En estos párrafos les quiero narrar mi primera experiencia cazando antílopes de la india, la cual al día de hoy sigo recordando con mucha emoción.
Año 2017, llegó mayo y mi fecha acordada para ir tras una de las presas que considero, de las más apasionantes para cazar de nuestra fauna, el antílope negro o de la India; y esto lo haría en las difíciles medanadas de Jagüel de Monte en mi provincia, La Pampa.
Mochila, rifle, equipo de mate y lleno de expectativas, me marcho al campo. Llegué a la tranquera con las primeras luces del día, desde donde me quedaban todavía varios km. por recorrer hasta el casco de la Estancia por una sinuosa picada entre médanos que dibujaban con el amanecer uno de los paisajes más lindos que recuerdo.
A mi llegada, se encontraba esperándome el responsable de la cacería y quien sería mi guía (creo y considero uno de los mejores) Agustín Jensen. A quien conocí en esa oportunidad y con el que generamos una amistad que de seguro perdurará en nuestras vidas.
Bajé mis cosas y de inmediato (mate de por medio) comenzamos a charlar sobre nuestra jornada de caza. Le comento que me gustaría cazar un antílope en lo posible “bueno”, aunque lo que más quería era que fuese mediante un buen rececho, y sin mediar más palabras me dijo: – Agarrá el rifle que iremos “al playón”. – Un lugar donde se mueven buenos machos, pero difícil de cazar por, “lo playo” o desprovisto casi por completo de vegetación, ahí apenas se encuentran unas ralas isletas y donde solo crece pasto puna y un olivillo muy corto, que con suerte me daba a la mitad de la canilla. Lugar donde el animal corre con una gran ventaja sobre el cazador, y es su amplio campo de visión, que les permite estar siempre alerta ante cualquier peligro inminente. El hábitat ideal para los espiralados. A juntar las cosas entonces… binoculares, cuchillo, y mi fiel compañero, un Marlyn .30-06 con una mira Schmidt & Bender 6×42.
En el recorrido, Agustín me iba contando como íbamos a entrarles, qué debíamos hacer y que no, y qué dificultades deberíamos sortear para no cometer errores, ante una presa que juega de local en un terreno casi ideado para ella.
Dejamos el vehículo a una distancia más que prudencial y desde ahí caminamos en dirección a un médano alto, el más alto de terreno, el cual sería nuestro mirador. Ya desde arriba, tirados de panza en nuestra terraza, pudimos observar varios grupos, algunos solo caminando, otros comiendo y otros echados a la pobre y hasta innecesaria sombra de una pequeña isleta. Recorríamos detenidamente con los binoculares todo el hermoso valle que se formaba entre la medanada, hasta que Agustín pudo encontrarlo, y mientras me comentaba que era un buen antílope y se encontraba echado a unos 300 m de nosotros, me señalaba el sitio exacto donde estaba para que pueda verlo. ¡Me encantó! Mis pulsaciones comenzaron a acelerarse… Eran mis primeros pasos y veía un animal hermoso, bien oscuro, de vueltas muy marcadas y puntas hacia afuera, que colmaba por lejos mis expectativas.
Agustín me pregunta: – ¿Te gusta, le entramos? – A lo que le contesté casi suplicando, ¡un rotundo Siiiiiiiii!
El rececho no iba a ser nada fácil… bajamos el médano en cuclillas y dimos un gran rodeo hasta una isleta que notamos podría ser nuestra primera parada para atacar el playón. Ahora vendría lo más complicado, pasarles cerca a los demás grupos de antílopes que se encontraban tranquilamente pastando en las inmediaciones. Achicamos 100 m en cuatro patas, pero la distancia seguía siendo considerable, por lo que no nos quedó otra que tirarnos cuerpo a tierra y arrastrarnos otros 50 m y hasta ahí llegamos… delante ya teníamos la manada de nuestro antílope y si la alterábamos, seguro emprenderían la fuga.
De panza en el piso, los observamos un buen rato. Todo seguía normal, no mostraban signos de inquietud y nuestro objetivo seguía todavía echado disfrutando del tenue sol.
Con el antílope echado teníamos algunas alternativas como: silbar para llamar su atención y hacer que se levante (con el riesgo que salga corriendo sin darnos la mínima oportunidad de tiro), o tirarle como estaba. Esta última no era tampoco muy confiable por el poco campo de visión que podía tener, corriendo el riesgo de errar o peor aún, pegar mal y dejar herido al animal. Después de cambiar opiniones, armé el bípode y miré a mi presa a través de la mira, veía muy bien su paleta, lomo y tabla del cogote. Confiando más que nunca en mi equipo, decidí tirar. Alinee la cruz de mi retículo, arriba de la paleta, casi en la base del cogote, respire hondo, contuve, y apreté suavemente el gatillo… El disparo fue fulminante, el animal se volcó sobre su costado y ahí quedó, hasta me atrevo a decir, sin sufrimiento alguno. Recargué y lo observamos por un buen rato, como no se movía decidimos ir por él. Tranqueamos los pasos, fueron 175, una distancia considerable para una presa de su tamaño y dadas las condiciones que se presentaron. La felicidad en ese momento fue plena, aquellos cazadores que estén leyendo este relato podrán comprenderme, porque solo un cazador puede sentir, en lo más profundo de su ser, esas sensaciones que transmite el arte venatorio de la caza.
Sacamos un par de fotos para inmortalizar aún más el momento, nos estrechamos la mano y nos dimos un fuerte abrazo para sellar mi soñada cacería de antílopes.

Juan María Gomez
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