En una luna de abril

Casi siempre cacé solo, mayormente por la locura que tengo con esto, y porque los demás muchas veces no pueden seguirme con mis tiempos. Aunque esa luna me encontró con un grupo de amigos dispuestos a pasarla bien y esperar a los hocicudos.

Esa mañana y como lo veníamos haciendo, designamos los apostaderos. Me había tocado el que más lejos estaba, por lo que primero yo debería repartir con la camioneta a los demás.

Como me gusta apostarme temprano y conozco cómo es esto, antes de las 5 de la tarde yo ya estaba listo, y como casi siempre… los demás no. Daban vueltas y vueltas y a mí me subía la temperatura…

Por supuesto salimos tarde… terminé de repartirlos después de las 7, y todavía tenía que irme hasta mi lugar, dejar mi equipo y llevar el vehículo lejos de donde pasaría la noche.

Ya en mi apostadero a oscuras acabé de acomodar mis cosas, puteando a dos motores por lo tarde que se me había hecho, sabía que los chanchos estaban haciendo una entrada temprano al cebadero y me preocupaba haberlos asustado con mi trajín.

Mientras mi vista de a poco se acomodaba a la oscuridad, prendí un cigarrillo y preparé el mate para bajar un cambio.

No pasó mucho tiempo hasta que la luna comenzó a alumbrar como nunca, ya relajado, no dejaba de mirar atentamente los distintos pasaderos por los que se movían los chanchos para llegar hasta las manzanas que había destinado como cebo.

Pasadas las ocho y media, de entre las sombras de un tamarisco, comienza muy de a poco a aparecer una gran masa negra que no terminaba de salir, supuse por su comportamiento que podría tratarse de un padrillo a los que le llamamos mañeros y estaba comprobando que todo estuviera tranquilo.

Muy despacio levanté mi .30-06 para observarlo mejor, cuando de improvisto salió de las sombras al tranco hacia las manzanas. Como llegó partió, no sé si con la intención de irse definitivamente porque había notado mi presencia, pero no lo iba a averiguar. Salió cejado y antes de perderlo de vista, ya convencido que era un padrillo por su comportamiento y silueta, le solté el tiro detrás de las costillas. Cayó seco sobre sus pasos, recargué y lo observé un momento, cuando comprobé que ya no se movía, fui a verlo. Hasta el día de hoy recuerdo la sensación que me produjo, sus ñoquis bien curvos como queriendo juntarse y sus colmillos muy grandes y gruesos me hicieron tiritar las patas…

¡Luna de abril que compartiera con tres amigos, dos de los cuales hoy no están y para ellos va este relato!

Jonathan » Rusito» Bisterfeld

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