias de  las conductas.

De acuerdo con lo expuesto, el reloj biológico, partiendo del medio ambiente exterior, moviliza una sofisticada y compleja cadena receptora y transmisora de estímulos, logrando así que la luz captada por el ojo, termine ramificándose por todo el sistema hormonal, modificando los procesos fisiológicos finales con las respuestas sexuales, maternas, y el ciclo de la cornamenta que todos los cazadores conocemos.

Podríamos imaginarnos, que este tan original sistema actúa como un regulador de voltaje. En ese caso el hipotálamo se encargaría de abrir o cerrar el paso de toda la información medio ambiental a la hipófisis, mientras que la hipófisis a su vez, abre o cierra toda la información a las glándulas específicas, las que, a través de sus hormonas, logran periódicamente regular los ciclos del cuerno, de la reproducción, de la lactancia o de la muda.  

El reloj, obrando del modo que describimos, ha conseguido el milagro de integrar dos naturalezas aparentemente incompatibles, permitiendo que el mundo físico que nos rodea, penetre dentro del recinto corpóreo para motivarlo y regularlo cíclicamente.

Veamos ahora cómo funciona el sistema en la práctica. Cuando la luz aumenta en duración e intensidad, la hipófisis ordena a las glándulas específicas, segregar las hormonas anabólicas (tiroxina y somatotrofina) al tiempo que el hígado produce el factor I.G.F1. Se forma así un cóctel hormonal que aumenta la actividad general a resultas del cual se incrementa el metabolismo estimulando el apetito, lo que duplica el consumo de forraje.

Los efectos visibles de estos estímulos nos mostrarán ciervos pelechados con una buena cobertura grasa y con las neoastas en pleno crecimiento. Esto lo logran gracias a la buena calidad de los pastos y las temperaturas favorables que permiten ahorrar las energías que antes debían ser invertidas en la termorregulación para un mejor calentamiento del cuerpo. 

A este ciclo lo llamaremos el periodo del engorde compensatorio, de la reposición de reservas orgánicas consumidas en el invierno y del rápido crecimiento de los animales jóvenes en la plena etapa del crecimiento.

En las hembras, ahora mejor comidas, se produce la parición y el amamantamiento de sus nuevas crías.

No se conoce bien la acción de las hormonas anabólicas, porque el mejoramiento de la condición corporal se debe a una combinación de factores ambientales favorables, de un mejoramiento sustancial de la comida, y de efectos específicamente hormonales difíciles de precisar.

El mes de Febrero marca el límite o punto de inflexión del foto-período de los días largos. A partir de mediados de este mes, el ojo informa que la luz está bajando y el reloj indica que hay que abrir un nuevo programa. Ha llegado la hora de producir las hormonas sexuales que preparan las condiciones para el periodo reproductivo que se avecina.

Tal acontecimiento sucede cuando el hipotálamo empieza a segregar una hormona específica (la G.rnh) que induce a la hipófisis a segregar a su vez, sus dos hormonas sexuales específicas (la L.H y la F.S.H.) las cuales estimulan al ovario de la hembra y a los testículos del macho a producir sus respectivas hormonas, para que ambos sexos comiencen a entrar en celo más o menos sincronizadamente. Este ajuste que comenzó en Febrero ha terminado de ponerse a punto para mediados de Marzo, marcando así el momento culminante en que principia la brama. 

A medida que se siguen acortando los días, comienzan a bajar rápidamente las hormonas sexuales con lo que la actividad reproductiva va apagándose paulatinamente, hasta que la apetencia del sexo está definitivamente acallada.

Con el invierno en marcha y la luz en su punto más bajo, se observa también una reducción de la actividad general del metabolismo. Los pastos ahora aportan poca energía y los niveles proteicos decaen verticalmente, como consecuencia de ello los ciervos comienzan a ahorrar valiosas energías. Recientemente algunos biólogos han descubierto que durante el invierno la tiroides y la hipófisis se achican y pierden peso todo lo cual convalida una baja en la producción de sus hormonas y como es de esperar, al bajar el nivel de tiroxina se reducirá igualmente el metabolismo y con ello la actividad general.

Para cumplir así con los universales postulados de la ley de conservación de energía, el ciervo apunta ahora a conservar sus fuerzas, cortando los movimientos innecesarios.

Si observamos sus nuevas conductas lo veremos pastorear menos y en horas del día donde hay temperaturas más favorables, buscará consumir solo el forraje indispensable para su mantenimiento, porque ahora le resulta más provechoso ahorrar energías moviéndose poco, que salir a buscar una comida escasa y de mala calidad: además, como el frío es un gran consumidor de energías, también se los verá frecuentemente echados en las laderas soleadas y en sitios reparados del viento, pero aun así si la comida obtenida no les alcanza para mantenerse, deberán entonces apelar al consumo de las reservas grasas acumuladas durante la primavera y el verano para obtener la indispensable energía destinada al mantenimiento y la termorregulación.

Se cierra así un calendario anual subdividido en varios ciclos. Con la llegada de la siguiente primavera recomenzará otro nuevo, pero será a su vez solamente otro más en ese eterno reciclar que se llama vida.

Visto ahora desde el punto de vida evolutivo, el ajuste a los foto-períodos es una respuesta funcional y adaptativa, respuesta que por otra parte es de carácter variado ya que cada ciervo reacciona a los cambios estacionales según la especie y las zonas en que le toca habitar, pero, en el cual intervienen – a no dudarlo-, los factores genéticos propios de cada especie. A modo de ejemplo diremos que no es lo mismo el ciclo reproductivo de un rojo que el de un axis o un ciervo de los pantanos. Todos nuestros ciervos autóctonos tienen ciclos más erráticos, pero aún no bien conocidos.

Es sabido que la intensidad y duración de la luz, así como las variaciones anuales en la extensión de los días y las noches, no son iguales para cualquier punto del planeta. Estas diferencias se harán más notorias a medida que nos desplacemos del trópico a los polos. El progresivo distanciamiento va produciendo cambios climáticos y luminosos cada vez más pronunciados, todo lo cual conduce a estacionalidades cada vez más definidas. A medida que progresamos hacia los extremos, más drásticos serán los ajustes que deberán realizar las variadas especies de ciervos para poder prosperar.

La estacionalidad es de tal importancia para la biología de los ciervos que ha determinado una de las tantas formas con que se los agrupa y denomina. Según la latitud en que habiten tendremos: ciervos tropicales – de variada respuesta a los estímulos luminosos – o ciervos paleárticos – de respuestas radicales, restringidas y precisas a los efectos de la luz y la estacionalidad. En este último grupo se encuentra nuestro ciervo rojo.

Para esta última clase de ciervos, (me estoy refiriendo a los paleárticos) una falla en el cronograma estacional puede complicar la reproducción, la crianza y la posterior supervivencia de aquellas crías nacidas fuera de época ya que las fallas de ajuste en la región paleártica, tienen escaso margen de error. 

Por esa razón es importante que el funcionamiento del reloj interno y del eje hipotálamo hipofisario estén bien ajustados.

Hay ciertas especies de ciervos muy exitosos que por esa misma razón tienen una distribución muy amplia. Si la distribución de las especies se da además en sentido norte – sur, notaremos fácilmente la importancia de la estacionalidad, tal es el caso del ciervo cola blanca (odocoileus virginianus).

El cola blanca se extiende desde Canadá hasta el Brasil y Perú. En su distribución boreal se comporta como un clásico ciervo paleártico, pero a medida que la especie se desplaza hacia el sur, va reduciendo su tamaño y se va volviendo cada vez más tropical, el periodo reproducción- parición comienza a estirarse y volverse más flexible, hasta que, en Venezuela y Colombia, por ejemplo, se comportan de forma bastante similar a los ciervos neotropicales sudamericanos. No se sabe cómo se comportaría un ciervo rojo en iguales condiciones, pero no deja de ser interesante lo que sucede en nuestro propio país. 

Tenemos o hemos tenido en la Argentina poblaciones de Elaphus que van desde Formosa hasta la Isla de los Estados, pasando por Tafí del Valle en Tucumán y el centro de la provincia de Corrientes, hasta el lago Fontana y la Plata en Chubut. Algunas poblaciones norteñas desaparecieron por causas que no puedo determinar mientras que en el resto del país las poblaciones siguen vigentes y en expansión.

Los ciervos de Formosa se llevaron a Pilagá hace aproximadamente 30 años atrás y se extinguieron por razones que desconozco, otro tanto sucedió con la población de Tafí del Valle. Los ciervos correntinos en plena zona neotropical, provienen de Junín de los Andes y fueron introducidos en esa provincia hace ocho años atrás. Cuando visité esa población en Agosto de 2004 gozaba de una buena condición corporal, podría decirse semejante a la de los ciervos sureños. Según la información que pude obtener, la brama comienza alrededor del 15 de marzo y finaliza los primeros días de Abril y los nacimientos se dan en Noviembre pero no puedo asegurar ni confío mucho de esta información. Tenemos que investigar mucho más sobre el comportamiento de estas poblaciones de ciervos.  

En el otro extremo del país tenemos una población importante de rojos entre los lagos Fontana y La Plata. La distancia en línea recta que separa ambos puntos es de 2100 kilómetros, ya que nos estamos desplazando desde el paralelo 28 hasta el 52 al que ahora debemos incorporar los de la Isla de los Estados ubicados en latitud 54 y de los cuales poco y nada sabemos.

Mientras carecía de la información adecuada, todo me hacía pensar que la diferencia de foto-periodos tenían que introducir modificaciones importantes en la época de brama y parición, sin embargo, no es así ya que, en ambos puntos, el periodo reproductivo comienza y termina más o menos en la misma época, con variaciones que se deben quizás más a las condiciones climáticas propias de cada temporada que a las variaciones de luz. Lo expuesto me hace suponer que la reproducción tiene una influencia y un peso genético superior al foto-período pero cuando pude controlar las diferencias horarias de esos cambios de luz, se hizo evidente que la variación no era significativa ya que, en el centro de Corrientes el 15 de Marzo el sol sale a las 6.53 y se pone a las 19.10 mientras que en el Fontana sale a las 7.39 y se pone a las 20.06, se trata entonces de diferencias de minutos y no de horas. De todos modos, y esto sí que es importante, surge aquí un nuevo interrogante: ¿cuánto hay de genético y cuanto de medio/ ambiental hay en la biología de los ciervos? sigo teniendo dudas ¿estaré en los cierto? Dejo en manos de biólogos especializados la respuesta correcta.

Lo cierto es que en la República Argentina hay ciervos rojos que se desplazan desde el geotrópico hasta las puertas mismas de la Antártida.

De este modo y de acuerdo a las informaciones obtenidas, todo indica que en cualquier punto del país la brama empieza y termina más o menos en la misma época. 

Se podría agregar bastante más sobre el complicado reloj interno y los fotoperiodos que lo motivan, pero creo que lo expuesto es más que suficiente para que el cazador pueda tener un conocimiento global de las causas que impulsan los ciclos biológicos internos del ciervo. Por otra parte, a medida que en los siguientes capítulos vayamos tratando otros aspectos como la brama o el ciclo de la cornamenta, estos foto-periodos irán resurgiendo nuevamente para ampliar otra clase de informaciones.  Por eso pensé que antes de pasar a esos otros importantes temas, no podía dejar de aportar las bases conceptuales de tan decisivo conocimiento.

El ciervo rojo argentino

By Juan F. Campomar

(Cap. 5)

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