Hace tanto, o más de diez años que participo de lo que folklóricamente podemos llamar una peña, en este caso de cazadores, en mi provincia, Misiones. Por supuesto que ya se ha convertido en reuniones de amigos, donde nos juntamos a programar cacerías (mayor o menor), degustar algún plato que elaboramos casi siempre con carnes de caza, festejamos cumpleaños, eventos, o solo a mentir y pasar un rato entre camaradas.
Cuando de caza mayor hablamos, la brama del ciervo rojo, fue, es, y seguramente será, uno de los temas más frecuentes en estos encuentros y como las distancias que debemos cubrir desde nuestra localidad hasta los principales cazaderos de nuestro país son considerables, esto nos lleva a planificar con una buena antelación nuestros viajes.
La Pampa, aunque distante a 1.700 km, ha sido uno de nuestros destinos más recurrentes. Comenzamos visitando esta emblemática provincia en el año 2015 y lo hemos venido haciendo en repetidas oportunidades. Viajamos en grupo y la mayoría de las veces lo hacemos todos juntos en la combi de Romualdo (mi padre), donde aparte de disfrutar el viaje, casi como adolescentes, aprovechamos para llevar hasta lo más necesario e innecesario que se les ocurra. Un periplo que nos lleva dos días, y el hacer una noche en el majestuoso Parque Luro ya es casi una parada obligada. El predio cuenta con unas cabañas sumamente confortables para el turista, aunque a nosotros lo que más nos interesa es presenciar esa ceremonia única, “la brama del ciervo rojo”, un espectáculo de una magnitud sin igual, que solo podrán vivir ahí y en muy pocos otros parques del mundo.
Este 2022 fue atípico, solo pudimos coordinar 4 amigos, cuando comúnmente viajamos no menos de 6 e incluso hemos llegado a ser 8. Más atípico aún porque viajarían tres de nuestras esposas, una experiencia nueva para todos, ya que es una actividad que comúnmente no se comparte con ellas.
El coto La Mota era nuestro destino, ahí nos esperaba Pastor Carranza, quien luego de una cordial recepción, nos invitó a hospedarnos, para luego – y después de atormentarlo con las clásicas preguntas de todo cazador que recién llega – comenzar a designar los guías con los que cazaríamos cada uno de nosotros. A mí me tocó Cacho Carranza (hermano de Pastor), un muy experimentado guía, con más de 30 años de oficio y una cordialidad digna de reconocer.
La cacería se venía dando mucho mejor de lo que pensábamos, incluso superaba ampliamente nuestras expectativas. En mi caso, ya había cobrado un muy lindo 11 en compañía de Sandra (mi esposa) y ahora iba por mi segundo ciervo.
Dejamos descansar el cuadro donde cazamos y nos trasladamos a otro, distante a unos 20 km. Primero nos encargamos de hacer un reconocimiento del lugar, queríamos saber cómo se venía dando la brama y qué potenciales machos podíamos encontrar. Una
tarde, en una de estas recorridas, nos encontramos con buena brama; como siempre en estos casos, nos fuimos internando en el monte buscando ese rugido que nos seduzca para ponernos tras él.
No pasó mucho hasta que lo escuchamos… Era el que siempre oí en charlas o leí en historias de caza, casi irreal para mí hasta ese momento. Sonaba despacio -como si estuviera lejos- cuando no lo estaba; sonaba corto – como si estuviera desganado- cuando tampoco lo estaba; y sonaba grueso y ronco, como nunca escuché otro. ¡Era ese tan mentado rezongo que siempre asocian con los ciervos capitales!
La ansiedad me invadió… quería salir corriendo por él, cuando, y acá es donde se ve o reconoce la experiencia del guía, Cacho me dijo: – Dejémoslo tranquilo, no tenemos mucha más luz, mañana le entramos al amanecer antes que parta al dormidero-. Y muy sigilosamente nos volvimos sobre nuestros pasos.
Pasé el resto de la tarde/noche fascinado, me costaba pensar y hablar de otra cosa que no fuese de él, ese sonido me había embrujado. Las 5 am hora de partir… y yo casi sin dormir por esa hermosa y maldita ansiedad que me mantuvo en vilo. Nos subimos a oscuras los tres en la camioneta (Sandra, nuevamente, nos acompañaría). Íbamos tras “ese” rezongo, sin saber la calidad del ciervo; ni tampoco conocíamos si era él, el dueño del harén o solo se mantenía en el anillo circundante.
Al llegar nos encontramos ciervos rugiendo a los cuatro vientos, pero lo que buscábamos, esta vez nos costaría reconocerlo. El día se presentaba distinto a la tarde anterior, ahora escuchábamos un ronco, pero potente y tendido bramido dominante, acompañado del singular ojj – ojj – ojj – que emitía al rejuntar las hembras, más otros bramidos sueltos y desparramados en los alrededores. Claramente, al amo del harén, le estaban invadiendo el territorio.
Nuestro rezongo seguía sin oírse y luego de esperar un buen rato por él, decidimos entrar al fachinal a ver con qué nos encontrábamos. El alba de a poco comenzaba a acompañarnos; dábamos escasos pasos, para luego detenernos a escuchar y tratar de divisar alguna figura. Pasaron minutos, de los que parecen horas, y dejamos de escuchar por un momento todo ese alboroto hacia el que íbamos. ¡Y fue entonces cuando volvimos a escucharlo!
Ahora todo cerraba, era nuestro ciervo el que rugía enfurecido, habría sufrido la irrupción de algún o algunos machos y por eso se lo escuchaba tan enojado, nuevamente calmado, dejaba oír su grueso rezongo casi en modo advertencia hacia los bandidos que lo acechaban. Claramente, había corrido a sus adversarios, y ahora más tranquilo, berreaba su particular rezongo.
Nervios, ansiedad, más todas esas sensaciones que solo sentimos los que amamos la caza, me hacían transpirar adrenalina pura y no me dejaban siquiera prestarle atención a Cacho, que meticulosamente planeaba la entrada.
De pronto escuchamos la atropellada, un ciervo nos pasó a escasos metros, claramente motivado por sus hormonas, ni nos vio… y corría decidido hacia el fachinal, de seguro a batallar por sexo. ¡Toda esta nueva revuelta nos beneficiaría!
El intruso entró decididamente a la bramera, pero como entró salió, y salió con nuestro ciervo corriéndolo detrás. El entrometido salió despavorido y derecho hacia donde nos encontrábamos, al vernos se asustó tanto como nosotros y desvió su recorrido, pero se paró a menos de 50 m a mirarnos. Fueron segundos de confusión y/o hasta miedo, aunque cuando volteamos a mirar en dirección al fachinal donde estaba el otro “el que nosotros queríamos”, nos quedamos paralizados al verlo, era un ciervazo en todo su esplendor, que lentamente volvía a internarse en la maraña.
Cacho me dice: – “Dany es una torta”- y me apura a que ganemos unos metros más para ver si podíamos encontrarlo, ahora más cerca pudimos ver las hembras que comenzaban a moverse, y él detrás. Nos corrimos unos metros más hasta quedar frente a un claro, donde deberíamos verlos pasar. Una hembra fue la primera en cruzar el abra, luego vino otra y así fueron una a una pasando, hasta que llegó el turno de él, quien como percibiendo que algo o alguien lo acechaba, se quedó al borde del claro, sin cruzar…
Cacho me sugiere que me mueva cuidadosamente unos metros hacia un costado, y ahí es cuando logro ver, limpiamente, la tabla del cogote. Busqué firmeza colocando rodilla en tierra, pero ahora debía encontrar como calmarme… Respiré hondo una, dos, tres y no sé cuántas veces más… hasta que me sentí más calmado y confiado, no hubiera disparado de no haberlo logrado, cazo con un Vergara monotiro, y esto me enseñó a ser lo más disciplinado y seguro posible.
El .308 sonó en el silencio que por ese momento imperaba y el Rey cayó. Corrimos los tres (Sandra a la par nuestra en todo momento), hasta dar con él, que yacía ya sin vida en el lugar.
¡Fue el momento de emoción más grande que sentí cazando, habíamos logrado el ciervo que buscábamos, no cualquiera… y encima, como dijo Cacho, “era una torta”!

Daniel Fritzen
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