El quemado

Dario Casal

Corría marzo del 98, y las tan esperadas lluvias ayudaron a que el monte volviera a teñirse de verde, después de un gran incendio que había arrasado y desbastado una parte importante del Valle de Utracán, Provincia de la Pampa. Más precisamente en la localidad de Quehué, ahora la ciervada podría alimentarse bien de cara a una nueva brama.

Mientras tanto, yo me encontraba terminando los preparativos para recibir a Ramón Estalella, un cazador español, habitué de la brama pampeana, quien llegaría pasada la segunda quincena de marzo.

Mi cazador llegó y como no podía ser de otra manera, apenas pisó el campo, salimos con la ilusión de siempre, a dar nuestra primera recorrida. Nos dirigimos a un valle de montes quemados que días antes había yo caminado, observando un importante movimiento de ciervos. En el trayecto, temprano nos sorprendió un bramido a lo lejos, pero fuerte, de esos que a uno le produce esa ansiedad por querer verlo… Así se fueron sucediendo, bramidos, tras bramidos

Caminábamos en su dirección cautelosamente por una picada, cuando a unos 300 m vuelve a bramar y pudimos escuchar claramente como corría las hembras en su afán de mantenerlas juntas y poder cubrirlas. Sin pensarlo dos veces y con viento a nuestro favor, avanzamos hacia él.; faltando pocos metros para llegar, aminoramos la marcha porque los palos quemados esparcidos por el suelo hacían mucho ruido… Un bramido más y de repente comenzaron a aparecer las hembras; ahí nos detuvimos y muy cuidadosamente nos dedicamos a buscar el macho. Fue cuando en una de las pasadas con mis binoculares lo veo, estaba de culo y en lo espeso del quemado, “un criollo hermoso”, de los que cuesta encontrar. Mi corazón a mil como cada vez que me toca colocar a un cazador delante de su trofeo. Busco un apoyo y lo ubico a Ramón para que efectúe el disparo, observo cuidadosamente los movimientos del animal y cuando este está bien posicionado, autorizo al cazador a disparar. El 7 MM suena, pero para nuestro asombro, el ciervo no acusa el disparo, pega un remolineo asustado entre las hembras y se para de frente a nosotros, no había tiempo a nada, solo cargar rápido y volver a tirar, aunque ahora con el animal completamente de frente el blanco sería su pecho; y ahí fue donde entró el disparo, en el centro de “la olla” como suele decirse comúnmente a esa zona; esta vez solo corrió unos metros y cayó herido de muerte.

Llegaron los festejos y felicitaciones, delante de nosotros teníamos un muy lindo colorado de 13 puntas, abierto, largo, y grueso, que remataba con un hermoso perlado.

Sacamos el trofeo, las fotos de rigor y volvimos al casco de la estancia a seguir festejando y buscar un vehículo para sacar el animal y así aprovechar su carne.

A modo de comentario les cuento que el primer disparo se desvió (de seguro en alguna rama o palo) y pegó en el cuero del garrón, lo supimos después de faenarlo.

 

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