Hasta el dormidero

Emanuel Sesarego

Todo comenzó allá por el 2020, cuando conocí a Carlos Emanuel Aguilar, pampeano el amigo y que, con tan solo 33 años, ya lleva más de la mitad de su vida, cazando y oficiando como guía de caza. Entre charla y charla me invitó a cazar con él a La Tumba del Gran Cañón. Con ese nombre, algo me decía que no podía rechazar tal invitación. Enclavado entre la vasta meseta patagónica argentina y valles soñados del sur de Bariloche.

Lo demás es de público conocimiento… un virus letal azota al mundo y todos encerrados en sus casas.
Nos mantuvimos todo ese año constantemente comunicados y así fue que reorganizamos nuestra cacería para la brama del 2021.

Salí de mi Arenaza natal, Provincia de Buenos Aires, con rumbo a Santa Rosa, La Pampa, donde pasé por Emanuel y juntos emprendimos viaje, que por cierto no nos fue nada fácil. El fuego azotaba varias localidades aledañas y tuvimos que dar un buen rodeo para poder llegar.

A nuestro arribo nos esperaba Juan (el paisa), propietario del campo, que en esta oportunidad oficiaría como nuestro baquiano. La charla comenzó por donde era de esperarse, contándonos el movimiento de los ciervos que había podido observar días antes cuando rejuntaba su ganado, mientras degustábamos unas tremendas tortas fritas con mates que nos convidaba.

Comenzamos a ensillar y a acomodar los pilcheros, llegaba la hora de partir… Muy celosamente cargué sobre mi hombro el Brno 30-06 que usaría, equipado con una muy confiable y clara Swarovski. Montamos y tomamos una senda de animales con dirección al Noreste y a tranco lento iniciábamos nuestra aventura.

Los caballos conocían muy bien el camino y yo solo me preocupé por disfrutar del paisaje mientras mi pingo iba en piloto automático. Casi después de tres horas de cabalgata, el entorno comenzó a cambiar; nos adentramos en un gran bosque de lengas, donde en el centro se encontraba nuestro “rústico” refugio; una pequeña casilla de maderas (muy maltratada por el duro clima) que se usa comúnmente como comedor o para resguardarse de un temporal.

Mientras armábamos campamento, Juan se encargaba de un suculento almuerzo. Luego de comer, nos tiramos a descansar un rato, aunque no pude pegar un ojo, la ansiedad por comenzar a cazar, me volvía loco… Por fin tipo 5, pusimos la pava al fuego y nos tomamos unos amargos para tirar la tarde. El plan era salir a recorrer y observar cuidadosamente unos mallines cercanos. En el trayecto hicimos varias paradas, buscando incansablemente con los binoculares y el catalejo (herramientas imprescindibles para este tipo de cacería) ver algún astado. El ocaso poco a poco comenzó a cubrirnos, por lo que decidimos bajar. Mientras apretábamos las cinchas, escuchamos los primeros y majestuosos bramidos, aunque lejos y muy tarde como para tratar de arrimarnos. Al llegar a nuestro campamento de inmediato encendimos un buen fogón. El paisa esta vez se preparaba un exquisito guiso de lentejas, de esos que en el campo saben mejor que en cualquier otro lado. La sobremesa fue larga y divertida, se podía apreciar la buena onda que reinaba.

Nuestros días transcurrían entre cabalgatas, trepadas y avistamientos, pero mi fecha se acortaba y yo sin cazar. Decidimos dejar la “comodidad” del refugio donde estábamos y subimos hasta otro, enclavado en lo más alto de esas montañas, desde donde no solo teníamos mejor visión, sino que los ciervos atravesaban desde sus dormideros a los mallines.

Al día siguiente, ya nos encontrábamos en ese nuevo sector y apenas aclaró, salimos con el paisa. Anduvimos mucho, pero mucho, hasta que un bramido nos entusiasmó y fuimos tras él. Con mucho sacrificio pudimos arrimarlo y por esos errores que uno comete cazando, erro el disparo… Un tiro mal apoyado que nunca debí efectuar, aunque por suerte no malherí al animal.

Si algo me faltaba era esto… la fatiga y ahora la desazón de haber errado, comenzaban a ganarme. Largos días en la montaña, terminan quebrando a muchos y yo no era la excepción. Con el ánimo por el piso, llegue al campamento para contarle a Emanuel lo sucedido. Y es acá donde quiero resaltar el valor y la confianza que trasmite un buen guía. Emanuel me dijo: – ¡Quedate tranquilo, que si ya sabes donde se mueve, mañana lo cazamos! –

Salimos esa última madrugada sin brama, cabalgamos al resguardo de un cañadón por donde corría un hermoso arroyo de deshielo, llegando al gran mallín donde se movían las hembras y habíamos encontrado el ciervo. Nuevamente, ahí estaba… correteaba y trataba de aparearse con cuanta hembra podía. De un momento a otro una cierva corrió y toda la tropa la siguió, de seguro el viento nos había traicionado.

Mi guía me pregunto: – ¿Estás para seguirlo?
Mi respuesta fue un rotundo «SÍ».

-Entonces vamos, me dijo, lo vamos a seguir, de seguro y por la hora irán hasta el dormidero.

Debíamos escalar una gran pared casi vertical y de piedras sueltas por donde los ciervos cortaron a la carrera y sin ningún problema. Dejamos los caballos y todo lo que podría cargarnos con peso innecesario, solo binoculares y fusiles, nos acompañarían. Esa trepada fue durísima y aunque Ema se ofreció a ayudarme a cargar en partes mi fusil (para ese momento y después del cansancio de muchos días, pesaba para mí, cerca de 50 kg…), no quise.

Llegamos a la cima cerca del mediodía y Ema (creo que después de verme) me dijo que me quedara ahí. Él recorrería la zona y trataría de cortarles el rastro. No sé cuánto pasó, pero me despertó su llegada.

-Vamos, me dijo. -Sé hacia donde van.

Sus rastros se dirigían hacia un bosque de lengas atravesado por un profundo y muy sucio zanjón, donde él creía que de seguro estarían. Al llegar quedamos muy atentos a escuchar y observar cualquier movimiento dentro del fachinal. No pasó mucho tiempo hasta que su rezongo, le daba la razón a mi guía y nos delataba su posición.

Comenzábamos muy sigilosamente de seguro nuestro último acecho.

Lo primero que vimos fueron las hembras pastando tranquilas casi debajo de nosotros en el profundo y sucio cañadón, le hice una cama al rifle y me tiré de panza con la ilusión que apareciera el macho.

-Lo vamos a esperar – Me dijo Emanuel y casi al mismo tiempo susurrando siguió – Salió al claro, ahí está… es un ciervazo, ojo que se nos va a meter de nuevo al fachinal y lo podemos perder-.

¡No dudé un segundo, respiré hondo, cruz al codillo y bommmm – Cayendo ese majestuoso animal sobre sus pasos!

Comencé a gritar de alegría, sacando toda esa carga y nervios que tenía dentro. ¡Emanuel me felicito y me dio un gran abrazo para cerrar una aventura que llevaré grabada de por vida!

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