“… Tengo un objetivo, me preparo, me organizo, camino.
Soy intruso en un ambiente que conozco.
Y seré intruso hasta que me funda con el paisaje.
No importa el esfuerzo, no importan las dificultades.
Siento el viento en la cara, así debe ser.
Mido mis pasos, tengo confianza, estoy decidido a triunfar.
Vigilo en las sombras, intento ser invisible.
Me integro al entorno; pido permiso, de ello depende el éxito.
Busco las huellas a seguir, subo, bajo, espero.
A la distancia detecto movimiento; me agazapo.
Domino la ansiedad, calmo mis pulsaciones.
Tomo posición con mucho sigilo.
Enfoco y evalúo el objetivo.
¡Es lo que busco! – ¡Tengo el tiro libre! Solo debo elegir el momento.
Me abstraigo del entorno, una última respiración.
…Un, dos, tres, disparo.
El estampido me indica que di en el blanco.
La presa se desploma como un castillo de naipes.
Me acerco lentamente, apoyo mi mano, su corazón ya no late…
Le pido perdón y agradezco por su carne.
Hoy fui uno con la naturaleza, y esta, me permitió tomar parte de ella…”
Estas fueron las palabras que me brotaron del corazón con las que honre la vida de ese noble ejemplar.
Así fue, así lo cacé:
El invierno había terminado, el clima era benévolo y las condiciones eran las ideales para disfrutar del monte, por lo que, con mi amigo “el cuervo,” decidimos conectarnos con nuestras raíces y disfrutar de un fin de semana de cacería. Yo iría nuevamente detrás del escurridizo y hermoso Ciervo Axis, que tantas veces se me había negado, y mi compañero sería el encargado de buscar una presa menor para la cena.
Salimos del puesto con nuestras mochilas cargadas con lo justo e indispensable: radios, equipo de mate, galletitas, agua y cuchillo. Tras 2 km de caminata había llegado el momento de separarnos, ya que cada uno tenía un objetivo diferente. Coordinamos el punto de encuentro, sincronizamos el canal de las radios y partimos; mi compañero lo haría hacia el Este y yo tomaría rumbo Sur-Este.
Llevaba tan solo no más de 30 minutos de un caminar lento y en absoluto sigilo, cuando logro divisar mi objetivo. Un gran macho pastaba muy tranquilo en compañía de varias hembras.
Momento de contener las pulsaciones, dominar la ansiedad y templar el pulso para que la naturaleza acepte y permita mi voluntad. Un disparo certero (cuatro dedos por debajo del lomo, encima de la paleta) del .308 lo deja en sus huellas. Mi primer Ciervo Axis yacía ante mí, lo contemplo un largo tiempo, rindo sus honores y tomo mi radio para comunicarme con mi compañero. Le doy mi posición y a los pocos minutos se hace presente para felicitarme y festejar conmigo.
No acostumbro a despostar en caliente y aunque el animal superaba mi peso, entre los dos lo cargamos sobre nuestros hombros y salimos de vuelta al puesto.
La noche nos alcanzó antes de llegar a un arroyo muy sucio que debíamos atravesar; sumado a que nuestras fuerzas disminuían con cada paso que dábamos, esto nos llevó a decidirnos pasar la noche al pie de un frondoso árbol. Juntamos leña, hicimos fuego para calentarnos y de paso preparar unos mates que, acompañados de galletitas, serían nuestra cena. La noche no fue fácil, dormimos con un ojo abierto, ya que en la zona hay muchos chanchos y temíamos que el olor del animal los atrajera. El frío también nos jugó una mala pasada despertándonos más de una vez, para que alimentáramos al fuego.
Ya con el amanecer y con lo que quedaba de la leña, calentamos nuevamente agua, tomamos unos mates y emprendimos el último tramo del camino. Cerca de las 10 de la mañana ya estábamos en el puesto para despostar la presa y continuar disfrutando de la experiencia y la amistad.

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