Jabalíes del Atuel

Por Carlos Rebella

El Atuel, o Alma de la Tierra para los Puelches, nace en las altas cumbres andinas, como desagüe de la laguna homónima cercana al volcán El Sosneado, a más de 3500 metros S.N.M. Atraviesa parte de la provincia de Mendoza, e ingresa a La Pampa en el Paso de la Horqueta, como río Salado, o Chadiluefú para los Mapuches.

Posiblemente, sea el más afluente más conflictivo de nuestra historia. El aprovechamiento de sus aguas provocó las primeras desavenencias en 1918, cuando los cuyanos limitaron, con derivaciones artificiales, el caudal que ingresaba a La Pampa. Más tarde, la construcción de la represa Nihuil, una de las que integran el complejo hidroeléctrico Los Nihuiles, agravó exponencialmente el problema, al punto que el Salado permanece árido durante gran parte del año, ocasionando grandes perjuicios económicos, sociales y ecológicos a la provincia vecina. Diversas resoluciones de la Corte Suprema de Justicia, – que nunca fueron acatadas – prolongaron disputas y nuevas sentencias ignoradas, hasta que, en el año 2018, el Supremo organismo ordenó que Mendoza, respetara un valor mínimo de referencia de caudal de 3,2 metros cúbicos por segundo. Esperemos que se cumpla…

Pero, controversias aparte, cuando ocurren grandes flujos periódicos, por lluvias o apertura de esclusas, los ínfimos declives naturales del tramo sur de la torrontera, ocasionan copiosos derrames hacia el este, configurando los Bañados del Atuel. Estos grandes acuíferos, degradaron miles de hectáreas de tierras fértiles, éxodo poblacional, desaparición de cultivos, decadencia cultural y modificaciones ecológicas. Por otra parte, el viento y el guano de las aves, trasladaron nuevas especies arbustivas, herbáceas y arbóreas, entre ellas junco, jarilla, cortadera, jarililla, zampa, sauce y ceibo, sin olvidar a pequeños y grandes mamíferos como jabalí, nutria y cui, emigrantes de La Pampa, San Luis y Córdoba, atraídos por un nuevo hábitat, propicio para su geométrica reproducción.

Tantas circunstancias que combinan política e intereses, benefician indirectamente a los discípulos de San Huberto, pues los suidos, nómadas  por naturaleza, han llegado en sus merodeos hasta el lecho del río de los problemas que, aunque la mayor parte del año permanece tan seco como el Sahara, conserva numerosos ojos de agua que los lugareños llaman pozones, pequeños oasis no muy profundos y persistentes, fuente de nutritivo forraje y extensos barreros, donde acuden para cubrir su pelambre contra tábanos, mosquitos y sanguijuelas.   

Es así que, entre controversias, alteraciones ambientales y migraciones, los cazadores estamos de parabienes. Desde lo alto de las barrancas del Atuel austral mendocino, la naturaleza nos regala el mejor atalaya imaginable: altura, visión, distancia perfecta, y debajo, numerosos cebaderos naturales.  El primer contacto con esta singular cacería, se concretó a través de Oscar Pereyro, cófrade puntano compañero de muchas monteadas. Fue su vecindad geográfica, y los contactos con peones y encargados de campo, que lo llevaron hasta un puestero próximo al río, que nos facilitaría las cosas.

Los casi 900 kilómetros desde Capital Federal hasta General Alvear, una pequeña ciudad de la provincia viñatera, transcurrieron admirando paisajes bonaerenses, pampeanos y sanluiseños, geografías tan diversas como cautivantes, que me condujeron a la cita frente a la plazoleta donde se erige el imponente Monumento a la Bandera. Luego del abrazo que borró un par de años de lejanía, me acerqué a la caja de la pick up, donde se apretujaban tantos bultos como para un safari africano… Oscar es de los que piensan que vivaquear, no es sinónimo de incomodidades y sufrimientos innecesarios. Ya que desde allí nos separaban apenas dos horas de camino de tierra, y como no deseábamos interrumpir la sagrada siesta, nos acercamos a un bar donde, café y cuentos de por medio, dejamos pasar el tiempo, hasta la hora de seguirlo hasta la tranquera del rancho. Mil metros adelante, nos recibió un coro de ladridos y el paisano, mateando en el patio a la sombra de un sauce llorón. Se saludaron como viejos conocidos, y me presentó. Ismael era un mozo amable y dispuesto para ayudarnos, que entre mate y mate – hubiera preferido algo helado, ante los 38º que registraba la pantalla del auto – detalló los pormenores del cazadero, asegurando que apenas atardecía, los chanchos acudían en tropilla, al punto que, cuando necesita carne, basta con una corrida de su jauría para hacerse de alguna jabalina gorda. También, para facilitarnos las cosas, había desmontado un buen sector para el acampe, y dispuesto un caballo carguero para trasladar el equipo, ya que no había camino hasta la costa. Para aprovechar las pocas noches con claridad lunar y no montar dos veces el campamento, apenas aflojó la canícula acercó el caballo y cinchó los arneses, similares a las chiwas sureñas, en las que apiñamos los bártulos. No faltaron algunas cargadas del muchacho, por el exceso de equipaje… Caminamos a lo largo de un angosto sendero que atravesaba el monte, que nos llevó hasta el balcón sobre el río invisible, donde algunas vacas escuálidas vagaban sobre el fondo calcinado. A pocos metros desplegamos carpa, ante carpa y una lona que, amarrada entre árboles, haría de comedor y techo ante algún aguacero imprevisible. No faltaba el anillo de piedras, señalando al tradicional fogón campero. Con los vientos tensos, las estacas firmes y la lona asegurada, llegó el tardío atardecer, que nos sorprendió frente al fuego incipiente, esperando las brasas para el asado. Sentimos que no lo compartiera, pues debía encerrar a la majada antes que el puma hiciera de las suyas, aunque quedó a las órdenes

Luego de la copiosa cena, el largo viaje, los tragos de buen vino y el trajín, la carpa, aún fresca, resultó una suite a medida.   

Nos despertaron lejanos balidos de cabras, y algún ladrido espaciado. Con la carpa que comenzaba a calentarse, nos vestimos rápidamente y salimos a un día radiante, a pasos de la terraza y el vacío. Lo primero que vimos, llegando por el centro del cauce, fue una majada de chivos, el perro rodeándola incansable y un jinete a la retaguardia, haciendo señas con el brazo en alto. Era Ismael que, al llegar debajo de nosotros, dejó a sus animalitos al cuidado de su socio, y se nos unió con cuatro saltos de gato. Con el café, pan casero, manteca y dulce – Oscar no se privaba de nada – escuchamos sus novedades. Mientras conducía sus animales por el peculiar camino hídrico, había pasado junto a varios charcos, y todos, excepto los que almacenaban agua levemente salobre, – una curiosidad, sin duda -, mostraban señas de jabalíes, guanacos y pumas. En cualquiera tendríamos suerte.

Cuando se alejó para continuar con su trabajo, decidimos echar una ojeada. Machete en mano, buscamos el tramo menos escabroso para bajar, y rumbeamos hacia el norte, unos 1000 metros, hasta las dos primeras lagunitas, con poca agua, mucho barro y espesa vegetación acuática. Recorrimos la orilla donde, a pesar del pisadero, eran notables las de verracos, jabalinas y jabatos. Como nos pareció buen lugar para el debut, subimos el acantilado, y buscamos un sitio para el atalaya. Entre la catarata de ramas, verdes y polvorientas, escogimos un reparo de la luz nochera, y despejamos la línea de tiro y espacio para las sillas. Cuando concluimos el trabajo, más muertos que vivos por el calor, costeamos hasta el campamento.  

La carpa convertida en sauna, el agua tibia, y la brisa como fuego, puso a prueba la pasión que nos impulsa para el intento en pleno verano, tan seductor como incómodo: largas e interminables horas de inmovilidad absoluta en invierno, cuando oscurece temprano y amanece tarde; o las breves del estío, con pocas de oscuridad, pero atormentados por mosquitos y liendres. Oscar, gran cocinero, preparó un guiso increíble como almuerzo, que merecía una larga siesta para hacer más llevadero el aguante. Pero con la tienda inhabitable, nos conformamos con dormitar sobre el suelo, hasta la hora de preparar el equipo y emparedados para la cena. Cuando la brisa del Pacífico bajó notablemente la temperatura, cosa que nos recordó agregar abrigo, estábamos preparados para partir, demasiado temprano, cierto, pero mejor que aburrirse en el vivac, y un buen lance para sorprender algún madrugador.

Al iniciar la marcha, parecíamos dos arbolitos de navidad, con tantos bártulos colgados, incluidas las sillas, otro fastidio indispensable. Mucho antes que el sol se ocultara detrás de los Andes, apenas separados por 80 metros, nos apoltronamos, inmóviles y en silencio, con la vista fija en los juncales, donde algunos espejos reflejaban las últimas luces, entre totoras y cortaderas. Cuando Selene en creciente, se encumbraba lentamente en el cielo desafiando a la oscuridad con sus afilados cuernos de búfalo, por fin estábamos cazando.

Las primeras horas del aguardo no deparan, generalmente, oportunidades de tiro, ya que los grandes trofeos, añosos y cargados de experiencia, difícilmente abandonan temprano la protección de la espesura. Pero otras criaturas silvestres, en cambio, esperan ansiosas el ocaso para ofrecer todo su encanto. Aves multicolores, baten sus alas luego del baño esparciendo perlas irisadas; cuervillos renegridos cruzan en planeo rasante, pescando; garzas blancas como la nieve, caminan en cámara lenta, ceremoniosamente, rastrillando el fondo; los patos se deslizan, ingrávidos y elegantes, y los teros, ensayando sus perpetuas agachadas, pasean flirteando a su pareja. Hasta que de pronto, desaparece todo signo de vida, y el aguaje hace silencio: anunciando la muerte, asoman sigilosos los predadores. Puede ser el astuto zorro, arrastrando su larga cola grisácea; el gato montero, capaz de apresar a un pájaro al vuelo, o tal vez el puma, nuestro rey del monte, que comienzan su ronda de caza. Llega la hora en que se impone la inexorable ley de la selva: matar o morir.

Más allá de la fascinación que nos embarga cuando el sol se esconde en el poniente, o la luna bermeja asoma sobre las altas ramas de los árboles, el venador se educa, descubre, se asombra y, con los años, acumula sabiduría. Aprende a diferenciar cuando el mordisco o la atropellada del macho es amoroso o agresivo; si el grito metálico del ciervo axis, corresponde al semental o la hembra; distingue al bramido del búfalo arisco o el toro sumiso; el ladrido insistente del zorro en celo; el bufido de un verraco alarmado; el de su compañera amonestando jabatos, o el chillido del puma, cuando salta sobre su presa. Juegos, riñas, flirteos sexuales, temores y alertas, entrenan sus ojos, oídos y olfato, para competir, siempre en desventaja: las narinas del jabalí, pueden detectar olores humanos a 150 metros; los oídos del ciervo ruidos inaudibles para los nuestros, y vista es telescópica, excepto los suidos. Las reses no se anuncian con bombos y platillos, hacen del instinto su arma y de los sentidos una coraza. Todos los sonidos de la selva o la montaña, propalan mensajes, aunque es difícil detectar los matices que transmiten, o no, señales de peligro.

Poco después los hechos probaron cuanto aseguró Ismael: apenas habían pasado dos horas de noche cerrada, comenzó la función con una jabalina acompañada por seis o siete jabatos, trotando en dirección a la ribera barrosa. Fue un espectáculo circense. Durante media hora, los rayones no cesaron de jugar fingiendo peleas, zambullendo o revolcándose bajo la mirada atenta de la madre. Más tarde desfilaron machos jóvenes y solitarios, un gato casi negro y desconfiado, hasta que al filo de la medianoche una silueta se dibujó, nítida, sobre la arena blanquecina. Se aproximaba desde el sur, – mala suerte para Oscar, pues seguramente se detendría en mi charco – hasta unos 120 metros, cuando se detuvo para husmear con su jeta enhiesta, el olor de quienes lo precedieron. Pesaría más de cien kilos, pero, aun así, esperé que se acercara para observarlo a través del luminoso lente de la Leupold. Al llegar a las primeras hiladas de juncos, y al abrir su bocaza para las primeras mascadas, comprobé que los dientes inferiores eran pequeños: faltaban años para que se convirtiera en un gran navajero. Luego desapareció entre la maleza, se oyeron chapuzones y gruñidos, y reapareció por el otro lado, en dirección a Oscar que, ni lerdo ni perezoso, le acertó un disparo que marcó el primer abate de la jornada. Mi amigo no es cazador de trofeos y lo confiesa sin vergüenzas, disfruta del acecho y el rececho, y sus lances son tan o más meritorios como cualquiera, pero su mejor logro es un animal gordo y sabroso, para el estofado o la choriceada. Cada cual…

Diez minutos después, vi el haz de su linterna descendiendo, llegó junto al chancho, y agitó sus brazos en señal de alegría. Dos guiños de la mía aprobaron… Obviamente, con el bombazo, pensé que cesaría la actividad. Sin embargo, créase o no, media hora después, desde el norte, otro arisco más pequeño se aproximó sigiloso, se detuvo oliendo al caído, y nuevamente el 30-06 retumbó entre los paredones. Doblete para Oscar. Un disparo, con suerte puede ser ignorado por los verracos ancianos, pero dos, aconsejaban ubicar pozones más lejanos. Mientras, dábamos vueltas alrededor de las presas, entre abrazos y alegría, hasta que no quedó más remedio que comenzar la tarea sucia: eviscerar a la luz de la luna. Los abrimos en canal dejando una montaña de tripas para festín de los carroñeros, cubrimos las moles con manojos de juncos, y nuevamente cargados como burros, nos encaminamos al campamento.

Faltaba más de una hora para el amanecer, tiempo suficiente para atizar el fuego y regalarnos una larga mateada para bajar los emparedados. Con los primeros albores, llegamos a la casa de Ismael, que se preparaba para comenzar sus tareas antes que el sol picara… Con el infaltable no les dije… se alegró por las conquistas y preguntó en primer lugar si estaban gordos… Con la respuesta afirmativa, al diablo con el trabajo: salió como alma que lleva el diablo en busca del caballo carguero, relamiéndose por anticipado.

Al llegar, desde lo alto, vimos a varios jotes renegridos levantar vuelo, les frustramos el banquete…Trabajando a destajo, pronto los cuartos, paletas, costillares y lomos, quedaron emparedados en las chiwas, tomamos el sendero a casa y a charquear, limpiar carne dañada por los disparos, y hervir los maxilares del macho más viejo, para extraer los dientes.

Almorzamos, y como no habría diferencia entre echarnos junto a la carpa o bajo el alero, improvisamos unos jergones con cueros de cabra y, bañados en repelente, dormimos hasta que nos despertó la insoportable canícula. Ismael coincidió en que el tiroteo afectaría las chances, pero la buena noticia fue que sobraban ojos de agua a un par de kilómetros rio abajo, cerca de los cuales, montaríamos el nuevo vivac.  

Como no había tiempo para revisarlos, trasladar el equipo e instalarnos antes de que cayera la noche, volvimos a la carpa, y dejamos que el aire fresco la refrescara mientras cenamos un guisote fuera de serie made in Oscar, elaborado con un trozo de lomo de su cosecha…

Cuando la temperatura pedía a gritos un suéter, nos metimos en el ya confortable dormitorio para un largo sueño hasta que, al amanecer, cuando nos despertó Ismael, solícito como siempre. Desayunamos rápidamente, marchamos hacia los apostaderos para recoger los bártulos y partimos en busca de otras chances. Media legua adelante, a la vuelta de un meandro, hallamos dos charcos, también separados por unos metros, donde encontramos enormes huellas recientes. La barranca no muy empinada, mostraba claramente un sendero de cabras que allanaba el camino, invitando a explorar las alturas para vivaquear. Cuando nos disponíamos para la escalada, maldiciendo al puto calor que enviaba el sol ardiente desde arriba, y las arenas incendiadas de abajo, nos sorprendió el baquiano pidiendo silencio. Pensando que habría detectado ruidos o movimientos de animales, acatamos las señas y aguzamos el oído. Solo se escuchaba un sordo y extraño sonido, como de truenos lejanos, pero, igual que todas las catástrofes naturales, lo que aconteció fue fulminante. Al grito de

 “…se viene el agua, corran! “

salió al trote, con el caballo de tiro en dirección al providencial caminito cabrero. Obviamente lo seguimos, y al alcanzar el borde tierra firme, donde afloraban raíces y helechos, miramos hacia abajo. Desde el recodo cercano, asomó una delgada lengua de agua, encrespada y terrosa, similar a las olas del mar, cuando mueren en la playa. De momento, pensé que no era para tanto, pero tres o cuatro minutos después, el estruendo aumentó, y la pequeña cresta se convirtió en una avenida líquida monstruosa, que creció rápidamente casi dos metros. Jamás imaginé semejante fenómeno. Desde el balcón y ante el singular espectáculo natural, vimos que el aluvión arrasaba, como si fueran mondadientes, enormes troncos recién desarraigados, animales muertos, e islotes de junco arrancados como hierba. Oscar y yo estábamos alarmados, y lo único que aplacaba los fundados temores, era la tranquilidad de Ismael, asegurando que no era excepcional, aunque siempre abrupto e impredecible cuando ocurren lluvias torrenciales en la alta cordillera, o se abren las esclusas de los diques.  

Una hora después, la velocidad y la crecida disminuyeron, y el hervidero se aplacó notablemente. El paisano calculó que la profundidad del Atuel, por entonces, alcanzaba los tres metros. Los ojos de mi compañero se cruzaron con los míos, y a dúo estallamos en risas para no llorar: también presenciábamos el fin de la cacería…

Sin otra cosa por hacer que emprender la retirada, mientras costeábamos, hipnotizados por el Alma de la Tierra enfurecida, oíamos historias sobre las pérdidas de animales, del patrón y suyas, sin olvidar los que perdería ese día.

Llegamos a tiempo para el almuerzo, abusamos de la rebosante despensa, y un par de horas después el cielo, en el poniente, anunció que nuestro hombre no se equivocaba: un frente de tormenta impresionante anunciaba agua de arriba… Sobre llovido, mojado dice el refrán… Estaba escrito que no era mi turno, y pensando en el camino de tierra, complicado si llueve, decidimos apurar la vuelta a casa. Cargamos, no sin un dejo de bronca por la aventura fallida, retribuimos generosamente a nuestro guía, y nos aseguramos que, cuando las condiciones fueran favorables, nos llamaría. Y así fue, no una sino muchas veces, que los cañadones del Atuel me regalaron hermosos trofeos, que serán motivo de otra historia…

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