Helada en el aguaribay

Tomy Burrieza

Se aproximaba la luna de julio y el movimiento de chanchos que veníamos mirando en el campo nos entusiasmaba a realizar el intento de cazar un buen padrillo. La situación de sequía generalizada y consecuente falta de comida, contribuyó a que, hasta los animales más desconfiados, visiten las represas y cebaderos del lugar. Si bien todo indicaba que existían posibilidades de éxito, teníamos muy presente la dificultad de realizar un aguardo con las bajas temperaturas que se producen en época invernal.

Decidimos organizar los bártulos y temprano por la mañana, salimos a la ruta con lo necesario, para dirigirnos al campo de un amigo, ubicado al este de la provincia de Mendoza, en el Departamento de Santa Rosa. Luego de almorzar y preparar el equipo, nos dispusimos a salir del puesto de campo hacia los apostaderos, y hablo en plural porque también estaba mi fiel compañero, mi viejo.

Después de hacer una recorrida rápida y evaluar los rastros en las represas y comederos, elegimos los dos lugares más prometedores a fin de distribuirnos. Me tocó manejar a mí, así que primero dejé a mi papá, junto a nuestro perro en una de las aguadas, para luego dirigirme a la represa donde iba a realizar mi aguardo, que se encuentra a unos 7 km de allí.

Ese día decidí apostarme arriba de un aguaribay añoso, que está ubicado dentro de una gran represa. Realizaría la espera al aire libre, sentado en una silla, la cual acomodé sobre una rama del árbol, a unos 4 metros de altura, buscando protección de los vientos que pudieran delatar mi posición.

Luego de esconder el vehículo, caminé para subirme al apostadero, terminando de acomodar todo cerca de las 18:00, sabiendo que los animales comenzaban su movimiento temprano. Me dispuse a pasar la fría noche que se aproximaba, ya que ese día el pronóstico indicaba temperaturas bajo cero y una leve brisa del este, por lo tanto, comencé a preparar la ropa de abrigo para luego no tener que realizar movimiento y posibles ruidos.

En ese momento, la represa se encontraba casi seca, solo quedaba un pequeño charco y un manchón de barro en uno de sus extremos, a unos 80 metros del mencionado árbol. Allí las huellas reflejaban que por lo menos un gran padrillo asistía a revolcarse, mientras que otros, de menor tamaño, concurrían a comer el maíz que le dejábamos para cebarlos.

Al padrillo grande, ya lo teníamos identificado por su particular pisada desde hacía algunos meses, al cual apodamos, como a tantos otros, “El Patón”. Pero fueron varias las noches que hicimos el intento, sin lograr verlo.

Se hicieron las 21:00… todavía no se veía movimiento, para ese entonces mi reloj ya acusaba -2 °C, y el frío se hacía sentir, sumado que la noche estaba completamente despejada y caía una helada de aquellas.

Pero de repente, se terminó la sensación de frío… comencé a escuchar pasos de un animal que caminaba a mis espaldas, a escasos metros, y pude confirmar que era un chancho, ya que venía osando en búsqueda de alimento y quebrando alguna que otra ramita, avanzando hacia mi posición. En ese momento era imposible verlo, ya que estaba cubierto de monte, así que solo me dediqué a escuchar y esperar a ver que pasaba. Mientras tanto, comencé a sacarme los guantes de abrigo, preparándome, por si se presentaba ocasión de disparar.

Aunque no lo había visto, el corazón ya se había acelerado, ¡cada vez lo escuchaba más cerca!, hasta que de repente, lo sentí caminar algunos pasos y todo se volvió silencio… ¿Me habrá venteado, me escuchó?, fue lo primero que pensé. El frío comenzó a sentirse nuevamente…

Se hicieron las 22:00 y todavía me preguntaba que había pasado con el chancho. El barro seguía sin actividad, y en cuestión de horas, mi visión del lugar se acabaría, ya que la luna se estaba pasando; hasta que, sorpresivamente, un bulto oscuro, saliendo a través del monte, se asomó lentamente y caminó por la orilla de la represa con dirección al charco. Nuevamente, comencé a sacarme los guantes y esperé a que llegara al barro para mirarlo con los binoculares. Cuando lo vi supe que era un buen padrillo, ¡otra vez se aceleraba el corazón! ¿Será el patón?, pensaba.

Lentamente, dejé los largavistas y con mayor cuidado acomodé mi Ruger 7mm para ubicar al animal. Sin realizar ni un solo ruido saqué el seguro del rifle, ya que estaba convencido de disparar, era un padrillo, ¡y de los grandes!

 En ese momento una sensación inigualable invade el cuerpo, una inyección de adrenalina tremenda que, así como confirma la emoción y pasión de lo que estamos viviendo, también es capaz de hacernos cometer un error y fallar.

Respirando hondo, me tomé unos segundos para apuntar tranquilo, en ese instante se definía todo. Mientras tanto, el padrillo se encontraba parado, de costado, un poco cejado, pero dándome un disparo limpio, por lo que posicioné la cruz en su paleta y suavemente apreté el gatillo. Pude escuchar como la punta Barnes X de 160 grains, de recarga propia, impactaban en el objetivo. Cargué rápido y lo vi correr al monte, sin oportunidad de realizar otro disparo.

Cómo siempre, esperé unos 20 minutos y bajé del apostadero para ir a ver los rastros. Caminé hasta el lugar donde se encontraba el animal cuando disparé, pude encontrar rastros frescos en el barro y para mi alegría, unas pintas de sangre en la tierra me indicaban que el jabalí, iba pegado.

Comencé a seguir su rastro y cuando vi su pisada, me imaginé que podía ser el que tanto buscábamos. Luego de unos 15 metros, los rastros se dirigían al sucio por el cual había entrado y encaraba por una senda de chilcas muy cerrada. En la vegetación pude ver nuevamente pintas de sangre, sabía que el mozo no iba a ir muy lejos, pero al estar solo, era hora de buscar a mis compañeros para no correr riesgos.

Como todavía era temprano, me comuniqué por radio con mi papá y le conté rápidamente lo sucedido. Decidí esperar que se haga más tarde para ir a buscarlo, por si a él le bajaba algo y mientras tanto yo acomodaba todo para retirarme. Se hicieron las 00:00 y me dispuse a bajar del apostadero, para ese entonces la temperatura era de -4 °C… me venía bien ponerme en movimiento.

Una vez reunido todo el equipo, decidimos ir a buscar el chancho a la mañana siguiente, ya que no quisimos meter ruido en el horario que se estaban moviendo los animales.
Temprano por la mañana, antes de que empiece a calentar el sol, ya estábamos parados en los rastros del padrillo herido. Fue cuestión de segundos para que mi perro, Angus, tomara el rastro del jabalí y comenzara su búsqueda.

 Lo solté en el lugar del disparo y a los 35 metros, con gruñidos, nos marcó su ubicación.

Cuando llegamos donde se encontraba el jabalí abatido, aparte de impresionarnos con su tamaño, pudimos confirmar que era el famoso “Patón”, ¡No dábamos más de alegría, después de tanto empeño! Nos impresionó además el tamaño y grosor de sus colmillos, hacía varios años que no veíamos algo así por nuestros pagos.

Luego de abrazos, felicitaciones y fotos para recordar el momento, con dificultad lo sacamos de la represa para cargarlo y llevarlo al puesto y así concluir con el trabajo de aprovechar la carne de un animal que pesaba cerca de 100 kilos.

Esta es otra anécdota que quedará para el recuerdo, aprovechando estas líneas para agradecerle a mi padre, responsable de esta pasión por la caza, en la cual me veo sumergido. Este trofeo, como tantos otros, siento que lo hemos cazado juntos.

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